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Aunque vino al mundo en Sevilla (1981), a Susana Martín Gijón se la tiene por escritora de Extremadura, donde ha sido Directora General del Instituto de la Juventud (2007-2011). Licenciada en Derecho, especialista en relaciones internacionales, ha presidido el Comité contra el Racismo, la Xenofobia y la Intolerancia. Ha coordinado el Área de Defensa de Derechos en Autismo España y ejerce como experta jurídica vinculada a las políticas sociales. Hace bien poco se ha puesto al frente de la Asociación de Escritores de Extremadura (AEX). Colabora en plataformas nacionales e internacionales como la Asociación por la Igualdad de Género en la Cultura Clásicas y Modernas y la Red de Mujeres Jóvenes Africanas y Españolas.
Este currículo facilita comprender que sus obras estén impregnadas de unos valores éticos inconfundibles, aunque, como todo buen escritor, su máximo compromiso sea con el lenguaje. Pero sus empatías están claras hacia los más débiles: mendigos, homeless, emigrantes, mujeres violentadas, obreros en paro, viejos sin familia, etc.
Martín Gijón ha ido consolidándose como una voz importante en el género de la novela negra o policíaca, al que pertenecen las obras que ha venido dando a luz con notable regularidad: Más que cuerpos (2013), Desde la eternidad (2014), Náufragos(2015), Vino y pólvora (2016), Pensión Salamanca (2016), Destino Gijón (2016) y Expediente Medellín 2017. Al mismo pertenece la que aquí se reseña.
La autora, capaz de introducirse como protagonista en algunos de sus textos, manejándose entre los límites de la realidad y la ficción, había creado dos personajes extraordinariamente atractivos: el periodista Bruno Scorza y, sobre todo, la oficial de policía Annika Kaunda. De origen africano, trabajaba ésta en la comisaría de Mérida, población por cuyos entornos discurren buena parte de las narraciones de Susana Martín.
No sucede así con Progenie, un thriller complejo y bien llevado en sus más de 400m páginas.
Aquí es otra figura femenina la que asume el protagonismo, Camino Vargas. Blanca, de fuerte carácter, próxima ya a la cincuentena, tras el tiroteo del inspector Arenas dirige el Grupo de Homicidios de Sevilla, ciudad donde se desarrollan los terribles asesinatos de mujeres solteras y embarazadas, aquel tórrido verano. Espíritu libre, “no quiere un hijo ni dos ni tres, como no quiere un marido ni un gato ni un perro. Quiere su tiempo para ella, quiere ser buena en su trabajo, que es su vocación; quiere dejar el mundo un poco mejor en la parte que le toca, la que ella eligió, la de retirar de la circulación a los indeseables que siegan la vida de otras personas” (pág. 189). Lo consigue. Con ayuda de inspectores sagaces, de ambos sexos, irá desmenuzando la horrible madeja, tras vencer múltiples rutas erróneas. Dos treinteañeras, decididas a ser mares sin un referente masculino, por donación de semen, aparecen muertas con extraños símbolos en sus cadáveres. Seguirán otros feminicidios.
El epicentro de la vorágine se localiza una clínica de reproducción asistida, junto al Guadalquivir. La dirige la megalómana doctora Matute Trigo (su padre fue un acérrimo antiabortista), una psicópata obstinada en manipular genes para conseguir eliminar las enfermedades hereditarias. Si no consigue los objetivos, por culpa de los embriones adulterados, puede ser tan peligrosa como quien la engendró. Cuenta con las complicidades de un dandy sin escrúpulos, aunque no consigue la de la muy atractiva recepcionista Nerea, Como fondo del relato, las voces en cursiva de dos amantes lesbianas, también deseosas de ser madres.
Compuesta en forma de mosaico, con hasta ciento trece teselas, la obra exhibe un gran dominio lingüístico. Los submundos de la policía, la medicina, los barrios marginales, las luchas pro igualdad de géneros, las comunicaciones informáticas… se describen con la jerga o el argot oportuno, en el que abundan los neologismos. La autora opta casi siempre por las frases cortas, las oraciones simples, blanqueadas con frecuentes toques de humor y el uso generoso del refranero popular.
Alegato feminista, sin duda, Progenie es además una novela de indudable proyección literaria.

