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SOBRE los pupitres
rotulamos la pretérita caligrafía
de verbos y oraciones.

Ah los rincones secretísimos
de los patios de luz
donde celebramos sortilegios de nieve
e inocencia.

Los múltiplos del azul calculados a las fracciones.
La libre función
de sujeto y predicado.

El corazón siempre lo sumamos
a las manzanas de lo imposible.

(Del libro "Madrugada de los ferrocarriles").


ESTO que de mí apenas queda.

Estas manos transparentes
de pañuelos en las despedidas.

Estas idas y venidas
sin remedio hacia ti.

Sin otro lugar donde pensarte.
Sin otro qué dónde y cuándo
de futuro incierto que brindarte.

Sin convenio
entre tu toda tú y mi esqueleto.

Sin ocasión alguna
para negarme al punto.

Para ir despejando cuestiones
en alerta
desde el círculo inútil
de mis eternas dudas.

De mis impacientes deudas.


DESIERTO de sal:
espuma.

Morir
ola siempre.
Playa de tu mismo mar.



POR NO OIR A LOS PAJAROS
AL fin de toda búsqueda,
he vuelto al desamparo,
en mi boca el lamento
de los desheredados.
Quise buscar la música
misteriosa del mar,
sin escuchar primero
los trinos de los pájaros,
no supe de medida,
de límite, ni estado.
Convocando a la voz que poderosa auna
a todos los contrarios,
que enlaza luz y sombra,
dejé atrás la hierba,
el monte y el collado,
sin escuchar siquiera
los trinos de los pájaros.
Y profané el espacio
del misterioso mar,
buscando los acordes
de la invisible mano,
más todo fue silencio en mis poemas,
calló la música y nada me fue dado.
Pero dispuesta a todo límite,
hollé de nuevo
el reino de la luz y los presagios,
y dirigí mi voz, mi grito mutilado,
hacia los acordes lejanos de la luna,
sin escuchar primero
los trinos de los pájaros.
Mas no hallé señal alguna,
ni percibí otro canto,
que el murmullo de esta música hueca,
que suena en la región de los desheredados.
Y fui vencida por los dioses
y mi orgullo doblegado,
por profanar con mis pobre poemas
el reino de lo vedado.
Recogeré mi voz y escucharé a los pájaros.

En  el Confín del nombre (Huerga y Fierro) 1998.


Nunca amanecía
anochecida me besaba la luna
para que no despertara de los sueños.
Fueron años de alegrías y descalabros
la música inundaba todo
y mi cama se movía entre el ocaso
como un fragmento de alba rota.
Nunca amanecía
las sandalias siempre estaban nuevas
jamás perdían su tersura ni se eclipsaba su brillo
mi mesa siempre estaba puesta
y los sirvientes permanecían inmóviles
con la sopera a medio abrir
los ojos soñolientos y los delantales blancos.
Un día quise conocer las flores que se abren con el sol
y se crucificaron sus pétalos
anochecidos con las estrellas.
Deambulé  por todos los lugares de mi pueblo
atravesé desorientada el tiempo
soñé y desoñé de la vida a la nada
y sólo oí el ladrar de perros, los gemidos de la noche
y las canciones de los poetas.
Tuve la sensación de que me llamaba el azul del mar
pero la luz ciega lo había pintado de negro
y había  dispersado fantasmas entre sus aguas.
Las horas marcaban en los relojes al revés
el portero reposaba su cabeza entre las hojas del calendario
y las orugas encendían plegarias como las luciérnagas.
Nunca amanecía
los sueños me eran fieles en la vida
y consiguieron que viviera unos cuantos años
abrazada a la realidad de las madrugadas.
Y ahora que soy tiempo que me he acostumbrado a los sueños
se me representan los espejos torcidos de la vida
y me piden que sea yo... Si nunca fui más que un sueño
¿Qué puedo hacer ahora en la tierra?
Seguro que ni sabré ir a comprar una hogaza de pan para comer.
Por eso pido al dios de los sueños
que no me expulse del país de la luna
quiero seguir anochecida
aunque nunca vea como se abren los pétalos de las flores
ni como se dispersa el rocío de la mañana.

Gramática de Luna (Huerga y Fierro) 2006.


