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Es un hecho constatable que en Extremadura ha visto la luz, desde el Humanismo renacentista hasta épocas actuales, una impresionante pléyade de traductores. Entre los muchos que la constituyen, podríamos recordar nombres tan señeros como los de Casiodoro de Reina, Arias Montano y Pedro de Valencia (lenguas semíticas), El Brocense (griego), José María Valverde (inglés), Antonio Holgado Redondo (latín), Andrés Sánchez Pascual (alemán), Ángel Campos Pámpano (portugués) o María Jesús Viguera Molins (árabe). Muchas de las versiones por ellos realizadas han paso a ser textos canónicos.
Esta nómina sigue engrosándose en los tiempos últimos. A la misma pertenece por derecho propio Juan Antonio Garrido Ardila. Nacido y formado en Badajoz, catedrático hoy de la Universidad de Edimburgo, cuenta ya con una muy considerable serie de obras, especialmente de género ensayístico. Pero su competencia para traducir viene confirmándose con el traslado que, entre otros autores, ha hecho de los grandes escandinavos. Ninguno parece interesarle tanto como Ibsen (1818-1906), sobre el que ha compuesto importantes estudios (véase la bibliografía adjunta) y del que ya publicase, en esta misma editorial, otro de sus dramas clásicos, Un enemigo del pueblo(2014).
Tal vez menos conocido que este último, aunque de no menor valía literaria, es El pato salvaje (Vildanden). Es la vez primera que aparece en lengua española partiendo del original noruego (tomo IV de las Samlede Vaerker, a saber, las Obras Completas de Ibsen, Oslo/Copenhague, 1907). Representada por primera en Europa, no sin escándalos, meses después de su publicación (1884), entre nosotros la llevó a escena (1982) el gran Buero Vallejo quien, apoyándose en la traducción francesa, prefirió llamarla El pato silvestre.
Con todo, Ibsen fue muy leído en España (si bien no abunden los estudios filológicos sobre el gran dramático). Según expone Garrido en el excelente preliminar adjunto a esta su edición, la influencia ibseniana es innegable en muchos de nuestros autores. Echegaray, Valle-Inclán y muy especialmente Unamuno habrían sido los más influenciados por el escritor noruego.
Si bien Ibsen se haría famoso por el contenido social de sus dramas, no resulta menos atrayente que en algunos, como El pato salvaje, se adelantó a los planteamientos modernistas basados en la concepción caleidoscópica de la realidad, el perspectivismo, en frase de Ortega; el interés por la psicología de los personajes; la ambigüedad de los códigos éticos (verdad versus “livslong” o “mentira de la vida”) y el uso de un lenguaje excepcionalmente metafórico y simbólico.
Todo ello abunda en estas páginas, a partir del título mismo. Según la leyenda de los avestruces, los patos salvajes, sintiéndose en peligro, acaso por las heridas acusadas, prefieren sumir la cabeza en el fondo del agua que sobrevuelan . “De este modo, evitan el peligro, pero se aíslan del mundo y se condenan a una muerte en la oscuridad”, aclara el prologuista. Tal vez un perro nadador podría salvarlos.
Así les ocurre aquí a las dramatis personae: Hjalmar, que, sabiéndose fracaso, se esconde en casa del hijo; Gregers, cuyos ideales (absurdos) apenas ocultan el odio hacia su padre; Relling, capaz de intuir y denunciar semejante argucia, etc.; algunas mujeres memorables… La etimología de cada uno de estos y otros nombres, explicada por el traductor, connota cargas simbólicas de gran voltaje. Algo, por cierto, que tan magistralmente dispuso Cervantes en El Quijote. Y son bastantes más las similitudes que Garrido señala entre el gran clásico español y el noruego.
Compuesto a finales del XIX, cuando las grandes ideologías que inspiraron las distintas corrientes del movimiento obrero alcanzaban el auge, la lectura del libro, más de un siglo después, pese sus tintes de humor irónico, viene a mostrarnos las trágicas complejidades de del individuo y de la sociedad misma. Ibsen, tan firme en la denuncia, puede deslizar también que en ocasiones cabe elegir “la mentira de la vida” en lugar de los supuestos dogmas. Henrik Ibsen, El pato salvaje. Madrid, Alianza Editorial, 2018.

Natural de Don Benito (1941), donde ahora reside tras largo periplo existencial, Martínez Sánchez cursa la segunda enseñanza en el seminario de Plasencia, que tan atento estuvo a la literatura. Coincidió allí con futuros escritores, como el poeta Pablo Jiménez o el recién elegido académico de la Real de Extremadura, José Julián Barriga. Se dedicó después a diferentes oficios. Fue jornalero del campo y la construcción antes de decidirse a emigrar a Francia (1964). También allí trabajó en labores agrícolas durante varios años, marchándose después a Alemania. Se hace obrero de la fundición de Lendringssen, hasta que en 1974 regresó a España. Puso fin a la carrera laboral jubilándose como celador sanitario.

