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Hace poco más de un siglo, cierta tarde preotoñal, el famoso médico y escritor Felipe Trigo Sánchez-Mora (Villanueva de la Serena, 13 de febrero de 1864- Madrid, 2 de septiembre de 1916) se quitaba la vida en su chalet ajardinado con un minúsculo revólver, casi de juguete, que aún se conserva. Todo parecía sonreírle: éxitos editoriales (se había hecho rico gracias a sus publicaciones); aceptación acrecentada por parte de la crítica; hijos inteligentes; ambiciosos y originales proyectos en marcha…Todo se lo llevó por delante la neurastenia.
Interesante aproximación a la persona y obras del fecundo novelista permite la muestra organizada por el MEIAC con parte de los documentos entregados al Museo por los familiares de Trigo y cuyo catálogo se reseña aquí. Tanto la muestra como la edición de los materiales seleccionados estuvieron al cuido de Antonio Franco, director del Museo. La obrita consta de medio centenar de páginas, donde se reproducen los textos elegido y generosas ilustraciones relacionadas con el personaje.
Abren unos apuntes biográficos del mismo (incompletos), que compuso su hija Luisa, una de las primeras mujeres españolas licenciadas en Medicina y seguramente la más ligada a él den todos los hermanos. Sobresalen en el apunte las observaciones sobre el carácter del autor y la crónica de las circunstancias del suicidio.
Sigue el extenso artículo que Trigo publicase en El Globo (Madrid, 19 abril 1897) dando cuentas de las actuaciones del heroico retén español, al que él asistía como médico, en el Fuerte Victoria (Filipinas), ante un número muy superior de amotinados. El extremeño, herido muy gravemente, con secuelas posteriores, salvó la vida casi de puro milagro. Como Cervantes, siempre se sentiría orgulloso de tales vicisitudes.
En la sección epistolar, imposible no distinguir la sucinta carta autógrafa que le dirige Pablo Iglesias (Madrid, 5 mayo 1887), encabezada con un esclarecedor “querido correligionario”. El fundador del PSOE encarece al futuro novelista para que organice en Cabeza del Buey la Agrupación socialista local (y así lo llevó a cabo). Le urge también contribuya a extender los ideales del aún casi neófito partido obrero. Según se sabe, Trigo fue dando a luz en El Socialista una serie de artículos, “Las plagas sociales”, que acarrearían problemas con la censura.
Interesándose, como muchos de sus paisanos, por Portugal, país al que admiraba, Trigo viaja en tren a Lisboa, donde durante una intensa semana se relacionó con buena parte de los intelectuales y artistas lusos allí asentados. Él mismo relata la visita en un extenso reportaje que dio a luz en Cervantes. Revista Iberoamericana (año I, nº 2, septiembre 1904). “Es lástima, escribe Trigo, que nuestra literatura y nuestra Prensa no se preocupen de Portugal, del gran pequeño pueblo que lo merece y que nos ama. Su mentalidad, hoy, vale más que la nuestra en conjunto, hasta el punto de poder acreditar n la ajena ignorancia de ella, antes que el desdén del poderoso hacia el baladí, la indiferencia turca hacia lo progresivo” (pág. 15).
Por último, tras la extensa entrevista que el autor concediese a J. M. Carretero, “El Caballero Audaz” (El Día, Madrid, 19 julio 1916), se recogen los detalles del último gran empeño en el que se había embarcado: la fundación ante notario de la sociedad anónima Yulia, que habría de editar la revista La Vida, dirigida por Trigo. Según consta por el folleto promocional impreso, con cubierta de su confeccionador Salvador Bartolozzi (18 agosto 1916), entre sus colaboradores (supongo ya apalabrados) figuraban las plumas más sobresalientes de la época: Pardo Bazán, Valle-Inclán, Salvador Rueda, Ortega y Gasset, R. Gómez de la Serna, Manuel y Antonio Machado, Unamuno, Cansino Assens…, dentro de una impresionante nómina, junto los artistas gráficos de mayor renombre en España. Antonio Franco Domínguez (coord.), Felipe Trigo. Documentos de su Archivo. Manuscritos, fotografías, correspondencia, dibujos. Badajoz, MEIAC y otros, 2018.