Yo que pequeña y débil me agarré al poema
por andar medio tísica
y con dolor de sombras.
Por tener el pecho lleno de cristales
el cuerpo anillado de  miedos y melancolía
y las tijeras abiertas en los ojos.

Yo que quise crecer con el poema
para echar en él
las  heridas de mis sueños.
Hoy rebasado  los cincuenta
me encuentro con que hablo de dientes para dentro
de que desnudarme me da vergüenza
de que un pudor juvenil absurdo estúpido
me agarra la garganta cuando escribo.
De que no me sirve para el sol ciego
que redobla a penumbra
en los laberintos de mi cabeza
esta poesía de encaje que hago.

Yo necesito en esta melancolía
vestir de luto quemar romero
y no hacer poemas cantautores
para estrenar en días de fiestas
con música y tacones.

El Incendio de las horas (Huerga y Fierrro) 2015.

TRAYECTO VITAL

Siendo pájaro
(hace tanto de eso)
conocí la duda,
supe de la incertidumbre,
acumulé en mis nidos
árboles pacientes,
plumas y cascaras de otras vidas
que partieron,
sin mí,
hacia dispares y desconocidos
tiempos futuros.
Luego fui tierra,
crecieron en mí estas palabras
abrumadas y sordas
con las que escribo que fui pájaro
antes, incluso, de ser hombre,
antes de aprender que la vida era esto,
un ardid de alas, voces y silencios.
Ahora pertenezco a la ceniza,
ascuas de un incendio
casi extinto.
Apenas quedan breves tizones
en esta hoguera que alumbra
(con timidez)
los días pausados del invierno.
Aquí espero sucumbir,
sin resistencia alguna,
al frío lodo de la muerte.


MONSTRUOS

¿Dónde habitan los monstruos?
¿En qué lugares construyeron su guarida?
¿En qué momento buscaron tu sangre?
Puede que cerca de ti
se oculten invisibles,
bajo la aparente sonrisa
de cualquier ciudadano
honrado,
creyente,
respetable.
No dejes que te engañe
su galantería de marketing.
Pueden sobrevivir
entre las sombras,
bajo los charcos,
en la luz titubeante
de las farolas,
en los rostros demacrados
de los oficinistas
o en las manos grises
de las cajeras del supermercado.
No dejes de observar
a tu alrededor
ni un instante.
Habitan estos monstruos
en cualquier esquina,
en rincones húmedos,
lánguidos escaparates,
calles mal iluminadas,
en plazas y zaguanes,
en tu casa también
y en la mía.
Sin duda están alertas,
esperando
nuestro descuido un instante
para devorar, con simulada lujuria,
todos nuestros sueños.


PRESENCIA

Yo quiero estar allí,
para cuando se despidan
la hoja del árbol,
el animal de su guarida,
el hombre del hombre.
Yo quiero estar presente
en los atajos,
la memoria,
las distancias,
la pulpa dulce
del fruto deshuesado,
el designio que se otorga
a quién nace prematuro
entre la sangre
de una madre muerta,
y no es más que otra sombra
dibujada en los andenes vacíos
de estaciones sin nombre.
Yo quiero estar allí,
para cuando llegue
la hoja al suelo,
el animal al bosque,
el hombre al silencio.
Ocupar esta distancia pretendo,
ser ese instante de luz que atraviesa
las sombras de todas las noches,
el corazón de este motín
donde claudican el árbol,
el animal herido,
la última esperanza
del último hombre.




NADA PREGUNTO. NADA ESPERO. NADA MUERO

Por tierras de Jaén

En la madrugada silenciosa,
cuando bajo al lavabo que está en el patio de la casa,
me atrae el olor del jazmín que crece junto a la puerta
sobre una gran olla de barro.

Esbelto contra la pared enjalbegada deja caer
todas las noches sus flores al suelo.
El suelo queda como un malherido vendado,
casi blanco,
pero la nieve que cura está lejos.

Me acerco más y aspiro cerrando los ojos.
Veo el libro que he dejado en la mesita,
en el que todavía estoy vagamente bajo sus aguas
como en este jazmín líquido.

Donde nada pregunto. Nada espero. Nada muero.
(Inédito)



ALUMNOS BAJO EL MORAL
Con buen tiempo, a última hora, solemos ir al patio solitario.
Se sientan bajo el moral en una ovalada mesa de piedra,
y apoyan sus apuntes sobre carpetas llenas de grafitis.

