Fondo Logo

A Matsuo Bashô se le juzga como uno de los mayores poetas japoneses del siglo XVIII, célebre por la sencillez (relativa) y profundidad de los haikus que desde muy joven fue dando a luz, convirtiéndose en gran figura de estas influyentes creaciones. Viajero tenaz por todo el país, dejó escrito: “No busco el camino de los antiguos. Busco lo que ellos buscaron”. Palabras que volvemos a leer en la obra aquí presentada, compuesta en homenaje al genial poeta nipón.
Aparece con un atinado preliminar de Antonio Rivero Taravillo, polifacético escritor (Melilla, 1963), quien ilustra sobre las características fundamentales del haiku antes de analizar el conjunto de estos poemas ofrecidos en Sendas de Bashô y cuya “infinita capacidad de reverberación” tanto seduce. Para que composiciones tan breves –una sola estrofa, de sólo tres versos y quince sílabas- alcance tamaña fuerza inspiradora, se requieren muy notables dotes de síntesis, depuración y técnica.
Las posee sin duda Manuel Neila (Hervás,1950), también volcado, como el prologuista, hacia numerosas vertientes literarias. Licenciado en Filología Románica, este cacereño, residente en Madrid, cuenta con una obra importante como poeta, ensayista, traductor, narrador, crítico y editor. El gusto por las formas expresivas breves e intensas lo impulsa ineludiblemente al aforismo (recordemos su antología Pensamientos desmandados, 2015) y a otros modelos lingüísticos fragmentarios. No sorprenderá, pues, su apuesta por el haiku. A uno se le ocurre que ambas creaciones, líricas y narrativas, se corresponden bien entre sí.

Según el título sugiere, el libro se estructura según la fórmula del caminante que, a imitación del poeta japonés, recorre territorios amados en diferentes periplos, según facilitan las estaciones cronológicas. Tendremos así, por decirlo con Valle-Inclán, las sonatas de primavera, verano e invierno, cada una de las cuales constituyen la parte correspondiente del poemario. Antes de introducirse en sus versos, el “haijin” cacereño propone el respectivo preliminar, “apostillas” las llama, en una prosa acorde con la concisión, la serenidad contemplativa del haiku y la espiritualidad sosegada de la filosofía zen, típicas del haiku, según bien se declara en el prólogo.

¿Hacia dónde conducen los caminos que Neila nos invita a recorrer? En ningún lugar de la obra se dice expresamente. No hay alusiones tópicas, ninguna referencia local explícita. El poeta podría recorrer paisajes de las múltiples geografías donde más ha vivido, desde los picos de Gredos, los montes de Asturias o las sierras penibéticas. No obstante, las ensoñaciones de este paseante solitario (Rousseau), aquí tan hermosa como púdicamente recogidas, me han llevado una y otra vez a su Hervás nativo.

No al paisaje urbano del pueblo (nada de alusiones a las supuestas o reales huellas hebraicas), sino a su increíble entorno rural, por donde él transitase en la niñez, la edad de las manzanas y los hechizos mágicos, y adonde quizás vuelve a menudo para impedir que la memoria elimine de las galerías interiores del alma ese dulce patrimonio: En el sendero/que viene de la infancia/arden las zarzas (pág. 25). Durante primavera, los campos, ya sin gente, se iluminan con las flores del almendro, el vuelo de las grullas y las ramas nevadas de los cerezos. El estío no agosta el rumor de las fuentes, ni el orgullo de los álamos junto a las bien nutridas acequias bajo el lagrimeo tembloroso de las estrellas. Los castaños conocen ocasos ardientes, iluminándose con luces otoñales y en la vieja espadaña/los nidos de cigüeña siguen vacíos (pág. 46). Alfaguaras y chortales recuperarán pulsos húmedos cuando las lluvias regresen con la Candelaria y carámbanos de luna ocupen los tejados.