Susana Martín Gijón, Progenie. Barcelona, Penguin Random House, 2020

Juan de Ávila (1500-1569), sacerdote secular, “clérigo vago” (no adscrito a ninguna diócesis) durante lustros, fue una de las personalidades eclesiásticas más influyentes durante la primera mitad de aquel formidable siglo XVI, al menos en el Sur de España (Andalucía y Extremadura). Su persona, labores y escritos contó desde muy temprano con excelentes biógrafos. Ninguno más acreditado que el historiador catalán Sala Balust (1922-1965), a quien llegué a conocer como rector de la Universidad Pontificia de Salamanca. Su magisterio es reconocido por cuantos se acercan a la figura de aquel humilde clérigo. Así lo hace también el autor de este trabajo, aunque maneja también un aparato bibliográfico exhaustivo en este volumen de medio millar de páginas con casi ochocientas notas explicativas.
Natural de Badajoz (1970), Alberto J. González pertenece a la Diócesis de Toledo, en cuyo seminario se formó. Tras ejercer como párroco de Peñalsordo y Capilla, pueblos pacenses, pasó (2003) a Roma, donde se doctoró en Teología, con la tesis “Naturalidad en lo sobrenatural. Influjos configurantes de la fisonomía espiritual de Santa Maravillas de Jesús”. Ha trabajado en la Congregación para los Obispos, de la Curia Vaticana, desde 2006 a 2014 y actualmente lo hace en Córdoba como vicario para las Claustrales de la diócesis, a la vez que imparte conferencias por todo el mundo de habla hispana. Nombrado (2011) capellán por el papa Benedicto XVI, es autor de numerosos libros, fácilmente localizables en internet. Entre sus publicaciones destacan las hagiografías (como las de R. Merry del Val, el P. Rubio, María Micaela del Santísimo Sacramento, Genoveva Torres Morales, Teresa de Jesús) y los tratados de liturgia y espiritualidad.
Juan de Ávila vino al mundo en Almodóvar del Campo (Ciudad Real). No faltan quienes le atribuyen otros lugares de nacencia. Así lo hizo Anselmo Arenas López, catedrático de historia en Badajoz y alto miembro de la Logia masónica “Pax Augusta”, con Reivindicaciones históricas: el beato Juan de Ávila era de Molina de Aragón y no de Almodóvar (Valencia, Instituto General y Técnico, 1913). Buen conocedor del hebreo y el griego, el futuro santo, próximo a muchas de las tesis erasmistas, llegaría a adquirir sólidos saberes e incluso inventó ingeniosos mecanismos de ingeniería. El padre fue un rico comerciante de origen judeocoverso. San Juan renunció pronto a los bienes patrimoniales y los repartió entre los necesitados. Hasta el final de sus días se mantuvo en radical pobreza, convencido de que sólo así podía ser libre para asumir la dura labor cuya necesidad le parecía imperiosa: reformar la Iglesia. Lo demandaban los espíritus más lúcidos de la época, desde la Alemania de Lutero a la Sevilla de Casiodoro, pasando por otros muchos que nunca quisieron separarse de Roma. Como bien expone el biógrafo, a ello iba a dedicarse Ávila, con extraordinaria generosidad. Todo pasaba por la conversión a la limpieza del Evangelio. Formar discípulos que compartiesen idénticos ideales; crear escuelas, seminarios y colegios de enseñanza superior; predicar sin descanso; dirigir a cuantos se le acercaban; convencer a los poderosos de que fuesen más sensibles a las necesidades del pueblo llano; componer escritos alentadores … fueron sus tareas. No extrañe que este infatigable debelador de vicios, “segador” de una mies siempre falta de brazos (“Messor eram”, leemos en el subtítulo de esta obra) se topara con la Inquisición: estuvo casi un año preso en las cárceles del Santo Oficio, aunque saliese mejor parado que otros reformadores.
Aunque afincado en Montilla, desde salió innumerables veces a misionar por toda Andalucía, Juan de Ávila, cuyo epistolario nos impresiona, vino también al menos en dos ocasiones a misionar por Extremadura, especialmente a los territorios del Ducado de Feria, con cuyos titulares mantuvo buena amistad.
Fue amigo de muchos personajes, de cuyas biografías también se ocupa el autor en este libro. Dos nos llaman especialmente la atención: fray Luis de Granada, excelente prosista que escribe su hermoso Tratado de la oración en Badajoz (“buen cielo y buena tierra“) y Dª Sancha Carrillo, su discípula más querida, muerta en plena juventud, para la que escribió el celebérrimo Audi filia, también incurso en el Índice de libros prohibidos ,
La calidad de la prosa de Ávila, tan amante de dichos, refranes y tópicos populares, resulta indiscutible, según cabe percibir a través de los muchos textos aquí reproducidos. Como lo es la de su biógrafo, perfectamente adecuada al sujeto de estudio. M.P.L. Alberto José González Chaves, Juan de Ávila. Messor eram. Vida y obra, ministerio y actualidad del santo patrono del clero secular español. Aranjuez, Xerión, 2019.

