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Natural de Castuera (1978), María Eugenia Díaz tiene, entre otros títulos académicos, el doctorado en Filología Hispánica y la licenciatura en Filología Italiana. Ha sido profesora de español en la Universidad de Oporto y, tras trabajar para el Instituto de Biblioteca Hispánica (CILengua) y el departamento de Literatura en la Universidad de Salamanca, ejerce hoy la docencia como profesora de Instituto, sin desligarse de las instituciones docentes antes dichas, con las que continúa colaborando en distintos proyectos de investigación.

Entre sus muchos méritos contará sin duda esta edición (volumen con casi 900 páginas) de uno de los manuscritos –el más completo de los nueve códices homólogos – donde se narran los milagros que entre 1412-1503 se produjeron por intervención de la Virgen, según refirieran los propios beneficiados ante la autoridad competente del Monasterio de las Villuercas.
Es la primera vez que sale a la luz, al menos de forma íntegra y bien cuidada, este documento-monumento. Así lo define la responsable, fundándose en el valor del mismo, un vasto conjunto de pequeñas narraciones que cuentan multitud de hechos extraordinarios, inexplicables por las leyes físicas conocidas.
Al parecer, los peregrinos que llegaban al cenobio para presentar su gratitud a la Virgen, explicaban ante algún escribano del scriptorium las circunstancias de los hechos milagrosos. Los frailes (jerónimos) disponían así de un conjunto creciente (cada año acuden por centenares) de relatos con los que podían formar colecciones para utilizarlas como apoyatura en la predicación, dirección espiritual o simple propaganda. La frescura de los textos, sus visos de verosimilitud, riqueza de situaciones y pluralidad de los protagonistas implicados añadían un plus irresistible.
Aquí están recogidos testimonios de personas pertenecientes a todas las clases sociales, desde reyes a simples escuderos; nacionalidades varias (franceses, griegos, italianos, portugueses, holandeses, marroquíes, ingleses, y, claro está, españoles, de cualquier rincón); sexos, edades y estados (hombres, mujeres, casadas, viudos, jóvenes y niños, clérigos y laicos…).
Los mismos religiosos responsables de esta colección la dividen en apartados, según la temática de los hechos referidos: cautivos, deseos, demoníacos, enfermedades, heridas, resurrección, peligros que no son del mar, peligros del mar y prisiones. En este caso, adjuntan también, como preliminar, una versión de la leyenda guadalupana y una breve historia del Monasterio. La editora ha tenido a bien añadir otros apuntes para favorecer la contextualización, antes de reproducir las narraciones (actualizando ligeramente la ortografía).
Todas conservan algo de la oralidad primigenia y mucho de la elaboración literaria posterior, ofreciendo una estructura bastante similar, que comporta las siguientes partes: título del milagro; presentación del devoto; desarrollo del milagro y conclusión piadosa. Constituyen un impagable depósito de referencias para historiadores de las mentalidades, etnógrafos y estudiosos de la lengua. Las ricas notas a pie de página (en tipos diminutos, difíciles de leer) constituyen un excelente apoyo para la adecuada compresión. Desde luego, si algo resulta evidente es que la devoción a la Virgen de Guadalupe se hallaba extendida como pocas por todo el mundo occidental y la fama del santuario era inmensa. (El atractivo de sus hospitales, cuyos avances médicos bien podría explicar científicamente algunos de los “milagros” referidos, y la generosidad de los monjes, constituían un imán irresistible para muchos coetáneos).
El documento C-I, pergamino en letras góticas, encuadernado en cuero sobre tablas de filigranas, queda ahora al alcance de cualquier lector, creyente o agnóstico, que lo puede degustar fácilmente merced a la imprenta (Artes Gráficas Rojas) y el buen tino de la ERE.

María Eugenia Díaz Tena, Los milagros de Nuestra Señora de Guadalupe (siglo XV y primordios del XVI): edición y brece estudio del manuscrito C-I del archivo del Monasterio de Guadalupe). Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2017.

