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El Club Senior de Extremadura que, impulsado por el Presidente, José Julián Barriga Bravo, y sus colaboradores, alcanza ya los dos centenares de miembros, celebró en Garrovillas de Alconétar su V Foro durante los días 20-22 de abril último. Como en años anteriores, a todos los asistentes se nos entregó un volumen que recoge el Informe General sobre la situación económica y social de Extremadura. Realizado por reconocidos especialistas en cada una de las materias abordadas, no es precisamente muy reconfortante el diagnóstico que de la Región ofrece: hay mejoras en términos absolutos, pero no se está en línea de converger con el resto de las Comunidades españolas. Según ocurre a cualquier enfermo, más vale conocer los males que le achacan y no cerrar los ojos, pretender ignorarlos o, peor aún, cubrirlos con banalidades demagógicas, si se quieren encontrar los oportunos remedios. Que los hay. Espigaremos sólo los puntos sobresalientes en cada sección.
Abre la obra el capítulo sobre Macroeconomía, elaborado por el equipo que coordina Martín Ruiz Manuel, cuya conclusión es rotunda: nuestra estructura productiva evoluciona escasamente. Somos la única región que no alcanza el 75% del PIB per cápita de la Unión Europea, lo que nos sitúa en el conjunto de las menos desarrolladas. El excesivo peso del sector público y la proliferación de las subvenciones en lugar de los incentivos fiscales, más la no resuelta disyuntiva entre desarrollo y protección del medioambiente, frenan el emprendimiento empresarial. Extremadura es la región más pobre de España: Madrid casi nos dobla en Producto Interior Bruto. Sólo se ha mejorado, respecto al último ejercicio, en el campo de las exportaciones. Y en términos de población ocupada, salvo algunos sectores (servicios y administración), la caída es considerable. Se pide la declaración normativa de hasta seis Polos de Desarrollo concretos e iniciar la reestructura del territorio y la agrupación de servicios municipales de forma que se solucione nuestro grave desequilibrio demográfico y se constituyan núcleos comarcales viables.
Norberto Díez González, con un grupo de ingenieros y sociólogos, repasa las infraestructuras, con especial atención al estado de la red ferroviaria, aeropuertos, autopistas, carreteras, aguas y saneamiento. El impuso a la línea de alta velocidad Madrid-Portugal por Extremadura es la cuestión estrella, objeto de reivindicaciones populares de gran impacto. Por lo demás, anotan que ni los Presupuestos Generales, ni los de Extremadura recogen partida alguna para la inversión aquí de nuevas autovías.
Que 2017 fue para la Agricultura un año negativo lo intuye cualquiera y lo confirman los análisis de José Ignacio Sánchez-Mora con su equipo de ingenieros agrónomos y empresarios del sector. La sequía climática e hidrológica, el freno a los regadíos, las nuevas plagas (el camalote, la seca de las encinas) más las enfermedades crónicas del ganado aún sin resolver, el escaso empuje de nuestra industria agroalimentaria y los aranceles arbitrarios, constituyen los principales problemas, que exigen (y pueden tener) soluciones.
Siguen los capítulos dedicados a cultura y patrimonio (José María Álvarez Martínez y los suyos son más expositivos que críticos); políticas sociales (el equipo de Rosalía Guntin Ubiergo estudia la evolución durante este periodo de las tres grandes cuestiones: despoblación, desempleo y pobreza, así como la gestión de los fondos europeos); el muy documentado informe que sobre la coyuntura industrial de Extremadura coordina José Marcelo Muriel Fernández, con muy específicas sugerencias de un abanico de actuaciones para mejorarla; el esperanzador estudio hecho por Fernando J. Rodríguez y otros ingenieros sobre la energía como posible motor de la industrialización de Extremadura (sistema eléctrico, con fuentes de energías renovables y no renovables, combustibles, minas de litio y Aguablanca, etc.).
