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Aunque nacido en Herrera (Sevilla), Francisco Cejudo vino a vivir muy joven a Badajoz. Aquí estudió bachillerato, magisterio y pedagogía, trasladándose después a tierras de Levante, donde sigue residiendo tras jubilarse. Es autor de numerosos poemarios como Poemas de sombra y labios (1991), El navegar de los sueños (1995), Las horas veneradas (1996), Conjeturas sobre una noche (1998), La casa de los vientos (2002), Nunca sabré tu nombre (2005), Tierras prometidas (2009, Brevedad de la luz (2014), Pez de fondo (2016), (2017) o Las estancias del tiempo (2018). En muchas de ellas se localizan referencias a Extremadura.
El año 2012 dio a luz Soliloquios y aforismos, donde compilaba un conjunto que iba componiendo desde 2004. Ha debido mantener sus inclinaciones hacia esta fórmula literaria, tan próxima a la filosofía como fácil de adscribir a la prosa poética, según demuestra este nuevo volumen de “anotaciones aforísticas”, redactadas desde 2013 2016.
Según bien se sabe, estamos ante un género que hunde raíces en la historia de la cultura, cultivado desde la antigüedad grecolatina y las sabias escuelas orientales hasta hoy. En la época contemporánea, tal vez haya sido Nietzsche, citado con frecuencia en estas páginas, su máxima figura. Cejudo los escribe ateniéndose al metro clásico: lacónicos, preñados de sugerencias, con cuidada prosa y un punto provocativos. A tenor de lo que sugiere la etimología del término (procedente dedel griego ἀφορίζειν, ‘definir’), cada una de las piezas aquí reunidas constituye toda una declaración conceptual.
El volumen, que abre con cita del maestro Cioran, otro de los grandes creadores, reúne hasta 900, oportunamente numeradas, en un escaso centenar de páginas. Baste una simple división para deducir el laconismo máximo con el que se formulan. “Aforismo, sentencia, refrán, apotegma, proverbio adagio, paremia…Tantos nombres para tan corto decir”, apunta el autor en uno de ellos (nº 770, pág. 86).
Los propios editores califican la obra como una propuesta de reflexión no carente de ironía, desapego y destreza literaria. Temáticamente, el abanico se desborda cuanto el célebre homo sum, humani nihil a me alienum puto (Terencio). Los fogonazos, en ocasiones deslumbrantes, inciden sobre el amor, la amistad, la estética, la lucha de clases, la religión, la familia, las virtudes y defectos más frecuentes, la política, la historia, la revolución telemática y un prolijo etcétera. Entre los referidos a autores relevantes cabe destacar, amén de los escritores ya citados, los apuntes en torno a Epicuro, Cervantes, Descartes, los hermanos Grimm, Marx, Stevenson, Orwell o Pessoa, si bien Cejudo procura mantenerse fiel a las enseñanzas de Cioran: “Desconfiad de los pensadores cuyo espíritu no funciona más que a partir de citas”. Su indiscutible ingenio le permite transitar por senderos propios. Francisco Cejudo, Anotaciones aforísticas. Sevilla, Punto Rojo Libro, 2017.

Nacido y residente en Badajoz, donde es miembro comprometido del Ateneo pacense y de la tertulia literaria "Página 72", José Manuel Vivas es un hombre serio, quizás tímido, leal y generoso. Aunque cuenta con múltiples galardones literarios, es quizás menos conocido de lo que se merece. Tiene publicados diez libros de poesía, los últimos de los cuales son Cuerpo en ruinas (Erakleion, 2013), De puertas adentro (Madala, 2014), Los labios quemados (Celesta, 2014), Trayectos (Origami, 2015), Mercado de abastos (Ruleta Rusa, 2016), Lastre (Fundación CB, 2016) y Guaridas (Espacio Ed., 2017). Suponen un perceptible proceso de maduración creadora y creciente calidad lírica.
Con Breve catálogo de insectos y otros seres menudos, que prologa Laura Giordani, se nos muestra una voz herida ante los insufribles horrores padecidos por los pequeños de casi todo el mundo (violencia física y psicológica, guerras, hambre, orfandades, abandono, etc., etc.). Según alegóricamente proyecta el título, son como criaturas mínimas a las que nadie importa utilizar pisar, quemar o destruir de cualquier forma. Y apenas se les escucha sufrir, rebelarse o desaparecer, tan débiles para vivir como para desvanecerse frente a nuestra voluntaria inconsciencia.

