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Situándose con su habitual punto de ironía frente a la llamada “corriente de la experiencia”, Caballero Bonald, uno de los mayores poetas contemporáneos, escribe: “La memoria es el factor desencadenante, la materia prima de todo acto creador… La experiencia del lenguaje, reelaborado en la memoria, siempre es una consecuencia de la experiencia vivida”. El impacto de la propia realidad vital, convertida en motivación literaria, distingue la escritura del poeta andaluz. Lo expone inteligentemente María José Flores Requejo, que tanto sabe, en su recién aparecido ensayo Poética y memoria: Entreguerras o de la naturaleza de las cosas, de José Caballero Bonald (Sevilla, Alfar, 2018), volumen publicado merced a la contribución de la Universidad de L´ Aquila, donde la poetisa de Burguillo del Cerro funge cátedra de Literatura española.
Pues bien, lo vivido durante los meses últimos entre hospitales y tanatorios inspira el nuevo poemario de Benito Acosta (Zalamea de la Serena, 1937), polifacético escritor por cuyas obras nunca he ocultado mi profundo aprecio. Por lo demás, este poeta, ensayista, teólogo y músico, afincado en Málaga, de permanente buen humor, capaz de traducir textos neotestamentarios con la misma ingeniosidad que los comenta (es discípulo fiel del gran José María González Ruiz), se condujo siempre según la máxima que adoptase en su juventud: la opción por los más pobres. Yo he visto cómo en la cocina de su sencillo hogar malagueño, de puertas abiertas, hervían permanentemente tres grandes ollas con comida para cuantos pasaban por allí a la búsqueda de un plato caliente, tal vez el único que esa jornada iban a consumir. , en cuya memoria n íntimo de Antonio González-Haba Barrantes y Juan Luengo García, sacerdotes como él, ya fallecidos, cada año regresa a Badajoz para revivir, junto a otros que aún aguantan los tirones de la sangre, antiguas añoranzas.
Benito Acosta ha estado dos veces en la UVI y ha tenido que despedir a tres hermanos muertos recientemente. Sobre ambas hospitalizaciones y los definitivos desgarros nos dicen estos poemas. Heterogéneos desde el punto de vista formal, constituyen un bloc lírico en el que alternan composiciones de amplio aliento y métrica libre, con sonetos de endecasílabos blancos y otras entregas de versos suavemente asonantados. En ocasiones, la memoria se desliza hacia territorios comunes a los desaparecidos, la Zalamea de la infancia feliz (pese a las terribles condiciones socioambientales), cuando ardía el sol de Extremadura, en tanto Yagüe incendiaba el coso de Badajoz (págs. 32-33) y una simple silla de enea era el periscopio de las labores hogareñas (pág. 56).
Pero, según se dijo, la voz de quien se dice graduado en Tautología por la Universidad del pueblo llano, aparece ungida por inquietudes y dolores actuales. Los declara sin pudor e incluso busca cómplices junto a quienes conllevar angustias. Así lo hace en ese “Tríptico de la noche”, que dedica a Antonio Maqueda, joven párroco pacense, el poema más extenso, una dolorida apelación al Inefable desde su apertura: “La voz se me adolece de ir descalza/sobre la brasa ardiente de tu nombre” (pág, 58). Leído tras la “Carta a Edmundo de Nigeria”, donde surge explícita la memoria de Mario Benedetti, se constituye en epicentro de este “Arte de amar” que Benito Acosta, en cuya memoria no habita el olvido, sustenta ejemplarmente. Benito Acosta, Habitada soledad. Benalmádena, EDA libros, 2018

Entre los grandes protagonistas de las letras españolas que son orgullo para Extremadura, donde vieron la luz, resplandece por razones múltiples Bartolomé José Gallardo (Campanario, 1776 - Alcoy, 1852), quien nunca cortaría sus relaciones con la tierra patria. Baste una simple anécdota: meses antes de morir, nuestro rotundo anticlerical escribe a Diego del Rivero, sacerdote en Campanario, pidiéndole le haga llegar “una buena yunta de bueyes parejos” que el eximio bibliófilo pensaba emplear en La Alberquilla, dehesa adquirida por él (1836) próxima a Toledo y a donde trasladó su formidable biblioteca. En aquel rincón de La Serena buscó refugio más de una vez cuando se sentía en peligro y allí mantuvo amistades y familia fieles.
