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I
TRASPLANTE DE MÉDULA ÓSEA


A mi querido esposo, en su lucha
a muerte para vivir la vida.
(MªJ.F.S)

Acaso el gesto triste te domina,
O manso es el dolor que te encadena;
allí donde la muerte estuvo ajena,
la médula en tu cuerpo fue la espina.

¡Fatal indignación¡, que se avecina
un trasplante de dolorosa pena:
Lugar donde revisa y se condena
a ver <<niveles de creatinina>>.

Un cáncer fue la causa; y, yo creo,
que luchando a la par de la quimera,
lograrás al final... lo que en ti anida:

Alcanzar la salud es tu deseo;
combatir la enfermedad, sin que muera
la gana de aferrarse a la vida.     

Llanto de teléfono
anudan la distancia:
un tiempo que se enreda
con soledad de agua.
Laguna de silencio
frente a mi almohada. 
(MªJ.F.S)

 

II
MEDITACIONES


Pienso amor, que te vas; que he vivido
el declive de un soplo en agonía;
–tu vida trasplantada a otra vía– 
de perpetua oscuridad, y en el olvido. 

¿Te imaginas el dolor que sentiría...?
¿La impotencia de mi pecho dolorido,
cuando deje el hogar... enaltecido,
sembrado de cariño y armonía?

Y aquí sigues esposo ¡Amor mío!
Mirándome a los ojos: Pasó el día
teñido de amargura y sin sentido.

Contémplate a mi vera: ¡Se fue el frío!
–¡Pletórica está el alma de alegría!–
Llegó la primavera... ¡y no te has ido!

(Reflexión 2007)

 

III
CUANDO LLEGUEN LAS LLUVIAS

Bodas de plata.

Cuando llegue la aurora al horizonte nuevo
y descubra implacable tu frenético aliento,
hallaré en el soplo de una luz decadente
el eterno dorado declive del sueño.

Grabaré tu suspiro en la voz del albatros;
buscaré cicatrices en tu cuerpo guerrero;
rociaré –con cicuta– tu pecho azulado:
sentiré su fulgor llameante de fuego.

Cuando flote en el aire el ardor que estimamos, 
y en el cóncavo éxtasis quedemos completos,
pasará mi quebranto en el último instante:
en el brocal de la vida colguemos los besos. 

Si nos pilla la noche, en su umbral de silencio,
contemplándote –exacto– con las luces del miedo,      
me hallarán en tu tumba herida de gozo:
cuando lleguen las lluvias en un Dios de aguacero.

EL JARDÍN DE ATRÁS
(Antonio López, 1969)

Marzo: la luz dudosa,
el aire adormecido y la mirada presa
en un frutal de flor madrugadora,
ceniciento el terrazgo
y sus elementales esqueletos
en el hondo silencio de la espera...
¿Amanece? ¿Anochece?
Extramuros, el cielo
lila y gris acapara
la escasa luz que alienta en lo que vemos
y la acumula
en la chopera que verdece. Todo
dormita en la inminencia
de una primaveral metamorfosis.

Bien, admirable Antonio;
pintado está por ti lo eterno del instante
y cuanto en él concluye: la finita
mirada en que nos vemos sin sabernos
tú y yo —razón de ser de lo acabado—.
Como supervivientes persuadidos
de nuestra propia muerte deberíamos
sacar un par de sillas
a este jardín de atrás y junto al muro
sentarnos a mirar lo que tus ojos vieron,
derivar las palabras que debieron decirse
pero faltó el valor y pronunciarlas
ahora, entre dos luces, tú y yo, desconociéndonos.

