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José Iglesias Benítez

Martes, 17 de Mayo de 2016

 

CAFE-JAZZ

A Julia Rodríguez-Moñino

Alta sombra de Dios, la noche escancia
su líquido cristal en la ciudad impura.
El neón a lo lejos dibuja su arco iris
sobre un cielo quebrado.
Ya la calle destila
un fluido de noctámbulos que claman
por una mano, un beso, un corazón que llene
los huecos que dejaron los años y las penas.
Algunos dan al aire, como un rito,
el fervor de su risa,
pero también la noche les estalla por dentro
-me lo dicen sus ojos-
con esplendor de luto y terciopelo
como un doblar solemne de campanas.
La avenida desprende
sus fulgores metálicos, sus charoles, sus brillos,
que me llenan la ausencia
de gritos de colores, de alaridos de luz.
Qué solo, corazón, qué solo.
Siento
una escarcha desnuda entre las manos,
un dolor de carámbano en las venas,
en la orilla del cuerpo y en el alma.
El saxo en el café
desgrana un llanto discordante y triste
y la lengua del jazz moja los sexos
con su nostalgia de saliva oscura.
La música se adensa
por detrás de la puerta acristalada
y el humo la amortigua como un eco
suave y lejanísimo.
Algunos vasos,
malheridos de alcohol y manos ávidas,
descargan sobre el mármol
su abandono de labios y de bocas,
la luz turbia que rompe sobre el hielo
el último dulzor sin esperanza alguna.
El jazz llora su pena de negro apaleado
-su pena que es la tuya, corazón solitario,
tu tristeza insondable-
y aúlla y se adelgaza
en un lamento largo de trompeta
que se estira y que rueda
con un pesar de lágrima infinita.
Qué solo, corazón, qué desolado.
Igual que un ruiseñor
al que hubieran cortado la garganta
el canto se te ha muerto
y la sangre –el canto era tu sangre-
derrama la agonía
de antiguas soledades que fueron tu costumbre.
Pero el jazz no es un ruiseñor, ni un mirlo
en la araña del techo, ni una alondra
bajo el estéril surco de la barra.
El jazz es este negro que toca la trompeta
muriéndose en la nota sostenida.
El jazz es este negro que agoniza en el saxo,
la furia del pianista que vuela con Duke Ellington
para dejar que el alma se eleve como el humo.
El jazz es una muerte irremediable
que aguarda al corazón desamparado.
Y cuando todo acaba
-qué solo, corazón, qué solo vuelves
a la calle que espera
con cantos de sirenas y escaparates muertos-
alta sombra de Dios la noche enfría.
(Del libro Revelaciones, Dip. Cáceres 2007)

LA CARTERA DE HORCAJO (*)

(Si ahora casi nadie escribe cartas,
la cartera de Horcajo, ¿qué reparte?)
La cartera de Horcajo
tiene sol en el cuerpo. Tiene sombras
que alguien desvelará como quien mira
una carta al trasluz, como quien abre
un cuerpo de mujer por vez primera.
La cartera de Horcajo
viene de Avellanar, sube a Castillo,
y va poniendo sol entre los dientes,
las crenchas y las uñas del paisaje.
Y va poniendo alas. Va poniendo
las aladas palabras de sus cartas,
las aladas palabras de unas cartas no suyas
pero suyas, amigas, encontradas
en el fondo de un saco luminoso de sueños,
en el fondo del saco de sus sueños de luz.
La cartera de Horcajo
tiene luz en sus manos. La reparte
de Aldehuela a Sauceda, de Muela a Mesegal,
como quien deja
un pedazo de pan entre los dedos,
un pedazo de vida.
A veces, si son sombras las noticias,
si terribles, las lágrimas le empañan
la luz y la sonrisa, y se le queda
un aire entre los ojos, helado y taciturno.
La cartera de Horcajo
tiene cara de ángel.
Tiene el rostro de un ángel
tan humano y tan vivo
que ningún dios pudo soñarlo.
Con su oficio de ángel
viene y va, repartiendo la luz y la esperanza.
Cuando se marcha,
la sierra queda a oscuras.
Mañana,
la cartera de Horcajo
subirá nuevamente con su carga de estrellas
a encender el camino mientras siembra de alas
los aires de los montes.
Horcajo, Avellanar, Castillo, Aldehuela, Sauceda, Muela y Mesegal
son alquerías pertenecientes al municipio de Pinofranqueado,
escondidas en las fragosidades de las Hurdes.

(* ) Cartera: Repartidora de Correos.

(Del libro La luz en el espejo, ERE 2015)

VERDE

I
Una hoja de lechuga.
Cri cri… cri cri… cri cri… interminable.
Los élitros de acero y cromo. Manchas
de oro en la armadura.
Era un Grillo Real.
Era un grillo –cri cri… cri cri… cri cri—
que cantaba, lloraba, en su jaulita
de alambre y de madera.
El niño lo miraba.
Los élitros vibraban en el aire,
cri cri… cri cri… vibraban
en el pecho del niño,
para llamar con su temblor de timbre,
con su clamor urgente,
en su breve conciencia
de luz recién nacida.
El niño lo miraba.
Antenitas oscuras palpando los alambres.
Jaula del corazón, qué grillo escondes.

II
Cantas –cri cri, cri cri—
con todo tu dolor preso en las alas.
Cantas, lloras, monótono y oscuro,
golpeas los barrotes, gimes, comes
un pedazo de vida o de lechuga,
alzas tu voz, tus alas, tu sonoro metal,
cri cri, cri cri, buscando aquella mano
que libere tu canto.
Pero el canto, monótono y oscuro,
repite su tristeza mientras comes
tu hoja de lechuga,
tu pequeño universo verde y agua
que magnifica el número infinito
de las facetas de tus ojos. Cuesta
aceptar la prisión. Gritas, cri cri,
cri cri, mientras la noche
te va apagando el verde.
Gritas, maldices, lloras,
--ellos creen que cantas—
mientras la noche apaga
el brillo en las facetas de tus ojos
el metálico fulgor
que tanto te alabaron.

III
Lloró su desconsuelo,
la jaulita en su mano.
Y aquella sombra inerte
sobre un inútil fondo de lechuga
dejó su no latido
en los ojos del niño.
Pasaron años, siglos, eras.
Jaula del corazón, qué grillo escondes.

(Del libro La luz en el espejo, ERE 2015 )

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