Aunque natural de Carmona, Esteban Mira reside en Extremadura desde 1994, ejerciendo como profesor de secundaria. Doctor en Historia, se ha dedicado especialmente al estudio de las relaciones entre España y América durante el siglo XVI. Autor de una larga veintena de libros y numerosos artículos, ha colaborado también en importantes obras colectivas, como el Diccionario biográfico español (donde suscribe un centenar de entradas) o la nueva Historia Militar de España.
A la gigantesca figura de Hernán Cortés le ha dedicado un buen número de estudios, esforzándose por limpiarla de las incontables inexactitudes con que la leyenda negra y apologética o legitimadora (cuando no puramente hagiográfica) han desfigurado, en un sentido u otro, la persona y obras del de Medellín. Así procuró hacerlo en Hernán Cortés: el fin de una leyenda (Badajoz, 2010), obra de la que ésta podría considerarse algo más que una reedición corregida y aumentada. Es así, según aclara el propio autor en los preliminares, porque ha corregidos errores en la primera deslizados, a la vez que aporta nuevas noticias acordes con la bibliografía más actual (se renueva constantemente) y, sobre todo, los manuscritos inéditos que el autor ha podido localizar entre 2010 y 2016.
Muy crítico con las versiones tradicionales de la Conquista (mucho más próximo a la de Bartolomé de las Casas), Mira se esfuerza por separar el mito de la ficción, situando a Hernán Cortés y sus huestes (escasas, frente a un imperio tan gigantesco como el de los Aztecas) en el contexto histórico, procurando deshacer el cúmulo de tergiversaciones, antitéticas en no pocos casos, que sobre los conquistadores de la Nueva España han venido acumulándose. Aunque no oculta tantas cosas rechazables como se pueden atribuir a los guerreros españoles que llegan al Nuevo Mundo, con recursos bélicos desconocidos para los indígenas y motivados sobre todo por intereses crematísticos, reconoce que “la conquista del imperio mexica fue excepcional en el sentido que un puñado de hombres en muy poco tiempo ocupó un amplio territorio· (pág. 7), si bien se lo deba interpretar como otro capítulo de la imposición de los más fuertes sobre el más débiles, con desastrosas consecuencias para los segundos.
Aquella hazaña hubiese sido imposible de no estar gestada por un hombre de tan recias cualidades. Entre las que más destacan en Hernán Cortés, algunas de forma excepcional, contaron su resistencia infatigable para todas las labores y extraordinarias dotes diplomáticas, dialécticas y oratorias. Con notable cultura humanística adquirida en Salamanca (si bien no se demuestre que estudiase en la Universidad), generoso para los suyos, no fue el eximio estratega tantas veces dicho, pero sí un lúcido analista sociopolítico y “un mago en el arte de la palabra y el engaño” (pág. 197). Alguien que podía mostrarse ferozmente cruel, al mismo tiempo que derrochó habilidad y sutileza para atraerse a fuerzas enemigas; fidelizar a su persona numerosas voluntades, porque Cortés “siempre sumaba, nunca restaba: esa fue una de sus mayores virtudes “ (pág. 204).
Hijo de pequeños hidalgos, aunque presumiese de entroncar con familias nobles (los Monroy y Altamarino), sobre la biografía del conquistador extremeño perviven grandes lagunas, por ejemplo en torno a su estancia en Medellín (apenas mencionó nunca la tierra natal) o los años últimos (1540-1547).
Gran encomendero, empresario (del azúcar, algodón, ganadería, trata de esclavos negros e indios), mujeriego impenitente, tras sufrir un “juicio de residencia” que él consideraba cicatero, moriría riquísimo en Castilleja (pese a su voluntad de morir y ser enterrado en México), pasaría sus años últimos con la conciencia de que no lo trataban según los méritos que creía poseer. Esteban Mira Caballos, Hernán Cortés. Mitos y leyendas del conquistador de Nueva España. Trujillo, Palacio de los Barrantes-Cervantes, 2017