Hablemos, por ejemplo, de la música.
Los pájaros, el tiempo
del trino, la memoria donde habita
la música... ¿Qué sabes más libre que la música?
No es materia ni vínculo,
con ella ni se escribe ni se pinta,
es abstracción, como lo amado al límite.
¿Física? ¿Metafísica? La música
en sí propia reside
y alberga su contrario más sentido y recóndito:
el silencio, que nunca está callado.
De ese hontanar procede, en él se vive,
de su alfaguara crece y desarrolla
su caudaloso discurrir y en él
finalmente reposa y se diluye.
¿Por qué, dime, el silencio en cuanto pintas?
¿Es porque amas la música? Los pájaros
del niño que asolaste ¿dónde trinan?
¿En qué rama de qué árbol
de qué cuadro te anidan y persisten?
¿Por cuáles alas
transita ese pintor que te recorre
en la encendida noche de tus ojos?

Yo soy el ciego
espectador que mira y no comprende
y se refugia en las palabras. Tú,
con no menor ceguera, manipulas
la luz de tu mirada y la traicionas
en la especulación de las texturas
y el artificio de color.
Mas, como el arte es largo,
la vida en él acaba acomodándose.

Y así, sin hacer ruido,
ni sinceros ni libres, recorremos
nuestro jardín de atrás hasta el momento
del crudo despertar y ¡zas!: los diosecillos
que fuimos se desinflan y un paisaje
sobreviene y nos toma y nos ubica
en el pais remoto de las alas
cuando pasó ya el tiempo de volar.

Los pájaros que fuimos...
Un buen día
el agua torna al agua, el tiempo al tiempo,
el pintor al pintor y el poeta al abismo.
Al menos el color es asidero,
cercana calidez, caleidoscopio
de luciérnagas y fugacidades,
brillos en fin para la soledad.
Pero ¿qué es la palabra
sino figuración,
mentira,
piedra contra el vencido,
tronodelpoderoso,
condena del que nace condenado?
Y en su mejor versión, orfebre de los sueños,
¿qué palabra no labra su infortunio 
después de pronunciada,
agua llovida que un regato lleva
a la orfandad de los significados?

Marzo: la luz dudosa,
el aire adormecido,
las mimosas del tiempo con su flor amarilla
que no pintaste pero están ahí...
¡Ah, qué inútil,
pintor de solitarias plenitudes,
ir desvelando enigmas
como quien abre puertas a la luz!
Sellada claridad y ancilar mano
urdirán tu ceguera y tu pintura
mientras detrás del alto
tapial de tu jardín la primavera
despereza sus ritos ancestrales.

¿La música, los pájaros?...
Tenemos
los dos la edad precisa para saber que no hay
otro jardín de atrás sino el que sigue
labrando la memoria.

(de FIGURACIONES (cuadros de una exposición).

 

ULISES NO


Tras largo caminar
sin qué ni para qué, llegar a casa
y no llegar a puerto.
Ver
el pasillo en penumbra y sospechar
apariciones.
Afilar la vista
memorizando nombres,
saber los libros sin mirarlos.
Nunca
reir, apenas
leer. Y releer, releer siempre.
Desaprender los besos.
Apostatar de la literatura
como de religión.
Arrepentirme
de cegar devorando palimpsestos
y mágicos realismos del allende:
pornografías
de alquimia literaria donde reina el bostezo.
Abominar de los poetas,
insufrible legión que desconoce
la urdimbre del silencio y, necia, abunda como
bajo el mantillo del pinar los mízcalos.
Y bendecir a los piadosos dioses
por el seno materno Garcilaso
que atesora el sosiego y la palabra.

Mis manos,
mis manos y las nubes. El alféizar
se acomoda al hastío y la mirada
vaga neutra esta tarde de mayo. El chaparrón
se anuncia y el ozono
perfuma y sustantiva la inminencia.
Hijas del aire y nosequé del vértigo,
urden las nubes sueños y desvelan
perfiles y retablos. El espacio que ocupo
me ocupa y encadena. Ni ventanas
ni puertas: el espacio —extraño fruto
que no fue flor y ya es maduro y nunca
deja de madurar y no se pudre—.
Alzo las manos a las nubes. Caben,
terribles, en mis manos que gobiernan
ahora la borrasca. ¿Son mis manos?