Por inevitable asociación, a Vivas se le imponen los versos de Miguel Hernández, que ha querido poner en la entrada: "¿Quién salvará a este chiquillo/menor que un grano de avena?". Le siguen otros de Alejandra Pizarnik, donde se evoca a " los amordazados grismente en el alba,/los vestidos de pájaro", también alusivos, con su carga simbólica, a las pequeñas víctimas de nuestras conductas insolidarias., "los gorriones de plumaje oscuro y risueña voz" diseminados por ese tercer mundo inabarcable, pero en que cualquiera de los nuestros podría convertirse.

Niños acurrucados en pateras; niños dormidos bajo plásticos y cartones callejeros; niños hambrientos de favelas; niños asesinados por escuadrones de la muerte; niños desamparados entre los restos del karat ruso o la sed africana; niñas sangrantes por ablaciones ancestrales, mariposas desprovistas de su original belleza; niños de miembros amputados por minas o bombas; niños, en fin, que ni cuentan con un mísero mendrugo de piedad que llevarse al corazón…
Constituyen el doloroso catálogo que Vivas, conmovido y quizás escéptico, compone casi sin levantar la voz, acomodando su indignación en poemas donde se une a los reclamos infantiles de las cigarras exhaustas , el cric de los grillos asustados , el jadeo del pez fuera del mar, el eco de los cántaros sin agua, el piar de los pelachos en nidos sin plumas.

Ensalzaba D. Ricardo Senabre (en su estudio "Sintaxis y métrica"), saber concluir los poemas con un final acertado, donde se alcance el clímax lírico. Es algo que Vivas consigue habitualmente, conduciendo al lector hacia el mensaje, dejándolo sin escapatoria frente a la denuncia formulada, a los holocaustos minúsculos de la niñez. José Manuel Vivas, Breve catálogo de insectos y otros seres menudos. Toledo, Lastura, 2017.