Cierra la publicación un Manifiesto aprobado en la Asamblea del Foro, que, como el de los años anteriores, recoge los puntos principales de los estudios referidos e insta a todos los ciudadanos extremeños a comprometerse, cada uno desde sus posibilidades, para conseguir mejoras efectivas en el desarrollo de nuestra Comunidad. Concluye con una demanda a los políticos para que, cara a las próximas elecciones, “elaboren con realismo y ambición sus programas para acelerar los procesos de convergencia de Extremadura con el resto de España”. Seguro que, si los responsables se toman la molestia de leer libros como éste, les resultará mucho más fácil.

AA. VV., Informe general sobre la situación de Extremadura. Garrovillas de Alconétar, Club Senior, 2018.

Parece indudable que, al menos durante la primera mitad del siglo XVI, cuando se conformó la Europa moderna, nadie tuvo mayor prestigio que Erasmo (Rotterdam, 1466-Basilea, 1536). Es un acierto que la Red de la Comunidad Europea para Intercambios Académicos, se conozca como “Programa Erasmus” en homenaje al carácter multinacional y europeísta del escritor holandés. El gran hombre residió alternativamente en Holanda, Francia, Inglaterra, Alemania y Suiza, relacionándose con lo más granado de cada país y sin permitirse apenas momentos de reposo, pese a su naturaleza enfermiza. No quiso venirse a España, rehusando las insistentes invitaciones de Carlos V: aduce que no le agradaba la forma de ser de los hispanos (y, mucho menos, la Inquisición española), si bien aquí contaba con numerosos admiradores (véase Erasmo y España, el enorme estudio de M. Bataillon).
No obstante, los escritos y la figura misma del de Rotterdam siempre producen una especie de vértigo a cuantos se le aproximan. Les ocurrió ya a los coetáneos. Y no sólo por su extraordinaria y variadísima producción intelectual (hasta tres decenas de volúmenes exige la edición de sus obras completas, más un riquísimo epistolario), sino por el mismo carácter poliédrico del personaje. Sumamente celoso de su libertad; convencido de que nadie tiene toda la razón; de naturaleza pacífica (salvo cuando se supone maltratado); defensor de la concordia antes que de los enfrentamientos, así como de la paz pública en vez de las revoluciones, se opuso sistemáticamente a “tomar partido” por bando alguno, menos aún si se lo exigen los prebostes de cualquiera de ellos. Añádanse las propias vacilaciones o dudas no resueltas, más las innegables contradicciones (una cosa es lo que pienso; otra, lo que mi pluma escribe, vino a decir), para comprender el desconcierto entre sus lectores e incluso amigos íntimos. Figuras como Tomás Moro, Martín Lutero, Luis Vives, Alfonso de Valdés, varios papas e incluso Enrique VIII y Carlos V, por no citar toda una pléyade de ilustres personajes, se sentirían desconcertados ante los quiebros del gran humanista que, además, no siempre dice lo mismo en sus obras publicadas (no todas con su nombre) y en sus cartas (muchas dadas a luz desde bien pronto). Es el “Erasmus, vir duplex”, según conocida acusación luterana, o el hombre “semper pro se”. Ni es raro que se recurra incluso a Freud para entenderlo, vistos los avatares de su difícil infancia.
Las mismas sensaciones contradictorias se sufren con la lectura de este trabajo de Clavería (Caspe, 1963), que por cierto cuenta con unos fundamentos bibliográficos formidables. Alejándose voluntariamente, salvo las pinceladas ineludibles, de las tesis filosóficas, teológicas y aun filológicas de Erasmo, el autor busca retratarlo, según el título recoge, como “hombre de mundo”. Y repárense en los calificativos que ahí le atribuye: evasivo, suspicaz e impertinente (misántropo, borrachín, pendenciero). Fuerte apuesta, a cuyo favor el estudioso trae todo un aparato de citas sacadas fundamentalmente de textos epistolares, tomados de la edición hecha en Oxford por el matrimonio Percy (doce volúmenes). Sobre la misma base podría haber incluido también otros apóstrofes, según se desprende a lo largo del estudio: antisemita, timorato, egoísta, enamoradizo (¿gay?), obseso por su imagen, promotor de sí mismo e incluso máquina de repartir fango si la ocasión lo requiere etc. Todo comprensible según los parámetros dominantes en el Renacimiento, según Clavería desarrolla en sus agudas contextualizaciones.