Todo queda dicho en un lenguaje repleto de connotaciones íntimas, pese a la relampagueante desnudez de las voces. Pues, “a fin de cuentas, eres un compendio de aire inhalado, agua que siente, tierra nutricia y fuego que piensa” (pág. 66).

Manuel Neila, Sendas del Bashô. Madrid, Editorial Polibea, 2018.

Me acerco siempre con alguna prevención a la literatura bélica, por lo demás irresistible para mí cuando se trata de obras inspiradas en la última guerra civil española (1936-1939), “una enorme tragedia nacional que aún toca a varias generaciones”, según proclama Ramón J. Soria Breña (Jarandilla de la Vera, 1965). Pocas veces he quedado más complacido como con sus Partes de guerra, laberinto de historias cuyo hilo de Ariadna no resulta difícil percibir. Si bien en ese cordel conductor abundan las hebras imaginarias, siempre verosímiles, lo conforman también elementos rigurosamente históricos, no muy conocidos pese a su indudable relevancia. Por poner un ejemplo, la figura de Virgilio Leret (Pamplona, 1902-Melilla, 1936), ingeniero militar fusilado por su fidelidad a la República. Su mujer, Carlota O'Neill, hizo llegar a la embajada británica los planos de del avión que se había adelantado a diseñar, un mototurbocompresor de reacción. Ambos tienen su protagonismo en estas páginas.
No el principal. Ese lo asumen el joven filólogo extremeño que, hijo de un pastor trashumante, arriba (1936) a Praga, y la hermosa Ariadna Solom, judía, atea y comunista, cuyo padre es uno de los grandes lingüistas y bibliófilos europeos. Constituyen el trío en torno a los cuales va tejiéndose una compleja historia en años tan convulsos como los de la rebelión militar franquista, el auge del nazismo y la II Guerra Mundial. El hallazgo en las trincheras de la Ciudad Universitaria, hasta donde se han venido a combatir los jóvenes amantes, de unos viejos manuscritos, cartas místias de Santa Teresa a San Juan de la Cruz, desencadenará una cadena fantástica de aventuras con implicaciones de todas las fuerzas contendientes, interesadas por diferentes razones en aquellos textos renacentistas.
Ramón J. Soria, antropólogo, autor de Los últimos hijos del lince (2005), Los dientes del corazón (2015) y Los ríos salvajes (2017), obtuvo el XXI Premio Ciudad de Salamanca 2017 con El barco caníbal. La novela del extremeño, columnista de gastronomía política en el semanario CTXT.es, ha sido publicada por Ediciones del Viento con esta sinopsis: “Lucía, que ha sido condenada por un juez a trabajos comunitarios por haberle metido un cuchillo de cortar limones al concejal de obras de su pueblo del cabo de Gata, acude a casa de Lineo -un famoso chef recién diagnosticado de alzheimer y que se está preparando para perder la memoria- con el objeto de ayudarle en los ejercicios de gimnasia cerebral. A Lucía, su psiquiatra le ha pedido que escriba un diario con sus pensamientos. A Lineo su médico también: sus recuerdos, para retenerlos. Y entre ambos construyen este libro. Personajes que se mueven entre Madrid, Barcelona y París, o en pueblos costeros desde Andalucía o Almería hasta Mountain View en California y que van cocinando receta a receta una novela apasionante que es también la historia española de los últimos veinticinco años”.
Partes de guerra ocupa la letra “L” en la colección de relatos “Lunas de Oriente”, dirigida por Elías Moro Cuéllar y Marino González Moreno. Se trata quizás de la colección narrativa más importantes de las editadas en Extremadura, con nombres como los de Alonso Guerrero, Pilar Galán, Juan Ramón Santos, Manuel Vicente González, Francisco R. Criado, Diego González, Antonio M. Flórez o Rui Díaz. Aparte del interés temático, como ya se dijo, esta novela corta, perfectamente estructurada, se distingue por la calidad de su prosa. El autor utiliza sin solución de continuidad el relato en tercera persona; los soliloquios (“discurso que mantiene una persona consigo misma, como si pensase en voz alta”) y los diálogos (impresos en cursivas), concedidos hábilmente a los personajes de cada capítulo, con sostenida preferencia por las frases cortas, de singular concisión, pulcritud e intensidad expresiva. Ramón J. Soria Breña, Partes de guerra. Mérida, De la luna libros, 2018

