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Natural de Don Benito (1941), donde ahora reside tras largo periplo existencial, Martínez Sánchez cursa la segunda enseñanza en el seminario de Plasencia, que tan atento estuvo a la literatura. Coincidió allí con futuros escritores, como el poeta Pablo Jiménez o el recién elegido académico de la Real de Extremadura, José Julián Barriga. Se dedicó después a diferentes oficios. Fue jornalero del campo y la construcción antes de decidirse a emigrar a Francia (1964). También allí trabajó en labores agrícolas durante varios años, marchándose después a Alemania. Se hace obrero de la fundición de Lendringssen, hasta que en 1974 regresó a España. Puso fin a la carrera laboral jubilándose como celador sanitario.

Tantas vivencias, especialmente las experimentadas en el último centro, nutren esta su opera prima, cuya notable calidad no deja de sorprender. Estructurada en cuatro capítulos y un epílogo, las entradillas de cada apartado advierte que de ningún modo estamos ante un narrador lego. Los oportunos textos preliminares se han pedido a escritores tan sugerentes como Cioran, Anatole France o nuestro Félix Grande, testimonio sin duda del culto que el novelista siente hacia ellos. La obra se publica en la colección “Campos de ortiga” (guiño a Reyes Huertas), cuidada por Jacinto Gil Sierra, con diseño de Jesús Reta y del infatigable José Iglesias Benítez.
La historia narrada discurre en un asilo de ancianos, dirigido por monjas. Allí se encuentran los dos protagonistas que componen el título, Nano y Manuel. Este se encarga del jardín y la huerta, ayudando a las religiosas (poco simpáticas, implacables con los ancianos) en tareas subsidiarias, aunque él busca no inmiscuirse excesivamente. Añora sobremanera a su padre. El otro, antiguo cantinero de estación ferroviaria, humilde y más bien desgraciado, con taras físicas, busca ante todo no desagradar a mujeres tan bravas como la directora del centro o sus hermanas de religión. Los dos personajes gustan de evocar episodios de infancia y juventud, lo que permite al escritor discurrir sobre profesiones, usos y costumbres antiguas, juegos y diversiones propias del mundo agroganadero y de los viejos ferrocarriles, con sus locomotoras a vapor (muy bien documentado).
El relato, que va convirtiéndose en coral, acoge también otros personajes allí recogidos, como Simón, “ el rojo ”, astuto republicano; Miguel, un mal bicho, prototipo de viejo rencoroso, ruin y descerebrado, capaz de violentar físicamente a una de las monjas; o su antagonista, Rey, tan crítico con las directrices de la casa. Martínez Sánchez se esfuerza por componer agudos retratos psicológicos de todos ellos, hasta describir de forma incluso opresiva el ambiente reinante en el asilo, cargado de agobios, excentricidades, rencores, humillaciones y escasas dosis de solidaridad o benevolencia. Tal vez el más humano es el capellán, un cura ciego, confesor de aquellas almas atribuladas, a quienes se esfuerza por no humillar. Pocas ganas le surgen al lector de verse algún día incluso entre paredes semejantes, heridas por la falta de seguridad, mínimas libertades y máxima presión psicológica.
Una prosa depurada (olvidemos los loísmos), brillante en no pocos pasajes, acertadamente nutrida merced al uso del lenguaje popular, con numerosas apoyaturas en el refranero, alterna la tercera persona del narrador omnisciente y la primera, asumida por quienes son impelidos a componer reminiscencias del pasado propio. Maquinistas, barreneros, chalanes, camareros, fogoneros, campesinos, guardias civiles e incluso algún profesor, más un conjunto de mujeres menos dibujadas, conviven peor que mejor, bajo la rígida batuta de sor Inés del Espíritu Santo y sus hermanas profesas, especímenes humanos que Martínez Sánchez tan bien sabe describir .
Juan Martínez Sánchez, Nano y Manuel. Madrid, Beturia, 2018

