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Guy de Maupassant (1850-1893) fue uno de los más destacados escritores franceses ya en su época, marcada por la prevalencia del “naturalismo”. Formado estilísticamente por Gustave Flaubert (algunos incluso lo tuvieron por su padre biológico), el gran maestro de la escuela realista, irá tensionando al máximo los principios de dicha corriente estética, tanto los ideológicos como los formales: ruptura con el romanticismo, descripción detallada de la realidad circundante, gusto por lo cotidiano, lenguaje próximo al habla común, atención a los aspectos socioeconómicos de los personajes, crítica de las costumbres tradicionales. Lo que no fue óbice para que también cultivase el género fantástico (léase su narración El Horla). A Maupassant se le considera uno de los grandes creadores de “cuentos”. A mí no me parecen tales la mayor parte de sus obras, sino relatos cortos en los que pesan más los apuntes empíricos que los imaginarios.
La propia vida despendolada de Maupassant, breve en años pero muy intensa, le suministrará los arquetipos de los personajes que gustaba describir en sus obras: prostitutas (inolvidable Boule de suif), alcohólicos, drogadictos, burgueses de doble moral, bohemios, “donjuanes”, desequilibrados mentales y también recios campesinos normandos, esposas lúcidas y resignadas o curas de las poblaciones rurales habitan los textos del francés. Él mismo encarnará en su persona esos aires de malditismo que irán imponiéndose en las letras galas a finales del XIX: opuesto radicalmente al matrimonio, enfermo de sífilis, reñido con el padre, cocainómano, cada vez más al borde de la locura, sin apenas recursos, presunto suicida… siempre tratará con destacada ternura a los seres más desvalidos. Pesimista, misógino y misántropo, según se dice, Maupassant supo componer una obra de extraordinario valor.
Las tres narraciones que conforman este libro dieron pie al director Max Ophüls para componer la película El placer (1952), film que los cineastas elogian clamorosamente. Es el título del volumen que edita Periférica. El primero de los relatos aquí insertos sirve como de aperitivo. “La máscara” describe cómo se desarrolla un baile de disfraces en aquel París finisecular donde se imponía la “joie de vivre”, a la que no renuncia un envejecido peluquero, amante de cuantas artistas lucen por la ciudad del Sena. Conmovedor resulta el cariño de su pacientísima mujer, siempre dispuesta a perdonarlo y prestarle socorro en la ya irremediable decrepitud.
Pero el núcleo del volumen lo constituye la segunda entrega, “La Casa Tellier”, prostíbulo normando cuya Madame y humildes daifas son a la postre lo mejor del entorno. Maupassant se deleita describiendo la vida cotidiana del burdel y alcanza el cenit refiriendo el gracioso festín de la primera Comunión celebrado por una sobrina de la gentil matrona, con el éxtasis general producido en la iglesia merced al llanto impetuosos e imprevisible de las ingenuas prostitutas . El autor, que no renuncia a la ironía frente a las tradiciones religiosas, las trata sin embargo con sorprendente condescendencia.
Por último, como epílogo, se incluye “La modelo”, relato de sólo diez páginas, en las que el autor disecciona con bien perceptible sarcasmo la conducta de los artistas famosos, dispuestos a sacrificar a sus amantes cuando pierden el atractivo de los primeros años.
Si el escritor francés sobresale al describir ambientes y personajes de aquella Francia rica, escéptica y desvergonzada, donde la búsqueda del placer parece imponerse por encima de cualquier otra consideración, aunque siempre (por lo general, los mismos) hay quien paga los “platos rotos”, no menos acertado lo juzgo en sus excelentes descripciones de los paisajes, rurales o urbanos, en que se producen las escenas narradas.
Manuel Arraz ha traducido los textos con encomiable pulcritud.

Guy de Maupassant, El placer. Cáceres, Periférica, 2019.

M.P.L.

