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AMOR Y METAPOESÍA

María José Fernández nació (1961) en Navalvillar de Pela, territorio rayano entre la Serena y la Siberia, comarcas de enorme reciedumbre paisajística, con Guadalupe al fondo. Allí fue troquelando su personalidad; conoció amigos y amores, penas y alegrías, antes de venirse a Badajoz, donde su presencia es casi infalible en cualquier actividad relacionada con la literatura.
Según ella ha manifestado, su formación enraíza en las enseñanzas de Luis Arroyo, cuyo magisterio reconoce y a quien ha querido rendir homenaje con esta obra, tal vez desde el título mismo: el agua que fluye y fecunda, símbolo de la inspiración poética. Emana caudalosa de su espíritu sensible, según demuestra en la abundante producción que ha ido dando a luz desde que se animase a escribir. Además de numerosas colaboraciones en otras colectivas, ha ido dando a luz una buena colección de títulos, casi todos publicados por Carisma, editorial con la que se siente especialmente vinculada: Paraíso (1999), Retazos de infancia (2004), El descuido de la rosa (2005, 2013), La gruta de las palabras (2007), La creación (2010), Retazos de infancia II (2017), Dualidad (2014) y Piélagos del alma (2017), sin olvidar dos cuentos infantiles, La bella golondrina y el viento (2009) y La cochinilla maravillosa (2015).
Cuantos la conocen, la consideran un paradigma de animal lírico, ese raro espécimen inmerso permanentemente en la “obnubilación lírica” (pág. 43), con sensibilidad infatigable para recrear el mundo (poieo), tras percibir facetas insospechadas por el común de los mortales incluso entre las realidades más frecuentes. Tras esa captación privilegiada, luchan con denuedo por expresarlas en un lenguaje depurado, de alta intensidad lírica, no sin tentaciones de rendirse ante las limitaciones de la palabra y refugiarse en un silencio definitivo. Adoran el “aura” que Benjamín exaltó y se entusiasman con el Cernuda de iluminaciones como la expresada en Ocnos : “…Entreví entonces la existencia de una realidad diferente de la percibida a diario, y ya oscuramente sentía cómo no bastaba a esa otra realidad el ser diferente, sino que algo alado y divino debía acompañarla y aureolarla, tal es el nimbo trémulo que rodea un punto luminoso” (Sevilla, Ayto y otros, 2002, pp. 13-14).
Por suerte para los demás, aunque se dejen jirones del espíritu, la voz va abriéndose paso y cuaja en poemas que emocionan. Los aquí reunidos se distribuyen en dos partes reconocibles merced a la diferente grafía: se reproducen unos en caja baja, mientras otros recurren a las cursivas, alternándose a lo largo del libro. Los primeros son de carácter metaliterario y nos dicen la pugna de la autora, aunque ella misma desconfíe de lograrlo, por alcanzar ese monumento tan inmarchitable como el bronce, con el que Horacio ya soñó. Los segundos no ocultan su carácter erótico y veladamente autobiográfico. El juvenil Pablo Neruda es un referente explícito. No en balde la entradilla con que se abre la entrega son unas palabras del tan grande como contradictorio escritor chileno, a quien además se ofrece uno de los más emotivos poemas, paráfrasis lírica de la famosa “canción desesperada”. Un hombre de tan rotunda sensualidad parece la antítesis física de nuestra escritora, que en algunos versos también se introduce en terrenos eróticos, incluso de manera rotunda (v.c., con repetidas alusiones al “falo mórbido”).
Prologa Carlos Lamas, director del Semanario Vegas Altas y La Serena, publicación con la que María José colabora habitualmente. El prologuista concluye así su conciso texto: “Tampoco soy buen juez, al ser amigo, pero soy sincero al decirles que me gusta como lo hace, como suena y qué cosas despierta y moviliza, mientras pergeña en su burbuja poética trozos de papel pintados con sueños”.
Son todos los del libro poemas de amplio aliento, con versos blancos y libres (salvo algún caso de suaves asonancias e incluso rimas interiores), más el original soneto, eje de la obra, escrito en acrósticos, junto a otros juegos gráficos, para componer el nombre de Luis Arroyo. Se han eliminado los signos de puntuación, lo que exige la complicidad de los lectores, requeridos a implicarse en el proceso creativo, forzados a imponer ritmos y pausas, a veces con alcance semántico. .
Pese a lo dicho más arriba, y sin desconocer el innegable tono “profano” (fuera del templo) que estos poemas rezuman, en ellos también se percibe a menudo un aire trascendente, un toque de mística laica. A mí me lo sugiere ya el propio título, que conduce inevitablemente al San Juan de la Cruz que, con el trasfondo del Cantar de los Cantares, nos conmueve recordándonos
Que bien sé yo la fonte que mana y corre
aunque es de noche.
Aquella eterna fonte está ascondida,
que bien sé yo do tiene su manida,
aunque es de noche.

