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La poderosa figura de D. Miguel de Unamuno ha quedado estrechamente vinculada a Salamanca, de cuya Universidad fue catedrático y rector (hasta tres veces). Fue él quien desde el balcón de su ayuntamiento, tras las elecciones celebradas dos día antes, proclamó el 14 de abril de 1931 la República, régimen que había contribuido a establecer, declarando que así comenzaba “una nueva y termina una dinastía que nos ha empobrecido, envilecido y entontecido”. El filósofo vasco, concejal por la Conjunción Republicano-Socialista y diputado (independiente) a Cortes por aquel partido, entró pronto en una crisis que lo indujo a apoyar la sublevación franquista, si bien la oposición a los militares insurrectos, filmada recientemente por Amenábar, lo conducirá a morir (31 de diciembre de 1936) arrestado en su domicilio salmantino.
Ahora bien, Unamuno fue siempre un gran viajero, visitante asiduo de buena parte del territorio peninsular (por Canarias y Francia discurrió exiliado), en tren, coche o incluso a pie.
Daría cuenta de sus periplos en algunas obras, por ejemplo Andanzas y visiones españolas, Paisajes del alma o Por tierras de Portugal y España, así como en multitud de artículos editados en la prensa nacional. Razones de proximidad y de una indudable empatía con la Región lo trajeron numerosas veces a Extremadura, especialmente a la provincia de Cáceres (nunca más al sur del Guadiana). De tales visitas hay ecos en no pocas publicaciones. Los recogió Fernando Pérez Marqués con su prosa azoriniana. Los acusaron Narciso Sánchez Morales y Enrique Segura. Lo había hecho M. García Blanco en los prestigios Papeles de San Armadans (mayo 1956), que dirigía C.J. Cela, otro admirador de este terruño. Yo mismo lo recordé en mi libro Extremadura vista … (Badajoz, Universitas Editorial, 1985). Se evocaban en la Historia de Extremadura, de V. Chamorro (Madrid, s.a.), y en Viajes por Extremadura (Cáceres, Diputación, 2004), obra prologada por el académico José Luis Bernal, y lo ha hecho en multitud de estudios Laureano Robles.
Le toca ahora turno a un escritor catalán, Andreu Navarra (Barcelona, 1981), impelido, según sus propias declaraciones, por los ánimos de Eduardo Moga, exdirector de la ERE, y el deslumbramiento que también a él produjo la visita a estas tierras. El ensayista agrupa las venidas de Unamuno (no se sabe exactamente cuántas realizó) en torno a tres ejes: Trujillo, donde se anotan los apuntes más críticos; Mérida, donde se inaugurasen las representaciones en el Teatro Romano (18 junio 1933) con la Medea del genial vasco, interpretada por Margarita Xirgú, y, sobre todo, Las Hurdes. Es muy apreciable el esfuerzo de A. Navarra por contextualizar estos viajes presentando el contexto sociocultural de la Extremadura de la época. Enfrentándose explícitamente a la tesis sostenida por Sergio Lorenzo en su artículo “La mala hora en que vino el vinagre de Unamuno” (HOY, 13-11-2016), el barcelonés argumenta de forma muy razonable que, si bien el pensador bilbaíno nunca se mordía la lengua ante lo que consideraba injusto e improcedente, admiraba el paisaje y el paisanaje de Las Hurdes, hasta el punto de proponer a aquellos esforzados trabajadores de las humildes alquerías, cuya mejoraba demandaba, como prototipo de la dignidad, el trabajo y el sentido de la independencia frente a los poderosos. Si el enamorado de las paradojas llegó a proponer en algún momento que no se necesitaba europeizar España, sino españolizar Europa, más de una vez dijo, tras contemplar cómo se trabajaba en aquella “tierra sin tierra”, que realmente todos los españoles son hurdanos. Andreu Navarra Ordoño, Piedra y Pasión: los viajes extremeños de Miguel de Unamuno. Mérida, ERE, 2019.