Quienes deseen conocer los rasgos fundamentales de tan soberbia personalidad; las múltiples vicisitudes que le tocó vivir, así como sus máximas aportaciones a la literatura hispana, disfrutarán leyendo estos Apuntes íntimos para una biografía de Don Bartolomé José Gallardo. Según sugiere el título, la obra se fundamenta sobre todo en textos privados (cartas, notas, apuntes), muchos de los cuales se reproducen. Eso facilita también degustar la magnífica prosa en que están compuestos, una de las más brillantes de la época, según demostrara en su día D. Ricardo Senabre. (Se ha normalizada la ingeniosa ortografía original). Menos valiosos son los poemas, también abundantemente recogidos. Un fallo de maquetación introduce repeticiones y errores de paginación en los cuadernillos finales.
Compuso el libro, tras varios decenios de investigación y estudio, José María Basanta Barro (Ferrol, 1923), profesor de Matemática en el Ramiro de Maeztu de Madrid. Casado con una hija del novelista Antonio Reyes Huertas, también de Campanario, esto lo indujo a interesarse por los temas extremeños. Su hijo Antonio Basanta Reyes se ha ocupado de esta edición, enriqueciéndola con un impresionante cúmulo de notas a pie de página. Antes de introducirse en la lectura, conviene leer el extenso prólogo de Bartolomé Díaz Díaz, socio fundador del Fondo Cultural Valeria y actual vicepresidente de esta asociación, que tanto ha servido para establecer la historia de Campanario. Se dedica el libro a los máximos investigadores de Gallardo, entre los que se cita a Pedro Sáinz Rodríguez, Antonio Rodríguez-Moñino y Alejandro Pérez Vidal, generosamente utilizados, con sus oportunas citas, por el autor.
Sin pretensiones de una exhaustividad imposible en tan compleja figura, destacaré lo que me parece más relevante del estudio. 1) La pasión por los libros que el futuro bibliotecario de las Cortes de Cádiz derrochaba desde sus estudios de Medicina en Salamanca, y hasta sus horas finales (muere pisteando viejas ediciones). Ni el exilio en Inglaterra, la cárcel o las reclusiones forzosas, la coyuntural etapa como diputado… lo frenarán. 2) El temperamento incandescente del hombre liberal (también republicano, tal vez masón), polemista incontenible, a quien cuadra como a ninguno el verso de Juvenal: “Acer, indomitus, libertatis magister”. 3) La falsedad de las acusaciones que como “bibliómano” hubo de sufrir (él tampoco se quedaba manco a la hora de empuñar su sarcástica pluma: díganlo, ejemplo entre miles, las ironías lanzadas contra Dono Cortés). 4) La delicadeza con que tan áspero carácter supo referirse a personas en principio poco amantes de su disolvente Diccionario crítico burlesco, tales como el obispo Tavira o su paisano P. Faustino Arévalo, otro bibliófilo genial, jesuita expulso, a quien honraría llamándole “patricio y amigo … cifra ciertamente rara de candor y saber”. 5) Por último, evocaré la mala suerte, por desgracia repetida en numerosos colegas de Gallardo, cuya biblioteca y trabajos inéditos pasaron, pues hijos no tuvo, al malhadado sobrino que destrozó un patrimonio intelectual irrepetible. Pecios del mismo quedarían al fin salvos en los cuatro valiosísimos volúmenes, póstumos, del Ensayo de una biblioteca española de libros raros y curiosos formado con los apuntamientos de Bartolomé José Gallardo, coordinados y aumentados por M. R. Zarco del Valle y J. Sancho Rayo. Antonio Basanta Reyes, Apuntes íntimos para una biografía de Don Bartolomé José Gallardo. Badajoz, Diputación/Campanario, Ayuntamiento, 2018.