Javier Divisa es el seudónimo de Javier Guerrero Rodríguez. Nacido y criado en Badajoz, reside en Madrid, donde se dedica al negocio de la moda, lo que le obliga a frecuentes viajes por el extranjero, China sobre todo. Es autor de las novelas Tres hombres para tres ciudades (Cana Negra, 2013) y Valientes idiotas (Amargord, 2015), colaborando también con artículos y recensiones literarias en revistas como Tarántula, El Cotidiano o Eñe.
“Magdalena” funciona en el imaginario occidental, al margen de otras consideraciones positivas, como prototipo de mujer pecadora, de la que se hace mención tanto en el Nuevo Testamento y en los Evangelios apócrifos, con larga proyección en la literatura y artes plásticas posteriores. Es el nombre que luce la protagonista del relato, al que da título, una joven de apenas diecinueve años. La iremos conociendo según la describe el partenaire masculino que le da réplica, un cuarentón, analista de mercados, consultor financiero y de recursos humanos, frívolo y disoluto, bon vivant sarcástico, sólido bebedor, que se enamora perdidamente de la muchacha.
Como en sus anteriores novelas, Divisa nos conduce al abigarrado Madrid de la globalización, cuyas calles y plazas ocupan los más variopintos especímenes: músicos eslavos, manteros senegaleses, ecuatorianos beodos, prostitutas de cualquier lugar, mendigos y ladrones (rumanos), por no decir los “gilipollas”, “soplapollas” y becarios nacionales, según los tres especímenes en que divide a los compañeros de trabajo. Con el desgarrado lenguaje que le distingue ( “puta” es el término más recurrente del libro), el narrador va componiendo un cuadro sociológico pleno de tipismo, a la vez que refiere las sinuosas y duras vivencias de ambos personajes y las tribunas urbanas con las que se relacionan. El sexo ocupa lugar predominante.
Gartzen Álvarez, que así se llama nuestro héroe, con quien el autor simpatiza, lo irá relatando en primera persona, a la vez que evoca sus orígenes familiares, estudios, amigos, relaciones con los padres (presentados sin la menor misericordia) y compañeros de trabajo, descritos sin la menor simpatía. Como tampoco la tiene por los políticos, nacionales o autonómicos. La verdad es que el retrato sociológico aquí compuesto resulta verosímil, pero desolador. Tampoco resultan muy reconfortantes los numerosos filosofemas con que Gartzen gusta explayar su pesimismo antropológico. “Yo mantengo la teoría…” es el preámbulo frecuente de numerosas cáusticas consideraciones.
El escritor es dueño de una prosa tan rica como innovadora y refrescante, plagada de los anglicismos que nos inundan y de expresiones típicas de las jergas juveniles predominantes los lustros últimos para referirse a modas, gastronomías, erotismo, consumiciones alcohólicas, narcóticos, espectáculos, etc. La lectura de Magdalena nos sumerge en un mundo, seguramente muy real, en el que las grandes ideas poco valen y se desconfía de los planteamientos utópicos, preteridos ante la satisfacción inmediata de las propias apetencias. Valor añadido de la novela es forzarnos a reconocer que, según escribiese Manuel Pacheco, todavía está todo todavía.
Javier Divisa, Magdalena. Madrid, Edición Lápices de Luna, 2017

DA COSTA E SILVA Alberto Vasconcelos da Costa e Silva (Sâo Paulo, 1931) es uno de los grandes escritores en lengua portuguesa. Diplomático distinguido, se le reconoce también como ensayista, africanólogo y poeta. Es miembro de la Academia Brasileira das Letras. En estos meses últimos han aparecido en español dos de sus obras, el poemario Fragmento para un réquiem (Mérida, Editora Regional de Extremadura, octubre 2017) y Espejo del príncipe, el primer volumen de sus memorias, que aquí presentamos. La traducción de ambas, junto con el estudio introductorio respectivo, se debe al extremeño Luis María Marina.
Subtitulado “Ficciones de la memoria”, esta entrega en prosa constituye un auténtico placer para los amantes de la gran literatura. El autor evoca aquí sus años infantiles, vividos en la provinciana Fortaleza primero y la capitalina Río de Janeiro después, entornos ciudadanos los dos, aunque aquella conservaba aún resonancias del mundo agroganadero, con su peculiar cultura del subtrópico fecundo, de flora y fauna variadísima, donde olores, sonidos, sabores y colores, plantas, aves y peces –todos minuciosamente recordados- se multiplican en aquel Brasil deslumbrante casi hasta el infinito. Cabe ponderar el esfuerzo que Marina debió hacer para darnos una versión tan convincente de aquel universo sensualísimo. En las dos urbes, centrales para la historia del país, repercuten los ecos de la misma (sobre todo el gobierno de Getulio Vargas y las insurrecciones populares o la insubordinación de los caganceiros), aunque no deja de llegar, e incluso promover encendidas disputas, cuanto ocurre en Europa, como el ascenso del nazismo, la contienda civil española y la II Guerra Mundial (Brasil tomará parte, un punto tardía, junto a los aliados), brutalmente finiquitada con las bombas nucleares de Hiroshima y Nagasaki.
Así ocurre al menos entre las clases acomodadas, a las que pertenecía aquel preadolescente bien educado, enfermizo (sufre terribles jaquecas), amable, supersensible, lector tenaz, alumno poco hábil para los deportes pero amante de los juegos, incapaz de vencer hasta bien tarde la enuresis , no desinteresado por la gastronomía, cinéfilo y con raro dominio de la palabra. No extrañe que sufra bullyng en el colegio marista donde estudia, como también lo soportan, por otras razones, los niños judíos hasta allí fugados del el viejo continente. Pero para los suyos, él será siempre tratado como un príncipe.
Arropado por una familia poderosa, acrecida constantemente por hermanos, tíos, comadres, primos, novios, criadas, trabajadores, etc., todos bien acogidos en casa – un auténtico paraíso -, sobresalen las figuras del padre, poeta con débil salud, y de la arrolladora abuela. De todo se va dando noticias en la obra, que con acierto Marina juzga como Bildungsroman (novela de formación) autobiográfico.
Da Costa le da estructura fragmentaria, constituida por 130 teselas con su pertinente numeración. El casi centenar de notas que el traductor añade a pie de página permiten seguir más fácilmente un texto que, tocado por la gracia de la poesía, abunda en referencias geográficas, históricas, políticas, literarias, etc. del propio país y, según avanza en años, de toda la cultura occidental. Coincidimos con el traductor que esta constituye la primera entrega del opus magnum de Alberto da Costa. Alberto de Costa e Silva, Espejo del príncipe. Madrid, Cuadernos del Laberinto, diciembre 2017)