Sin embargo, a aquel holandés, el primer europeo capaz de vivir de sus escritos (se reeditaban sin tregua, algunos, v.c., los Adagios, hasta 60 veces), “el más sabio de los hombres”, deseoso de reformar las instituciones eclesiásticas, académicas y civiles, pero con pánico ante una posible excomunión, se lo rifarán poderosos soberanos (de España, Inglaterra, Francia, Polonia, Austria), pontífices, heresiarcas, rectores de Universidad, obispos, impresores célebres (Aldo Municio, Froben)… deseosos todos ellos de poder presumir y fortalecer con la anuencia del Humanista. A nadie se entregaría aquel frailecillo casi diminuto de cuerpo y de espíritu inconmensurable. “Ubi bene es, ibi patria est” (Donde te encuentres bien, allí está tu patria) responde a quien se empeña en devolverlo a su Brabante natal. Y, para encontrarse bien, le bastaban sentirse apreciado por los mejores; una rica biblioteca (la vendió antes de morirse); imprentas próximas; dinero para mantener la casa y buen vino (preferentemente de Borgoña). Por cierto, nunca pudo aguantar las estufas alemanas.
Carlos Clavería Laguarda, Erasmo, hombre de mundo: evasivo, suspicaz e impertinente. (Misántropo, borrachín, pendenciero). Madrid, Cátedra, 2018, 370 págs.

Áspera seda de la muerte resultó ganadora del XXI Premio de Novela Ciudad de Badajoz 2017. El oxímoron del título anuncia ya el juego de contradicciones, enfrentamientos y dualidades que ofrece, antítesis centradas en dos ejes fundamentales: la oposición entre hombre-mujer y liberales-ilustrados, en aquella Sevilla de 1813.
El apellido del autor coincide con el del gran bibliófilo, nacido en Campanario, patrono de la UBEx. Como D. Bartolomé, Gallardo (Sevilla, 1958) estudió Medicina y al ejercicio del noble arte de curar viene dedicándos. (Uno de los personajes de la novela es el doctor Arribas, amigo de Lord Byron y Blanco White, galeno cuya mentalidad francamente progresista lo induce a muy atrevidos experimentos). El año 2012 obtuvo el premio Ateneo de Novela Histórica con La última noche, centrada en la figura de Sarah Avenzoar, mujer avanzada para su tiempo (s. XII), que ejerció la Medicina pese a los convencionalismos de la época. Áspera seda nos conduce también a los ámbitos de la novela histórica con protagonistas femeninos. No obstante, aunque perfectamente documentada – constituye un magnífico cuadro sociológico de aquella España ya escindida- sobresale por dos valores básicos: el análisis psicológico de los personajes y la excelente prosa en que está escrita.
Se centra el relato en Flora de Letona, joven madre de dos hijos, nacida y educada en una familia de la alta burguesía, cuyos padres también nadan en contradicciones: Dª Concha es sumamente conservadora; D. Ramón, un hombre de ideas progresistas, masón y afrancesado. Entre sus amigos figura el viejo ilustrado Francisco Saavedra, otro ilustre personaje histórico Lo matan, ritualmente, no sin complicidad del propio hijo, los caballeros absolutistas sevillanos.. Pero antes derrochará su patrimonio para que Flora pueda lograr su objetivo máximo: liberarse del morlaco que le ha tocado en suerte, el teniente Ballester, supuesto héroe de la Independencia en la Batalla de las Barcas (falso: lo fue John Downie, fundador de la Leal Legión Extremeña). Casi desde que se casaron, el rudo militar no cesó de machacar a la Flora psicológica y físicamente.