Como cada año desde 1963, en mayo de 2018 fue la celebración del “Día de las Letras Galegas”, que viene dedicándose a personas destacadas por escribir en idioma gallego o defenderlo. Lo curioso fue que la elegida esa penúltima edición: María Victoria Moreno, natural de Valencia de Alcántara (1939) y muerta casi tres lustros antes (Pontevedra, 2005). El caso de esta escritora me hace recordar otras dos personalidades: la del gran José María Valverde, que también vino al mundo en la Raya luso-extremeña (Valencia de Alcántara, 1926) y falleció en Barcelona (1996) como uno de los hombres más preclaros de la cultura catalana, o la más reciente de Xosé Antonio Perozo (Llerena, 1951), novelista con más de ochenta obras, muchas de ellas en la lengua de Rosalía, y director de la Enciclopedia Galega Universal. Otro casi paisano suyo, Ángel Campos Pámpano (S. Vicente de Alcántara, 1957-Badajoz, 2008) será un lusista inolvidable. (Claro que también F. García Lorca ha sido uno de los mejores poetas “gallegos” contemporáneos).
M. V. Moreno, licenciada en Filología Románica, se afincó el año 1963 en Pontevedra, donde su marido, invidente, había obtenido plaza en un Colegio de la ONCE. También ella va a dedicarse a la enseñanza, como catedrática de Instituto y profesora voluntaria de gallego en numerosas instituciones como la Asociación de Amigos da Cultura o el Ateneo de Ourense. Obvio decir que estuvo fichada por las autoridades franquistas. Entre sus numerosas publicaciones, se recuerda Mar Adiante (Edicions dos Castro, 1976), que muchos tienen como la novela fundacional de la literatura infantil en gallego. A mí me emociona cómo explicaba su opción lingüística: “Se estou coa xente que amasa o meu pan e mais colle no mar os peixes da miña mesa, tamén quero falar con eles. Falar a súa fala”.
La biografía de Montse Pena, A voz insurrecta. María Victoria Moreno, entre a literatura e a vida (Editorial Galaxia, 2018) puede satisfacer la curiosidad de cuantos se aproximan a la autora galaicocacereña. Juzgo gran acierto por parte de la ERE la edición de uno de sus grandes títulos, Anagnórisis, aparecida el año 1988 (Vigo, Galaxia, incluida también en la Biblioteca Galega) y que ahora se nos ofrece vertida al castellano por Begoña Llácer. Se la incluyó el año 1990 en la Lista de Honor de IBBY (Organización Internacional para el Libro Juvenil, según las siglas inglesas), donde figura la selección bienal de las obras recientemente publicadas en los países que pertenecen a dicha entidad. Se la dedicó a sus alumnos de Vilalonga.
Cualquiera de ellos puede ser el personaje de la narración, que él asume en primera persona. Como ella, la profesora que lo monta en su coche cuando hace autostop para escaparse de casa. Constituyen el binomio de cuyo enfrentamiento surge esa “anagnórisis” anunciada por el título, de raíz griega (no precisamente atractivo). Así se denomina el fenómeno, bien descrito ya por Aristóteles, que se produce cuando alguien consigue conocer mejor, descubrir parcelas de su propia intimidad que hasta entonces yacían ocultas y salen a luz, se le revelan merced a algún acontecimiento inesperado.
Tal podría ser la conversación que el joven y la mujer madura mantienen a lo largo del viaje desde Galicia a Madrid, en verdad iniciático. Cabe concebirlo como el proceso que todos los profesores desearíamos desencadenar entre nuestros alumnos, desde Sócrates acá, merced a un diálogo inteligente.
El sostenido por ambos protagonistas resulta vivaz, tal vez poco verosímil, próximo al habla coloquial, según el modelo que Platón reproduce tomándolo de labios de su maestro. Y, como en los del autor del conócete a ti mismo, aquí se irán abordando, bajo la batuta de ella, los grandes temas del amor, la vida, el sentido de la existencia, con clara intencionalidad didáctica. Los apuntes del joven sobre las circunstancias que van sucediéndose en aquel día para él inolvidable, con trágico y a la vez esperanzador final, constituyen la parte más literaria de la obra. Es triste que alguien tenga que morir, la profesora en este caso, para que se refuerce la anagnórisis.
Algunas erratas con alcance semántico, como escribir “tornando (tomando) café” (pág. 17) o “su hoz (voz) me lo decía” (pág. 29), pueden fácilmente corregirse.

M.P.L. Mª Victoria Moreno, Anagnórisis. Mérida, ERE, 2019.