INSOPORTABLE LEVEDAD

Natural de Almendralejo (1952), Faustino Lobato encarna bien muchas de las virtudes que distinguen a su gente: bonhomía, cordialidad, facundia, simpatía y ese punto de amistosa exuberancia predispuesta por la generosa arquitectura física donde se sustenta. Buena parte de su vida ha transcurrido en Badajoz (alrededores de la Plaza Alta, con predominio gitano) e importa recordar que por su apoyo a las familias del cobre le hizo merecer el Diploma de honor en el V Concurso Internacional de Arte “Amico Rom” (Lanciano, Italia, 1998)
Recién jubilado como profesor de Filosofía, materia que perfiló durante sus estudios en la Universidad de Lovaina; secretario de la Tertulia “Página 72” y hombre comprometido con el discurrir de la ciudad donde habita, Lobato se declara especialmente próximo a la poética de Luis García Montero, así como de los portugueses (domina el idioma luso) Eugenio de Andrade y Sofía García de Melo.
Entre los libros que ha dado a luz cabe recordar Cuatro momentos para el poema, Poemario gitano, Pegados al horizonte, Quiebros del laberinto, Las siete vidas del gato, Un concierto de sonidos diminutos y El nombre secreto del agua. Este último, como el que aquí se presenta fue también publicado por Vitruvio. La editorial madrileña, que mantiene cuatro colecciones de poesía: Covarrubias, Plaza Mayor, Formato Grande y Baños de Carmen, ha decidido incluir Rehacer el alba en esta última, donde aparecen alternativamente escritores clásicos y contemporáneos. Lleva un extenso estudio preliminar de la poeta y ensayista extremeña Efi Cubero, cuya lucidez está fuera de dudas.
La obra, en la que van alternándose el verso blanco y libre con la prosa poética, se estructura en cuatro partes, formal y temáticamente unidas: La levedad del barro, Si el infierno soluciona la distancia, Movimiento de lo absurdo y Más allá de las tinieblas. Con numerosas autorreferencias (abundan los tiempos verbales en primera persona), Lobato analiza su propio discurrir existencial, del que en absoluto reniega, aunque algunas dosis de escepticismo, incluso de pesimismo antropológico, alcancen a herir las irrenunciables utopías. Resuenan a menudo las interpelaciones de filósofos como Nietzsche (la muerte de Dios, el eterno retorno y más allá del bien y del mal), Heidegger (¿Por qué el ser y no más bien la nada?) o Sartre (el absurdo, el ser libre), por no decir el Benjamín del “aura” o el Kundera de La insoportable levedad del ser, citados preferentemente en el idioma original.
Con mucha razón escribe Efi Cubero sobre estos poemas: “El carácter ético que los mueve, moldea y agita estas palabras sentidas desde una contemporaneidad que es plenamente consciente de lo irrealizable”. Lo que no impide la apelación a existir ante el misterio con la misma intensidad con la que vivo ante un amanecer, un orgasmo, un abrazo o una sonrisa (pág. 67). Aunque en ocasiones creamos vivir la huida de la palabra, el ineludible silencio ante la agonía de un naufragio permanente (pág. 74), nos mantendrá el color del verso que brota en cada rincón de sigilos agónicos, en cada espacio vacío, en cada espera (pág. 75). Porque siempre es posible la luz, aunque haya oscuridad y tenga que volver a redimir el canto de los dedos mientras deshago el silencio que me separa de ti (palabras finales).
Poemas y aforismos (tradición muy nietzscheana), cuidadosamente labrados, soportan con reciedumbre desde leves intuiciones a sentencias apodícticas en los que resulta fácil reconocerse. “Dios ha muerto, Nietzsche ha muerto y yo tampoco me encuentro muy bien", bromeaba Groucho Marx. Pero habrá que seguir hacia delante. Libros como éste ayudan. Faustino Lobato, Rehacer el alba. Madrid, Ediciones Vitruvio, 2018