Natural de Llerena (1953), donde reside y trabaja, correspondiente de la R. Academia de Extremadura de las Letras y las Artes, Luis Garraín goza de muy justo reconocimiento por sus pulcras investigaciones archivísticas. Somos muchos los que hemos acudido a él en solicitud de informes originales, especialmente los relacionados con cuestiones como el tribunal de la Inquisición, las familias judeoconversas o los grandes escritores llerenenses (Pedro Cieza, Catalina Clara, los Zapata). Nunca nos ha defraudado tan concienzudo investigador.
Asunto de especial interés para Garraín ha sido siempre Zurbarán, cuya estancia y actuaciones en Llerena conoce como nadie. Pasan de la docena los estudios que sobre el pintor de Fuente de Cantos ha dado a luz y son muchos los especialistas que le reconocen deudas por las ayudas prestadas para sus trabajos sobre el genial artista extremeño. Así lo hace la máxima autoridad entre los mismos, Odile Delenda, que tan sustanciosamente prologa este último libro de Garraín.
Se trata de un impresionante volumen, con 566 páginas de formato mayor (30 X 24 cms.), impreso con gusto en los talleres de Tecnigraf. El autor recopila aquí cuantas noticias se han podido localizar hasta hoy (sobre numerosos puntos, merced a sus propias investigaciones) relacionadas con Zurbarán (1598-1664), aludiendo frecuentemente a las infelices vicisitudes que han sufrido tanto sus obras como los legajos a él referidos. La rapiña violenta, la dejadez y el hurto han ido sumándose al expolio, que para algunas actuaciones se indica explícitamente y en otras sólo se apunta.
Aunque Garraín busca sobre todo recabar datos en torno a las circunstancias existenciales del pintor, a menudo recoge también muy oportunas consideraciones sobre las características estéticas que distinguen a un creador cada vez más apreciado. Vale la pena atenderlo.
Lógicamente, el libro se dirige de modo especial a los orígenes, infancia y juventud de Zurbarán, por ser las etapas que vivió en Extremadura. El estudioso refuta numerosos errores que han ido deslizándose por diversas causas, auténticas cadenas de errores sostenidos incluso por algunos historiadores tan cualificado como María Luisa Caturla, que durante muchos años (hasta la aparición de Odile Delenda) fue la autoridad indiscutible de los estudios zurbaranescos.
Quizás la máxima aportación de la rotunda obra resulten los apuntes que iluminan las relaciones del pintor con personas de bien probado origen judío. Su mismo padre, zapatero de situación acomodada (oficio típico de la etnia hebrea), estaba bien relacionado con los hijos de Israel, tan numerosos en el suroeste de Extremadura incluso después del decreto de expulsión (1492). También la madre, nacida en Monesterio, como demostrase Antonio M. Barragán-Lancharro, villa también con su aljama judía y hasta donde se desplazó Benito Arias Montano para asistir a un bautizo.
Zurbarán contrajo nupcias, según fue quedándose viudo, con tres ricas mujeres: María Páez, Beatriz de Morales y María de Tordera. Garraín ofrece toda una batería incontestable de documentos para demostrar que al menos las dos primeras pertenecían a la influyente comunidad de judeoconversos, entre los que sobresalían los poderosos Cazalla. El mismo pintor, a cuyo superdotado hijo Juan la muerte prematura le impediría sobresalir, no rehusaba la dedicación a los negocios: de pinturas, claro está, con notable proyección hacia el Nuevo Mundo, pero también la compraventa y arriendo de bienes inmuebles, así como al comercio del corambre (peletería). Su estrecha amistad con hábiles negociantes judíos se lo facilitaba. Quizás asi se entiendan mejor no pocas creaciones de Zurbarán, por ejemplo sus geniales retratos de personalidades veterotestamentarias. ¿Qué quería dar a entender, o disimular, adquiriendo ante notario para la matanza un enorme cerdo, de 25 arrobas, a tenor del curiosísimo contrato aquí reproducido?
La obra ofrece también, sobre todo en sus abundantes notas a pie de página y apéndices documentales, mucha información sobre esa rica Llerena del Renacimiento que Rodríguez-Moñino calificase como la Atenas de Extremadura.

