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Hace poco, se publicaba en castellano (Alianza) el libro La revolución feminista geek, un conjunto de ensayos con el que Kameron Hurley, había obtenido los premios Locus y Bristish Fantasy Award 2017. Según resaltan los editores, el propósito de la autora es combatir la invisibilización de la mujer. Podría decirse que es también la intención última de María López Villarquide (La Coruña, 1982) con su novela La catedrática, tratando de rescatar para los lectores contemporáneas la figura de una brillante intelectual renacentista.
Sobre Luisa de Medrano (según su nombre más común) publicó un excelente estudio, consultable en la red, Therese Oettel, “Una catedrática en el siglo de Isabel la Católica: Luisa (Lucía de Medrano)” (Madrid, Boletín de la Real Academia de la Historia, tomo 107, 1935, pp. 289-368). Poco más sabemos, casi cien años después, de la ilustre fémina castellana, sobre la que sí abundan las inexactitudes, apuntes legendarios o simples panfletos. Es verdad que la nombran multitud de autores, entre los cuales no podía faltar Margarita Nelken (Las escritoras españolas, 1930), no precisamente la más exacta. (Puede aprovechar la lectura del trabajo de Luisa Montaño Montero, “Humanistas en la corte de Isabel la Católica: Luisa de Medrano, ¿primera catedrática en una universidad europea?”).
Es bien conocido que la reina Isabel la Católica mostró gran empeño en conseguir se incrementase el nivel cultural de sus súbditos, tanto hombres como mujeres. Ella misma, ya madura, se propuso aprender bien latín, el idioma diplomático de la época, (lo dominaron también sus cuatro hijas) , apelando a las clases de Beatriz Galindo. Otras damas alcanzarían notoriedad por entonces en los campos del saber, como Juana de Contreras, Francisca de Nebrija, Álvara de Alba, Isabel de Vergara o Feliciana Enríquez de Guzmán. Tal vez a ninguna admiró y protegió tanto la Reina como a aquella inteligentísima soriana, cuyo padre había muerto en la guerra contra los moros.
¿Fue bastante como para que la noble Luisa de Medrano de Bravo de Lagunas de Cienfuegos llegase a desempeñar cátedra, con apenas 24 años, en la Universidad salmantina? ¿Sustituyó tal vez al mismísimo Antonio de Nebrija, a quien el año escolar 1508-1509 se le retiró la de Gramática Latina? Aunque no existe prueba fehaciente en los archivos (también es verdad que se perdieron o extraviaron multitud de documentos), los defensores de que así fue se apoyan en dos testimonios al parecer irrefutables (aunque se puedan interpretar de distinta manera). Se trata de lo que escribieran los coetáneos Marineo Sículo y Pedro de Torres, catedráticos los dos en Salamanca. Si el segundo, rector de la misma Universidad, dejó una nota manuscrita de indudable efecto (A.D. 1508 die novembris hora tertira legit filia Medrano in Cathedra Canonum”), el “segundo menciona el nombre y los méritos de Lucía de Medrano en sus Cosas memorables de España (Alcalá de Henares, 1530), y en la edición latina De Rebus Hispaniae Memorabilibus, del mismo año y lugar. Además la cita en una de las cartas que componen su Opus Epistolarum de Valladolid, 1514” (Th. Oettel, o.c.). El nombre de la “catedrática” reaparece en numerosos autores y, según algún estudioso, fue en la que se inspiró Juan Valera para construir el personaje de Olimpia de Quiñones, la heroína de su novela Morsamor.