Natural de Castuera (1978), María Eugenia Díaz tiene, entre otros títulos académicos, el doctorado en Filología Hispánica y la licenciatura en Filología Italiana. Ha sido profesora de español en la Universidad de Oporto y, tras trabajar para el Instituto de Biblioteca Hispánica (CILengua) y el departamento de Literatura en la Universidad de Salamanca, ejerce hoy la docencia como profesora de Instituto, sin desligarse de las instituciones docentes antes dichas, con las que continúa colaborando en distintos proyectos de investigación.

Entre sus muchos méritos contará sin duda esta edición (volumen con casi 900 páginas) de uno de los manuscritos –el más completo de los nueve códices homólogos – donde se narran los milagros que entre 1412-1503 se produjeron por intervención de la Virgen, según refirieran los propios beneficiados ante la autoridad competente del Monasterio de las Villuercas.
Es la primera vez que sale a la luz, al menos de forma íntegra y bien cuidada, este documento-monumento. Así lo define la responsable, fundándose en el valor del mismo, un vasto conjunto de pequeñas narraciones que cuentan multitud de hechos extraordinarios, inexplicables por las leyes físicas conocidas.
Al parecer, los peregrinos que llegaban al cenobio para presentar su gratitud a la Virgen, explicaban ante algún escribano del scriptorium las circunstancias de los hechos milagrosos. Los frailes (jerónimos) disponían así de un conjunto creciente (cada año acuden por centenares) de relatos con los que podían formar colecciones para utilizarlas como apoyatura en la predicación, dirección espiritual o simple propaganda. La frescura de los textos, sus visos de verosimilitud, riqueza de situaciones y pluralidad de los protagonistas implicados añadían un plus irresistible.
Aquí están recogidos testimonios de personas pertenecientes a todas las clases sociales, desde reyes a simples escuderos; nacionalidades varias (franceses, griegos, italianos, portugueses, holandeses, marroquíes, ingleses, y, claro está, españoles, de cualquier rincón); sexos, edades y estados (hombres, mujeres, casadas, viudos, jóvenes y niños, clérigos y laicos…).
Los mismos religiosos responsables de esta colección la dividen en apartados, según la temática de los hechos referidos: cautivos, deseos, demoníacos, enfermedades, heridas, resurrección, peligros que no son del mar, peligros del mar y prisiones. En este caso, adjuntan también, como preliminar, una versión de la leyenda guadalupana y una breve historia del Monasterio. La editora ha tenido a bien añadir otros apuntes para favorecer la contextualización, antes de reproducir las narraciones (actualizando ligeramente la ortografía).
Todas conservan algo de la oralidad primigenia y mucho de la elaboración literaria posterior, ofreciendo una estructura bastante similar, que comporta las siguientes partes: título del milagro; presentación del devoto; desarrollo del milagro y conclusión piadosa. Constituyen un impagable depósito de referencias para historiadores de las mentalidades, etnógrafos y estudiosos de la lengua. Las ricas notas a pie de página (en tipos diminutos, difíciles de leer) constituyen un excelente apoyo para la adecuada compresión. Desde luego, si algo resulta evidente es que la devoción a la Virgen de Guadalupe se hallaba extendida como pocas por todo el mundo occidental y la fama del santuario era inmensa. (El atractivo de sus hospitales, cuyos avances médicos bien podría explicar científicamente algunos de los “milagros” referidos, y la generosidad de los monjes, constituían un imán irresistible para muchos coetáneos).
El documento C-I, pergamino en letras góticas, encuadernado en cuero sobre tablas de filigranas, queda ahora al alcance de cualquier lector, creyente o agnóstico, que lo puede degustar fácilmente merced a la imprenta (Artes Gráficas Rojas) y el buen tino de la ERE.