Notemos también los frecuentes los frecuentes neologismos (algunos introducen originales anfibologías) y resultan muy numerosas las sorpresas gráficas, de las que María José tanto gusta:
-Alteración de las cajas en una misma palabra, v.c. en “serpenteando” (pág. 22), para asimilar el curso de un río a los quiebros del reptil.
-Rupturas lineales, con espacios blancos sorpresivos, que suspenden el discurso lector.
Y especialmente los ingeniosos caligramas (hasta quince se localizan). Sin duda el más llamativo es el que cierra la obra, un poema dedicado a Piedad González-Castell, amiga común.

María José Fernández, De la soledad que emana. Alahurín de la Torre, Editorial SELEER, 2017.

Walter Benjamin (Berlín, 1892), filósofo judío, marxista heterodoxo, crítico literario, próximo a la Escuela de Frankfurt, llegó a la frontera española huyendo de los nazis. Sin los oportunos papeles, temiendo que la policía lo devolviera a Alemania, el 26 septiembre de 1940 decide suicidarse en Portbou, donde cincuenta años después se inauguraba en su honor el monumento Pasajes, construido por el artista israelí Dani Karavan. El nombre aludía al tránsito frustrado de Benjamín, así como a su obra inconclusa, Passagenwek. Durante los decenios últimos, no ha dejado de crecer la atracción que en el mundo occidental se experimenta por aquel agudo analista de la cultura contemporánea, un hombre tan tímido como sabio. También en Extremadura le rendimos homenaje un día con el oportuno congreso organizado por la UEX y cuyas actas se publicarían a cargo de Isidoro Reguera y de mí mismo (Badajoz, Diputación, 1994).
Benjamin, que ya había visitado anteriormente el sur de España (1925), hizo dos viajes a Ibiza, bien distintos entre sí, tras la declaración de la II República, el primero en 1932, el segundo un año después. Los dos le ocuparían varios meses y dejarían profunda huella en la obra del escritor. Le admiraban el paisaje aún virgen, la benignidad del clima, el minimalismo de la arquitectura vernácula, el carácter de la gente, la pervivencia de las antiguas costumbres y, claro está, los muy económicos precios. Obervador ultrasensible, cree percibir a menudo el “aura” (su más célebre categoría filosófica) en los casi desconocidos rincones. De todo fue tomando cumplida nota en sus minúsculos cuadernos.
Tal vez nadie como Vicente Valero para escudriñar y exponer minuciosamente los avatares de aquellos viajes, vivificador el primero, traumático el segundo. Natural de Ibiza (1963), premio Loewe, considerado uno de los poetas más importantes de su generación, Valero conoce exhaustivamente la historia contemporánea de su isla, así como la obra de aquel tímido, meticuloso, irónico, enamoradizo y paupérrimo pensador alemán. Ayudándose de los textos suscritos por éste; la correspondencia que mantuvo con distinguidas personalidades (especialmente el cabalista y amigo G. Scholem y la filósofa Gretel Karplus, mujer del gran T. Adorno), más los testimonios orales de los isleños aún supervivientes), sin omitir la oportuna bibliografía, el autor ofrece un exhaustivo análisis del temperamento, gustos, concepciones estéticas e ideológicas del desafortunado autor (Los lugareños le apodarían “es miserable”. Especial interés guardan los apuntes que ilustran sobre las relaciones del mismo con otros ilustres visitantes de la isla: el filólogo Spelbrink; el joven etnógrafo Felix Noeggerath y sus padres (por cuyas recomendaciones Benjamin vino a Ibiza); el patricio isleño Roselló Cardona, pionero de la incipiente industria turística; Raoul Hausmann, artista de vanguardia; Jean Selz, su traductor al francés, con quien intima y pronto rompe infantilmente; el nieto del pintor Gauguin; Jokisch, un cínico aventurero o el desconcertante Maximilian Verspohl, un joven simpático, de quien recibe ayuda económica y que muy pronto será nombrado Jefe de Sección de las SS de Hamburgo. Entre las mujeres que arrebatan el tierno corazón de Benjamin, ninguna más querida que Toet ten Cate. Con no pocos de ellos consumirá frecuentes dosis de hachís, opio, morfina y demás drogas, atraídos por sus virtudes psicodélicas.
Valero señala las impresiones que estos personajes dejaron en Benjamin y cómo éste las recogerá, más o menos literaturizadas, en sus numerosas “diarios y narraciones ibicencas”. A lo largo de este ejercicio, el ensayista trasciende las anécdotas para trasmitir las características generales de la obra del filósofo alemán. Y todo ello desarrollado en una prosa excelente, cuyo discurso nunca se traba con la exhaustiva documentación que maneja. Un libro para disfrutar y aprender en cada página (sin perderse las notas explicativas).