Natural de Carmona y residente desde 1994 en Extremadura, donde ejerce como profesor de Instituto, el Dr. Esteban Mira tiene publicados una larga veintena de libros y numerosos trabajos. A unos y otros, centrados en la conquista de América durante el s. XVI por los españoles, los distinguen diferentes rasgos, que los hacen sumamente valiosos: independencia de criterio; escepticismo ante las tesis más extendidas y, sobre todo, la apoyatura en datos de primera mano, tras exhaustivas búsquedas en numerosos archivos, sin desconocer el aparato bibliográfico pertinente. A todo eso cabe añadir la calidad de su prosa, que convierte los textos del historiador en narraciones amenísimas. Así lo hemos podido percibir en las obras que ha venido dedicando a personalidades como Hernán Cortés, Francisco Pizarro o Hernando de Soto; el (mal)trato a los indios de las Antillas; las relaciones entre imperialismo y poder o los entresijos de la “leyenda negra.
Los repite en este estudio, realmente abrumador, sobre las armadas que el Imperio español supo fundar para sostener sus inmensas posesiones en tiempo de los Austrias mayores. Tras recoger innumerables apuntes en los archivos de la Chancillería de Granada, el General de Indias, el de Simancas, el Histórico Nacional, los de protocolos de Sevilla y Carmona, el Municipal de Almendralejo y el Valverde Lasarte (70 de las 400 páginas del libro las constituyen las notas explicativas), ha compuesto un volumen extraordinario, que también incluye la relación bibliográfica; 6 apéndices documentales y sinópticos, más un glosario básico.
Tanto Carlos V y Felipe II, como sus herederos en el trono, fueron muy conscientes de cuánto necesitaban potentes flotas para defenderse contra muy poderosos enemigos de otros reinos (Inglaterra, Francia, Holanda, la Sublime Puerta turca); asegurar la llegada a la Península de los metales preciosos enviados desde América, así como las personas y bienes que desde aquí salían hacia el Nuevo Mundo y, claro está, combatir a corsarios, filibusteros, bucaneros y piratas que por todos los mares surgían con el afán de hacerse con aquellos tesoros.
Para ello irían organizando, con enorme eficacia, pese a la carencia de recursos económicos y humanos suficientes para tan magna empresa, un complejo sistema naval, con numerosas armadas que, si distintas, con frecuencia interactuaban entre ellas. La Guardacostas de Andalucía y la de la Carrera fueron las más importantes, pero hubo bastantes más, con el inolvidable “Galeón de Manilas”.
El autor da minuciosa cuenta de los buques que las componían (carabelas, fustas, pataches, urcas, carracas, bergantines, naos y tantos más, cada uno más apropiado para determinadas funciones, con el galeón como auténtica fortaleza). Describe cómo se montaban, armaban y mantenían, merced al apoyo real, las contribuciones particulares y los impuestos (en especial el de “avería”). Refiere con sabrosísimos detalles la extraordinaria dureza de la vida a bordo y la forma de reclutar hombres para un oficio peligroso, tarde y mal pagado, mal visto, todo lo cual se agravaba en momentos especiales (luchas, huracanes, epidemias, etc.). A no pocos se le prestará singular atención, como la batalla de Lepanto o las vicisitudes de la “Armada Invencible”.
Demuestra que la política naval de la Monarquía Hispánica fue en conjunto un éxito a lo largo de los siglos XVI y XVII. Factores fundamentales para mantener la hegemonía mundial merced a sus flotas lo constituyen las felices innovaciones que supieron introducir, como la hábil combinación de barcos cañoneros e infantería de marina (en ocasiones, los imbatibles tercios) y el sistema atinado para controlar las rutas (Casa de la Contratación de Sevilla) y la creación de lo que puede considerarse la primera Universidad del Mar con el fin de formar pilotos y tripulaciones instruidos en cuanto el “arte de marear” requería. Hubo derrotas, pero fueron muchísimos más los logros y triunfos navales, para mantener un imperio donde “el sol no nacía ni se ponía”. Todo costaba recursos económicos inmensos. Sólo cuando faltaron, en la misma medida que los Austrias declinan, decayó aquella armada, “una de las más grandes y respetadas que la historia ha visto”. M.P. L. Esteban Mira Caballos, Las armadas del Imperio. Poder y hegemonía en tiempo de los Austrias. Madrid, La esfera de los libros, 2019.