M.P.L. Luis J. Garraín Villa, Zurbarán en los archivos extremeños. Badajoz, MUBA, 2019.

Benito Acosta García-Quintana (Zalamea de la Serena, 1937) es seguramente el escritor extremeño vivo más fecundo y también figura entre los de mayor calidad en los dos géneros que trabaja: el ensayo teológico-escriturario y la poesía. De sus poemarios (una larga treintena) cabe recordar títulos como Lecciones de cosas (1987), Tránsito (1990), Cántico rodado (1991), Oráculos para días inciertos (1992), Cosmografía provisional (1998), Sonetos corporales (1999), Itinerario (2000), Estado de vigilia (2000) Costumbre de vivir (2003), Humano tiempo (2006), Así me sale la voz (2008), Hora sobre hora (2011), Aurora di Cadore (2012), Habitada soledad (2018) o su entrega última antes de la que aquí se presentamos, Huerto cerrado (2019), explícitamente enmarcada en Extremadura.
Profesión de luz es un reportaje sentimental de Málaga, donde el autor reside desde hace ya medio siglo, aunque sin olvidar sus raíces extremeñas. Baste señalar a dos de los tres a quienes está dedicada la obra: José Antonio Zambrano, “poeta de exquisita sensibilidad”, y Manuel Pacheco, “voz y conciencia hambrienta de justicia, con quien tuve el honor de compartir mi primera lectura de poemas”.
Esa sed de justicia ha marcado al autor desde la juventud, mezcla entre Ezequiel y San Junta de la Cruz, y continúa hiriéndolo hasta hoy. Nutre el espíritu de sus versos, sin caer nunca en la proclama facilona, el grito estridente o las declamaciones hueras, porque tampoco ha renunciado jamás, como buen escritor, al compromiso con el lenguaje.
La parte primera de la obra es “Deambulatorio”, que abre un poema significativo, “La caja de las palabras”, homenaje a Juan Ramón Jiménez en la pasión por requerir el nombre exacto de las cosas. Lo que no le distraerá de referir en los siguientes cuanto acontece en la rúa (Antonio Machado), solidario irremediable con las lágrimas ajenas: una mujer desamparada, la muchachita del supermercado, el ciego de los cupones, el emigrante sin cuna, ese niño pobre que llora indefenso en un rincón, en fin los “protagonistas ocultos” reivindicados por Bertold Brecht. Acosta los trae a colación en poemas de muy diferente estructura: versos blancos y libres, sonetos clásicos o rupturistas, coplas, etc., no sin recordar a veces momentos de la propia infancia pueblerina, un mundo aquel signado por las mayores carencias.
La parte segunda, homenaje a sus difuntos, abre con la conocida interpelación de I Corintios, “¿Dónde está, muerte, tu victoria?”, para pasar de inmediato a un texto muy anterior, la tablilla en que Gilgamesh ( 2º milenio antes de Cristo) entona elegía ante Enkidu, el amigo muerto. La paráfrasis elegíaca, especie de entreacto o interludio, resulta conmovedora. Rebajan el tono las apelaciones al carnaval en boca de la joven que venga ultrajes.
Las “Obervaciones sobre los pronombres personales” inauguran donosamente la parte tercera y última. Porque también hay espectáculos callejeros alegres, músicos y danzarines indómitos, practicantes de taichí en el parque público, personas tan signadas por la ternura radical como el querido Juan Leiva o La Nati, una “madre de todas las angustias”. Va cerrando con “La noticia de hoy”, tal vez el poema más rotundo del libro, conmovedor homenaje a Nelson Mandela (“todos somos hijos de África” proclama uno de sus versos), para concluir con el que proporciona el título, “Profesión de luz”, reafirmación de que todavía es posible la esperanza.
M.P.L. Benito Acosa, Profesión de luz. Málaga, Camino de la Desviación, 2019.

