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Cada vez que en un texto literario surge la palabra “camino”, entre las referencias inevitables se impone ineludiblemente Kavafis, con sus sabias recomendaciones:

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.

Sin pretender arribar a alguna isla añorada, sino más bien huir de los posibles perseguidores, largo será el sendero que esbozan los dos protagonistas de esta novela. El padre, cantautor por plazas y bares, trabajador ocasional, y su hija recorren el Viejo continente (el libro me ha hecho recordar el Europa de mi infancia) en jubilosa odisea, por más que se saben en peligro a causa de algo que sólo nos desvelarán las páginas finales. La narración corre a cargo de la adolescente que, detenida al fin tras el periplo, da cuenta en su diario de las condiciones de su reclusión – auténtica cárcel de oro- a la vez que rememora los felices acontecimientos vividos durante dos lustros junto a la poderosa figura paterna por tantos países. Ambos nómadas se entienden a la perfección, a menudo cómplices en numerosas peripecias, algunas tan simpáticas como trabajar él de trapecista en el circo Brooks (sin estar mínimamente preparado). Un ciclista francés medio loco será compañero ocasional.
Obra, pues, de carácter diarístico, dedicada al público juvenil, El final del camino alcanza cumplidamente las intenciones del autor. Bien conoce a su público Manuel López Gallego (La Coruña, 1960), maestro y licenciado en Filología Hispánica, que ha ejercido durante luengos lustros como profesor de Primaria y Secundaria, siempre en Extremadura, de donde es su familia.
Sobre Casa León impone sus rígidas directrices la señora Kessler, implacable institutriz teutona, empeñada en educar a la adolecente según los cánones de clase social a la que la muchacha, sin saberlo, pertenece. Ella se sentía mucho más a gusto en la furgoneta-hogar conducida por “el gran Mot”, siempre tan divertido como empeñado en educarla, incluso con tareas de tipo académico, mientras transitan desde Francia a Atenas, donde al fin concluye la fuga.
La emprendieron por rehuir las amenazas del Coronel, quien nunca aceptó el enlace del músico callejero con su hija, fruto del cual vino al mundo Elena, a la vez que moría la madre. Con la complicidad de un juez, el militar decide llevarse a su domicilio, la Casa León, a la recién nacida. Poco le duran sus planes, pues Mot se trasviste de deshollinador, se introduce en aquellos muros y secuestra a la infante. Es el origen de la odisea que sustenta el relato.
Devuelta, mucho después, por la policía a la mansión familiar (el Coronel ya ha fallecido), la jovencita no va a permanecer allí largo tiempo. Otro servidor del orden, en este caso una juez lúcida, resolverá la situación de modo favorable para los dos aventureros, no sin consternación de la antipática frau Kessler.
Bien estructurada en sus diferentes registros, con una prosa limpia, sin grandes pretensiones, ni tampoco decaimientos, la novela mantiene la atención de los lectores, que pueden intuir, pero sólo hacia al final tendrán las claves de lo narrado. Manuel López Gallego, El final del camino. Barcelona, Edebé, 2019