Subrayad los tópicos del Siglo de Oro.

Ocupamos toda la sombra. El cielo es
tres veces la tierra que vemos.
El aire se nombra en las hojas políglotas
y escucha voces, por fin sin griterío.
Ningún sonido se superpone a otro, todos
esperan su vez, y desfilan
disfrutando de su escaso instante de gloria.

Subrayad sólo lo importante.

Y pienso cómo
poder bajar la cabeza hasta las letras,
si hoy no ladra el sol deslumbrado tal vez
por un azul empeñado en trascender.

Al rato miran lo importante porque lo contemplan.

Y en medio, más que la sensación de creer vivir,
la de no poder morir.
(Inédito)


(grúa)

Sube el alba persianas de arrisotados ojos.
Sabe hacerlo con mano de azucena,
no como yo que la fealdad subía
con temprano chirrido, férreamente.
¿Por qué el destino me entregó estos ruidos,
y los ruidos un óxido tan sordo?
Yo, que me hiero con la débil agua,
que me ofusco al sentir
los coches y colegios apagados,
¿cómo no me encontró llena ternura
antes que este metálico vacío
de estar solo y sin peso que respire?
Pero este sabor dura demasiado.
Domingos hacia el cine. Los veía
bajo una lluvia en paz.
Paraguas que juntaban voces romas.
Y faros alejándose.
¡Quién pudiera elevarles aquel ánimo,
aun sin la guinda del vuelo!

Del libro inédito Objetos que nos hablan


REMOS POR CRUCES

Sobre las dunas del Takla Makan, al noroeste de China,
clavaron remos por cruces.

Pero debajo, ríos invisibles.

Son estacas altas de álamos muertos,
restos de una vida remota
con agua potable, pastos y ganado.
Extrañas estelas mortuorias lo cuentan.

Ahora el invierno cubre de escarcha la arena finísima
que deja a la vista tumbas profanadas.
Como siempre los vivos son el peor frío.
Lo calla el niño momificado con gorro de fieltro,
arrebatado a los brazos de su madre también muerta.
La codicia todo lo convierte en campo de batalla.

Secreta necrópolis de Ayala Mazar, con remos por cruces,
con ataúdes en forma de pequeños barcos, ¿es que quieres
contarnos algo que no sepamos de la muerte?
¿Preguntarle a ella misma que dónde está su victoria?

O simplemente señalas tu agua potable y profunda
que espera un nuevo y definitivo golpe de remo hacia la luz.
Tú los colocaste, amiga memoria.

Parece que en lo inhóspito sólo los ojos ciegos buscan.
(Inédito)


VIEJO CON PERRO

I
El viejo no paraba de contar lo de las rosas por el mes de María,
allá en La Serena, buscando entre las huertas
las mejores rosas de agua,
cuando era sólo pantalón decía,
y los brocales rotos de los pozos de los suicidas
eran abiertas sombrillas de rosales  silvestres.

Luego su abuelo, que leía pedazos de libros encontrados
en la cámara, llena de aperos y jaulas vacías,
se llevaba esas hojas con sus cabras al monte.

Y volvía lleno de atajos jamás oídos.

En aquellas noches de búho y lumbre, su voz
recién vestida de palabras forasteras sonaba a pasos
sobre un puente,
y de fondo la diosa radio Vanguard, decía.


II
El viejo, al mirarme, abría sus prados preferidos,
tal vez para que me tendiera debajo de sus nubes.
Sus manos casi tapaban el perrillo tembloroso entre sus rodillas.
Mientras, los aspersores zumbaban por llegar a todas partes
–así es el agua-.
Un jardinero, joven y con cresta, saludaba sin prisas.
¿A nosotros?
Trabajaba no contra el tiempo ni contra nadie.

Cruzaba veloz una urraca. No, dos alegres urracas de salto en salto.

Yo sonreía recolocando con pereza mi pierna escayolada.
Espinas de agua me devolvían las rosillas silvestres del viejo.

Qué extraña plasticidad, lejos de las ruidosas aulas.
Todas las mañanas aquel banco y un camino aprendido,
la barbilla levantada, y en un mismo puño luz en haces,
y ramas, y cotorras argentinas, tórtolas, urracas,
semillas finísimas que de algún modo aprendieron
el esfuerzo que precede a la dicha de creer.