Abre el libro con cita de Chaves Nogales (otro escritor dividido entre las dos España): “en nuestra ciudad (Sevilla) la muerte es siempre un asesinato”. Justo proemio para un texto homenaje a la capital del Betis, por entonces ciudad desvencijada en su orgullo tras el expolio físico y espiritual de los franceses; a la que Cádiz quitó el monopolio del comercio con Indias porque el colmatado Guadalquivir dificulta la navegación, herida por un rebrote de la fiebre amarilla, además de hambrunas ante las malas cosechas.
La historia comienza en el beaterio de San Antonio, presagio del protagonismo que las mujeres van a tener. Allí encierran a Flor por orden judicial (que el marido manipula), cuando decide huir de casa y solicitar la separación de mesa, habitación y lecho. El novelista ha encontrado en los archivos andaluces procesos de casos similares, a los que acudió para alcanzar la máxima verosimilitud posible. La valiente mujer convive con otras no tan “arrepentidas, que pese a sus vida poco ejemplares no no dudarán en jugársela (y perderla) para contribuir a la liberación definitiva de Flora. Ella es sólo una “divorciante”, mujer seglar, “depositada en un retiro seguro y honorable”, según dice el papel que manda a Capitanía el abogado del teniente. No está obligada Flora a asistir a la capilla al amanecer. Aun así, acompaña a las monjas en sus rezos. Le gusta escuchar la música del silencio, porque entiende que ahí está Dios. Tampoco es una santa: tuvo una aventura extramatrimonial, seguramente una hija, con otro desgraciado, Salvador de Castañeda, a quien los compinches del teniente masacrann.
Desde el beaterio, Flora sigue relacionándose epistolarmente con Blanco White; contempla los carnavales y la Semana Santa… y procura no ser devuelta a la casa familiar. Tísica, recibe los cuidos del doctor Arribas. Le quitan a los dos hijos, pero no va a ceder, manteniéndose más firme, cada vez más lúcida y decidida: “No me arrodillo ante ningún hombre por muy cura que sea. Sólo Dios me cogerá postrada”. Finalmente, tras complicada odisea, logra huir del Beaterio, gracias a al apoyo de algún hombre y la complicidad de las compañeras, como Teresa Cienfuegos, “la que no sabe darle placer a un hombre. No le da placer, le da escalofríos, áspera seda de la muerte”. Mientras Flora arriba a Inglaterra, donde la reciben nada menos que Lord Byron y Blanco White, Fernando VII alcanza Madrid, produciéndose una auténtica exultación en Sevilla de la plebe antiliberal.
La obra está escrita en una prosa pulcra, con rotundo predominio de las oraciones simples y un léxico muy apropiado, perfectamente elegido según los personajes y ambientes (militares, masones, monjas, prostitutas, plebeyos, aristócratas, constitucionalistas, ultramonantos, etc.). Añádanse la complejidad del discurso narrativo y el generoso uso de las metáforas.

Francisco Gallardo, Áspera seda de la muerte. Sevilla, Algaida, 2018

Llegado a España desde la Italia renacentista, el soneto arraigó pronto y alcanzó cumbres excelsas con nuestros grandes escritores del Siglo de Oro (Quevedo quedará como su creador máximo), pese a las dificultades que dicha estrofa implica (según ironizase Lope en uno famoso). Llegará, con mayor o menor fortuna, hasta la época contemporánea, encontrando cultivadores excepcionales en las Generaciones españolas del 98, 14 y 27. (Imposible no evocar los Sonetos del amor oscuro, de García Lorca). Cierto que experimentará innovaciones formales, según ocurre en tantos de Jorge Luis Borges, Pablo Neruda y, entre los más modernos, Blas de Otero o Ángel González. Es verdad que va a sufrir desdenes por parte de muchos incluidos en las generaciones de los sesenta y setenta del último siglo, tal vez por el afán de alejarse de los viejos cauces líricos e introducir nuevas voces en nuestra poesía. El soneto pasaría a ser un paradigma de literatura antigua y, por ende, vetando, especialmente para los “novísimos”. Según ocurre a menudo, “los muertos que vos matáis, gozan de buena salud” y el soneto volvería a utilizarse, a veces no sin carga irónica. Cabe recordar aquí algunas colecciones antológicas, como Cincuenta sonetos esenciales (2008), que abre Garcilaso y cierra Claudio Rodríguez o la recienteSonetos para el siglo XXI (2017), ambas en la editorial Vitruvio. Por cierto, en esta última, que inicia Antonio Gamoneda, figura Santiago Castelo, para entonces ya fallecido.