Tantas vivencias, especialmente las experimentadas en el último centro, nutren esta su opera prima, cuya notable calidad no deja de sorprender. Estructurada en cuatro capítulos y un epílogo, las entradillas de cada apartado advierte que de ningún modo estamos ante un narrador lego. Los oportunos textos preliminares se han pedido a escritores tan sugerentes como Cioran, Anatole France o nuestro Félix Grande, testimonio sin duda del culto que el novelista siente hacia ellos. La obra se publica en la colección “Campos de ortiga” (guiño a Reyes Huertas), cuidada por Jacinto Gil Sierra, con diseño de Jesús Reta y del infatigable José Iglesias Benítez.
La historia narrada discurre en un asilo de ancianos, dirigido por monjas. Allí se encuentran los dos protagonistas que componen el título, Nano y Manuel. Este se encarga del jardín y la huerta, ayudando a las religiosas (poco simpáticas, implacables con los ancianos) en tareas subsidiarias, aunque él busca no inmiscuirse excesivamente. Añora sobremanera a su padre. El otro, antiguo cantinero de estación ferroviaria, humilde y más bien desgraciado, con taras físicas, busca ante todo no desagradar a mujeres tan bravas como la directora del centro o sus hermanas de religión. Los dos personajes gustan de evocar episodios de infancia y juventud, lo que permite al escritor discurrir sobre profesiones, usos y costumbres antiguas, juegos y diversiones propias del mundo agroganadero y de los viejos ferrocarriles, con sus locomotoras a vapor (muy bien documentado).
El relato, que va convirtiéndose en coral, acoge también otros personajes allí recogidos, como Simón, “ el rojo ”, astuto republicano; Miguel, un mal bicho, prototipo de viejo rencoroso, ruin y descerebrado, capaz de violentar físicamente a una de las monjas; o su antagonista, Rey, tan crítico con las directrices de la casa. Martínez Sánchez se esfuerza por componer agudos retratos psicológicos de todos ellos, hasta describir de forma incluso opresiva el ambiente reinante en el asilo, cargado de agobios, excentricidades, rencores, humillaciones y escasas dosis de solidaridad o benevolencia. Tal vez el más humano es el capellán, un cura ciego, confesor de aquellas almas atribuladas, a quienes se esfuerza por no humillar. Pocas ganas le surgen al lector de verse algún día incluso entre paredes semejantes, heridas por la falta de seguridad, mínimas libertades y máxima presión psicológica.
Una prosa depurada (olvidemos los loísmos), brillante en no pocos pasajes, acertadamente nutrida merced al uso del lenguaje popular, con numerosas apoyaturas en el refranero, alterna la tercera persona del narrador omnisciente y la primera, asumida por quienes son impelidos a componer reminiscencias del pasado propio. Maquinistas, barreneros, chalanes, camareros, fogoneros, campesinos, guardias civiles e incluso algún profesor, más un conjunto de mujeres menos dibujadas, conviven peor que mejor, bajo la rígida batuta de sor Inés del Espíritu Santo y sus hermanas profesas, especímenes humanos que Martínez Sánchez tan bien sabe describir .
Juan Martínez Sánchez, Nano y Manuel. Madrid, Beturia, 2018

Javier Divisa es el seudónimo de Javier Guerrero Rodríguez. Nacido y criado en Badajoz, reside en Madrid, donde se dedica al negocio de la moda, lo que le obliga a frecuentes viajes por el extranjero, China sobre todo. Es autor de las novelas Tres hombres para tres ciudades (Cana Negra, 2013) y Valientes idiotas (Amargord, 2015), colaborando también con artículos y recensiones literarias en revistas como Tarántula, El Cotidiano o Eñe.
“Magdalena” funciona en el imaginario occidental, al margen de otras consideraciones positivas, como prototipo de mujer pecadora, de la que se hace mención tanto en el Nuevo Testamento y en los Evangelios apócrifos, con larga proyección en la literatura y artes plásticas posteriores. Es el nombre que luce la protagonista del relato, al que da título, una joven de apenas diecinueve años. La iremos conociendo según la describe el partenaire masculino que le da réplica, un cuarentón, analista de mercados, consultor financiero y de recursos humanos, frívolo y disoluto, bon vivant sarcástico, sólido bebedor, que se enamora perdidamente de la muchacha.
Como en sus anteriores novelas, Divisa nos conduce al abigarrado Madrid de la globalización, cuyas calles y plazas ocupan los más variopintos especímenes: músicos eslavos, manteros senegaleses, ecuatorianos beodos, prostitutas de cualquier lugar, mendigos y ladrones (rumanos), por no decir los “gilipollas”, “soplapollas” y becarios nacionales, según los tres especímenes en que divide a los compañeros de trabajo. Con el desgarrado lenguaje que le distingue ( “puta” es el término más recurrente del libro), el narrador va componiendo un cuadro sociológico pleno de tipismo, a la vez que refiere las sinuosas y duras vivencias de ambos personajes y las tribunas urbanas con las que se relacionan. El sexo ocupa lugar predominante.
Gartzen Álvarez, que así se llama nuestro héroe, con quien el autor simpatiza, lo irá relatando en primera persona, a la vez que evoca sus orígenes familiares, estudios, amigos, relaciones con los padres (presentados sin la menor misericordia) y compañeros de trabajo, descritos sin la menor simpatía. Como tampoco la tiene por los políticos, nacionales o autonómicos. La verdad es que el retrato sociológico aquí compuesto resulta verosímil, pero desolador. Tampoco resultan muy reconfortantes los numerosos filosofemas con que Gartzen gusta explayar su pesimismo antropológico. “Yo mantengo la teoría…” es el preámbulo frecuente de numerosas cáusticas consideraciones.
El escritor es dueño de una prosa tan rica como innovadora y refrescante, plagada de los anglicismos que nos inundan y de expresiones típicas de las jergas juveniles predominantes los lustros últimos para referirse a modas, gastronomías, erotismo, consumiciones alcohólicas, narcóticos, espectáculos, etc. La lectura de Magdalena nos sumerge en un mundo, seguramente muy real, en el que las grandes ideas poco valen y se desconfía de los planteamientos utópicos, preteridos ante la satisfacción inmediata de las propias apetencias. Valor añadido de la novela es forzarnos a reconocer que, según escribiese Manuel Pacheco, todavía está todo todavía.
Javier Divisa, Magdalena. Madrid, Edición Lápices de Luna, 2017