Hace poco más de un siglo, cierta tarde preotoñal, el famoso médico y escritor Felipe Trigo Sánchez-Mora (Villanueva de la Serena, 13 de febrero de 1864- Madrid, 2 de septiembre de 1916) se quitaba la vida en su chalet ajardinado con un minúsculo revólver, casi de juguete, que aún se conserva. Todo parecía sonreírle: éxitos editoriales (se había hecho rico gracias a sus publicaciones); aceptación acrecentada por parte de la crítica; hijos inteligentes; ambiciosos y originales proyectos en marcha…Todo se lo llevó por delante la neurastenia.
Interesante aproximación a la persona y obras del fecundo novelista permite la muestra organizada por el MEIAC con parte de los documentos entregados al Museo por los familiares de Trigo y cuyo catálogo se reseña aquí. Tanto la muestra como la edición de los materiales seleccionados estuvieron al cuido de Antonio Franco, director del Museo. La obrita consta de medio centenar de páginas, donde se reproducen los textos elegido y generosas ilustraciones relacionadas con el personaje.
Abren unos apuntes biográficos del mismo (incompletos), que compuso su hija Luisa, una de las primeras mujeres españolas licenciadas en Medicina y seguramente la más ligada a él den todos los hermanos. Sobresalen en el apunte las observaciones sobre el carácter del autor y la crónica de las circunstancias del suicidio.
Sigue el extenso artículo que Trigo publicase en El Globo (Madrid, 19 abril 1897) dando cuentas de las actuaciones del heroico retén español, al que él asistía como médico, en el Fuerte Victoria (Filipinas), ante un número muy superior de amotinados. El extremeño, herido muy gravemente, con secuelas posteriores, salvó la vida casi de puro milagro. Como Cervantes, siempre se sentiría orgulloso de tales vicisitudes.
En la sección epistolar, imposible no distinguir la sucinta carta autógrafa que le dirige Pablo Iglesias (Madrid, 5 mayo 1887), encabezada con un esclarecedor “querido correligionario”. El fundador del PSOE encarece al futuro novelista para que organice en Cabeza del Buey la Agrupación socialista local (y así lo llevó a cabo). Le urge también contribuya a extender los ideales del aún casi neófito partido obrero. Según se sabe, Trigo fue dando a luz en El Socialista una serie de artículos, “Las plagas sociales”, que acarrearían problemas con la censura.
Interesándose, como muchos de sus paisanos, por Portugal, país al que admiraba, Trigo viaja en tren a Lisboa, donde durante una intensa semana se relacionó con buena parte de los intelectuales y artistas lusos allí asentados. Él mismo relata la visita en un extenso reportaje que dio a luz en Cervantes. Revista Iberoamericana (año I, nº 2, septiembre 1904). “Es lástima, escribe Trigo, que nuestra literatura y nuestra Prensa no se preocupen de Portugal, del gran pequeño pueblo que lo merece y que nos ama. Su mentalidad, hoy, vale más que la nuestra en conjunto, hasta el punto de poder acreditar n la ajena ignorancia de ella, antes que el desdén del poderoso hacia el baladí, la indiferencia turca hacia lo progresivo” (pág. 15).
Por último, tras la extensa entrevista que el autor concediese a J. M. Carretero, “El Caballero Audaz” (El Día, Madrid, 19 julio 1916), se recogen los detalles del último gran empeño en el que se había embarcado: la fundación ante notario de la sociedad anónima Yulia, que habría de editar la revista La Vida, dirigida por Trigo. Según consta por el folleto promocional impreso, con cubierta de su confeccionador Salvador Bartolozzi (18 agosto 1916), entre sus colaboradores (supongo ya apalabrados) figuraban las plumas más sobresalientes de la época: Pardo Bazán, Valle-Inclán, Salvador Rueda, Ortega y Gasset, R. Gómez de la Serna, Manuel y Antonio Machado, Unamuno, Cansino Assens…, dentro de una impresionante nómina, junto los artistas gráficos de mayor renombre en España. Antonio Franco Domínguez (coord.), Felipe Trigo. Documentos de su Archivo. Manuscritos, fotografías, correspondencia, dibujos. Badajoz, MEIAC y otros, 2018.