Aunque hubiera de tener razón el gran Rubén Darío cuando sentenciaba que “a mi entender, Miguel de Unamuno es ante todo un poeta y quizá solo eso”, la verdad es que el reconocimiento casi unánime lo obtuvo el rector salmantino principalmente por su obra ensayística y quizás sus novelas. No obstante, tampoco las musas le fueron contrarias a este escritor polifacético que, junto a sus ponderadas obras de filosofía, narrativa y teatro, llegó labrar un corpus lírico de indudable interés.
No extrañe que atrajera el de José María Valverde (Valencia de Alcántara,1926-Barcelona, 1996), hombre que empatizaba con el bilbaíno por pasiones comunes como las del lenguaje, el sentimiento religioso (¡esa “agonía del cristianismo”!) o la cosa pública. “Cada día somos más, seguramente, los que consideramos la poesía de Unamuno como lo mejor y más duradero de su obra”, declara el antólogo (pág. 9).
Poeta tardío –confesó alguna vez que apenas había escrito verso alguno antes de los cuarenta -, el genial vasco (Bilbao, 1864- Salamanca, 1936) publicó su primer poemario cuando ya era rector de la Universidad de Salamanca, alejándose de las fórmulas por entonces predominantes en el país. Nos referimos al volumen Poesías (Bilbao, 1907), que contiene un centenar de composiciones, casi todas de carácter meditativo. Mayor impacto produjo El Cristo de Velázquez (Madrid, 1920), obra formada por 2.538 endecasílabos blancos, que los adolescentes de mi generación leímos con absoluto asombro. (Sobre los ensayos La agonía del cristianismo y El sentimiento trágico de la vida caería la censura eclesiástica, lo que no fue óbice para que también cayesen en nuestras ávidas manos). La devoción de Unamuno hacia las estrofas clásica por antonomasia quedaría patente en el libro De Fuerteventura a París (París,1925), que contiene un largo centenar y se concibió, según reza el subtítulo, como un “Diario íntimo de confinamiento y destierro vertido en sonetos”. En entrega posterior, Romancero del destierro (Buenos Aires, 1928), de similar temática, el autor se sirve de otras formas tradicionales. Ya póstumo (1953), apareció en Buenos Aires Cancionero. Diario poético (1928-1936), volumen con casi 2.000 poemas que D. Miguel había ido llevando a cuadernillos guardados en su chaqueta.
Esta pequeña antología, prologada por José María Valverde, reproduce los textos del tomo VI de las Obras completas Miguel de Unamuno (Madrid, Escelicer, 1969), depurándolos de las erratas que deslizaron pese al rigor de un filólogo tan exigente como fue Manuel García Blanco (discípulo, por cierto, del poeta), responsable de aquella edición. Publicada por primera vez el año 1970 y reimpresa en varias ocasiones, reaparece para gozo de cuantos amamos la poética unamuniana que, bien se sabe, ha tenido también no poco detractores (desde Juan Ramón Jiménez a los “novísimos”).
A mí siguen conmoviéndome y haciéndome pensar, entre muchos, sonetos de alcance teológico como “La oración del ateo” (pág. 50) o “Mi Dios hereje” (pág. 53). (Curiosamente, no se incluye otro que memorizábamos los bachilleres: Este buitre voraz de ceño torvo que me devora las entrañas fiero…). He vuelto a sonreír, por no llorar, con “Este hombre del chorizo y de la siesta” (pp. 66-69), extenso poema, que tanto me recuerda otra de Antonio Machado (Este hombre del casino provinciano…). Me emocionan los versos con evocaciones de Salamanca, Castilla y tantas “andanzas españolas”, por no decir el último poema que compuso, “Morir soñando”, (tenía que ser un soneto), pocos días antes de poner límite a su duro, infatigable bregar. Miguel de Unamuno, Antología poética. Madrid, Alianza, 2019.

