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El libro de los retablos

Llegado a España desde la Italia renacentista, el soneto arraigó pronto y alcanzó cumbres excelsas con nuestros grandes escritores del Siglo de Oro (Quevedo quedará como su creador máximo), pese a las dificultades que dicha estrofa implica (según ironizase Lope en uno famoso). Llegará, con mayor o menor fortuna, hasta la época contemporánea, encontrando cultivadores excepcionales en las Generaciones españolas del 98, 14 y 27. (Imposible no evocar los Sonetos del amor oscuro, de García Lorca). Cierto que experimentará innovaciones formales, según ocurre en tantos de Jorge Luis Borges, Pablo Neruda y, entre los más modernos, Blas de Otero o Ángel González. Es verdad que va a sufrir desdenes por parte de muchos incluidos en las generaciones de los sesenta y setenta del último siglo, tal vez por el afán de alejarse de los viejos cauces líricos e introducir nuevas voces en nuestra poesía. El soneto pasaría a ser un paradigma de literatura antigua y, por ende, vetando, especialmente para los “novísimos”. Según ocurre a menudo, “los muertos que vos matáis, gozan de buena salud” y el soneto volvería a utilizarse, a veces no sin carga irónica. Cabe recordar aquí algunas colecciones antológicas, como Cincuenta sonetos esenciales (2008), que abre Garcilaso y cierra Claudio Rodríguez o la recienteSonetos para el siglo XXI (2017), ambas en la editorial Vitruvio. Por cierto, en esta última, que inicia Antonio Gamoneda, figura Santiago Castelo, para entonces ya fallecido.
A José Iglesias (Villalba de los Barros, 1955) le gustó siempre escribir sonetos. Los hay prácticamente en todas sus entregas. Quizá porque, como dijo Gerardo Diego, constituye “la mayor garantía contra la injuria del tiempo y la corrupción de la lengua”. Licenciado como está en Geografía e Historia (Sección de Arte), debió ocurrírsele ponerlos ahora en un marco donde tan a menudo se combinaran el arte y la sacralidad: el retablo. (También a J.A, Ramírez Lozano le seduce ese universo de discurso). El poeta se sirve de las múltiples modalidades que dicha estructura, con sus aledaños, proporciona: dípticos, trípticos, polípticos, tablas, calles o las sustentadoras predelas. Construye así un “monumento” cuasi litúrgico (exegi monumentum aere perennius, proclamaba orgullosamente Horacio, en su búsqueda de una obra más resistente que el bronce).
Inicia la de Iglesias, en forma de prólogo, la entrevista que el también escritor extremeño Theo Acedo Díaz mantuvo con el autor. Importa su lectura para seguir la “carrera literaria” de alguien que no es solo poeta excelente, sino uno de los hombres más generosos, amables y comprometidos que yo haya podido conocer. Repito lo que alguna vez dije: El nombre de Iglesias Benítez aparece de modo casi ineludible cuando se habla sobre cualquier actividad relacionada con Extremadura. Nacido en Villalba de los Barros (1955), emigró a Madrid, donde ha ejercido la enseñanza, combinándola con una incesante actividad en múltiples áreas culturales. Sus generosos compromisos con los Hogares Extremeños (acaba de ser elegido Presidente del de Madrid), UBEx, Guadalupex, AEEX o Beturia Ediciones - por nombrar sólo algunas de las entidades en las que participa - lo conducen a multitud de territorios, siempre admirado merced a su bonhomía a toda prueba.
Aquí ha encastrado varias docenas de sonetos, todos bien construidos y muchos, inconmensurables, en 13 conjuntos, a imitación de los retablos renacentistas. Estamos ante una suerte de “écfrasis” (ut pictura, poiesis), donde las ilustraciones dibujadas por Antonio Manuel Contreras inducen la similitud entre la iconografía verbal y la visual. Por la compleja factura del libro, se me antoja proponer para su mejor lectura, como modelo paradigmático, la Adoración del Cordero místico, la obra más importante de los Van Eyck (s. XV), conservada en la Catedral de Gante, cuyos secretos cierta mañana de Julio me explicó detenidamente Eduardo Naranjo cierta mañana de un Julio ya tan remoto.
Cabe advertir, en los hermanos pintores holandeses y el poeta extremeño, la importancia de elementos si secundarios, de ningún modo irrelevantes. Estoy refiriéndome, por lo que al poemario atañe, a pequeñas composiciones que realzan el núcleo: las seguidillas con estrambote (guiño a Miguel Hernández) y los haikus que orlan las piezas principales, los sonetos. Muchos de éstos han sido rescatados de entregas anteriores, fundamentalmente Retablos de amor profano(Badajoz, 2003) y Ritual de inocencia(Madrid, 2005). Otros habían visto la luz merced al oportuno premio otorgado (Certamen García-Plata o CC.RR. Alcobendas). Otros, en fin, estaban aún inéditos. Todos responden a la voluntad de quien, en los preliminares, escribe: “En este libro sólo he pretendido que haya poesía. Nada más que poesía nacida en las honduras de quien soñó estos versos. Y en el desvalimiento, la desolación o la esperanza de mis hermanos, los hombres. He buscado la belleza en las profundidades del sentimiento. Ojalá la haya encontrado”.
A fe que lo ha conseguido.
José Iglesias Benítez, El libro de los retablos. Madrid, Liber Factory, 2018.


Con el patrocinio de la
JUNTA DE EXTREMADURA
Consejería de Cultura e Igualdad


 

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