Cuando visitas Palermo, la hermosa ciudad siciliana, cruce de civilizaciones y con tantas huellas españolas, los guías te conducen a monumentos de extraordinaria belleza, como el Teatro Massimo, la Capilla Palatina, el Palacio Normando o sus catedrales. Difícilmente van a llevarte al Borgo Vecchio, el barrio que Calaciura (Palermo, 1960) nos presenta aquí de modo desgarrador y sin aludir nunca a los grandes ejemplos de la arquitectura palarmitana. Con mucho del realismo social de su país y no pocos toques de realismo mágico, el periodista ha compuesto una novela perturbadora, tierna e inolvidable. Con mucha razón Emmanuelle Giuliani escribía en La Croix: “Los niños del Borgo Vecchio es un texto duro, una historia impactante y una creación tan lograda que uno se siente impotente al intentar recuperarse de su intensidad”.
Dos adolescentes son los protagonistas del relato, íntimos amigos que procuran sobrevivir (sólo uno lo conseguirá) en aquel depauperado entorno repleto de contradicciones: Cristofaro , cuyos llantos inundan la barriada, donde nadie ignora las palizas que el padre, borracho estúpido, le proporciona cada noche, hasta el desenlace final, y Mimmo, el dueño de Nana,un caballo capaz de comprender e incluso hablar mejor que muchos vecinos. Pero a esta dupla hay que añadir otros personajes descarnada y a la vez encantadoramente presentados. Me refiero a Totó, el velocísimo ladronzuelo, cuya legendaria pistola (en realidad de juguete) no le salvará la vida, cayendo abatido por las de los carabinieri (como le ocurriera a su padre: el destino trágico de los pobres se repite); a Carmela, la ingenua prostituta que tan unida se siente a la Virgen, y a su hija Celeste (nombre del perdón), al fin salvada, gracias al amor, de la rueda fatal prevista por todos.
Calaciura nos introduce por los callejones, culos de saco, plazuelas y recovecos más humildes, por donde se difunden olores tan intensos como el de alguna barbacoa de carne que impregna las pituitarias de cuantos nunca la comen, o el desprendido de la tahona en que dos veces al día se hornea un pan más accesible para los depauperados. No extrañe si muchos recurren al hurto para sobrevivir. Hasta el mismo párroco se implicará en manipulaciones ilícitas de objetos robados.
En aquel dolorido corazón de Palermo, violento y solidario, las tragedias de la gente lumpen para sobrevivir, evocadas por el novelista en una prosa excelente, bien mantenida por la traductora (Natalia Zarco), sobrecogen el corazón, constituyen todo un símbolo de las contradicciones no superadas pese al desarrollo capitalista del país. Sólo que el escritor no las presenta en tono de denuncia social, sino dejándolas caer en pinceladas tiernas e irónicas, que según le ocurre al primo emigrante en Hamburgo, visitante veraniego, le lleva a “compartir la pestilencia, el calor y el hedor a cloaca del barrio con los familiares residentes” (pág. 11). Lo malo es que el corazón del viejo Palermo puede encontrar réplicas en casi todas las ciudades.
Giosué Calaciura es autor de otras novelas, premiadas algunas y vertidas a diferentes idiomas, como Malacarne (1998), Sgobbo (2002) o Il tram di Natale (2018), cuya próxima publicación en Periférica se anuncia. Será sin duda un nuevlogro de la bien consolidada editorial cacereña.