Vicente Valero, Experiencia y pobreza. Walter Benjamin en Ibiza. Cáceres, Periférica, 2017.

HISTORIA DE BADAJOZ

Si alguna obra puede aducirse en Extremadura como prototipo de “work in progress” es esta Historia de la ciudad de Badajoz, cuyo volumen XII acaba de aparecer. Se trata de una publicación auspiciada por la Real Sociedad de Amigos del País de esta ciudad, que cada año consigue sacar a luz una nueva entrega. Coordinaría los tomos iniciales Augusto Rebollo Sánchez (La Parra, 1931-Badajoz, 2017), artífice del proyecto, cuya biobibliografía establece en los preliminares Miguel Ángel Naranjo Sanguino, catedrático de historia, responsable de proseguir con la tarea editorial del profesor recién desaparecido, hombre bueno en el mejor sentido de la palabra, ensayista fecundo e infatigable colaborador de cuanto dijera relación con la cultura extremeña.
El volumen, con 264 páginas de gran formato (30x21 cms.), recoge una docena artículos, de cuyos autores se incluyen en el apéndice final las oportunas notas biográficas. Los abre Mariano Cabanillas Entrena, con un apunte sobre Juan Marín Rodezno, obispo que gobernó la diócesis pacense de 1681 hasta su fallecimiento en 1706, tras afrontar con gran espíritu males sociales (plaga de langostas, incendios urbanos, abandono de niños expósitos) y las repercusiones de la Guerra de Secesión. Tras el estudio en que Moisés Cayetano se ocupa de la demografía y el urbanismo de Badajoz en el tránsito del siglo XX al XXI, Jesús Mª. García Calderón, el conocido fiscal y notable poeta, ofrece un conjunto de sesudas propuestas en torno a la conservación del patrimonio, no siempre bien atendido en los PGOU desarrollados en Badajoz a partir de 1989.
José Manuel González nos retrotrae a la época del badajocense Manuel Godoy, cuyo 250 centenario se conmemora. El célebre y polémico hombre de estado tuvo pasión por los libros, según recuerda Joaquín González Manzanares, presidente de la UBEx (Unión de Bibliófilos Extremeños); como novedad, reproduce el texto manuscrito de la proclama que diera en Badajoz a los ejércitos españoles el 14 de mayo de 1801 (antesala de la Guerra de las Naranjas), documento prácticamente desconocido hasta ahora. Por su parte, Víctor Guerrero reincide en un tema del que durante los años últimos ha venido ocupándose insistentemente, el novelista Felipe Trigo, que vivió parte de infancia y primera juventud en la ciudad de Badajoz (según el propio escritor evoca en varias de sus obras, especialmente En la carrera y Los invencibles, obra bastante menos conocida).
Adolfo Marroquín y su hija Laura exponen los trabajos metereológicos desarrollados por Máximo Fuertes Acevedo, catedrático del Instituto de Badajoz de 1881 a 1890, autor de diferentes obras sobre Física y Astronomía, si bien la que más nos había interesado desde que la conocimos fue la dedicada a Darwin (Badajoz, 1883), un estudio pionero de la teoría evolucionista, condenado por el obispo de la diócesis y objeto de encendidas polémicas en los periódicos de la ciudad. Más serenas discurrirían aquí las aguas, según expone el profesor Antonio Ramiro, durante la creación y desarrollo de los estudios universitarios (1967-2017).
No siempre hubo tanta tranquilidad en nuestras calles, recuerda Fermín Rey al ocuparse de la crisis de 1917 (año de la Revolución rusa y la huelga general española), en este ejercicio de feedback que la obra reseñada impone. Sin olvidar otros factores (guerra de Marruecos, descomposición creciente de los partidos dinásticos, gravedad de la situación obrera), en la ciudad repercutieron aquellas contiendas nacionales, pero de forma que al concluir el año pocas transformaciones podrían anotarse, al menos aparentemente: “Todo seguía igual en la política municipal, con el dominio de los clanes caciquiles, unidos a los ricos comerciantes e industriales; el regionalismo tenía un carácter limitado y las organizaciones obreras habían vuelto a la práctica de las acciones locales”, concluye el historiador (pág. 203).
Un municipio donde seguramente el elemento más dinámico fue durante luengos lustros el claustro de su Instituto Provincial, en el que figurarían personajes tan comprometidos como Tomás Romero de Castilla o Anselmo Arenas. Ángel Zamoro resume aquí lo mucho que tiene investigado y dicho en su libro sobre los profesores de Física y Química que a lo largo del XIX se incorporarían a dicho centro.
La obra termina con las calurosas intervenciones que en el homenaje a Augusto Rebollo (20 febrero 2017) hicieran un buen puñado de buenos amigos, resaltando la figura del difunto responsable de la sección de Historia de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Badajoz.