El tiempo pasado (seguramente el sintagma más repetido) es “el tiempo maravilloso”, adelanta la autora en las páginas iniciales. A rescatar el de su infancia sube esta mujer, ya metida en la cincuentena, hasta el pueblecito, Ponte Stura, donde vivió esos años que, según Rilke, constituyen la verdadera patria del hombre. Aunque ya nada es igual, según comprueba desde los primeros instantes, persisten estímulos suficientes en aquella aldeíta del Piamonte italiano (montañas, valles, ríos, caserones, algún viejo edificio y, sobre todo, olores de todo género) que le permitirán, como a Proust su famosa magdalena en la taza de té, revivir la etapa prístina de la existencia, cuando va troquelándose la personalidad por cauces después ineludibles. Es lo que nos narra La penumbra que hemos atravesado, (La penumbra che abbiamo attraversato, 1964), novela forzosamente autobiográfica, que le supuso a Lalla Romana (Demonte, 1906-Milán, 2001), su primer gran éxito.
Tuvo que transcurrir un largo medio siglo para que apareciese traducida al castellano. Y qué fatalidad. Lo ha hecho el mismo mes de julio en que la muerte arrebataba a su editor, Julián Rodríguez Marcos (n. Ceclavín, 1968), una vez más atinado a la hora de elegir para su querida “Periférica” títulos tan valiosos como incomprensiblemente desconocidos en España.
Nacida y criada en una familia burguesa –el padre es funcionario del ayuntamiento local, músico y fotógrafo amateur -, extraordinariamente sensible, la autora fue impregnándose de cuanto rodeaba su hogar, la escuela donde estudia las primeras letras, la parroquia en que oficia un preboste ejemplar (hay otro cura mucho menos simpático), los lugares de ocio, los paseos de alta montaña … Todo un mundo tal vez ya periclitado, según puede comprobar en la visita, pero que irá aflorando de su subconsciente según va aproximándose a cada sitio.
Resurgen así ante nosotros en primer lugar los padres de la protagonista, cuyos caracteres, tan diversos, son analizados con extraordinaria finura. Les acompañan familiares y amigos, como la hermanita que le provocará enormes celos, o la casi omnipresente “tata” a cuyo cargo va creciendo y formándose. Después, las compañeras escolares, casi todas de origen muy humilde, con las que mantiene relaciones nada fáciles. Algunas pinceladas sobre la curiosa comunidad protestante que se había constituido en Ponte. Los teatros y marionetas que ocasionalmente actuaban en el pueblo. Y, por último, no pocos personajes de la pequeña comunidad sobresalientes por causas distintas. Ninguno tan atractivo como el simpático doctor, rara avis por aquellos entornos, un agnóstico de ideales progresistas y siempre alineado junto a los más desfavorecidos. Los ecos de la I Guerra Mundial también repercuten en el entorno (muchos montañeses formaron parte del ejército).
“No hay arrepentimiento ni nostalgia en este libro, pues aquel mundo no está perdido. Es cierto que ha pasado, irrevocablemente, pero ahora siento su mérito, es decir, lo comprendo, lo amo y, finalmente, lo poseo. Como dice Faulkner, la felicidad no es, pero fue”, declaraba la escritora en una entrevista.
Natalia Zarco, a quien se debe la traducción, le adjunta una treintena de notas a pie de página, muy útiles para interpretar determinados pasajes, así como la versión de otros que ha preferido mantener en el lenguaje original, el dialecto del Piamonte.

Lalla Romano, La penumbra que hemos atravesado. Cáceres, Periférica, 2019.


Con el patrocinio de la
JUNTA DE EXTREMADURA
Consejería de Cultura e Igualdad


 

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