Situándose con su habitual punto de ironía frente a la llamada “corriente de la experiencia”, Caballero Bonald, uno de los mayores poetas contemporáneos, escribe: “La memoria es el factor desencadenante, la materia prima de todo acto creador… La experiencia del lenguaje, reelaborado en la memoria, siempre es una consecuencia de la experiencia vivida”. El impacto de la propia realidad vital, convertida en motivación literaria, distingue la escritura del poeta andaluz. Lo expone inteligentemente María José Flores Requejo, que tanto sabe, en su recién aparecido ensayo Poética y memoria: Entreguerras o de la naturaleza de las cosas, de José Caballero Bonald (Sevilla, Alfar, 2018), volumen publicado merced a la contribución de la Universidad de L´ Aquila, donde la poetisa de Burguillo del Cerro funge cátedra de Literatura española.
Pues bien, lo vivido durante los meses últimos entre hospitales y tanatorios inspira el nuevo poemario de Benito Acosta (Zalamea de la Serena, 1937), polifacético escritor por cuyas obras nunca he ocultado mi profundo aprecio. Por lo demás, este poeta, ensayista, teólogo y músico, afincado en Málaga, de permanente buen humor, capaz de traducir textos neotestamentarios con la misma ingeniosidad que los comenta (es discípulo fiel del gran José María González Ruiz), se condujo siempre según la máxima que adoptase en su juventud: la opción por los más pobres. Yo he visto cómo en la cocina de su sencillo hogar malagueño, de puertas abiertas, hervían permanentemente tres grandes ollas con comida para cuantos pasaban por allí a la búsqueda de un plato caliente, tal vez el único que esa jornada iban a consumir. , en cuya memoria n íntimo de Antonio González-Haba Barrantes y Juan Luengo García, sacerdotes como él, ya fallecidos, cada año regresa a Badajoz para revivir, junto a otros que aún aguantan los tirones de la sangre, antiguas añoranzas.
Benito Acosta ha estado dos veces en la UVI y ha tenido que despedir a tres hermanos muertos recientemente. Sobre ambas hospitalizaciones y los definitivos desgarros nos dicen estos poemas. Heterogéneos desde el punto de vista formal, constituyen un bloc lírico en el que alternan composiciones de amplio aliento y métrica libre, con sonetos de endecasílabos blancos y otras entregas de versos suavemente asonantados. En ocasiones, la memoria se desliza hacia territorios comunes a los desaparecidos, la Zalamea de la infancia feliz (pese a las terribles condiciones socioambientales), cuando ardía el sol de Extremadura, en tanto Yagüe incendiaba el coso de Badajoz (págs. 32-33) y una simple silla de enea era el periscopio de las labores hogareñas (pág. 56).
Pero, según se dijo, la voz de quien se dice graduado en Tautología por la Universidad del pueblo llano, aparece ungida por inquietudes y dolores actuales. Los declara sin pudor e incluso busca cómplices junto a quienes conllevar angustias. Así lo hace en ese “Tríptico de la noche”, que dedica a Antonio Maqueda, joven párroco pacense, el poema más extenso, una dolorida apelación al Inefable desde su apertura: “La voz se me adolece de ir descalza/sobre la brasa ardiente de tu nombre” (pág, 58). Leído tras la “Carta a Edmundo de Nigeria”, donde surge explícita la memoria de Mario Benedetti, se constituye en epicentro de este “Arte de amar” que Benito Acosta, en cuya memoria no habita el olvido, sustenta ejemplarmente. Benito Acosta, Habitada soledad. Benalmádena, EDA libros, 2018