Miguel Ángel Naranjo Sanguino (coord.), Apuntes para la historia de la ciudad de Badajoz. Tomo XII. Badajoz, RSEAPB, 2017.

GERMANA DE FOIX

Pertenece Julia Rodríguez-Moñino a una ilustre familia extremeña, en la que han brillado con luz propia dos extraordinarios personajes: su hermano Rafael, historiador prematuramente muerto en plena madurez, aunque ya con abundante obra édita, y su genial tío D. Antonio, también arrebatado pronto por las Parcas, sencillamente “el príncipe de los bibliógrafos españoles” (M. Bataillon).
Natural de Badajoz, la autora estudia Filosofía y Letras en Valencia, de cuyo Ayuntamiento era Secretario el padre. Para escribir la tesina de licenciatura, pidió consejo a su sabio pariente, que por entonces era catedrático de la Universidad de Berkeley (hasta donde lo condujo un ominoso e interminable proceso de depuración política). Si bien D. Antonio no aprobaba el tema propuesto, la biografía de Germana de Foix, remitió a la joven estudiante la oportuna nómina de libros y documentos que debería consultar.
Julia Rodríguez-Moñino no publicó aquel trabajo. Tampoco lo abandonaría nunca y, aunque dedicada a menesteres de carácter social (por ejemplo, largos lustros de trabajo para ASPADIS, Asociación de Disminuidos Psíquicos profundos), continuó incrementado sus conocimientos sobre la aristócrata, atenta a los estudios que en relación con la misma iban editándose. Al fin, ve la luz este bien madurado libro. Antes de introducirse en su lectura, recomiendo no perderse el prólogo del profesor y poeta José Iglesias Benítez; la introducción de Adela Tarifa Fernández, Directora del Instituto de Estudios Giennenses) y el preliminar donde la autora explica los motivos que le impulsaron a interesarse por la figura de Dª. Germana. Según define acertadamente el prologuista, esta “aproximación historiográfica” a una figura tan famosa como mal conocida, tiene algo de ensayo histórico, algo de sociología y mucha bibliografía. Redactada con perceptible afán divulgativo, sin desmerecer en rigor, proporciona un sugerente retrato de la reina, enmarcándola en el rico contexto por donde hubo de discurrir su agitada aventura existencial.
Emparentada con el rey francés Luis XII, apenas tenía 18 años cuando vino a España para unirse en matrimonio a Fernando el Católico, reciente viudo de Isabel. Una casi adolescente, educada en el lujo y las galanterías de la corte francesa, lo tenía difícil para sustituir ante adustos castellanos y el propio marido la memoria de una mujer tan genial como imperativa. Poco la ayuda la pronta muerte del posible heredero (el infante sólo vivió unas horas), con el que tanto soñó el rey aragonés, ya bien entrado en la cincuentena. La muerte de Fernando, camino de Guadalupe (acelerada quizás por aquel potage que la reina Germana le dio para hacerle potente, en términos del historiador Prudencio de Sandoval), deja a la viuda en difícil trance (no económico, pues Fernando, que siempre la trataría con pulcritud, la dotó generosamente).
La autora continúa desarrollando en su estilo pedagógico los nuevos avatares de aquella mujer culta, alegre y amante de la gastronomía (se puso extraordinariamente gorda). Sobresalen las relaciones con Carlos V, su querido hijastro (¿hubo relaciones amorosas entre ellos?) y los dos nuevos matrimonios que hubo de emprender, siempre por motivos políticos: el que la unió al Marqués de Brandemburgo, un incompetente llegado a España entre la Corte del Emperador (1517), junto al cual afrontaría en Valencia la Guerra de las Germanías y la rebelión de los moriscos, y, muerto éste, a Fernando de Aragón, el culto Duque de Calabria.
Germana de Foix fallece el año 1536 en Valencia, donde había desempeñado por designio del Emperador el puesto de Virreina. En un amplio apéndice documental se describen las actuaciones de la corte que durante diez años mantuvo en la rica ciudad del Turia con su tercer marido, mecenas ambos de músicos, escritores, impresores y otros artistas.
Tras la nómina de la bibliografía consultada, un oportuno índice onomástico permite localizar los numerosos personajes citados en sus respectivas páginas, al pie de las cuales se incluyen extensas notas explicativas. Abundantes ilustraciones enriquecen la edición.