III
Yo vine aquí hace muchos años, decía.
Ciudad de descampados con cabañas maltrechas
en las que escondíamos perros que no querían en casa.
A menudo cruzábamos por endebles tablas cloacas negras.

Yo lo escuchaba mirando los garabatos del yeso,
imaginándome allá como un tarzán doloroso,
casi al tiempo que volvía su voz contra el olvido.

Años de barro hasta los tobillos y extensos vertederos.
Estamos sentados sobre un vertedero
que ahora es un gran parque, decía.
Yo miraba de nuevo al joven crestado
-su labor casi cumplida-.
Palpaba la tierra que había regado.
Los insectos saltarían al vacío solo con verlo,
yéndose ya
bajo un sol heroico sobre un cielo de azul cerámica,
creciéndonos con verlo,
y yo tumbado bajo las nubes de este viejo
que ablanda sus manos contra el perro adormilado.
Para que no haya olvido, pensaba yo.
Aun con breves ojos tras casas con humo.
Para que no haya olvido
–me repetía-

Nada es el recuerdo sin mañana, dijo el viejo.



Desnúdame con la palabra viva,
la sencilla, la transparente, la
que siempre usamos para andar por casa;
porque ya sólo somos briznas de un tiempo incólume
que reitera el silencio.
Tú que esperas vencido,
adviérteme,
sábeme en ti ahora que
nada se nos permite donde los ojos velan.
La presencia,  prohibida;
el camino, cerrado;
y la mano entreabierta
para rasgar el viento
que nos reprocha la unidad.

La espera es el remanso que ahonda en la inquietud,
el trasiego que horada el corazón
del día o de la noche.

La vida es un enigma
como la primavera en el umbral del sueño
que me vierte tu nombre
cuando asoma su voz ya de regreso a casa.


MÉRIDA - BADAJOZ
La  eme
de madre en el umbral de la memoria
pretendiendo
ser trigo que
ensayara la hora de abrirse en
el lienzo del  amanecer,
recorre tus solares ojos donde
se desnuda un blasón,
acuñado en
esos muros augustos de tu origen romano:
un Templo,
el de Marte,
y una santa,
Eulalia.
Tus renglones escritos fueron  cuna de dioses.

Hoy vienes adornada con tu blanco amarillo
rociando de viento el azogue del  mar;
un silencio, un murmullo me va acercando a ti;
hoy un espacio de maduro albor
corrige esa memoria en retornado aliento.

-Las campanas devotas me  anuncian el ángelus-.

¡Mérida...,
si fuera de tus brazos,
del vientre que alimenta la savia del trigal...!


EL OLFATO
¡Qué silencio me abate!,
sonámbula destierro el modo
verbal de su fragancia;
la tenue vida que
va dirigiendo el viento que lo inunda.
El perfume me acerca, me subyuga,
embiste como toro
de terciopelo que roza el rocío;
mece mi cuna cuando su éter
recorre sentimientos preñados de embriaguez;
su dulce aroma me persigue
amiga del relente.
Elemento hacia dentro
que
cristaliza en el aire.

Vive en mí a través de mi nariz.

 

ELIJO ELEGIR
Y elijo la condición de árbol
porque come luz.

¡ Qué delicia desayunar transparencia,
comer lucidez y cenar ocasos anaranjados !

Y con ellos construir el verdor, la sombra
y esa rara nube que es la copa de los árboles
donde se esconde el canto de los pájaros.

Ahora no puedo,
pero en cuanto lo deje
seré lo que he elegido.


AUSCHWITZ
Nadie, nunca, podrá expresar con suficiente emoción y cordura lo que allí sucedió. Menos aún repararlo. Lo único que podemos hacer, además de no olvidar, de ahí estos versos por los que pido disculpas, es tener presente que no sólo no ha concluido, sino que los huevos envenenados de otros holocaustos, acaso el de la totalidad de lo vivaz, están siendo incubados en estos momentos.

La barbarie devoradora forma parte del alma humana, sus tácticas y sus sistemas. De la misma forma que la compasión, la libertad y el respeto forman parte de la CULTURA. De ahí que debamos incrementar todo lo posible nuestro cuidado, a todo y a todos, para que siga sin eclosionar otra solución final. Para que respetemos a lo que  nos respeta, para que nos respetemos a nosotros mismos  como he querido recordar en este poema.