A José Iglesias (Villalba de los Barros, 1955) le gustó siempre escribir sonetos. Los hay prácticamente en todas sus entregas. Quizá porque, como dijo Gerardo Diego, constituye “la mayor garantía contra la injuria del tiempo y la corrupción de la lengua”. Licenciado como está en Geografía e Historia (Sección de Arte), debió ocurrírsele ponerlos ahora en un marco donde tan a menudo se combinaran el arte y la sacralidad: el retablo. (También a J.A, Ramírez Lozano le seduce ese universo de discurso). El poeta se sirve de las múltiples modalidades que dicha estructura, con sus aledaños, proporciona: dípticos, trípticos, polípticos, tablas, calles o las sustentadoras predelas. Construye así un “monumento” cuasi litúrgico (exegi monumentum aere perennius, proclamaba orgullosamente Horacio, en su búsqueda de una obra más resistente que el bronce).
Inicia la de Iglesias, en forma de prólogo, la entrevista que el también escritor extremeño Theo Acedo Díaz mantuvo con el autor. Importa su lectura para seguir la “carrera literaria” de alguien que no es solo poeta excelente, sino uno de los hombres más generosos, amables y comprometidos que yo haya podido conocer. Repito lo que alguna vez dije: El nombre de Iglesias Benítez aparece de modo casi ineludible cuando se habla sobre cualquier actividad relacionada con Extremadura. Nacido en Villalba de los Barros (1955), emigró a Madrid, donde ha ejercido la enseñanza, combinándola con una incesante actividad en múltiples áreas culturales. Sus generosos compromisos con los Hogares Extremeños (acaba de ser elegido Presidente del de Madrid), UBEx, Guadalupex, AEEX o Beturia Ediciones - por nombrar sólo algunas de las entidades en las que participa - lo conducen a multitud de territorios, siempre admirado merced a su bonhomía a toda prueba.
Aquí ha encastrado varias docenas de sonetos, todos bien construidos y muchos, inconmensurables, en 13 conjuntos, a imitación de los retablos renacentistas. Estamos ante una suerte de “écfrasis” (ut pictura, poiesis), donde las ilustraciones dibujadas por Antonio Manuel Contreras inducen la similitud entre la iconografía verbal y la visual. Por la compleja factura del libro, se me antoja proponer para su mejor lectura, como modelo paradigmático, la Adoración del Cordero místico, la obra más importante de los Van Eyck (s. XV), conservada en la Catedral de Gante, cuyos secretos cierta mañana de Julio me explicó detenidamente Eduardo Naranjo cierta mañana de un Julio ya tan remoto.
Cabe advertir, en los hermanos pintores holandeses y el poeta extremeño, la importancia de elementos si secundarios, de ningún modo irrelevantes. Estoy refiriéndome, por lo que al poemario atañe, a pequeñas composiciones que realzan el núcleo: las seguidillas con estrambote (guiño a Miguel Hernández) y los haikus que orlan las piezas principales, los sonetos. Muchos de éstos han sido rescatados de entregas anteriores, fundamentalmente Retablos de amor profano(Badajoz, 2003) y Ritual de inocencia(Madrid, 2005). Otros habían visto la luz merced al oportuno premio otorgado (Certamen García-Plata o CC.RR. Alcobendas). Otros, en fin, estaban aún inéditos. Todos responden a la voluntad de quien, en los preliminares, escribe: “En este libro sólo he pretendido que haya poesía. Nada más que poesía nacida en las honduras de quien soñó estos versos. Y en el desvalimiento, la desolación o la esperanza de mis hermanos, los hombres. He buscado la belleza en las profundidades del sentimiento. Ojalá la haya encontrado”.