Dejar a medias un poema inhóspito.
Acogerse al sofá. Cerrar los ojos.
Poner la nave al pairo y no pensar.
Desanidar nostalgias y penélopes.
Y destensar el arco. Y no mover un dedo.
Y que los pretendientes especulen
si el velo, si el ausente, si la mentida troya…
Toda vuelta es envés, mendaz todo retorno,
todo regreso en vano. El tiempo sabe
hacer bien su trabajo. Sólo importa
dormir. ¡Arriad las velas! Singladura
ajena a nuestro brazo ha de ser ésta
porque sólo el azar
conducirá la nave y nuestras almas
al puerto que le cuadre. Y dondequiera
que rinda su viaje la aventura
Ítaca allí será y allí la patria.

Las nubes,
las negras nubes y mis manos. Caen
espaciadas y densas las primeras
gotas de lluvia.
Uno mis manos y las palmas suman
su calidez,
la misma calidez con que retuve
la mano de mi madre mientras iba
sorbiéndole la muerte
el desmayado aliento aquella noche
sofocante de agosto.
Huele la lluvia y me disuelvo en ella
y su aroma a mis labios se adhiere como un beso.

Mirar cómo oscurece.
Acechar cualquier voz en lo negro. Sentirse
inocente de olvidos y memorias.
Y abandonarse
a las inciertas aguas de los ojos cerrados
navegando por no surcados mares
—antes y después náufrago— para, después de todo,
volver y no volver a la casa vacía
decidido a morir, a salvo ya
de estúpidos temores.



(de DEDUCIDA MATERIA)


PASA LA CAMARERA

Pasa la camarera,
breve y alada. Viene, va, recuenta
clientes, veladores,
memoriza pedidos. Hace
resbalar a su paso pensamientos, miradas.
Pone a danzar su pelo
al son del artificio de un ingrávido andar
que del pie a la cabeza la deifica y ondula;
su pelo: agavillado
y cautivo en su cinta de seda azul celeste
con tierno y exquisito desaliño.
Es inocente
como el pecado. Ahora
se detiene al extremo de la barra,
susurra al barman, ríen
tan próximos, desata
un huracán desde sus ojos únicos
que, sin mirarnos, nos anegan.

Podría
derramarse la sombra con sus cristales últimos
sobre el vencido que en su mesa expira
de fiebre y de deseo;
podría
un cuchillo de fuego laminar
su corazón deshabitado;
podría
una gota de lluvia viniendo de esos labios
arrastrarle a qué mar.
¡Oh, naufragio, recíbeme,
apágame en tu cielo submarino,
sé mi broche de oro! No hay vilano
más leve que su cuerpo en esta tarde fría
ni sed más perentoria que mi sed.
Podría
morir sin más
sobre la taza de café,
expirar en la nieve de este mármol fingido,
en la embriaguez del vino que brota de sus ojos,
muchacha resplandor que vendrá, si la llamo,
que no vendrá por mucho que la llame.
Podría
matarme, si quisiera, con un gesto, con algo
así como un suspiro. De hecho
me está matando así, sin nada,
sin siquiera saber que está matándome,
que me acabo de ganas de licuarme
en la médula ígnea del volcán que gobierna.

Ahora la mariposa, aleteando,
se desvanece tras el mostrador,
tras su coleta azul con su cinta de música.
Queda suspenso el bar como en una instantánea
y cae uno en la cuenta de que llegó la noche.
El solitario sabe que es momento
de hacer recuento de sus estadías,
de sus inútiles retornos,
sabe que tiene que pedir perdón
por todo, por haber vivido, por
haber sobrevivido, por su nombre
malgastado, por carecer de gracia.

El sustituto de la camarera
sale ahora de dónde atándose el mandil
y presto a las demandas. Tan solícito.
Pero qué importan ya
la tarde y lo soñado.
Ella no volverá. Y aunque volviese.
¿Vuelve el tiempo del fuego,
el azar de abrasarse, la fiebre de vivir
hasta la extenuación de los confines?
Nunca. La boca que nos nombra sorbe
los regueros del éxtasis, amarra
los pies amantes con olvido y cepo.