José Antonio Zambrano (Fuente del Maestre, 1946) es uno de los poetas extremeños más reconocidos a nivel nacional. Análisis y apreciaciones sumamente positivas de sus obras han sido expuestas por estudiosos tan cualificados como Ricardo Senabre, José Luis Bernal, Ángel Campos Pámpano, Manuel Simón Viola o Luciano Feria. Este último suscribe el amplio preliminar que abre Ahora, entrega última del escritor fontanés, publicada por Pre-Textos.
Cuantos conocen a Zambrano, saben de su compromiso sociopolítico con los ideales progresistas, desde la juventud hasta hoy. Algunos amigos de Almendralejo gustan recordar la participación del autor en un multitudinario mítin que tuvo lugar en Cáceres los primeros tiempos de la democracia, junto a Rafael Alberti y Román Franganillo, el impetuoso líder de Comisiones Obreras, amigo común que nunca olvidaremos. Ahora bien, lo que distinguió siempre a Zambrano es su compromiso con el lenguaje, la búsqueda de la pureza y desnudez expresivas por encima de todo, la fidelidad ineludible a las demandas del poema. Hombre de comprobada sencillez, ajeno a cualquier tentación de sobresalir, sus versos han ido centrándose cada vez más en el propio mundo íntimo y la búsqueda de la palabra precisa. Por eso, aunque no falten en sus poemas alusiones más o menos veladas a la actualidad histórica, que no termina de satisfacerle, ha ido replegándose de modo creciente a los recovecos de la memoria, las agresiones del reloj biológico, el dulce sabor de las caricias, la melancólica conmiseración por las dudas y debilidades de la especie humana comenzando con el propio sujeto.
La voz lírica de José Antonio Zambrano casi nunca es directa, denotativa, cotidiana o coloquial. De ahí el carácter hermético de muchas de sus composiciones. Él prefiere los tropos, sinestesias, alegorías y metáforas, figuras que construye con sorprendente ingeniosidad, elaborando imágenes tan inesperadas como bellas. Cada una de sus estrofas ofrece numerosos ejemplos, lo que exige del lector, fácilmente seducido, atención aguda. Yeats, Anna Ajmátova, Juan Ramón Jiménez, Fernando Pessoa y Gll de Biedma, a menudo citados aquí, son sus grandes modelos.
Dedicado a su mujer (Isabel) e hijos (Pablo y Carlos), Ahora nos habla de los asombros permanentes del poeta; su pasión por el nombre exacto de las cosas; la costumbre de estar solo; la conformidad con sencillamente seguir existiendo; el valor de las actitudes afectuosas y el refugio infalible en la silenciosa lucha con las palabras. Sin desfallecer, pese a las frustraciones o la constancia dolorosa de nuestra pequeñez, debatiéndose dialécticamente entre los acontecimientos y la utopía. Pues, según frase de Kierkegaard, con la que abre la parte segunda, “La vida sólo puede ser entendida mirando hacia atrás, pero sólo puede ser vivida mirando adelante”.
La parte tercera y última la constituye el “Poema del mar y de tus ojos”, el más extenso de la obra (los demás oscilan entre los quince y veinte versos), auténtica “carta de amor” (es el título del que le precede, abierto con esta rotunda proclama: Nadie debe saber/que todo lo que escribo/es por amor). Y es que, según se dice en la confesión final, dirigida a la amada invisible, el poeta pudo desfallecer o equivocarse a menudo, pero siempre guardó un sitio/a la decencia de tus ojos/sin saber que ese sitio fuera/el juego cauteloso/de un claro porvenir hacia la nada. José Antonio Zambrano, Ahora. Valencia, Pre-Textos, 2019-

Antonio Pedrero Rubio y Bartolomé Miranda Díaz son dos bibliófilos extremeños (el segundo llegó incluso a presidir la UBEx), residentes en Sevilla y cuyo interés por el escritor Antonio Reyes Huertas (Campanario, 1887-Campos de Ortiga, 1952) viene de antiguo. Del mismo editaron (2008) La Jayalga, novela que nunca había visto la luz en formato libro (sólo por entregas en la revista Lectura) y ahora son los responsables de este gracioso volumen. Contiene 6 relatos cortos que aquel autor publicase en distintos números de Letras entre 1948-1951. Ambos amantes de los libros suscriben el estudio preliminar, donde ofrecen (con ayuda de Ricardo Hernández Megías) la más completa relación hasta hoy conocida de las obras de Reyes Huertas y un sucinto análisis de las aquí antologadas.
La situación de España a mitad del pasado siglo; el carácter del medio en que aparecen y la mentalidad misma de D. Antonio marcarían indefectiblemente los textos. El nacionalcatolicismo establecido por los vencedores de la guerra civil, aún encerrados en rabiosa autarquía, predominaba en Letras y, sin duda, constituye la ideología con la que siempre se identificó el novelista de Campanario, tan comprometido con la defensa de la “Cruzada nacional” contra la República. Fue un hombre de mentalidad ultraconservadora (aunque no sin sentido de la justicia, empatía con los más débiles y denuncia de los caciques), profundamente enraizado en unos valores religiosos, éticos, sociales, incluso estéticos de la tradición más rancia, predominantes en cierta parte del mundo rural y sustentados por una cultura agroganadera concebida según la visión más arcaica. Debió entender que los ideales defendidos por la República darían al traste con aquel (des)orden y a combatirlos ofreció su pluma, alineándose claramente con una de las partes en conflicto. Algún eco se percibe de su enemistad frente a los “forasteros de puño alto” en La linda imitadora (pág. 74).
Que no se lucró después, como muchos hicieron, sino que se mantuvo hasta el final de sus días con escasos recursos económicos (además tenía once hijos y otras bocas que alimentar), es bien digno de encomio. Le ayudaron a sobrevivir las colaboraciones en Letras, revista de Madrid destinada preferentemente al público femenino.
El protagonismo de los relatos aquí recogidos (demasiado breves para ser estimados como “novelas cortas”, más próximos a sus célebres “estampas campesinas”) los atribuye a las mujeres. Estos personajes difieren hondamente de los que trazase Felipe Trigo, con quien en tantas ocasiones se le compara. El ideal de mujer para uno y otro resulta antitético. Reyes Huertas simpatiza con los personajes femeninos que mantienen en sus entornos los valores y virtudes tradicionalmente atribuidas a las “reinas del hogar”. Románticas, púdicas, familiares, austeras, resignadas, trabajadoras …, también lúcidas dentro de sus parámetros, constituyen “la reserva espiritual de Occidente”, en contraste con los tipos del de Villanueva (baste leer las ha poco reeditadas al cuido de Luis Sáez, Sor demonio o La clave).
“Tengo mi corazón lleno de aldea”, declaraba el novelista. En una, próxima a su Campanario natal, tuvo casa y quiso morir. Pocos conocieron como él los usos, costumbres, oficios, fiestas, gastronomía, leyendas, supersticiones y lenguaje cotidiano del mundo rural extremeño. Las seis narraciones están impregnadas de esa cultura que hoy está casi desaparecida. Su lectura nos retrotrae a épocas que, si no muy lejanas en el tiempo, parecen ya sumidas en la noche de la historia, más aún cuando el actor se sirve del habla dialectal, con rasgos poco acentuados, especialmente rica por un vocabulario ya en completo desuso. La prosa de Reyes Huertas está bien cuidada, si se exceptúan los frecuentes laísmos, y exhibe no poca habilidad para concluir las narraciones, a menudo de forma inesperada y desgarradora, aunque no les falte nunca la dosis moralista perseguida siempre por un autor “militante”. Antonio Reyes Huertas, Novelas cortas. Madrid, Liber Factory y otros, 2019.