Situándose con su habitual punto de ironía frente a la llamada “corriente de la experiencia”, Caballero Bonald, uno de los mayores poetas contemporáneos, escribe: “La memoria es el factor desencadenante, la materia prima de todo acto creador… La experiencia del lenguaje, reelaborado en la memoria, siempre es una consecuencia de la experiencia vivida”. El impacto de la propia realidad vital, convertida en motivación literaria, distingue la escritura del poeta andaluz. Lo expone inteligentemente María José Flores Requejo, que tanto sabe, en su recién aparecido ensayo Poética y memoria: Entreguerras o de la naturaleza de las cosas, de José Caballero Bonald (Sevilla, Alfar, 2018), volumen publicado merced a la contribución de la Universidad de L´ Aquila, donde la poetisa de Burguillo del Cerro funge cátedra de Literatura española.
Pues bien, lo vivido durante los meses últimos entre hospitales y tanatorios inspira el nuevo poemario de Benito Acosta (Zalamea de la Serena, 1937), polifacético escritor por cuyas obras nunca he ocultado mi profundo aprecio. Por lo demás, este poeta, ensayista, teólogo y músico, afincado en Málaga, de permanente buen humor, capaz de traducir textos neotestamentarios con la misma ingeniosidad que los comenta (es discípulo fiel del gran José María González Ruiz), se condujo siempre según la máxima que adoptase en su juventud: la opción por los más pobres. Yo he visto cómo en la cocina de su sencillo hogar malagueño, de puertas abiertas, hervían permanentemente tres grandes ollas con comida para cuantos pasaban por allí a la búsqueda de un plato caliente, tal vez el único que esa jornada iban a consumir. , en cuya memoria n íntimo de Antonio González-Haba Barrantes y Juan Luengo García, sacerdotes como él, ya fallecidos, cada año regresa a Badajoz para revivir, junto a otros que aún aguantan los tirones de la sangre, antiguas añoranzas.
Benito Acosta ha estado dos veces en la UVI y ha tenido que despedir a tres hermanos muertos recientemente. Sobre ambas hospitalizaciones y los definitivos desgarros nos dicen estos poemas. Heterogéneos desde el punto de vista formal, constituyen un bloc lírico en el que alternan composiciones de amplio aliento y métrica libre, con sonetos de endecasílabos blancos y otras entregas de versos suavemente asonantados. En ocasiones, la memoria se desliza hacia territorios comunes a los desaparecidos, la Zalamea de la infancia feliz (pese a las terribles condiciones socioambientales), cuando ardía el sol de Extremadura, en tanto Yagüe incendiaba el coso de Badajoz (págs. 32-33) y una simple silla de enea era el periscopio de las labores hogareñas (pág. 56).
Pero, según se dijo, la voz de quien se dice graduado en Tautología por la Universidad del pueblo llano, aparece ungida por inquietudes y dolores actuales. Los declara sin pudor e incluso busca cómplices junto a quienes conllevar angustias. Así lo hace en ese “Tríptico de la noche”, que dedica a Antonio Maqueda, joven párroco pacense, el poema más extenso, una dolorida apelación al Inefable desde su apertura: “La voz se me adolece de ir descalza/sobre la brasa ardiente de tu nombre” (pág, 58). Leído tras la “Carta a Edmundo de Nigeria”, donde surge explícita la memoria de Mario Benedetti, se constituye en epicentro de este “Arte de amar” que Benito Acosta, en cuya memoria no habita el olvido, sustenta ejemplarmente. Benito Acosta, Habitada soledad. Benalmádena, EDA libros, 2018

Entre los grandes protagonistas de las letras españolas que son orgullo para Extremadura, donde vieron la luz, resplandece por razones múltiples Bartolomé José Gallardo (Campanario, 1776 - Alcoy, 1852), quien nunca cortaría sus relaciones con la tierra patria. Baste una simple anécdota: meses antes de morir, nuestro rotundo anticlerical escribe a Diego del Rivero, sacerdote en Campanario, pidiéndole le haga llegar “una buena yunta de bueyes parejos” que el eximio bibliófilo pensaba emplear en La Alberquilla, dehesa adquirida por él (1836) próxima a Toledo y a donde trasladó su formidable biblioteca. En aquel rincón de La Serena buscó refugio más de una vez cuando se sentía en peligro y allí mantuvo amistades y familia fieles.