López Villarquide ha querido hacerla protagonista de la suya, un texto con 335 páginas en el que va entregando paulatinamente la voz narradora a quienes pudieron tratar a Lucía, cuya personalidad se reconstruye sobre las evocaciones de maestros (Pedro de la Rhúa), familiares (la madre y el hermano, Luis, también catedrático de Salamanca), amigas (Isabel, hija de un famoso impresor), posibles amantes (nada menos que Rojas, el autor de la Celestina), la princesa Juana, el aya Dorotea, Nebrija o el mismo Luis Vives (tan opuesto a la educación igualitaria de las mujeres). Quedémosnos con el retrato que Sículo hace, en latín, de la Medrano al despedirse, cuya versión se entrega así: “La fama de tu elocuencia me hizo conocer tu gran saber de estudios antes de haberte visto. Ahora, después de verte, me resulta aún más sabia y más bella de lo que pude imaginar, joven cultísima. Y después de oírte me ha causado gran admiración tu saber y tu ornada oratoria, sobre todo tratándose de una mujer llena de gracia y belleza, y en plena juventud… Te debe España entera mucho, pues con las glorias de tu nombre y de tu erudición la ilustras. Yo también, niña dignísima, te soy deudor de algo que nunca te sabré pagar… Eres en España la única niña y tierna joven que trabajas con diligencia y aplicación no la lana sino el libro, no el huso sino la pluma, no la aguja sino el estilo…”. María López Villarquide, La catedrática. Madrid, Espasa, 2018.

Durante los días 30 marzo-11 junio 2017, tuvo lugar en la sala Ignacio Zuloaga, que la Diputación de Zaragoza allí sostiene, una magna exposición de la obra gráfica producida por Eduardo Naranjo entre 1965-2016, la primera retrospectiva de su producción completa. Dicha entidad, junto con el Consorcio Cultural Goya-Fuendetodos, tuvo el acierto de componer un magnífico catálogo donde se estudian y reproducen las creaciones del artista extremeño. Coordinado por Javier Martínez Molina, a cuyo cargo estuvo también la muestra, incluye textos de Fernando Rayón, “Verde sobre paño blanco”; Juan Carrete Parrondo, “Eduardo Naranjo/Francisco de Goya. Dos artistas gráficos puestos en paralelo” y Javier Martínez Molina/ Miguel Ángel Naranjo, quienes relación la producción de Naranjo y su cronología.
“Fuendetodos recibe y da la bienvenida ahora a Eduardo Naranjo, pintor extremeño como otro don Francisco, de apellido Zurbarán. La muestra de su obra gráfica da cuenta de un empeño ineludible por trascender la representación figurada y transformarla en una realidad mágica y onírica, espíritu al que no le son ajenas las influencias de Goya”, escribe acertadamente en el preliminar Juan Antonio Sánchez Quero, que preside la Diputación y el Consorcio zaragozanos.
Merced al dominio, paulatinamente alcanzado, de técnicas de estampación como el aguafuerte (en distintas versiones), aguatinta, litografía, serigrafía o fotopolímero; trabajando con los mejores talleres (¡cuántas veces le escuché elogiar la sapiencia de Dietrich Mann, Teo y otros maestros, a la postre cómplices y amigos!), el de Monesterio ha ido dando a luz creaciones deslumbrantes. Series de grabados como La Creación (una estampa por cada uno de los siete días genésicos); las dos Tauromaquias (tan goyescas) o Poeta en Nueva York ( 13 composiciones en homenaje al gran libro de Lorca, compuestas mediante aguatinta, barniz blando, ácido puro, manera negra y punta seca), justifican que Naranjo sobresalga entre los máximos grabadores contemporáneos.
Resulta fácil imaginar a Goya sonriendo complacidamente al repasar las páginas de este hermoso volumen. Eduardo Naranjo, Obra Gráfica. Zaragoza, Diputación/Consorcio Cultural Goya Fuendetodos, 2017

Pobladas desde épocas muy antiguas, las tierras que conforman Extremadura han conocido numerosas civilizaciones. Pueblos ignorados o mal conocidos fueron dejando aquí huellas, que los investigadores se esfuerzan por datar con los métodos más actuales. Lamentablemente, muchos de los tesoros protohistóricos "extremeños" se hallan en museos foráneos, donde lucen como piezas valiosísimas. (Baste recordar los tesoros de Bodonal, Berzocana, Sagrajas y Aliseda, o el fantástico Disco de Teodosio localizado en Almendralejo a mitad del XIX).