A fe que lo ha conseguido.
José Iglesias Benítez, El libro de los retablos. Madrid, Liber Factory, 2018.

Hace casi cincuenta años (1969), se publicaba On violence, corto pero sustancioso ensayo de una de las pensadoras occidentales con mayor prestigio, Hanna Arendt (Linden, Hannover, 1906-Nueva York, 1975). Mucho debía saber sobre el asunto la pequeña israelí, educada en la patria chica de Kant (Königsberg), discípula predilecta (en muchos sentidos) de Heidegger y a la que el régimen nazi encarceló y retiró la nacionalidad, aunque se salvaría del Holocausto, huyendo de Alemania hasta afincarse en USA, no sin haberse fugado sorprendentemente del campo de concentración de Gurs, donde fue internada. En Estados Unidos se convertiría en una de las pensadoras más influyentes de la centuria última.
Famosa por sus estudios sobre los regímenes totalitarios, la filosofía existencial o la “cuestión judía”, gran conocedora de la filosofía contemporánea, su nombre pasó al gran público cuando acepta ir a Israel para informar sobre el proceso de Eichman como reportera del The New Yorker. De aquellos apuntes, que no agradaron mucho al Gobierno judío ni a los sionistas, surgió su obra quizá más célebre, Eichmann en Jerusalén. Un informe sobre la banalidad del mal (1963). No gustaba que Arendt resaltase la docilidad y la complicidad misma de no pocos hebreos ante la shoah.
Un lustro después, Occidente volvería a sumergirse en olas de suma agitación: el conflicto insufrible de Vietnam, las agitaciones del Black Power, la conmoción de la “Primavera de Praga”, el desarrollo de los programas nucleares, el descubrimiento del universo “gulag” y, más que nada, la revolución estudiantil de “Mayo del 68” expandida desde Francia a medio mundo, ponen de moda las tesis de Nietzsche, Bakunin, Sorel, Pareto o Fanon a favor de la violencia como energía creadora.
Arendt no quiso permanecer al margen de las discusiones suscitadas en torno a los orígenes y naturaleza de la misma, así como sus relaciones con el poder, lo que abordó en esta obra con poco más de cien páginas. Leída medio siglo después, en circunstancias bien distintas a cuando se compuso, no puede asumirse sin algún distanciamiento, aunque su tesis fundamental continúe mostrándose válida: “La violencia no promueve ninguna causa, ni la historia, ni la revolución, ni tampoco el progreso o la reacción, pero puede servir para poner de manifiesto agravios y atraer sobre ellos la atención pública” (pp. 102-103).
Especialmente crítica se mostrará Arendt contra cuantos buscan apoyarse en Marx para defender opiniones contrarias. (Nunca alude al anarquismo ni, salvo alguna alusión ocasional, al nazismo). Según se sabe, si bien no cabe leerlo en este ensayo, le desagradaban por igual el “fanatismo histérico de Hitler”, que la “crueldad vengativa” de Stalin. Según la autora, argumentando con razonamientos convincentes, para la violencia no hay justificación biológica, histórica o política asumible. Por lo demás, adelanta (pp. 110-113) los riesgos que los nacionalismos nacientes (no cita el catalán, ni el vasco) suponen para Europa.
Pese a su sólida formación académica, Arendt fue siempre enemiga de la “jerga filosófica”, por lo general críptica para el gran público, prefiriendo expresarse en el lenguaje común. Así lo hace también en este texto, lo que no le resta un ápice de rigor intelectual. Carmen Criado lo ha traducido a un castellano impecable. Hannah Arendt, Sobre la violencia. Madrid, Alianza Editorial, 2018.

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