AMOR Y METAPOESÍA María José Fernández nació (1961) en Navalvillar de Pela, territorio rayano entre la Serena y la Siberia, comarcas de enorme reciedumbre paisajística, con Guadalupe al fondo. Allí fue troquelando su personalidad; conoció amigos y amores, penas y alegrías, antes de venirse a Badajoz, donde su presencia es casi infalible en cualquier actividad relacionada con la literatura.
Según ella ha manifestado, su formación enraíza en las enseñanzas de Luis Arroyo, cuyo magisterio reconoce y a quien ha querido rendir homenaje con esta obra, tal vez desde el título mismo: el agua que fluye y fecunda, símbolo de la inspiración poética. Emana caudalosa de su espíritu sensible, según demuestra en la abundante producción que ha ido dando a luz desde que se animase a escribir. Además de numerosas colaboraciones en otras colectivas, ha ido dando a luz una buena colección de títulos, casi todos publicados por Carisma, editorial con la que se siente especialmente vinculada: Paraíso (1999), Retazos de infancia (2004), El descuido de la rosa (2005, 2013), La gruta de las palabras (2007), La creación (2010), Retazos de infancia II (2017), Dualidad (2014) y Piélagos del alma (2017), sin olvidar dos cuentos infantiles, La bella golondrina y el viento (2009) y La cochinilla maravillosa (2015).
Cuantos la conocen, la consideran un paradigma de animal lírico, ese raro espécimen inmerso permanentemente en la “obnubilación lírica” (pág. 43), con sensibilidad infatigable para recrear el mundo (poieo), tras percibir facetas insospechadas por el común de los mortales incluso entre las realidades más frecuentes. Tras esa captación privilegiada, luchan con denuedo por expresarlas en un lenguaje depurado, de alta intensidad lírica, no sin tentaciones de rendirse ante las limitaciones de la palabra y refugiarse en un silencio definitivo. Adoran el “aura” que Benjamín exaltó y se entusiasman con el Cernuda de iluminaciones como la expresada en Ocnos : “…Entreví entonces la existencia de una realidad diferente de la percibida a diario, y ya oscuramente sentía cómo no bastaba a esa otra realidad el ser diferente, sino que algo alado y divino debía acompañarla y aureolarla, tal es el nimbo trémulo que rodea un punto luminoso” (Sevilla, Ayto y otros, 2002, pp. 13-14).
Por suerte para los demás, aunque se dejen jirones del espíritu, la voz va abriéndose paso y cuaja en poemas que emocionan. Los aquí reunidos se distribuyen en dos partes reconocibles merced a la diferente grafía: se reproducen unos en caja baja, mientras otros recurren a las cursivas, alternándose a lo largo del libro. Los primeros son de carácter metaliterario y nos dicen la pugna de la autora, aunque ella misma desconfíe de lograrlo, por alcanzar ese monumento tan inmarchitable como el bronce, con el que Horacio ya soñó. Los segundos no ocultan su carácter erótico y veladamente autobiográfico. El juvenil Pablo Neruda es un referente explícito. No en balde la entradilla con que se abre la entrega son unas palabras del tan grande como contradictorio escritor chileno, a quien además se ofrece uno de los más emotivos poemas, paráfrasis lírica de la famosa “canción desesperada”. Un hombre de tan rotunda sensualidad parece la antítesis física de nuestra escritora, que en algunos versos también se introduce en terrenos eróticos, incluso de manera rotunda (v.c., con repetidas alusiones al “falo mórbido”).
Prologa Carlos Lamas, director del Semanario Vegas Altas y La Serena, publicación con la que María José colabora habitualmente. El prologuista concluye así su conciso texto: “Tampoco soy buen juez, al ser amigo, pero soy sincero al decirles que me gusta como lo hace, como suena y qué cosas despierta y moviliza, mientras pergeña en su burbuja poética trozos de papel pintados con sueños”.
Son todos los del libro poemas de amplio aliento, con versos blancos y libres (salvo algún caso de suaves asonancias e incluso rimas interiores), más el original soneto, eje de la obra, escrito en acrósticos, junto a otros juegos gráficos, para componer el nombre de Luis Arroyo. Se han eliminado los signos de puntuación, lo que exige la complicidad de los lectores, requeridos a implicarse en el proceso creativo, forzados a imponer ritmos y pausas, a veces con alcance semántico. .
Pese a lo dicho más arriba, y sin desconocer el innegable tono “profano” (fuera del templo) que estos poemas rezuman, en ellos también se percibe a menudo un aire trascendente, un toque de mística laica. A mí me lo sugiere ya el propio título, que conduce inevitablemente al San Juan de la Cruz que, con el trasfondo del Cantar de los Cantares, nos conmueve recordándonos
Que bien sé yo la fonte que mana y corre
aunque es de noche.
Aquella eterna fonte está ascondida,
que bien sé yo do tiene su manida,
aunque es de noche.

Notemos también los frecuentes los frecuentes neologismos (algunos introducen originales anfibologías) y resultan muy numerosas las sorpresas gráficas, de las que María José tanto gusta:
-Alteración de las cajas en una misma palabra, v.c. en “serpenteando” (pág. 22), para asimilar el curso de un río a los quiebros del reptil.
-Rupturas lineales, con espacios blancos sorpresivos, que suspenden el discurso lector.
Y especialmente los ingeniosos caligramas (hasta quince se localizan). Sin duda el más llamativo es el que cierra la obra, un poema dedicado a Piedad González-Castell, amiga común. María José Fernández, De la soledad que emana. Alahurín de la Torre, Editorial SELEER, 2017.