Que venga el mozo ya,
que retire mi taza y mi cadáver
mientras, conmigo a cuestas, me devuelvo
a la materna loba de la noche,
en busca de otro bar y otro espejismo
donde mentir que vivo todavía.


(de CÍRCULOS)



PRIMER MOMENTO

Lo más extraño del viaje
es no saber hacia dónde se regresa.

Acaso diría Walter Benjamín
que en esos lugares parece haber pasado todo
lo que aún nos espera.

(de La tristeza del eco, 2008)



INSTANTE

Ciertos lugares conservan el paso
de los que se detienen, y deciden –al cabo –
observar lo que les rodea.
Sin más interés que el de permanecer allí
por algún tiempo.
Esos territorios en donde el instante
pretende ser perpetuo,
cercados por un bosque.
En esos lugares se aprende a decir: lo desconozco.
De ahí su condición inabarcable: siempre quedarán
sujetos a una duda.
Un espacio –un lugar – que acaba por no saberse
si existió, y logrará subsistir en la distancia.
Donde no ha ocurrido nada y sin embargo
se logra no haber sido nunca.

(de Dimensión de la frontera, 2011)



EL LUGAR DE LA ESCRITURA

Hay algo heroico en cerrar una ventana
y echar la llave a una puerta.
Algo heroico en apagar la luz
y buscar a tientas una butaca.
Heroico es levantarse
y comenzar a caminar por la habitación,
porque se ha recordado una frase de Pascal.

Hay algo heroico en querer habitar
una ausencia de luz.
En cerrar los ojos para añadir más oscuridad.

Mirar hacia el interior debe ser eso.
Dar vueltas en círculos
y averiguar el alcance de las manos.

Hay algo heroico en ser uno mismo
y abandonarse.
Aunque no haya nadie alrededor.
Aunque la habitación se estreche
cuando alargues los brazos.
Aunque la pared se acerque
y ya no puedas sostener su empuje.

Hay algo heroico en quien no logra vivir
más allá de una habitación cerrada.

(de Un lugar para nadie, 2013)



Formo parte de una habitación. Todo sucede en ella. Formo parte de una habitación y soy lo que queda en cada uno de sus ángulos y rincones. Soy lo que aún permanece porque no me abandona. Nadie, en el fondo, abandona una habitación. Pertenezco a un lugar con cuatro puertas que conducen a una nueva sala. La misma, siempre. Soy una habitación a la que busco un significado. Así nos engañamos y logramos sentirnos menos solos. El miedo inventa nombres para distraerse.
Una habitación es suficiente. Para vivir otra vida. O para sumar algo más de vida a la vida. Mi mundo es un misterio de habitación cerrada. Un palacio de cristal, inmóvil y variable. Una doble puesta en escena. Un territorio vacío, porque carece de cuerpo aquel que la ocupa. Tampoco yo tengo cuerpo cuando la habito. O lo tengo y no lleno con él ningún espacio. 
Me basta con saber que existe una habitación capaz de albergar a tanta gente. A la vez. Uno a uno. Les observo por el ojo de la cerradura y dialogo con ellos en ocasiones. La habitación reproduce el silencio de quien nos habla en otra parte. Así responde la habitación, con el ruido de pasos que aún la cruzan de uno a otro extremo. Con su quietud al simular que han comenzado a vaciarla. 
No soy más que una habitación. Desconozco los motivos que me han conducido a ella. Tal vez no necesite respuesta alguna. Tal vez, me digo, tampoco yo sepa dársela. Ignoro por qué una habitación y por qué sería peor si no existiera. Una habitación que comienza a desaparecer cuando estoy dentro y escribo.
Quizás ya no quiera ser más que una habitación, invadida y solitaria.
Sin poder salir de un lugar que alguien, una vez, llamó W.