Entre los grandes protagonistas de las letras españolas que son orgullo para Extremadura, donde vieron la luz, resplandece por razones múltiples Bartolomé José Gallardo (Campanario, 1776 - Alcoy, 1852), quien nunca cortaría sus relaciones con la tierra patria. Baste una simple anécdota: meses antes de morir, nuestro rotundo anticlerical escribe a Diego del Rivero, sacerdote en Campanario, pidiéndole le haga llegar “una buena yunta de bueyes parejos” que el eximio bibliófilo pensaba emplear en La Alberquilla, dehesa adquirida por él (1836) próxima a Toledo y a donde trasladó su formidable biblioteca. En aquel rincón de La Serena buscó refugio más de una vez cuando se sentía en peligro y allí mantuvo amistades y familia fieles.
Quienes deseen conocer los rasgos fundamentales de tan soberbia personalidad; las múltiples vicisitudes que le tocó vivir, así como sus máximas aportaciones a la literatura hispana, disfrutarán leyendo estos Apuntes íntimos para una biografía de Don Bartolomé José Gallardo. Según sugiere el título, la obra se fundamenta sobre todo en textos privados (cartas, notas, apuntes), muchos de los cuales se reproducen. Eso facilita también degustar la magnífica prosa en que están compuestos, una de las más brillantes de la época, según demostrara en su día D. Ricardo Senabre. (Se ha normalizada la ingeniosa ortografía original). Menos valiosos son los poemas, también abundantemente recogidos. Un fallo de maquetación introduce repeticiones y errores de paginación en los cuadernillos finales.
Compuso el libro, tras varios decenios de investigación y estudio, José María Basanta Barro (Ferrol, 1923), profesor de Matemática en el Ramiro de Maeztu de Madrid. Casado con una hija del novelista Antonio Reyes Huertas, también de Campanario, esto lo indujo a interesarse por los temas extremeños. Su hijo Antonio Basanta Reyes se ha ocupado de esta edición, enriqueciéndola con un impresionante cúmulo de notas a pie de página. Antes de introducirse en la lectura, conviene leer el extenso prólogo de Bartolomé Díaz Díaz, socio fundador del Fondo Cultural Valeria y actual vicepresidente de esta asociación, que tanto ha servido para establecer la historia de Campanario. Se dedica el libro a los máximos investigadores de Gallardo, entre los que se cita a Pedro Sáinz Rodríguez, Antonio Rodríguez-Moñino y Alejandro Pérez Vidal, generosamente utilizados, con sus oportunas citas, por el autor.
Sin pretensiones de una exhaustividad imposible en tan compleja figura, destacaré lo que me parece más relevante del estudio. 1) La pasión por los libros que el futuro bibliotecario de las Cortes de Cádiz derrochaba desde sus estudios de Medicina en Salamanca, y hasta sus horas finales (muere pisteando viejas ediciones). Ni el exilio en Inglaterra, la cárcel o las reclusiones forzosas, la coyuntural etapa como diputado… lo frenarán. 2) El temperamento incandescente del hombre liberal (también republicano, tal vez masón), polemista incontenible, a quien cuadra como a ninguno el verso de Juvenal: “Acer, indomitus, libertatis magister”. 3) La falsedad de las acusaciones que como “bibliómano” hubo de sufrir (él tampoco se quedaba manco a la hora de empuñar su sarcástica pluma: díganlo, ejemplo entre miles, las ironías lanzadas contra Dono Cortés). 4) La delicadeza con que tan áspero carácter supo referirse a personas en principio poco amantes de su disolvente Diccionario crítico burlesco, tales como el obispo Tavira o su paisano P. Faustino Arévalo, otro bibliófilo genial, jesuita expulso, a quien honraría llamándole “patricio y amigo … cifra ciertamente rara de candor y saber”. 5) Por último, evocaré la mala suerte, por desgracia repetida en numerosos colegas de Gallardo, cuya biblioteca y trabajos inéditos pasaron, pues hijos no tuvo, al malhadado sobrino que destrozó un patrimonio intelectual irrepetible. Pecios del mismo quedarían al fin salvos en los cuatro valiosísimos volúmenes, póstumos, del Ensayo de una biblioteca española de libros raros y curiosos formado con los apuntamientos de Bartolomé José Gallardo, coordinados y aumentados por M. R. Zarco del Valle y J. Sancho Rayo. Antonio Basanta Reyes, Apuntes íntimos para una biografía de Don Bartolomé José Gallardo. Badajoz, Diputación/Campanario, Ayuntamiento, 2018.