Un nuevo libro de Rafael Rufino Félix (Mérida, 1929) siempre produce expectación. A punto de alcanzar los noventa de su fecunda vida, al magnífico poeta emeritense le turba, como a todos, sentir que, llegada la noche, el alba no reproduzca el esplendor en la hierba, la gloria en las flores. Pero, lejos de amargarse, se reconforta con la belleza que subsiste en sus recuerdos. Sí, estoy evocando las palabras de William Wordsworth, cuya célebre oda conmoviera a los de mi generación reforzadas por las inolvidables imágenes del film de Elia Kazan, Esplendor en la yerba, con Natalie Wood y Warren Beatty. Y el alba no vendráabre justamente con la entradilla
“Aunque ya nada pueda devolver/la hora del esplendor en la hierba,/ de la gloria en las flores,/no hay que afligirse/porque la belleza siempre subiste/ en el recuerdo”.
Pertenece Rafael Rufino a la primera generación poética de la posguerra. Estudiante en Madrid, fue asiduo a las tertulias de los recitales del Varela, otro café mítico de la capital, cuyas mesas vieron un día a personalidades como Unamuno, los hermanos Machado… y al general Franco (que gustaba acudir para cenar). Reinstaurado tras la guerra incivil, Rafael Azcona lo retrataría perfectamente en su novela Los ilusos, que el profesor José Antonio Carratalá analiza en un estudio asequible por internet. A los recitales que se daban allí las noches de cada viernes (no se imponía consumición alguna, e incluso se servía jarra de agua gratis), en un ambiente entre culto, festivo y picaresco, acudió con asiduidad nuestro hombre. Siempre le tocaba recitar después de Camilo José Cela (el turno se establecía por orden alfabético). Él reconoce su inspiración en Machado, gracias sobre todo a Galerías, soledades y otros poemas, una edición de 1907 que se compró de segunda mano en el Rastro de Madrid por cinco pesetas.
Hoy tiene una veintena de poemarios éditos, entre los que destacan Crestería de la sal y Las puertas de la sangre, ganador del Ciudad de Badajoz en 2005 y uno de los textos que incluye la Universidad de Oxford para sus estudiantes de literatura española.
Merced a los buenos oficios de la editorial Beturia, modélica en su género, da a luz un nuevo poemario. Nos confirma que sigue escribiendo sin descanso y, sin duda, con la misma calidad alcanzada en las entregas anteriores. Suscribo lo que proclamase el profesor Francisco López-Arza, quizás el conocedor máximo de sus obras: “La poesía de Rufino Félix despende una emoción pocas veces conseguida en la lírica actual. Su verso brilla a la altura de la mejor poesía de nuestro tiempo y asegura la permanencia de su autor como uno de los principales poetas de su generación. Es, indudablemente, un poeta de culto”. El alba puede ser la hora de los fusilamientos (Aute-Rosa León); de la revisión de la moral (Nietzsche: Morgen roten) o de la esperanza renovada tras las oscuridades nocturnas, del triunfo del sol sobre las tinieblas. (Es curioso que el barco de la revolución, que sigue anclado en el mueble de San Petersburgo, lleve el nombre de “Aurora”).
No hay que apenarse ni siquiera aunque no se dude de que “el alba no vendrá”. Se vivieron las horas fervientemente ardidas; llegó el crepúsculo y nos fuimos introduciendo en una noche cada vez más densa, que antes o después ha de volverse absoluta. No habrá un nuevo amanecer. Sólo nos queda, como sucedáneo del “eterno retorno”, la vuelta a las pasadas horas de ímpetu vital, el recurso a la memoria de lo que fuimos cuando la “voluntad de poder” (de hacer o de crear, según posibilita la versión del alemán) aún nos espoleaba. La lectura de Antonio Machado, Ezra Pound, Luis Cernuda, Aleixandre, Neruda y Leopoldo Panero, poetas claramente aludidos en estas páginas, pueden servir para la reparación, siquiera fuese momentánea, de los viejos ardores, de la recuperación de los pulsos perdidos.
El primer poema del libro, paráfrasis lírica del de Wordsworth, así lo sugiere. El segundo, “El tiempo”, introduce al agente de la pérdida del esplendor, al dueño de nuestra vida, a la sustancia misma del ser, porque “sí, solo somos tiempo: principio y extinción”. Se recrea uno de los temas clásicos, “tempus fugit”, intensificando su amargura existencial: “El tiempo es nuestro dueño,/y nos saca y nos hunde para siempre en la nada. Sombras del paraíso”.
Son los dos raíles por donde se conduce el poemario, hasta concluir en la entrega final, que adelanta un posible epitafio: “Me acompañó el amor/Mi vida fue feliz”. (Curiosamente, estas cuatro fueron las últimas palabras que pronunció Wittgenstein). Rafael Rufino Félix Morillón, Y el alba no vendrá. Madrid, Beturia, 2018

Tierra secularmente herida por la diáspora, que a menudo la ha despojado de sus habitantes más valiosos, Extremadura tiene en ocasiones la suerte de acoger personas de extraordinaria valía profesional y humana. Es el caso del Esteban Mira que, nacido en Carmona, reside junto a nosotros desde 1994, ejerciendo como profesor de instituto, próximo a otro colega de similares características, el sapientísimo Pedro Baños Martín, lujos los dos para la enseñanza secundaria.