Guarda el Arqueológico de Madrid una reliquia fascinante. Se la conoce como la "teja (tégula) de Villafranca", que ha encontrado en David Gordillo Salguero, prologuista de la obra aquí reseñada, a su más joven estudioso. Se trata de un documento singular, una carta escrita sobre el húmedo barro de la tégula en el latín del Bajo Imperio, con rasgos lingüísticos vulgares, lo que permite datarla a finales del siglo III o principios del IV. La encontraron (c.1899) los trabajadores de unas obras en un solar próximo al hoy centro de la población (calle Santa Eulalia). Aunque la fractura del margen inferior añade dificultad para leer el texto que conforman sus quince líneas, en una superficie de 52 x 40 cms., reza así:
"Maximus nigriano et hoc fuit providentia actoris ut puellam qui iam feto tollerat mitteres illam ac tale labore ut mancipius dom(i)nicus periret qui tan magno labori factus fuerat et hoc maxima fecit trofimiani fota et castiga illum....".
Así que Máximo, dueño del latifundio , reprocha a Nigriano, administrador del predio, que había hecho trabajar rudamente a una joven esclava, recién parida, lo que debió provocar la muerte del neonato, dañando así el patrimonio. Algo tuvo que ver una tal Máxima, coima de Trofimiano, al que pide se le castigue porque, además, éste (según cabe deducir de las palabras abreviadas, que no hemos reproducido), alteró los mojones de otra finca, (próxima a Montánchez).
Valeriano Cabezas de Herrera (Campanario, 1942) se inspira en este excepcional documento para componer una novela histórica, donde los personajes aquí aludidos, más otros adláteres, recrean lo que fue aquel mundo de poderosos señores, libertos manumisos y humildes esclavos en una gran finca de Lusitania. La obra alterna los pasajes de contextualización con el desarrollo de la trama urdida en torno a la esclava que, sometida a excesos laborales, pierde a su hijito, lo que irrita al dueño del latifundio (por razones no humanitarias, sino crematísticas). El escritor construye de forma imaginativa, pero perfectamente verosímil, un mundo donde la clase dominante, apoyándose en los privilegios que el derecho romano le otorgaba, se esfuerza por mantener el (de)orden establecido, dispuestos los más fuertes a reprimir posibles rebeliones. Sólo el heredero, sin atenerse a las normas clásicas, conseguirá resolver las incógnitas reunidas en torno a los crímenes, robos, amaños ilegales y demás exacciones que venían desarrollándose ante las barbas paternas, sin que el viejo patricio supiese cómo. Aunque no resulta fácil combinar los tres elementos manejados: las referencias espaciotemporales; el imaginativo relato de acontecimientos anecdóticos, más las opiniones propias, que el autor gusta intercalar, el texto discurre placenteramente, sin grandes pretensiones literarias, pero con prosa correcta y exquisita fidelidad a los imperativos históricos.
Perceiana (su etimología es dudosa), la villa donde los amos se refugian para eludir las incomodidades de la metrópolis emeritense, se erige como un símbolo del Imperio romano, ya en vías de derrumbe. El autor proporciona sobrada información para conocer las principales instituciones, los problemas más acuciantes, la decadencia sociopolítica de aquel monstruo ya con pies de barro. Ocasionalmente, junto con los hilos de la trama, va informando también sobre la historia de Roma, la fundación de Mérida, los cargos públicos y otros mil detalles precisos para entender la enorme maquinaria que llegó a extenderse por casi todo el mundo conocido. Si a veces se permite la licencia de introducir términos anacrónicos en el relato (tipo lumpen, macho alfa, cimarrón, huracán), abundan los latinos (se adjunta siempre la oportuna traducción), incluso técnicos, para designar, armas, vestidos, comidas, usos y costumbres, lo que incrementa la verosimilitud de su historia y el interés de los lectores. Cabezas de Herrera Fernández, Valeriano, Perceiana. La tegula de Villafranca. Badajoz, Diputación, 2017.