Durante los días 18 y 19 de octubre se celebraron en Almendralejo las IX Jornadas sobre Humanismo Extremeño. La organización estuvo a cargo de la R. Academia de Extremadura de las Letras y las Artes (RAEX), el Centro de Investigación y Memoria del Protestantismo Español (CIMPE) y el Centro Universitario Santa Ana (CUSA), donde tuvieron lugar las sesiones. Como este año se conmemora la publicación de la Biblia del Oso (la primera versión completa al castellano del Antiguo y Nuevo Testamento), los organizadores estimaron oportuno dedicar este simposio al autor de tan admirable labor filológica-religiosa, Casiodoro de Reina (Montemolín, c.1520-Francfort, 1594). Reputados especialistas (Andrés Oyola Fabián, Francisco González de Posada, Andrés Messmer, Francisco Ruiz de Pablos, Carlos López Lozano y Emilio Monjo Bellido) desarrollaron bien cuidadas ponencias. A todos los asistentes se les entregó el libro que ahora presentamos, un volumen con más de 400 páginas, editado por los responsables de la convocatoria.

Comprende tres textos de Casiodoro, traducidos y comentados por Ruiz de Pablos, que suscribe también el excelente estudio introductorio. Parte sustancial del mismo es la dedicada a establecer si el célebre heterodoxo extremeño es el autor de una obra clave en la historiografía española, Artes de la Inquisición Española (Heidelberg, 1567) publicado en latín por un desconocido “Reginaldus Gonzalvius Montanus”. Hasta ahora, el catedrático avileño se opuso a identificar a este escritor, sin duda oculto previsoramente bajo seudónimo, con Casiodoro. Se abre aquí a la hipótesis contraria, que otros grandes investigadores apoyan, basándose como éstos en razones de paralelismos estilísticos que se deducen del análisis de aquél libro y los textos aquí reeditados. (Podría añadir un descubrimiento muy reciente, realizado por el actual archivero de Montemolín: en esta villa existía el apellido “Montano” durante el XVI). Resalta con énfasis el carácter de humanista que debe atribuirse al exfraile jerónimo por sus evidentes conocimientos de la literatura clásica.

La entrega inicial es el prefacio que puso nuestro escriturista a la Biblia del Oso. Lo dirige a los príncipes del Sacro Imperio Romano Germánico, sabedor de que muchos apoyaban la Reforma protestante. Fundándose en un pasaje simbólico del profeta Ezequiel, les recuerda su deber de ayudar a difundir la palabra de Dios en lengua vernácula incluso entre “los alejados españoles junto a las columnas de Hercules”. Fácil resulta localizar puyas contra Felipe II (al que no nombra, faltaría más).
La parte segunda y más sustanciosa es el comentario al evangelio de San Juan. Casiodoro, cuyo dominio de las lenguas hebrea, griega y latina corría en parangón con un magnífico castellano, que adoba merced a graciosos recursos del habla popular, lo publicó en Francfort (Imprenta de Nicolás Basse, 1573). Se lo dedicó a J. Sturm, rector de la Universidad de Estrasburgo (sic), que tan generosamente fue con él. Su máximo empeño estuvo en demostrar a los lectores que el evangelista sostuvo de forma indubitable la divinidad de Jesucristo. Por otro lado, deja caer de modo continuo consideraciones sobre su agitada biografía. Baste leer el inicio: “No me produce mucho pudor ni vergüenza el hecho de que, sobre todo, habiendo llegado hace ya algún tiempo a la vejez (¡) y con una salud no muy fuerte, me vea ahora finalmente obligado a tener que andar buscando con el trabajo manual y con el propio ingenio el sustento para mí y para mi familia…” (pág.63). Quemado en efigie por la Inquisición, sin llegar a entenderse del todo bien con Calvino, obligado a huir de Inglaterra tras perder la ayuda de la Isabel I y víctima de infames acusaciones, siempre bajo la vigilancia de los espías españoles… Casiodoro supo mantener admirable dignidad y poner feliz fin a sus empeños de traductor bíblico.

Contó también con la generosidad de personas a las que recuerda en la parte tercera y última, breve pero enjundiosísima, el comentario el capítulo IV de San Mateo (donde se cuenta cómo Satanás tentó a Jesús). Reproduce la famosa “Donación de Constantino”, leyenda que permite al extremeño bocetar las abyecciones en las que ha caído la Iglesia Romana. Por lo demás, agradece al judío sefardí Pérez (tal vez originario de Segura de León) cuánto le debe y concluye con un conmovedor alegato a Renata, la duquesa de Ferrara que fue clave para la edición de la Biblia que allí editaron (1553) en español los judíos expulsado de la Península y que tanto servicio prestó al de Montemolín. Por cierto, aunque hasta hoy no se le haya podido relacionar con Arias Montano, pese a que estoy convencido de que hubo contacto entre los dos, Casiodoro estaba al corriente de la Biblia Polígata que el de Fregenal preparaba cuando él la suya (a poca distancia). Así, en un pasaje difícil, dice: “Los de Amberes lo tradujeron por…” (pág. 170).