HISTORIA DE BADAJOZ

Si alguna obra puede aducirse en Extremadura como prototipo de “work in progress” es esta Historia de la ciudad de Badajoz, cuyo volumen XII acaba de aparecer. Se trata de una publicación auspiciada por la Real Sociedad de Amigos del País de esta ciudad, que cada año consigue sacar a luz una nueva entrega. Coordinaría los tomos iniciales Augusto Rebollo Sánchez (La Parra, 1931-Badajoz, 2017), artífice del proyecto, cuya biobibliografía establece en los preliminares Miguel Ángel Naranjo Sanguino, catedrático de historia, responsable de proseguir con la tarea editorial del profesor recién desaparecido, hombre bueno en el mejor sentido de la palabra, ensayista fecundo e infatigable colaborador de cuanto dijera relación con la cultura extremeña.
El volumen, con 264 páginas de gran formato (30x21 cms.), recoge una docena artículos, de cuyos autores se incluyen en el apéndice final las oportunas notas biográficas. Los abre Mariano Cabanillas Entrena, con un apunte sobre Juan Marín Rodezno, obispo que gobernó la diócesis pacense de 1681 hasta su fallecimiento en 1706, tras afrontar con gran espíritu males sociales (plaga de langostas, incendios urbanos, abandono de niños expósitos) y las repercusiones de la Guerra de Secesión. Tras el estudio en que Moisés Cayetano se ocupa de la demografía y el urbanismo de Badajoz en el tránsito del siglo XX al XXI, Jesús Mª. García Calderón, el conocido fiscal y notable poeta, ofrece un conjunto de sesudas propuestas en torno a la conservación del patrimonio, no siempre bien atendido en los PGOU desarrollados en Badajoz a partir de 1989.
José Manuel González nos retrotrae a la época del badajocense Manuel Godoy, cuyo 250 centenario se conmemora. El célebre y polémico hombre de estado tuvo pasión por los libros, según recuerda Joaquín González Manzanares, presidente de la UBEx (Unión de Bibliófilos Extremeños); como novedad, reproduce el texto manuscrito de la proclama que diera en Badajoz a los ejércitos españoles el 14 de mayo de 1801 (antesala de la Guerra de las Naranjas), documento prácticamente desconocido hasta ahora. Por su parte, Víctor Guerrero reincide en un tema del que durante los años últimos ha venido ocupándose insistentemente, el novelista Felipe Trigo, que vivió parte de infancia y primera juventud en la ciudad de Badajoz (según el propio escritor evoca en varias de sus obras, especialmente En la carrera y Los invencibles, obra bastante menos conocida).
Adolfo Marroquín y su hija Laura exponen los trabajos metereológicos desarrollados por Máximo Fuertes Acevedo, catedrático del Instituto de Badajoz de 1881 a 1890, autor de diferentes obras sobre Física y Astronomía, si bien la que más nos había interesado desde que la conocimos fue la dedicada a Darwin (Badajoz, 1883), un estudio pionero de la teoría evolucionista, condenado por el obispo de la diócesis y objeto de encendidas polémicas en los periódicos de la ciudad. Más serenas discurrirían aquí las aguas, según expone el profesor Antonio Ramiro, durante la creación y desarrollo de los estudios universitarios (1967-2017).
No siempre hubo tanta tranquilidad en nuestras calles, recuerda Fermín Rey al ocuparse de la crisis de 1917 (año de la Revolución rusa y la huelga general española), en este ejercicio de feedback que la obra reseñada impone. Sin olvidar otros factores (guerra de Marruecos, descomposición creciente de los partidos dinásticos, gravedad de la situación obrera), en la ciudad repercutieron aquellas contiendas nacionales, pero de forma que al concluir el año pocas transformaciones podrían anotarse, al menos aparentemente: “Todo seguía igual en la política municipal, con el dominio de los clanes caciquiles, unidos a los ricos comerciantes e industriales; el regionalismo tenía un carácter limitado y las organizaciones obreras habían vuelto a la práctica de las acciones locales”, concluye el historiador (pág. 203).
Un municipio donde seguramente el elemento más dinámico fue durante luengos lustros el claustro de su Instituto Provincial, en el que figurarían personajes tan comprometidos como Tomás Romero de Castilla o Anselmo Arenas. Ángel Zamoro resume aquí lo mucho que tiene investigado y dicho en su libro sobre los profesores de Física y Química que a lo largo del XIX se incorporarían a dicho centro.
La obra termina con las calurosas intervenciones que en el homenaje a Augusto Rebollo (20 febrero 2017) hicieran un buen puñado de buenos amigos, resaltando la figura del difunto responsable de la sección de Historia de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Badajoz.

Miguel Ángel Naranjo Sanguino (coord.), Apuntes para la historia de la ciudad de Badajoz. Tomo XII. Badajoz, RSEAPB, 2017.


Con el patrocinio de la
JUNTA DE EXTREMADURA
Consejería de Cultura e Igualdad


 

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