Es sabido que la provincia de Badajoz experimenta durante la II República (1931-1936) un notable incremento de la conflictividad que desde decenios anteriores había surgido en Extremadura, vale decir en todas las zonas rurales de España. La prensa regional, cada medio desde su orientación ideológica, notificaba casi a diario un creciente cúmulo de manifestaciones, huelgas, enfrentamientos, robos, sabotajes, destrozos e incendios, talas de árboles, destrucción de cosechas, ataques entre personas y grupos, multas y encarcelamientos frecuentes, disparos contra las multitudes o las sonadas ocupaciones de tierras. El muy documentado estudio de Hortensia Méndez Mellado, Por la tierra y el trabajo. La conflictividad campesina en la provincia de Badajoz durante la II República (1931-1936), volumen con casi 500 páginas, galardonado con el Premio Arturo Barea 2018, ofrece una detallada nómina, pueblo por pueblo, a la vez que analiza los factores desencadenantes de aquella turbulenta situación.
Nacida en Cáceres (1948), ya jubilada de su trabajo para el INSS, doctorada en Historia y licenciada en Antropología, a Méndez le debemos estudios aparecido en obras colectivas, como “Extremadura y la guerra civil 70 años después de su final: 1939-2009” o “Renacer, una asociación de mujeres republicanas”. En ellos, como en el libro que presentamos, son manifiestas sus simpatías por las causas populares, lo que, creemos, no resta objetividad a sus exposiciones.
Según la autora, la raíz última de la conflictividad que se experimenta en ambas provincias es la injusta distribución de la tierra. La mayor parte de la misma están en manos de grandes latifundistas o ricos arrendatarios, pocos y unidos familiarmente, mientras el resto de la población (si se exceptúan los medianos y pequeños propietarios) sólo cuenta con su fuerza productiva, a saber, sus brazos, o, como mucho, algunas bestias y útiles para la labranza, según es el caso de los casi míticos “yunteros” (a la postre, los más activos en muchas reivindicaciones). Como el latifundio se explotaba según métodos arcaicos, con una agroganadería extensiva a espaldas de los avances modernos, las famosas dehesas resultan poco productivas. El paro obrero es un azote cruel en todas las poblaciones pacenses, grandes, pero dispersas, mal comunicadas, con mínimas condiciones de salubridad e ínfimos índices de alfabetización. El hambre arrasa, especialmente en determinadas épocas del año, más aún si se suma una mala cosecha. La emigración, salida tradicional, se contuvo en el periodo republicano, incrementándose el problema. La clase obrera se identifica cada vez más con organizaciones socialistas y anarquistas, entre las que adquirirán singular relevancia la FETE (Federación de los Trabajadores de la Tierra), perteneciente a la UGT.
El nuevo régimen republicano despertó extraordinarias expectativas entre las clases trabajadoras, sobre todo porque creyeron que sería posible, al fin, una reforma agraria capaz de permitir el acceso a la tierra y su laboreo. La lentitud, seguramente ineludible, de tan revolucionaria medida produjo exasperación y, pronto, la voluntad cada vez más extensa de tomarse las cosas (roturaciones de fincas) por iniciativa propia. Claro que ni los grandes propietarios, ni el Gobierno mismo, con sus fuerzas de orden, estaban dispuestos a facilitar la distribución de terrenos cultivables. Más bien lo boicotearon de múltiples modos. Tampoco la Iglesia apoyó las reivindicaciones populares, si bien el libro se abstiene de estudiar esta parcela de poder.
Sí lo hace, con especial detención, de acontecimientos como la huelga general campesina (1934), la huelga de mozos de mulas de Almendralejo (1936), el lok-out patronal de Montijo (1932) o la huelga general española (octubre 1934), que tan insolidaria fue con los intereses de las masas campesinas. Hortensia Méndez Mellado, Por la tierra y el trabajo. La conflictividad campesina en la provincia de Badajoz durante la II República (1931-1936). Badajoz, Diputación, 2018.