Doctor en Historia, Mira es considerado uno de los mejores especialistas en el análisis de las relaciones entre España y América durante el siglo XVI. Autor de una larga veintena de libros y numerosos artículos, ha colaborado también en importantes obras colectivas, como el Diccionario biográfico español (donde suscribe un centenar de entradas) o la nueva Historia Militar de España. Es miembro correspondiente extranjero de la Academia Dominicana de la Historia (2004) y del Instituto Chileno de Investigaciones Genealógicas (2012), instituciones que valoran, sin duda, la calidad de los trabajos de Mira, pero también su indefectible actitud de crítica contra cómo se produjo la conquista y colonización del Nuevo Mundo.
Algunos de los protagonistas de aquel complejo fenómeno han atraído especialmente su atención: Nicolás de Ovando, Hernando de Soto y, naturalmente, las dos máximas figuras, Hernán Cortés y Francisco Pizarro, todos extremeños. Hace poco reseñábamos aquí su libro Hernán Cortés. Mitos y leyendas del conquistador de Nueva España (Trujillo, 2017), recreación de otro previo Hernán Cortés: el fin de una leyenda (Badajoz, 2010). Aparece ahora el que dedica al de Trujillo, no menos impresionante por la ingente documentación consultada para componerlo.
El autor, que no deja de comparar a los conquistadores de aztecas e incas, mantiene muchas de las tesis que ya señalábamos en su biografía del de Medellín: empeño por consultar fuentes originales, separando mitos y leyendas de la realidad histórica; repudio de las actitudes hagiográficas, tan abundantes en este caso; denuncia de las barbaridades cometidas por los españoles (sin ignorar las que sufrían los súbditos en aquel inmenso Tahuantinsuyu andino, de economía estatalizada, bajo sus crueles emperadores e insolidarios aristócratas) y no disimula admiración ante las gestas militares que pequeños contingentes (mejor amados, sin duda) desarrollarían frente a ejércitos de indígenas muy superiores en número, aunque peor dirigidos, desconcertados por guerreros terribles.
Es mucho aún lo que se ignora sobre la infancia, adolescencia y juventud de Francisco Pizarro, más conocido desde su llegada a América. Importa definir rasgos que de su personalidad aquí bien se establecen: 1) Pertenecía a una familia hidalga, de rancio abolengo, aunque se criase en hogar humilde. 2) Mal orador, no tuvo formación humanística, ni apenas dotes diplomáticas, ni habilidad para dirigir gobiernos. 3) Fue un destacado adalid, un guerrero tenaz, astuto y valiente, un “baquiano” con enorme experiencia militar. 4) Duro, ambicioso, cruel , capaz de repartir castigos e incluso penas de muertes, tanto entre los indios como a sus propios soldados, si lo consideraba útil para sus propósitos, destacaba su empeño en poblar y desarrollar económicamente los territorios sometidos. 5) Fiel y generoso con los suyos, acumuló una extraordinaria fortuna. 6) Sin olvidarse del terruño natal, hacia donde remitió grandes tesoros, nunca quiso volver al mismo, fascinado por el mundo andino. 7) Gustó relacionarse con princesas indias (su heredera fue Francisca Pizarro Yupanqui, estirpe suya y de Atahualpa. 8) No tuvo suerte con sus hermanos (Gonzalo y Hernando, sobre todo), ni socios (el rencoroso Almagro), a los cuales se dedican referencias.
Volumen de cuatrocientas páginas, enriquecidas por abundantes notas, compuesto con evidente y exitosa voluntad de estilo (se lee casi como una novela), la biografía recoge también un exhaustico apéndice bibliográfico (el autor se pronuncia sobre el posible valor de las fuentes) ; el imprescindible glosario de términos quechuas y el oportuno índice onomástico. Esteban Mira Caballos, Francisco Pizarro. Una nueva visión de la conquista del Perú. Barcelona, Crítica, 2018.

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