Es sabido que la provincia de Badajoz experimenta durante la II República (1931-1936) un notable incremento de la conflictividad que desde decenios anteriores había surgido en Extremadura, vale decir en todas las zonas rurales de España. La prensa regional, cada medio desde su orientación ideológica, notificaba casi a diario un creciente cúmulo de manifestaciones, huelgas, enfrentamientos, robos, sabotajes, destrozos e incendios, talas de árboles, destrucción de cosechas, ataques entre personas y grupos, multas y encarcelamientos frecuentes, disparos contra las multitudes o las sonadas ocupaciones de tierras. El muy documentado estudio de Hortensia Méndez Mellado, Por la tierra y el trabajo. La conflictividad campesina en la provincia de Badajoz durante la II República (1931-1936), volumen con casi 500 páginas, galardonado con el Premio Arturo Barea 2018, ofrece una detallada nómina, pueblo por pueblo, a la vez que analiza los factores desencadenantes de aquella turbulenta situación.
Nacida en Cáceres (1948), ya jubilada de su trabajo para el INSS, doctorada en Historia y licenciada en Antropología, a Méndez le debemos estudios aparecido en obras colectivas, como “Extremadura y la guerra civil 70 años después de su final: 1939-2009” o “Renacer, una asociación de mujeres republicanas”. En ellos, como en el libro que presentamos, son manifiestas sus simpatías por las causas populares, lo que, creemos, no resta objetividad a sus exposiciones.
Según la autora, la raíz última de la conflictividad que se experimenta en ambas provincias es la injusta distribución de la tierra. La mayor parte de la misma están en manos de grandes latifundistas o ricos arrendatarios, pocos y unidos familiarmente, mientras el resto de la población (si se exceptúan los medianos y pequeños propietarios) sólo cuenta con su fuerza productiva, a saber, sus brazos, o, como mucho, algunas bestias y útiles para la labranza, según es el caso de los casi míticos “yunteros” (a la postre, los más activos en muchas reivindicaciones). Como el latifundio se explotaba según métodos arcaicos, con una agroganadería extensiva a espaldas de los avances modernos, las famosas dehesas resultan poco productivas. El paro obrero es un azote cruel en todas las poblaciones pacenses, grandes, pero dispersas, mal comunicadas, con mínimas condiciones de salubridad e ínfimos índices de alfabetización. El hambre arrasa, especialmente en determinadas épocas del año, más aún si se suma una mala cosecha. La emigración, salida tradicional, se contuvo en el periodo republicano, incrementándose el problema. La clase obrera se identifica cada vez más con organizaciones socialistas y anarquistas, entre las que adquirirán singular relevancia la FETE (Federación de los Trabajadores de la Tierra), perteneciente a la UGT.
El nuevo régimen republicano despertó extraordinarias expectativas entre las clases trabajadoras, sobre todo porque creyeron que sería posible, al fin, una reforma agraria capaz de permitir el acceso a la tierra y su laboreo. La lentitud, seguramente ineludible, de tan revolucionaria medida produjo exasperación y, pronto, la voluntad cada vez más extensa de tomarse las cosas (roturaciones de fincas) por iniciativa propia. Claro que ni los grandes propietarios, ni el Gobierno mismo, con sus fuerzas de orden, estaban dispuestos a facilitar la distribución de terrenos cultivables. Más bien lo boicotearon de múltiples modos. Tampoco la Iglesia apoyó las reivindicaciones populares, si bien el libro se abstiene de estudiar esta parcela de poder.
Sí lo hace, con especial detención, de acontecimientos como la huelga general campesina (1934), la huelga de mozos de mulas de Almendralejo (1936), el lok-out patronal de Montijo (1932) o la huelga general española (octubre 1934), que tan insolidaria fue con los intereses de las masas campesinas. Hortensia Méndez Mellado, Por la tierra y el trabajo. La conflictividad campesina en la provincia de Badajoz durante la II República (1931-1936). Badajoz, Diputación, 2018.