Hubo un tiempo en que los dioses nacían en Extremadura. Así lo proclaman el novelista García Serrano y, posteriormente, el Conde de los Canilleros, historiador, refiriéndose a los conquistadores del Nuevo Mundo. Aquella tremenda estirpe fue considerada por muchos pueblos indígenas como encarnación de seres superiores y, más allá del juicio que sus desorbitadas actuaciones nos puedan merecer, demostraron extraordinarias capacidades de valor, resistencia física, ingenio y desenvoltura para afrontar victoriosamente empresas cuasi sobrehumanas con medios mínimos. Caro lo pagarían casi todos ellos.
Junto a los nombres míticos de Hernán Cortés, Pizarro, Hernando de Soto, Orellana, Núñez de Balboa, Alvarado o Pedro de Valdivia, puede figurar el de Ñuflo de Chaves (1518-1568), si menos conocido, no inferior en empuje y entrega para el descubrimiento, conquista y colonización de nuevos territorios allende el Atlántico.
La obra que acaba de dedicarle su paisano Francisco Cillán, aunque no despeja todas las dudas que la biografía del personaje mantiene, permite una aproximación muy sustanciosa al mismo, sobre todo durante sus años americanos. Porque de la infancia y juventud bien poco se sabe. Ni siquiera es absolutamente seguro que naciera en Santa Cruz de la Sierra, pueblo del alfoz de Trujillo, o que se llamase “Ñuflo”, pues textos de la época a él referido recogen otras variantes nomínicas.
Hijo de familia hidalga (su hermano Diego fue confesor de Felipe II), con casa solariega en Trujillo y de buena instrucción, pasa a la América austral cuando el imperio incaico y sus enormes riquezas estaban ya en manos de los españoles. Pero quedaban aún muchas zonas periféricas por el Cono Sur sin conquistar, donde tal se encontraban fabulosos yacimientos de metales preciosos, llámense El Dorado, Sierra Rica, Sierra de la Plata o Cerro Rico, que a la postre se encarnarían en las inagotables minas del Potosí.
Don Ñuflo lo buscará afanosamente, bien al servicio de otros gobernadores, como Álvar Núñez Cabeza de Vaca o el vasco Martínez de Irala, bien por iniciativa propia, por latitudes que se corresponden con las actuales Argentina, Paraguay y Bolivia. El también extremeño Martín del Barco Centenera (n. Logrosán, 1535), tantas veces aquí citado, lo evoca a menudo en las octavas del poema histórico Argentina y conquista del Río de la Plata con otros acaecimientos de los reinos del Perú, Tucumán y el Estado del Brasil. Baste decir que D. Ñuflo, que al parecer hablaba el guaraní, recorrió muchos miles de leguas con sus menguadas tropas y fue el primero en ir desde el Atlántico al Pacífico superando ríos enormes, gigantescas montañas, pantanos inmensos y belicosas tribus, no pocas antropófagas, uno de cuyos miembros terminó al fin arrebatándole la vida con ruda maza.
El Dr. Cillán, autor de numerosas publicaciones, ofrece la relación más ajustada posible de cuanto llevó a cabo Chaves, resaltando la fundación (1561) de Santa Cruz de la Sierra, hoy gran ciudad de Bolivia (millón y medio de habitantes), bautizada como el pequeño rincón que lo viera nacer y que él poblaría llevándose desde Asunción, en impresionante “gran marcha”, buena parte de sus colonos. Ateniéndose a fuentes de la época y a historiadores posteriores, el autor compone a la vez un ambicioso marco del contexto dela conquista y colonización suramericanas. Francisco Cillán Cillán, Ñuflo de Chaves en la conquista de Bolivia Oriental. Cáceres, Diputación, 2018.

Justo cuando comenzaba el invierno 2018, aparecía este nuevo libro de Juana Vázquez, autora polifacética, a tono con sus propias inclinaciones y multidisciplinares estudios. Nacida en Salvaleón (1951), donde tuvo una infancia feliz, es doctora en Filología Hispánica y licenciada en Ciencias de la Información por la Complutense. Ha ejercido la docencia como catedrática de instituto y profesora de la Universidad Autónoma y la de Alcalá, combinándola con colaboraciones en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas y numerosos medios (Diario 16, ABC, El Mundo, Ínsula, Cuadernos Hispanoamericanos, Cuadernos del Sur, El País), donde ha ejercido la crítica literaria. Extraordinarias fueron las entrevistas que para Oeste Gallardo (publicación periódica mantenida por la UBEx y el HOY) hizo a los mejores escritores españoles, textos cuyo conjunto constituye una auténtica Historia de nuestra literatura contemporánea.