María Eugenia Díaz Tena, Los milagros de Nuestra Señora de Guadalupe (siglo XV y primordios del XVI): edición y brece estudio del manuscrito C-I del archivo del Monasterio de Guadalupe). Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2017.

Aunque natural de Carmona, Esteban Mira reside en Extremadura desde 1994, ejerciendo como profesor de secundaria. Doctor en Historia, se ha dedicado especialmente al estudio de las relaciones entre España y América durante el siglo XVI. Autor de una larga veintena de libros y numerosos artículos, ha colaborado también en importantes obras colectivas, como el Diccionario biográfico español (donde suscribe un centenar de entradas) o la nueva Historia Militar de España.
A la gigantesca figura de Hernán Cortés le ha dedicado un buen número de estudios, esforzándose por limpiarla de las incontables inexactitudes con que la leyenda negra y apologética o legitimadora (cuando no puramente hagiográfica) han desfigurado, en un sentido u otro, la persona y obras del de Medellín. Así procuró hacerlo en Hernán Cortés: el fin de una leyenda (Badajoz, 2010), obra de la que ésta podría considerarse algo más que una reedición corregida y aumentada. Es así, según aclara el propio autor en los preliminares, porque ha corregidos errores en la primera deslizados, a la vez que aporta nuevas noticias acordes con la bibliografía más actual (se renueva constantemente) y, sobre todo, los manuscritos inéditos que el autor ha podido localizar entre 2010 y 2016.
Muy crítico con las versiones tradicionales de la Conquista (mucho más próximo a la de Bartolomé de las Casas), Mira se esfuerza por separar el mito de la ficción, situando a Hernán Cortés y sus huestes (escasas, frente a un imperio tan gigantesco como el de los Aztecas) en el contexto histórico, procurando deshacer el cúmulo de tergiversaciones, antitéticas en no pocos casos, que sobre los conquistadores de la Nueva España han venido acumulándose. Aunque no oculta tantas cosas rechazables como se pueden atribuir a los guerreros españoles que llegan al Nuevo Mundo, con recursos bélicos desconocidos para los indígenas y motivados sobre todo por intereses crematísticos, reconoce que “la conquista del imperio mexica fue excepcional en el sentido que un puñado de hombres en muy poco tiempo ocupó un amplio territorio· (pág. 7), si bien se lo deba interpretar como otro capítulo de la imposición de los más fuertes sobre el más débiles, con desastrosas consecuencias para los segundos.
Aquella hazaña hubiese sido imposible de no estar gestada por un hombre de tan recias cualidades. Entre las que más destacan en Hernán Cortés, algunas de forma excepcional, contaron su resistencia infatigable para todas las labores y extraordinarias dotes diplomáticas, dialécticas y oratorias. Con notable cultura humanística adquirida en Salamanca (si bien no se demuestre que estudiase en la Universidad), generoso para los suyos, no fue el eximio estratega tantas veces dicho, pero sí un lúcido analista sociopolítico y “un mago en el arte de la palabra y el engaño” (pág. 197). Alguien que podía mostrarse ferozmente cruel, al mismo tiempo que derrochó habilidad y sutileza para atraerse a fuerzas enemigas; fidelizar a su persona numerosas voluntades, porque Cortés “siempre sumaba, nunca restaba: esa fue una de sus mayores virtudes “ (pág. 204).
Hijo de pequeños hidalgos, aunque presumiese de entroncar con familias nobles (los Monroy y Altamarino), sobre la biografía del conquistador extremeño perviven grandes lagunas, por ejemplo en torno a su estancia en Medellín (apenas mencionó nunca la tierra natal) o los años últimos (1540-1547).
Gran encomendero, empresario (del azúcar, algodón, ganadería, trata de esclavos negros e indios), mujeriego impenitente, tras sufrir un “juicio de residencia” que él consideraba cicatero, moriría riquísimo en Castilleja (pese a su voluntad de morir y ser enterrado en México), pasaría sus años últimos con la conciencia de que no lo trataban según los méritos que creía poseer. Esteban Mira Caballos, Hernán Cortés. Mitos y leyendas del conquistador de Nueva España. Trujillo, Palacio de los Barrantes-Cervantes, 2017


Con el patrocinio de la
JUNTA DE EXTREMADURA
Consejería de Cultura e Igualdad


 

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