Julia Rodríguez-Moñino y Soriano, Germana de Foix (1488-1536). La reina desconocida. Aproximación historiográfica. Madrid, Beturia, 2017.

AROMA LÍRICO

Con esta obra obtuvo su autor el Quijote de Plata 2016, premio que organiza la Asociación Peña Rodense con ayuda del Ayuntamiento que da nombre a ésta. Nacido en Mérida (1956), Andrés R. Blanco se trasladó con diez años a Madrid, donde reside. Aunque también escribe narraciones cortas, pertenecen al género lírico la mayor parte de sus entregas, no pocas distinguidas con notables galardones, algunos de sello extremeño. Son ya una docena los títulos que conforman su obra poética.
Prologa esta última Federico Gallego Ripoll, escritor de reconocida trayectoria, ganador del Premio de Poesía Ciudad de Badajoz 2011. Anota los cambios que percibe en la voz del emeritense y declara: “Frente a los poetas que consolidan su oficio en un intento de alteración perpetua de los perfiles del mundo en el que habitan, Andrés R. Blanco elige que su escritura se adapte a los contornos de esa realidad emocional, asombrada y paciente, que es la experiencia que le va regalando la vida. Así, no rompe, sino acompaña; no destruye, sino edifica día a día, de manera continua, sosegando en su poesía esa fiebre de fácil transgresión que es signo de los tiempos”.
Y no es que Blanco se refugie en ninguna torre de marfil, ni haya decidido conducirse dócilmente por las vías de la sumisión ante los poderes establecidos. Aunque parezca interesarse sobre todo por el lenguaje –resulta revelador que ya el primer poema se titule “Palabra destilada” -, pronto le conducen otras inquietudes, tal vez porque, según confiesa, “Mi corazón, por dentro/es una bomba/que explota en ansiedades”. De ahí que bien pronto, ya en la tercera composición, “Prometeo”, lo veamos erguido como el héroe mitológico, dispuesto a coronar montañas, encender abismos y repoblar el mundo de sendas sin dolor. Y todo eso, pese a que algún dios desconocido le jure venganza. No en vano, la presencia de Neruda, a quien se rinde homenaje en el poema siguiente, impulsa a no cerrar los ojos ante “el mundo tan real como acontece”.
Con todo, el misterio, el vuelo del aroma, las voces crepusculares, el lado oscuro de las criaturas, las madrugadas sin promesas, los pájaros del cielo y del amor, los anhelos inefables, los íntimos deseos de la carne, los aromas que las venas nos ocultan (lo digo con términos espigados en sus páginas), simbolizan la atracción que el poeta siente hacia los afanes más íntimos.
Sus versos, siempre libres y blancos, a menudo anafóricos como para romper con sus sucesiones sonoras posibles resistencias o faltas de atención, está construidos con suma pulcritud, ritmo y desnudez expresiva, habitados por imágenes sorprendentes: Esta palabra tiembla/vibra/ardiendo en la situación que promete (pág. 13); El lenguaje/como caballo muerto/recibe la visita de las más negras moscas (pág. 32); En los puentes de lluvia mi lengua se desata (pág. 45); Por la ladera suave del tiempo que no llora/por el filo del aire cuando viste de azúcar/…navego (pág. 50).
Son algunas de las muchas muestras que podrían elegirse, capaces de justificar el deseo más íntimo del escritor, según lo expresa en el ´verso último del libro, este papel quisiera incandescente.