A mitad del pasado siglo, para muchos europeos la Alemania aún con heridas de guerra, fue configurándose como un edén. Seguramente los italianos, en especial los del Mezzogiorno, junto con los turcos y yugoslavos, serían los primeros en acudir a descubrirlo in situ, empleándose como mano de obra dócil y barata, pero muchísimo mejor tratados que en sus propios países.
Entre los millones que llegaron figuraría el joven Gianni Celati (Sondrio, 1937). Pero el joven estudiante no se fue hasta Hamburgo a la búsqueda de trabajo, como tantos de sus compatriotas (poco después subirían oleadas de obreros españoles). Lo hizo por amor, entusiasmado casi de repente con la atractiva rubia que había conocido por casualidad en una playa del Adriático.
Vuelto pronto a su tierra, Celati se doctoró en literatura inglesa con una tesis sobre James Joyce (imposible salir sin huellas del genial irlandés). Se ha dedicado a la docencia universitaria, habiendo traducido a muchos de los más importantes escritores ingleses y franceses (Swift, Twain, Melville, Conrad, Sthendal, Céline, Perec, Barthes), mientras, a partir de 1971, daba a luz una obra novelística que lo sitúa entre los grandes creadores de Italia. Entre sus abundantes títulos, figuran los que conforman el ciclo “Parlamenti buffi”, del que forma parte este Lunario del paraíso (1978). Lo publica ahora, traducido por Francisco de Julio Carrobles, la editorial Periférica, donde también apareció (2009) otra obra de Celati, Vidas erráticas, galardonado con el premio Viareggio, uno de los más importantes de su nación.
Aunque han pasado ya ocho lustros desde que apareciese por vez primera, el libro de Celati, reseñado calurosamente en muchos de los grandes periódicos europeos, continúa conservando un enorme interés. Con extraordinario sentido del humor, el novelista recrea merced al protagonista, el joven Giovanni, su propia aventura tras la impasible “ostrogoda” que un día lo deslumbró y a la que se propuso conquistar. Hasta dónde el relato, compuesto en primera persona, es exactamente autobiográfico o responde más bien, aunque con alguna base real, a la fantasía del autor, ni lo sabemos, ni quizás importe mucho a los lectores.
Quien se introduce en estas páginas queda pronto prendido por las aventuras del personaje y sus numerosas contradicciones, de las que él mismo es consciente, sin saber superarlas. Impregnado de un lenguaje próximo al marxismo popular, este aprendiz de comunista, empeñado en explicar ante cualquiera, fundiendo tesis de Marx y Bakunin, la mecánica de la explotación que el capitalismo impone al proletariado, este melancólico entusiasta de Shakespeare no duda en aprovecharse de las ventajas que el sistema y sus víctimas pueden proporcionarle, sin proponerse nunca dar ni un palo al agua. Más próximo al pícaro que al revolucionario, es un gorrón simpático, hábil para aprovecharse de las debilidades de la gente generosa, tan abundantes en el país de acogida.
Sin duda, el más sobresaliente es el padre de la amada, el simpático Schumacher, antiguo sargento de la Wermacht, un nazi borrachín, gran admirador de Holanda, los perros y, más que nada, las bombillas eléctricas, símbolos para él de la razón y el progreso. Otras figuras, si secundarias, no pierden interés, como la madre (una periodista amable, tipo espingarda); Tino, el inevitable mafioso; un otomano caradura; dos gemelas casi ”lolitas”; Gisela, que casi se erige en rival de Antje, el amor buscado, o el tierno calabrés al que el narrador conociera en la mili y cuya historia se evoca conmovedoramente.
La casa de la familia, el paraíso del título, donde Giovanni se hospeda sin haber sido invitado y el célebre Santi Pauli de Hamburgo, con enjambres de tristes prostitutas; el enorme puerto fluvial y sus suburbios; los bosques y praderas de la región… son los lugares mejor descritos.
Merced un lenguaje próximo a la oralidad, que abunda en expresiones populares (incluso chabacanas), alternado con pasajes próximos a la literatura clásica, la refrescante prosa de Celati constituye un ejercicio de expresión tan atrayente como provocador. Gianni Celati, Lunario del paraíso. Cáceres, Periférica, 2018.

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