M.P.L. Casiodoro de Reina, Comentario al Evangelio de San Juan. Capítulo IV de Mateo y Prefacio a la Biblia del Oso. Almendralejo, R. Academia de Extremadura y otros, 2019.

La poderosa figura de D. Miguel de Unamuno ha quedado estrechamente vinculada a Salamanca, de cuya Universidad fue catedrático y rector (hasta tres veces). Fue él quien desde el balcón de su ayuntamiento, tras las elecciones celebradas dos día antes, proclamó el 14 de abril de 1931 la República, régimen que había contribuido a establecer, declarando que así comenzaba “una nueva y termina una dinastía que nos ha empobrecido, envilecido y entontecido”. El filósofo vasco, concejal por la Conjunción Republicano-Socialista y diputado (independiente) a Cortes por aquel partido, entró pronto en una crisis que lo indujo a apoyar la sublevación franquista, si bien la oposición a los militares insurrectos, filmada recientemente por Amenábar, lo conducirá a morir (31 de diciembre de 1936) arrestado en su domicilio salmantino.
Ahora bien, Unamuno fue siempre un gran viajero, visitante asiduo de buena parte del territorio peninsular (por Canarias y Francia discurrió exiliado), en tren, coche o incluso a pie.
Daría cuenta de sus periplos en algunas obras, por ejemplo Andanzas y visiones españolas, Paisajes del alma o Por tierras de Portugal y España, así como en multitud de artículos editados en la prensa nacional. Razones de proximidad y de una indudable empatía con la Región lo trajeron numerosas veces a Extremadura, especialmente a la provincia de Cáceres (nunca más al sur del Guadiana). De tales visitas hay ecos en no pocas publicaciones. Los recogió Fernando Pérez Marqués con su prosa azoriniana. Los acusaron Narciso Sánchez Morales y Enrique Segura. Lo había hecho M. García Blanco en los prestigios Papeles de San Armadans (mayo 1956), que dirigía C.J. Cela, otro admirador de este terruño. Yo mismo lo recordé en mi libro Extremadura vista … (Badajoz, Universitas Editorial, 1985). Se evocaban en la Historia de Extremadura, de V. Chamorro (Madrid, s.a.), y en Viajes por Extremadura (Cáceres, Diputación, 2004), obra prologada por el académico José Luis Bernal, y lo ha hecho en multitud de estudios Laureano Robles.
Le toca ahora turno a un escritor catalán, Andreu Navarra (Barcelona, 1981), impelido, según sus propias declaraciones, por los ánimos de Eduardo Moga, exdirector de la ERE, y el deslumbramiento que también a él produjo la visita a estas tierras. El ensayista agrupa las venidas de Unamuno (no se sabe exactamente cuántas realizó) en torno a tres ejes: Trujillo, donde se anotan los apuntes más críticos; Mérida, donde se inaugurasen las representaciones en el Teatro Romano (18 junio 1933) con la Medea del genial vasco, interpretada por Margarita Xirgú, y, sobre todo, Las Hurdes. Es muy apreciable el esfuerzo de A. Navarra por contextualizar estos viajes presentando el contexto sociocultural de la Extremadura de la época. Enfrentándose explícitamente a la tesis sostenida por Sergio Lorenzo en su artículo “La mala hora en que vino el vinagre de Unamuno” (HOY, 13-11-2016), el barcelonés argumenta de forma muy razonable que, si bien el pensador bilbaíno nunca se mordía la lengua ante lo que consideraba injusto e improcedente, admiraba el paisaje y el paisanaje de Las Hurdes, hasta el punto de proponer a aquellos esforzados trabajadores de las humildes alquerías, cuya mejoraba demandaba, como prototipo de la dignidad, el trabajo y el sentido de la independencia frente a los poderosos. Si el enamorado de las paradojas llegó a proponer en algún momento que no se necesitaba europeizar España, sino españolizar Europa, más de una vez dijo, tras contemplar cómo se trabajaba en aquella “tierra sin tierra”, que realmente todos los españoles son hurdanos. Andreu Navarra Ordoño, Piedra y Pasión: los viajes extremeños de Miguel de Unamuno. Mérida, ERE, 2019.


Con el patrocinio de la
JUNTA DE EXTREMADURA
Consejería de Cultura e Igualdad


 

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