Julio Cienfuegos (Azuaga, 1920-Badajoz, 1996), “hombre multicompetente” según expresión de Manuel Vaz-Romero (Ars et Sapientia, nº 26, agosto 2008), “un hombre poliédrico” como reza el subtítulo de la obra aquí presentada, dejaría con su impetuosa personalidad imborrables huellas en la ciudad de Badajoz durante la segunda mitad el siglo XX. Los numerosos colaboradores de este libro-homenaje destacan las múltiples facetas que el homenajeado cultivó como jurista, político, historiador, bibliófilo, periodista, pintor, novelista y, por encima de todo, alguien preocupado por el desarrollo de Badajoz y de Extremadura entera.
El volumen incluye también un extenso capítulo biobiliográfico; el apéndice antológico, con textos escritos por Julio, publicados, unos, e inéditos otros, y un generoso conjunto iconográfico (fotografías, dibujos, caricaturas e ilustraciones compuestas por Cienfuegos).
Emilio Vázquez, Presidente de la Fundación CB, que edita la obra en su colección “Personajes singulares”, lo resume así en el prólogo: “Julio Cienfuego Linares era un personaje auténtico, defensor del pensamiento y de la palabra en el más amplio sentido, lo que le permitió echar raíces muy profundas en el campo del saber. Era un hombre poliédrico y un trabajador infatigable en sus innumerables quehaceres y profesiones”.
Cabe recordar que fue presidente de la Diputación de Badajoz, fundador de la Institución Cultural Pedro de Valencia, miembro destacado de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Badajoz, cofundador de la Universidad de Extremadura, de AREX (Acción Regional Extremeña) y de la UBEx (Unión de Bibliófilos Extremeños), académico electo de la Real de Extremadura, pintor notable, orador profuso, periodista amateur, ilustrador gráfico, novelista ya maduro, lusófilo, cronista de la historia pacense y crítico de arte, aparte de magistrado profesional. Sin duda, le cuadraba como a pocos el célebre dicho de Terencio: “Homo sum, humani nilhil a me alienum puto” (Soy un hombre, nada humano tengo por extraño para mí).
Criado en su Azuaga natal, la guerra civil sorprende a Julio en Badajoz con apenas quince años. Tomó parte en la misma como alférez provisional. Estudia después Derecho y se hace juez, estableciéndose en Badajoz (1947) tras haber ejercido en Alburquerque: siempre próximo a su muy querido Portugal, convirtiéndose en figura ciudadana ineludible. Como los más inteligentes y generosos de su generación, supo ir adaptándose, desde el radicalismo juvenil, a los aires renovadores de la democracia española.
La constancia de sus hijas Carmen y Soledad Cienfuegos Bueno, junto a la generosidad siempre indefectible de la doctora Carmen Araya y el buen hacer de las “chicas de las Económica” (Lura, Rocío y Remedios) se confabularon para comprometer a una larga veintena de articulistas en la obra. Creo que ninguno hemos dejado de sentirnos orgullosos por la colaboración prestada. Julio Cienfuegos Linares se lo merece.
Carmen y Soledad Cienfuegos Bueno (coord.), Julio Cienfuegos. Un hombre poliédrico. Badajoz, Fundación CB, 2019


Con el patrocinio de la
JUNTA DE EXTREMADURA
Consejería de Cultura e Igualdad


 

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