¿Por qué la vemos si no está?
La invisible mancha que
humilla todas las miradas.

¿Por qué queda luz?
Cinco mil gafas «Gandhi» (tan mías)
sin cristales, en una vitrina iluminada.

¿A qué fotografiar?
Instantáneas en las que el uniforme
niega la cara de quien lo soporta.

¿Un naturalista?
La leve lavandera blanca
agita su cola, como siempre,
sobre el tejado del horno
crematorio, como nunca.

¿Cómo es posible?
La tristeza de que
las risas no estén prohibidas

¿Sentimos?
Quieres llorar y te da vergüenza,
de la que te avergüenzas.

¿Y el panorama?
Como un incierto oleaje
de banderas de paz
flotan mil gaviotas –también reidoras-
que , como gomas de borrar, hacen
de su blancura un olvidar.

Por primera vez rechazas un paisaje
jugoso y palpitante.
No aceptas que todo esto
no sea un socavón inerte
o un agujero negro que
engulla toda la historia.

¡Crece la hierba, fluye el Vístula, canta el zorzal!
Es más, no ha faltado un solo año la lluvia
ni el aroma de los colores.
Todo proclama que la vida no desprecia,
ni siquiera a nuestra, ya siempre,
desconsolada especie.

Auschwitz (22.06. 2009)


AIRE
Alimento imprescindible que peso no añade.
Suma de los suspiros de la arboleda,
el aliento de las olas y los hálitos de las almas.
Indistinta inspiración de mente y  pulmones.
Humus de los aromas. Bandera de todos.
Delicia que levemente acaricia el mundo.
Vehículo que la luz, mejor jinete todavía,
ilumina y calienta para que seamos.
Invisibilidad que comunica a la comunicación.
A veces, incluso, rescata algunas miradas
dejándolas irse, admiradas, tras horizontes
y otras alas que se han echado a volar.

Dos libélulas, copulando, alientan mi asombro
y proclaman que la belleza es primera
destreza de la,ahora herida, transparencia.

¡ Cielos: el aire se está cayendo !




MIS FUENTES SON LAS FUENTES

Sumo mi mirada para que lo mirado me acepte como
hermano de Ssol y Aaire, de Aagua y Ttierra.
Contemplo para que todo quede preñado de admiración.
Para calentar, como una lumbre, mi compasión
que funda afinidades con la justa causa de la vivacidad.
Contemplo para ver volar mi libertad sin moverme.
Echo raíces como el bosque sin dejar de triscar por los horizontes.
Quedo anudado a un tiempo que nadie mide ni quiere vencer.
Me atalantan los ritmos de la leve lentitud de esa sabia savia
donde se esconde la eternidad.
Las caricias de los lenguajes sin palabras
cobran sentido y se lo dan a mis sentidos.
Convocado por el abrazo de todas las lontananzas
obedezco a la Belleza anterior a la belleza,
porque allá la transparencia emite templos
anteriores y más sagrados que lo sagrado.
Veo huir a las definiciones que hieren a la vivacidad.
Veo fundirse lo alto con lo bajo lo líquido con lo sólido
lo quieto con lo raudo, lo callado con lo que canta…
veo las diferencias diluyéndose en las confluencias.
Confirmo que no hay destreza mayor que la de los vínculos.
Son proclamas a que reconozcas tus límites si es que
quieres ser tan ilimitado como lo que te limita.
Viendo brotar más originalidad que agua de las fuentes,
de los veneros, chortales, alfaguaras, piedras manantías,
donde comienza esa larga primavera que
son los caminos del agua, tan ayunos de codicias,
tan origen como destino. Tan lo mismo en todas partes
para que todo sea diferente y completo como parte y
como todo, como todo lo que no tiene que producir ganancias.
Miro como un poseso para poseerme dándome.
Dieta visual que alimenta emociones que
te dejan salir de la historia para que vivas el tiempo
que narra su pasar fertilizando a la vida.
Contemplo para desobedecer a lo correcto y a la nada,
a la urgencia y a la comodidad que son las heridas que
desparrama una civilización que se ha arrancado los ojos.
La mirada, de tan admirada, enamorada derroca a la dictadura
al totalitarismo que impone la muchedumbre de lo feo.
Porque a veces, solo a veces, si tus fuentes son las fuentes,
consigues ser lo que miras.

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