(de Habitación en W, 2014)










Quizás sea una galería de cadáveres,
pero hoy la vida tira de ti
y te ofrece sus labios porque la carne se transforme
en insólito misterio.
Mañana un mercado triste voceará mercancía
tan siniestra y  a precio de saldo, flores
y poemas. Entonces el corazón
se hallará dormido y solitario.
Pero hoy, calaveras más bellas
nunca vieras.  Jardín de jardines
a la sombra de las miradas que algún día no serán.
Arrebatado del miedo
por la gracia de esa corta eternidad,
aunque asumes  que un cadáver camina
entre cadáveres.
Asumes la humillación
después de la conquista.
Más perlas que tuvieras, más pagaras.
Y eres feliz ante la fuente del placer.
No hay más que esto. Te dice tu locura.

“Fuera del Tiempo”. (Diputación de Huelva- 2008) Premio Fundación Odón Betanzos de poesía.


Salir muy de mañana, sin hacer ruido,
sin fumigar la casa con la palabra adiós.
Salir, retenido el misterio.
Mientras el perro se dejaba querer
por mi padre, lamiéndole la caricia,
revoloteando a su alrededor como un pájaro
sin alas.
Y mamá ocupaba su silueta en la cocina.

Mejor será no pensar.
Mejor salir y aventarse como una semilla viajera.
Y no pensar.
No pensar en las escamas del otoño.
De este.
De todo el tiempo.
Tratar de serenar el corazón.
Intentar arrancarse el corazón.

Todo se queda ahí, amontonado.
Confundido como muebles en un anticuario.
Para qué clasificar los recuerdos.
El antes y el después.
Morder ese polvo truculento.
Lesiones de la edad.

No, mejor así; escapar.
Desgastado.
Contener el aliento.
Mudar la piel por adaptarla a otro paisaje.

Que el cielo se desprenda de su carámbano.

Mejor así. Sin besos.
Que se pudran los besos ya para siempre.

Los tres tan solos, amalgamados.
Lo sagrado. La sentida familia.
Y por qué siento al huir que esto es el amor,
esa enorme palabra.

“Despiece de la infancia”. Premio Ciudad de Ronda de poesía (Diputación de Málaga-2013).

 

Tengo por libertad estas cadenas.
Tengo por libertad que tengo nudos
y un ancla ya oxidada para mi barco.
No hay otros cielos ni tierras, ni el espacio
reservado a todo hombre, ni el ángulo vital
de toda araña.
Llegado a este punto ni rezo ni comulgo
con la boca más blanca y más sedienta.
Rompo mis alas y desgasto mi tiempo.
Renuncio.
La gloria de vivir es un fruto podrido,
reducida a una apuesta con esos yacientes
que brindan por la noche con veneno.
No deseo los sueños ni este pálpito indigno
de saberme feliz si un pájaro
se acerca a defenderme, a traerme del viento
la garganta que aúlla y que refresca. No deseo
este absurdo que se complace en risas y en danzas
solitarias. Traicionado
me siento pues me ha crecido hierba en la mirada
y he de fingir que reniego del placer. Y he de llorar
sin alma y sin tristeza, con máscara de dolor
porque no duele.
Te apuesto mis recuerdos por tu ataúd sembrado
boca abajo, adentro, muy adentro,
sin salida, sin saliva, sin auxilio. Muy adentro.
De espaldas a la cruz
y a todas las montañas y a todos los caminos
y los ríos,
esos ríos que van sin detenerse,
desbordados de vida y de sangre
y de esperanzas.
Te apuesto mi estúpida pasión de payaso
fatigado,
con un destino muerto que no muere,
fantasma que a su pesar se rinde a la belleza.

De: La Noche del Condenando (Vitruvio 2014)

 

 

SON LAS PRIMERAS LUCES

Los animales gozan en las sombras
o huelen el peligro
o acechan
o desgarran
o van hacia las fuentes y los claros.

Sólo el hombre se niega
o se demora.