M.P.L. Giosué Calaciura, Los niños del Borgo Vecchio. Cáceres, Periférica, 2019

Natural de Badajoz (1960), Mario Alonso Ayala es licenciado en Ciencias Económicas y Derecho. Auditor de Cuentas, socio fundador y presidente de Auren, ha dirigido el Instituto de Censores Jurados de España, trabajando también en la Corte de Arbitraje de la Cámara de Comercio e Industria de Madrid, donde reside. Miembro de la Junta Directiva de la CEOE, es autor de ensayos y monografías técnicas, como Claves para la gestión de firmas y Despachos profesionales. Junto a tanta seriedad, anotamos su activa participación en la “movida madrileña” de los ochenta, con el grupo Mario Tenia y los Solitarios, por las numerosas alusiones musicales del texto. Como las hay a la caza, que Alonso gusta practicar.
Entre sus obras de creación literaria cabe recordar Relatos liberados (2013), Bandera blanca (2017) y No esperes que el tigre se vuelva vegetariano (2018), todas en la editorial Almuzara. La última es una narración compuesta por pequeños relatos todos los cuales tienen como personaje principal un periodista que, tras pasar algún tiempo en prisión, termina viviendo en la calle por pura necesidad, como otros muchos.
También Cuando el silencio miente puede calificarse como novela corta (unas cien páginas). Según sugiere la cubierta – recreación de óleos de Ortega Muñoz -, está enmarcada en Extremadura. Como entradillas, se ha elegido una cita de Descartes ensalzando el papel epistemológico de la duda y un aforismo de Nietzsche, tan disolvente como todos los suyos: “De nadie estamos más lejos que de nosotros mismos” (El Anticristo).
La obra retrata una famiia burguesa, mal avenida durante los tiempos últimos, concitada a reunirse un fin de semana en un cortijo extremeño de su propiedad, el otoño de 2010 (plena crisis), para encontrar solución a su problema económica más inminente: remediar los excesivos gastos de la madre, viuda caprichosa. Son seis hermanos altamente cualificados (ingeniería, arquitectura, moda, marketing), con una infancia feliz y numerosas vacaciones comunes en la dehesa que ahora van a visitar por vez última. Si la figura del padre, tan sensato y trabajador, continúa impregnando el encuentro. Pero más aún pesa cada vez la de Julio, el hermano fallecido en un extraño accidente de caza, hasta convertirse en el protagonista clave de la obra. ¿Simple fatalidad, suicidio, ajuste de cuentas entre narcos? Quedará en la penumbra.
El autor recrea hábilmente el clima de alto voltaje psicológico surgido del choque entre caracteres ásperos, que supuran por heridas no cicatrizadas, pese a la dulzura de Rosa, la añosa sirvienta, y el equilibro emocional del primogénito, afincado desde su juventud en la India. También ayudan los cortos paseos en el boscaje otoñal de alcornoques, encinas, madroñeras y enebros, descritos con la precisión y brillantez que un amante de su florifauna sabe manejar. El lenguaje sube de tono en los diálogos, o más bien, diatribas que van surgiendo según discurre la reunión, alcanzando el cénit, que roza la auténtica chabacanería, si le toca intervenir a la hermana más “feminista”. Por lo demás, aunque el asunto urgente es el financiero, los hermanos van a discutir más o menos acaloradamente sobre filosofía, sexo, religión, homosexualidad, alcohol, drogas, relaciones paternofiliales, ansiolíticos y cualquier otra cosa (excepto política).
Narración de intensidad creciente, que va deslizándose pronto desde el costumbrismo y el relato psicológico hasta los límites del trhiller o la novela negra constituye también una ácida descripción de la sociedad contemporánea.
M.P.L.

Mario Alonso, Cuando el silencio miente. Córdoba, Almuzara, 2019.


Con el patrocinio de la
JUNTA DE EXTREMADURA
Consejería de Cultura e Igualdad


 

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