Quienes deseen conocer los rasgos fundamentales de tan soberbia personalidad; las múltiples vicisitudes que le tocó vivir, así como sus máximas aportaciones a la literatura hispana, disfrutarán leyendo estos Apuntes íntimos para una biografía de Don Bartolomé José Gallardo. Según sugiere el título, la obra se fundamenta sobre todo en textos privados (cartas, notas, apuntes), muchos de los cuales se reproducen. Eso facilita también degustar la magnífica prosa en que están compuestos, una de las más brillantes de la época, según demostrara en su día D. Ricardo Senabre. (Se ha normalizada la ingeniosa ortografía original). Menos valiosos son los poemas, también abundantemente recogidos. Un fallo de maquetación introduce repeticiones y errores de paginación en los cuadernillos finales.
Compuso el libro, tras varios decenios de investigación y estudio, José María Basanta Barro (Ferrol, 1923), profesor de Matemática en el Ramiro de Maeztu de Madrid. Casado con una hija del novelista Antonio Reyes Huertas, también de Campanario, esto lo indujo a interesarse por los temas extremeños. Su hijo Antonio Basanta Reyes se ha ocupado de esta edición, enriqueciéndola con un impresionante cúmulo de notas a pie de página. Antes de introducirse en la lectura, conviene leer el extenso prólogo de Bartolomé Díaz Díaz, socio fundador del Fondo Cultural Valeria y actual vicepresidente de esta asociación, que tanto ha servido para establecer la historia de Campanario. Se dedica el libro a los máximos investigadores de Gallardo, entre los que se cita a Pedro Sáinz Rodríguez, Antonio Rodríguez-Moñino y Alejandro Pérez Vidal, generosamente utilizados, con sus oportunas citas, por el autor.
Sin pretensiones de una exhaustividad imposible en tan compleja figura, destacaré lo que me parece más relevante del estudio. 1) La pasión por los libros que el futuro bibliotecario de las Cortes de Cádiz derrochaba desde sus estudios de Medicina en Salamanca, y hasta sus horas finales (muere pisteando viejas ediciones). Ni el exilio en Inglaterra, la cárcel o las reclusiones forzosas, la coyuntural etapa como diputado… lo frenarán. 2) El temperamento incandescente del hombre liberal (también republicano, tal vez masón), polemista incontenible, a quien cuadra como a ninguno el verso de Juvenal: “Acer, indomitus, libertatis magister”. 3) La falsedad de las acusaciones que como “bibliómano” hubo de sufrir (él tampoco se quedaba manco a la hora de empuñar su sarcástica pluma: díganlo, ejemplo entre miles, las ironías lanzadas contra Dono Cortés). 4) La delicadeza con que tan áspero carácter supo referirse a personas en principio poco amantes de su disolvente Diccionario crítico burlesco, tales como el obispo Tavira o su paisano P. Faustino Arévalo, otro bibliófilo genial, jesuita expulso, a quien honraría llamándole “patricio y amigo … cifra ciertamente rara de candor y saber”. 5) Por último, evocaré la mala suerte, por desgracia repetida en numerosos colegas de Gallardo, cuya biblioteca y trabajos inéditos pasaron, pues hijos no tuvo, al malhadado sobrino que destrozó un patrimonio intelectual irrepetible. Pecios del mismo quedarían al fin salvos en los cuatro valiosísimos volúmenes, póstumos, del Ensayo de una biblioteca española de libros raros y curiosos formado con los apuntamientos de Bartolomé José Gallardo, coordinados y aumentados por M. R. Zarco del Valle y J. Sancho Rayo. Antonio Basanta Reyes, Apuntes íntimos para una biografía de Don Bartolomé José Gallardo. Badajoz, Diputación/Campanario, Ayuntamiento, 2018.