(De Un animal rozado por el tiempo)

A VECES
lo miramos
como se miran las cosas imposibles
que duelen y que asombran en los sueños.

Poco sabemos de él y sus honduras.

De ese animal esquivo y solitario
que repite paciente nuestros gestos.

(De Un animal rozado por el tiempo)


NO ELEGIMOS AQUELLO
que más nos pertenece.

Ni el cuerpo
ni la lengua
ni el deseo
ni la muerte.

(De Un animal rozado por el tiempo)

 

DE LA FUNDACIÓN DE LA CIUDAD

Fundaron la ciudad
en torno a un pozo,
a un centro,
casi a un vientre,
mas olvidaron
cómo sangra
y engendra
y se estremece.

Desterraron al círculo
del círculo.

Temían la espesura
y la invasión
y el fuego
el zarpazo que acecha
entre las sombras.

Y temían a la diosa.

Temían su poder
y su misterio.

Dándola en sacrificio
conjuraron su miedo.

Y alzaron sus proclamas,
erigieron sus leyes
para ordenar el mundo
a su fiel semejanza.
Su fuerza y su avidez,
como una oscura mano,
se adueñó de las cosas.

Hicieron del valor
y del dominio
su sentido y su causa.

E inventaron memorias
y formas
y palabras
y artes.

A veces
amaron más allá de la razón.
Y más allá del miedo y de las aguas
les empujó la fiebre
o el ansia
o el deseo
de ser
de dominar
de descubrir lo ignoto
y poseerlo.

Eran sueños inciertos
y tuvieron coraje.

Han hollado la tierra
y desbrozado el tiempo.
Han tejido las redes
oscuras del sentido.
Con hierro y sin piedad
han escrito la historia.

(De Elogio de las aguas y la piedra)


 

Del poemario inédito La seca piel del musgo.


ANDARÉ AMAPOLAS

Entre los barbechos o entre los trigales,
cubierto de noche o de amanecida;
entre las palabras o entre los silencios,
de cualquier manera, andaré amapolas.

Sin saber del tiempo de los paraísos,
ni de despertares de lumbres o arenas.
Sin sentir regresos de espacios en sombras
ni entrar en los sueños de azules intensos.

Buscaré destellos de flor de naranjos,
caricias de zarzas de moras silvestres,
sonrisas azules en verdes olivos
o abrazos de cardos entre pastizales.

No queda otra cosa que seguir  viviendo,
que seguir luchando por una luz clara.
Entre las palabras o entre los silencios,
de cualquier manera, andaré amapolas.


INVERSIÓN

Nos vamos quedando en diferentes
e indiferentes “buenos días”
susurrados sólo por costumbre
y en manos estrechadas cortésmente
que ni tan siquiera dejan  huella
de una sudoración cercana.

Dejaron de crecer verdad y amor
y caminamos, confundidos por los brillos,
entre nieblas que distorsionan los tamaños.

Es verdad que las crisis nos afectan.
Perdimos lo invertido en tolerancia
y bajan las acciones en criterio,
pero hoy no es día de mercado
y debes intentar asomarte a la emoción.

¡Cancela tus cuentas anteriores
e invierte en bonos de sonrisas!


POR DECIR ALGO

Diré, por decir algo y desahogarme
que el grosor de mis venas ha cambiado
al ver que la tierra gemía y que el asco
rondaba los escombros de otra ciudad
destruida.

Nada quedará mañana de lo que ahora veo.
Los cadáveres se entierran con su sangre y con sus heces
y los escombros vuelven a levantarse en el mismo lugar,
como si nada, como si nadie hubiese pasado por allí.

Mañana volverán a decir, por decir algo,
que hay otro lugar que necesita
el rugido de los aviones, el olor de la pólvora,
la sangre corriendo por sus calles…

Y callaremos como hoy y querré desahogarme
hasta que mis venas revienten y mi sangre
corra por las calles  entre los escombros de mi ciudad
destruida.

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