Con el patrocinio de la
JUNTA DE EXTREMADURA
Consejería de Cultura e Igualdad


 

Últimas Noticias

More in Actividades  

Agenda

More in Agenda  

Libros Recomendados

  • Tuesday, 30 June 2020
    Laura Olalla nació (1953) en Garlitos, corazón de la “Siberia extremeña”, donde pasó la niñez. Ya se sabe, la patria de cada persona es la infancia. Lo que se cumple también en esta escritora, pese...
  • Tuesday, 30 June 2020
    Isidro Timón es un nombre bien conocido entre los amantes del teatro. Natural de Cáceres, pero criado en Villanueva de la Vera, que él tiene por su pueblo, comenzó los estudios universitarios de...
  • Saturday, 13 June 2020
    Es Luis Sáez (Cáceres, 1966) uno de los ensayistas extremeños más fecundos y lúcidos. Entre tantos de los suyos, a mí sigue atrayéndome especialmente Animales melancólicos. La invención literaria de...
  • Monday, 08 June 2020
    Como si un ángel es una conmovedora narración, que combina armónicamente instancias históricas, documentalistas y literarias en torno a la figura de la joven Gisela Tenenbaum, “desaparecida” entre...
  • Saturday, 30 May 2020
    José Luis Muñoz (Salamanca, 1951), hombre polifacético, es sobre todo novelista. Como tal, ha sido galardonado con muchos de los más importantes premiosos españoles: el Azorín, Tigre Juan, Café...
More in Libro recomendado  

Últimas Publicaciones

  • Volver a encontrase con R. Rufino Félix constituye siempre una experiencia conmovedora. La hemos sentido, una vez más, en su entrega última (él dice: final, lo que yo ni creo, ni deseo), justamente...
  • Félix Pinero Periodista y escritor No es la primera vez que el historiador del arte y las tradiciones extremeñas, José Antonio Ramos Rubio, acude a la fotografía para revelarnos el pasado de...
  • Desde que el año 1992 se descubriese en Barcarrota una biblioteca emparedada, que Fernando Serrano demostró pertenecía al médico judío Francisco de Peñaranda, dicho pueblo, próximo a la frontera...
  • Libertad González Nogales y Cayetano Ibarra, Memoria de Libertad. Zafra, Imprenta Rayego, 2018. Cayetano Ibarra ha puesto la letra al relato oral con el que fue recomponiendo su vida Libertad, una...
  • -Cortés Cortés, Fernando (dir.), Revista de Estudios Extremeños, 2017-III. Badajoz, Centro de Estudios Extremeños. Tomo LXXIII de la clásica revista extremeña, recoge en sus casi 800 páginas...
More in Publicaciones  

Boletines

More in Boletín  

Contacto Real Academia de Extremadura

Real Academia de Extremadura de las Letras y las Artes

Palacio de Lorenzana.

C/ de la Academia s/n.
Apdo. 117 C.P. 10200 Trujillo

Tels.: 927-32 3109 

© 2015 Your Company. All Rights Reserved. Designed By JoomShaper