Andrés R. Blanco, El aroma o quién. Madrid, Miliaria, 2017

Ricardo Hernández (Santa Marta, 1948) es autor fecundo, titular de numerosas publicaciones, casi todas relacionadas con Extremadura. Tiene editados libros sobre Ángel Braulio-Ducasse, Antonio y Rafael Rodríguez-Moñino, Luis Álvarez Lencero o Santiago Castelo y anuncia otro en torno a Manuel Monterrey. Aparte estas monografías, cabe recordar también su estudio Escritores extremeños en los cementerios de España, tres volúmenes dedicados a los muchos que, conducidos por la diáspora, yacen fuera de la región. Dueño de una rica biblioteca, residente en Madrid desde bien joven, Hernández Megías mantiene amistad con muchos de los creadores coetáneos. En sus investigaciones, que él se esfuerza siempre por documentar merced a la bibliografía allegada, sobresalen los datos de primera mano que él ha sabido localizar en textos inéditos o extraer de sus relaciones personales.
Según el título mismo sugiere, Viejas y olvidadas historias de mi pueblo, el estudioso deja paso aquí al creador para componer literariamente un retrato de la villa natal durante los difíciles años del primer franquismo. Recuerdos de experiencias infantiles, reinterpretación de leyendas populares, historias de la época, personajes del entorno, acontecimientos notables o simples anécdotas van superponiéndose en este atractivo caleidoscopio rural. Dedicado a la memoria de sus muertos, que ya son tierra extremeña, Ricardo Hernández ha querido distinguir a su abuelo Aquilino, acusado por el Consejero Local de Falange de que “como tenía cierta cultura, hizo mucho daño a los obreros”, por lo que lo fusilaron en las tapias del cementerio de Badajoz un once de julio de 1941. (Lo recrea en uno de los capítulos).
El libro lleva prólogo de Juan Felipe Pérez Turrión y un preliminar que explica el origen de los relatos: “En todos ellos hay una parte real de mis vivencias, de mis miedos de antaño, de mi memoria selectiva del niño que fui, aunque naturalmente…la ficción, las nuevas lecturas a lo largo de mi vida y lo soñado pero no vivido, hagan de todo ello una amalgama en la que sería difícil señalar qué es la verdad y qué es lo creado” (pág. 14). Imaginadas o reales, en muchas de estas narraciones, veremos también descrita nuestra infancia (el autor gusta recordar con Rilke que la patria del hombre es la niñez), quienes la vivimos en los ambientes rurales donde aún resonaban los ecos de la guerra civil, el terror de tanto sufrimiento, la humillación de los vencidos, las privaciones de la autarquía, la solidaridad frente a la enorme escasez, el trabajo de sol a sol, los jornales de miseria, el miedo a las enfermedades, la insensibilidad para con los animales … y la calle, el campo y la escuela como únicos paraísos, sobre todo para quienes nos tocaron maestros excelentes.
El comienzo resulta conmovedor. El autor da voz al niño que fue para referir la muerte del padre, un hércules de fragua y siega, fatalmente herido por la insolación, desenlace que marcará a toda la familia, obligándola a emigrar. Pero antes de partir, aquel monaguillo avispado tiene ya su propia cosecha, mies que va a acompañarle para toda la vida, incluso desde la distancia: excursiones con amigos montaraces por Monsalud, donde localizan la cueva del maquis; relatos legendarios, como el de las tramposas “pantarujas”; cuentos populares (el anciano rumbo al asilo); la iniciación al sexo; el respeto a los mayores; la repugnancia del maltrato animal; el miedo a los azotes del agro, como las plagas de langosta (pasaje que recuerda otro de Felipe Trigo en Jarrapellejos) o el atrevimiento de los adolescentes, capaces de robar una cigüeña en lo más alto de la torre. Y, como clave de su código ético, las enseñanzas de un profesor a quien se rinde homenaje explícito, D. Fernando Tomás Pérez Márquez. Otras figuras de las letras extremeñas reciben también, mediante las oportunas dedicatorias, justo reconocimiento: José Iglesias Benítez, Pablo Jiménez, Julia Rodríguez-Moñino y Francisco Cerro, entre ellos.
Forzado a elegir, me quedaría con “Los dos cántaros de leche”, recreación del encuentro con una anciana mendiga, a cuyo esposo, “un señorito desclasado”, fusilaran, viéndose obligada a refugiarse en Madrid para no someterse al acoso de los matones. Lo más terrible es que su propio hijo la desprecia y humilla.

Ricardo Hernández Megías, Viejas y olvidadas historias de mi pueblo. Madrid, Beturia, 2017.

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