La producción de Vázquez Marín se divide en tres grandes áreas: el ensayo histórico, con títulos como El Madrid de Carlos III, El costumbrismo español del siglo XVIII, Zugazagoitia precursor de la novela social o El Madrid cotidiano del siglo XVIII; los poemarios Signos de sombra, El confín del nombre, Nos+otros, Yo oscura, Gramática de luna, El incendio de las horas, Escombros de los días, Tiempo de caramelos, más las novelas Con olor a naftalina y Tú serás Virginia Woolf.
Al género narrativo pertenece Personajes de invierno, novela enmarcada en el Madrid actual, donde sus protagonistas viven unos meses angustiosos, marcados por las tristes experiencias que los hacen sufrir y los condicionan profundamente. Son dos los personajes sobre quienes se sustenta el relato: Thays, el joven holandés llegado desde Amsterdan con un oscuro pasado y enormes traumas, cuyas claves no se desvelarán hasta las páginas últimas y que trabaja en una internacional haciendo proyectos de consultoría, y Virginia, atractiva treinteañera, melancólica, profesora universitaria y periodistas, de origen extremeño, recién divorciada de un marido aborreciblemente (como lo fue su propio padre), a menudo deprimida.
El discurso se estructura merced a las voces de uno y otra, que en primera persona van asumiéndola sin solución de continuidad, alternándose con la de la narradora omnisciente, más los abundantes diálogos.
Casi todo discurre en un bar de la periferia madrileña, epicentro del barrio, cálido y acogedor, aunque algo cutre, que llega a adquirir importancia fundamental en el relato. El Murgo funciona como lugar de encuentro, ocasionales o permanentes, tertulia y casi hogar para todo tipo de parroquianos que por allí discurren, entre ellos las figuras centrales de la novela. Los camareros derrochan simpatía y, claro está, sirven productos preferentemente de Extremadura. Entre las paredes, acaso poco cuidadas, de Murgo se repetirán, con generosas libaciones, los encuentros entre Thays y Virginia (ambos juegan al ajedrez), sin que la tela de araña amorosa, tejida fundamental por la segunda, llegue a fructificar por culpa de muy íntimas contradicciones.
Llamativa es también la alternancia, según los pasajes pertinentes, de prosa casi poética, muy cuidada, con el habla coloquial, los lugares comunes, el refranero e incluso las jergas juveniles o barriobajeras (las expresiones más vulgares suelen parecer en cursivas). Ese caleidoscopio lingüístico se corresponde bien y da verosimilitud a la compleja fauna visitante de Murgo.
Resulta desconcertante el singular uso de las comas, más aún si pueden soportar alcance semántico. (No es lo mismo escribir “dame la mano (,) preciosa”, según el signo de puntuación esté o no ausente después del sintagma imperativo y antes del vocativo. En fin, se supone que el lector también contribuirá, atrapado sin duda por esta apasionante historia de dos personalidades tan distintas, la del holandés y la extremeña. “Atrévete a degustarla” (sapere aude), sería nuestro consejo kantiano, a tono con el nombre de la editorial asturiana.

Juana Vázquez Marín, Personajes de invierno. Oviedo, Sapere Aude, 2018.

A finales de 1517, Martin Lutero fijaba en una puerta de la iglesia de Todos los Santos de Wittenberg un documento con 95 tesis, dando así origen a la Reforma (realmente, la revolución) protestante. Profesor de universidad, aquel fraile agustino no hacia entonces sino seguir una costumbre académica, mostrando al público el tema de un debate que proponía se estableciese sobre una cuestión entonces de rabiosa actualidad, las indulgencias. El título del manifiesto rezaba así: “Disputatio pro declaratione virtutis indulgentiarum”. Pero aquellas tesis iban mucho más allá del debate en torno a una compra-venta que ya había irritado al autor (como a tantos buenos católicos) por considerarla sencillamente un negocio, con derivaciones sociopolíticas (enormes caudales, recaudados en todos los lugares de la cristiandad, acababan en Roma, cuyos Pontífices, a menudo poco ejemplares, erigían soberbios edificios). Lo que el texto luterano recogía era todo un programa teológico radicalmente contestatario frente a la mayor parte de los dogmas establecidos.