DA COSTA E SILVA Alberto Vasconcelos da Costa e Silva (Sâo Paulo, 1931) es uno de los grandes escritores en lengua portuguesa. Diplomático distinguido, se le reconoce también como ensayista, africanólogo y poeta. Es miembro de la Academia Brasileira das Letras. En estos meses últimos han aparecido en español dos de sus obras, el poemario Fragmento para un réquiem (Mérida, Editora Regional de Extremadura, octubre 2017) y Espejo del príncipe, el primer volumen de sus memorias, que aquí presentamos. La traducción de ambas, junto con el estudio introductorio respectivo, se debe al extremeño Luis María Marina.
Subtitulado “Ficciones de la memoria”, esta entrega en prosa constituye un auténtico placer para los amantes de la gran literatura. El autor evoca aquí sus años infantiles, vividos en la provinciana Fortaleza primero y la capitalina Río de Janeiro después, entornos ciudadanos los dos, aunque aquella conservaba aún resonancias del mundo agroganadero, con su peculiar cultura del subtrópico fecundo, de flora y fauna variadísima, donde olores, sonidos, sabores y colores, plantas, aves y peces –todos minuciosamente recordados- se multiplican en aquel Brasil deslumbrante casi hasta el infinito. Cabe ponderar el esfuerzo que Marina debió hacer para darnos una versión tan convincente de aquel universo sensualísimo. En las dos urbes, centrales para la historia del país, repercuten los ecos de la misma (sobre todo el gobierno de Getulio Vargas y las insurrecciones populares o la insubordinación de los caganceiros), aunque no deja de llegar, e incluso promover encendidas disputas, cuanto ocurre en Europa, como el ascenso del nazismo, la contienda civil española y la II Guerra Mundial (Brasil tomará parte, un punto tardía, junto a los aliados), brutalmente finiquitada con las bombas nucleares de Hiroshima y Nagasaki.
Así ocurre al menos entre las clases acomodadas, a las que pertenecía aquel preadolescente bien educado, enfermizo (sufre terribles jaquecas), amable, supersensible, lector tenaz, alumno poco hábil para los deportes pero amante de los juegos, incapaz de vencer hasta bien tarde la enuresis , no desinteresado por la gastronomía, cinéfilo y con raro dominio de la palabra. No extrañe que sufra bullyng en el colegio marista donde estudia, como también lo soportan, por otras razones, los niños judíos hasta allí fugados del el viejo continente. Pero para los suyos, él será siempre tratado como un príncipe.
Arropado por una familia poderosa, acrecida constantemente por hermanos, tíos, comadres, primos, novios, criadas, trabajadores, etc., todos bien acogidos en casa – un auténtico paraíso -, sobresalen las figuras del padre, poeta con débil salud, y de la arrolladora abuela. De todo se va dando noticias en la obra, que con acierto Marina juzga como Bildungsroman (novela de formación) autobiográfico.
Da Costa le da estructura fragmentaria, constituida por 130 teselas con su pertinente numeración. El casi centenar de notas que el traductor añade a pie de página permiten seguir más fácilmente un texto que, tocado por la gracia de la poesía, abunda en referencias geográficas, históricas, políticas, literarias, etc. del propio país y, según avanza en años, de toda la cultura occidental. Coincidimos con el traductor que esta constituye la primera entrega del opus magnum de Alberto da Costa. Alberto de Costa e Silva, Espejo del príncipe. Madrid, Cuadernos del Laberinto, diciembre 2017)

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