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El reto de ser madre y científica

Jueves, 09 de Marzo de 2017

María José Sánchez-Barrena, fotografiada en Mérida. :: BrígidoMaría José Sánchez-Barrena, fotografiada en Mérida. :: Brígido

Su vocación para la química la descubrió cuando recibía clases de su padre, maestro en Calamonte de Ciencias Naturales. Sin embargo, María José, que ahora tiene 39 años, es la única científica de la familia. Trabaja en Madrid, en el instituto de Química-Física Rocasolano, perteneciente al Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), donde ha coordinado un equipo de trece personas que ha conseguido publicar en la reconocida revista científica 'Proceedings of the National Academy of Sciences' su último hallazgo, el de una nueva molécula capaz de modificar el número de contactos sinápticos entre neuronas. Los no iniciados serán incapaz de descifrar este hito, por eso hay que añadir que este trabajo abre la puerta al diseño de nuevos fármacos para tratar el autismo o el alzhéimer. No obstante, ella es prudente para no levantar falsas expectativas, y aclara que han probado con moscas, el siguiente paso será hacerlo en ratones y, quizás, algún día, consigan empezar ensayos clínicos como primera fase antes de que la industria farmacéutica apueste por el trabajo de su equipo y lo haga llegar a las personas.

 

ALGUNOS DATOS

Biográficos. Nació en 1977 en Calamonte y tiene 39 años. Es madre de dos niñas de 4 y 1 año. Tiene una hermana tres años más pequeña que es actriz. Su madre era maestra de Matemáticas y su padre de Ciencias Naturales. Fue al colegio San José de Calamonte y la Secundaria la hizo en el Instituto Santa Eulalia de Mérida. Está casada con Juan Ignacio, ingeniero emeritense. En la actualidad viven en Madrid.

Profesionales. Estudió la carrera de Química en la Facultad de Ciencias de la Universidad de Extremadura. Después hizo la tesis doctoral sobre cristalografía de proteínas en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas entre 2000 y 2005. De 2006 a 2009 hizo una estancia postdoctoral en Cambridge en los laboratorios de biología molecular del Medical Research Council antes de empezar a trabajar en el CSIC.

Su proyecto. Un equipo multidisciplinar coordinado por ella ha hallado una nueva molécula capaz de modificar el número de contactos sinápticos entre neuronas que abre la puerta al diseño de nuevos fármacos para tratar el autismo o el alzhéimer.

Dice que para publicar sus resultados en esta revista de referencia para los científicos de todo el mundo les costó trabajar el doble pues los editores necesitaban contrastar antes la información recibida. «Fue un proceso muy estresante», dice esta extremeña, que recibió la noticia el 23 de diciembre, cuando acababa de llegar a su pueblo y reconoce que pasó las mejores vacaciones navideñas.

Sin embargo, cuenta que en el mundo de la ciencia lo que más abunda son los sinsabores, y para alcanzar un éxito antes hay que experimentar numerosos fracasos. Si ya de por sí la investigación se considera minusvalorada en España, ser mujer y madre, como es su caso, complica un poco más la situación.

 

«La conciliación es una engañifa, durante mi baja maternal yo seguía trabajando desde casa»

En su caso, va a cumplir 40, y reconoce que aún no ha encontrado la estabilidad laboral pues su contrato termina el 31 de diciembre. Esto, teniendo en cuenta que acabó la carrera con 23 años, y aunque no ha parado de trabajar desde entonces, volvió del extranjero con 31 años, que fue cuando empezó a cotizar. «En general, las científicas tenemos los hijos cada vez más tarde porque esto de la conciliación es una engañifa. De hecho, he tenido que pelear con el CSIC para que me respetaran la baja maternal (...). No hay una carrera científica en este país en la que uno sepa cuando empieza qué le va a deparar el futuro. A mí me tendrían que haber ofertado una plaza en el CSIC y no lo han hecho, saltándose la ley que el propio gobierno hace», se queja.

María José también es crítica con las posibilidades de investigación que oferta la Universidad de Extremadura. «La UEx es una universidad muy joven y desde mi punto de vista cuesta mucho investigar, según me cuentan los compañeros que están allí, y más hoy día en que se han reducido mucho los fondos porque las universidades están sufriendo mucho los recortes. A mí me encantaría volver a Extremadura, pero no lo contemplo pues la investigación que yo hago requiere una financiación fuerte».

Al acabar su carrera en Badajoz quiso estudiar a nivel atómico la estructura de las proteínas porque esto ayuda a entender su función. Hizo su tesis doctoral sobre cristalografía de proteínas en Madrid, en el CSIC, y a continuación una estancia postdoctoral en Cambridge en los laboratorios de biología molecular del Medical Research Council, un centro de excelencia de donde han salido varios premios Nobel. Allí se encuentra además -lo cuenta con un entusiasmo contagioso- el laboratorio primigenio donde trabajaron Watson y Crick, que descubrieron la famosa estructura de doble hélice o escalera en espiral, modelo del ADN que conocemos y manejamos en la actualidad.

Según cuenta, el proyecto en el que anda inmersa en la actualidad lo inició precisamente una estudiante que estudió Química en Badajoz, Soledad Baños, que fue becaria del CSIC en 2011 antes de marcharse, como ella, a Inglaterra.

 

Cotizando desde los 31

La Asociación Yo no Renuncio divulgó recientemente que seis de cada diez mujeres abandonan su carrera profesional por ser madres. «Aquí lo que suele ocurrir es que somos madres muy mayores. Yo tuve mi primera hija con 36 años y terminé la carrera con 23. Cuando volví con 31 años fue con un contrato que te pide demostrar que puedes liderar una investigación, así que si te pones a ser madre es complicado. De hecho, pasé la baja maternal trabajando en casa y tuve que contratar a una persona que atendiera a mi hija».

María José visita Calamonte una vez al mes, pero explica que para un científico no existe la evasión total. «La investigación no para los viernes. Yo he de traer el portátil para estar conectada con el laboratorio», explica esta talentosa extremeña que lucha cada día por progresar en el mundo de la ciencia, una pelea en la que reconoce estar siempre apoyada por su marido. «Sin él sería imposible», zanja.

Fuente: HOY

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