Con el apoyo de los príncipes alemanes (cuyos intereses resultaban manifiestos) y la ayuda intelectual de numerosos colaboradores (ninguno tan inteligente, eficaz y fiel como el joven filólogo Phillip Melanchton), Martín irá conformando el “credo” de la Reforma, nunca unánimemente establecido (de ahí las distintas confesiones protestantes), tal vez porque faltaba una autoridad suprema reconocida por todos, pero que se expandirá como la pólvora por el continente europeo, escindiéndolo en dos mitades, hasta el día de hoy. Como era previsible, lo mismo habría de ocurrir en el Mundo recién descubierto, según fuesen las metrópolis allí dominantes. Por supuesto, en todas las latitudes se mantendrán o aparecerán “islotes” confesionales y ello pese a las persecuciones que sobre tales minorías se desencadenen (díganlo tribunales como los de la Inquisición, Calvino o Isabel I). La literatura, las artes y el pensamiento quedarán también afectadas por aquella extraordinaria subversión en los orígenes de la Modernidad. Desde luego, la imprenta tuvo un papel clave para llevar las nuevas ideas a todos los rincones.
Martín Lutero, fraile agustino, preocupado hasta la angustia por la reforma de la Iglesia, sí, pero aún más por la salvación de su propia alma ante la justicia de Dios, conocía bien el lema del maestro de Hipona: Noli foras ire; in te ipsum reddi. In interiore hominis habitat ueritas (No salgas fuera de tu; vuélvete hacia ti mismo; la verdad reside en el interior del hombre). Esta consigna me ha parecido siempre raíz originaria del meollo de la fe protestante: cada persona por sí misma, sin necesidad de instancias ajenas, está facultada para encontrar la verdad, relacionándose directamente con Dios (a cuya palabra revelada puede acceder con la lectura de la Biblia). Todo lo demás, fruto de alifafes históricos, sobra o, más bien, estorba. Sola fides, sola Scriptura, constituye el núcleo del Protestantismo. (El nombre procede del documento suscrito en Espira el año 1529 por seis príncipes alemanes y catorce ciudades libres protestando contra un edicto de Carlos V, que anulaba la tolerancia religiosa antes concedida).
El Emperador Carlos I de España y V de Alemania fue bien pronto consciente del peligro que tanto para sus estados como para el catolicismo suponía la rebelión luterana. Por más que se esforzó, incluso con armas, dietas y concilios ecuménicos, cada vez estuvo menos en sus manos la posibilidad de contenerla. “Yo erré en no matar a Lutero”, hizo escribir en el codicilo de su testamento. Seguramente, el recluido en Yuste no captaba que otros habrían liderado la rebelión y era imposible cortar tantas cabezas.
Fue muy atinado que la Fundación Academia Europea e Iberoamericana de Yuste, junto con la Universidad de Extremadura, celebrase el verano de 2017 un curso sobre Carlos V y la Reforma. Este volumen, recoge las ponencias allí defendidas por una docena de investigadores. Algunas son ligeros apuntes, espigados entre la bibliografía al uso, pero la mayoría ofrecen enorme interés, sobre todo las relacionadas directamente con Lutero. Sólo se echa en falta, entre tantos filólogos e historiadores, la aportación esclarecedora de algún teólogo. Rosa María Martínez de Codes y César Chaparro (coords.), El mundo de Carlos V: 500 años de Protestantismo. El impacto de la Reforma en la Europa imperial y actual. Yuste, Fundación Academia Europea e Iberoamericana, 2018.


Con el patrocinio de la
JUNTA DE EXTREMADURA
Consejería de Cultura e Igualdad


 

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