Es sabido que la provincia de Badajoz experimenta durante la II República (1931-1936) un notable incremento de la conflictividad que desde decenios anteriores había surgido en Extremadura, vale decir en todas las zonas rurales de España. La prensa regional, cada medio desde su orientación ideológica, notificaba casi a diario un creciente cúmulo de manifestaciones, huelgas, enfrentamientos, robos, sabotajes, destrozos e incendios, talas de árboles, destrucción de cosechas, ataques entre personas y grupos, multas y encarcelamientos frecuentes, disparos contra las multitudes o las sonadas ocupaciones de tierras. El muy documentado estudio de Hortensia Méndez Mellado, Por la tierra y el trabajo. La conflictividad campesina en la provincia de Badajoz durante la II República (1931-1936), volumen con casi 500 páginas, galardonado con el Premio Arturo Barea 2018, ofrece una detallada nómina, pueblo por pueblo, a la vez que analiza los factores desencadenantes de aquella turbulenta situación.
Nacida en Cáceres (1948), ya jubilada de su trabajo para el INSS, doctorada en Historia y licenciada en Antropología, a Méndez le debemos estudios aparecido en obras colectivas, como “Extremadura y la guerra civil 70 años después de su final: 1939-2009” o “Renacer, una asociación de mujeres republicanas”. En ellos, como en el libro que presentamos, son manifiestas sus simpatías por las causas populares, lo que, creemos, no resta objetividad a sus exposiciones.
Según la autora, la raíz última de la conflictividad que se experimenta en ambas provincias es la injusta distribución de la tierra. La mayor parte de la misma están en manos de grandes latifundistas o ricos arrendatarios, pocos y unidos familiarmente, mientras el resto de la población (si se exceptúan los medianos y pequeños propietarios) sólo cuenta con su fuerza productiva, a saber, sus brazos, o, como mucho, algunas bestias y útiles para la labranza, según es el caso de los casi míticos “yunteros” (a la postre, los más activos en muchas reivindicaciones). Como el latifundio se explotaba según métodos arcaicos, con una agroganadería extensiva a espaldas de los avances modernos, las famosas dehesas resultan poco productivas. El paro obrero es un azote cruel en todas las poblaciones pacenses, grandes, pero dispersas, mal comunicadas, con mínimas condiciones de salubridad e ínfimos índices de alfabetización. El hambre arrasa, especialmente en determinadas épocas del año, más aún si se suma una mala cosecha. La emigración, salida tradicional, se contuvo en el periodo republicano, incrementándose el problema. La clase obrera se identifica cada vez más con organizaciones socialistas y anarquistas, entre las que adquirirán singular relevancia la FETE (Federación de los Trabajadores de la Tierra), perteneciente a la UGT.
El nuevo régimen republicano despertó extraordinarias expectativas entre las clases trabajadoras, sobre todo porque creyeron que sería posible, al fin, una reforma agraria capaz de permitir el acceso a la tierra y su laboreo. La lentitud, seguramente ineludible, de tan revolucionaria medida produjo exasperación y, pronto, la voluntad cada vez más extensa de tomarse las cosas (roturaciones de fincas) por iniciativa propia. Claro que ni los grandes propietarios, ni el Gobierno mismo, con sus fuerzas de orden, estaban dispuestos a facilitar la distribución de terrenos cultivables. Más bien lo boicotearon de múltiples modos. Tampoco la Iglesia apoyó las reivindicaciones populares, si bien el libro se abstiene de estudiar esta parcela de poder.
Sí lo hace, con especial detención, de acontecimientos como la huelga general campesina (1934), la huelga de mozos de mulas de Almendralejo (1936), el lok-out patronal de Montijo (1932) o la huelga general española (octubre 1934), que tan insolidaria fue con los intereses de las masas campesinas. Hortensia Méndez Mellado, Por la tierra y el trabajo. La conflictividad campesina en la provincia de Badajoz durante la II República (1931-1936). Badajoz, Diputación, 2018.


Con el patrocinio de la
JUNTA DE EXTREMADURA
Consejería de Cultura e Igualdad


 

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