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Epifanías es el nuevo libro de J.A. Ramírez Lozano (Nogales, 1950), sin duda el escritor extremeño más fecundo, ya con casi un centenar de obras en su haber. Si muchas de ellas se publicaron a impulso del correspondiente premio recibido (pocos entre los importantes del panorama literario español le faltan por conseguir), en este caso aparece en la prestigiosa colección de poesía sostenida por Pre-Textos (aunque la obra ha sido beneficiada con una de las ayudas a la Edición que la Junta de Extremadura convoca).
El título corresponde muy bien al contenido. En primer lugar, porque, según la etimología griega del término, “epifanía” viene a significar “manifestación, “aparición”, “desvelación” de algo que estaba oculto. Así ocurre con los versos de cualquier poeta auténtico: abren al lector mundos nuevos, perspectivas antes ignoradas, por más próximas a nosotros que se ubiquen. Si la función poética es creadora (poieo), es porque genera luces, imágenes, sentimientos e incluso ideas que sorprenden por su novedad. Baste introducirse en los primeros poemas para vernos conducidos junto a arcángeles que cuidan ocas, vírgenes que asisten a los gatos heridos por los tranvías, escorpiones danzantes al son del bambú, tábanos enamoradizos cual galanes o gigantes con peces en las venas. Son ejemplos de esa iconografía fantástica de la que se nutre Ramírez Lozano con suprema naturalidad.
Por otra parte, “epifanía” ha ido adquiriendo en la cultura de Occidente connotaciones que remiten al mundo de lo sagrado. Es el nombre para una de las grandes fiestas de la liturgia cristiana (los Reyes Magos, que descubren al Niño Jesús merced al brillo de la estrella). El ámbito de lo sacro, de la religiosidad (más pagana que trascendente, desde luego), de los retablos y procesiones, de las sacristías y conventos, de leyendas áureas y mitos, de canónigos ilusos y rezadoras beatíficas, de misas pontificales y coros catedralicios, es preferentemente seleccionado por nuestro autor para ubicar a sus personajes. De ese trasfondo, más cercano a lo onírico, lo surreal, que a lo empíricamente verificable, tan bien conocido por el escritor desde su adolescencia, y para el que el entorno andaluz presta singulares motivaciones, se nutre.
Y no se le busquen intencionalidades más allá del puro divertimento literario, los juegos de lenguaje, la fabulación ensoñadora, que domina como pocos. No son de Ramírez Lozano la crítica social, ni la pretensión moralizadora, ni las reflexiones existencialistas, ni la confrontación ideológica, ni siquiera el análisis de los sentimientos íntimos, aunque de todo ello puedan localizarse trazos en alguno de sus poemas.
No obstante, esta escritura atrae por la misma fuerza del verbo exquisitamente manejado, la sugerencia de imágenes sorprendentes, incluso ese toque de ingenua inocencia repartidos con generosidad. Este licenciado en Filología, profesor ya jubilado de Lengua y Literatura, tan amante de la cultura italiana del Renacimiento, continúa situándose junto al maestro de gay-saber/aprendiz de ruiseñor, sonriéndose ante los envarados dictámenes de colegas pretendidamente más sabios y profundos (también mucho más aburridos).
A quien opte por refrescar neuronas, deleitarse con versos siempre imprevisibles, romper las ataduras lógico-positivas e introducirse en territorios continuamente renovados, se le abren todas las celosías con poemas como “Maneras de pelar una manzana según el canónigo Juan de Mena” (paráfrasis de la burla que de Ortega y Gasset Luis Martín Santo hizo en Tiempo de silencio ); “Fábula de la paloma que anidaba en los sepulcros”; “Defensa de la cigarra” o “Fábula del alfayate que hacía pasar los camellos por el ojo de su aguja” (evidente guiño neotestamentario).
Es lógico que Epifanía concluya con “La tentación de Baltasar”: ni las amenazas de (la reina de Saba, ni todo el oro del orbe, impedirán que el buen Mago esconda bajo la arena el himno de los sueños, la mirra de sus sílabas, la avaricia de las constelaciones y salve así al hombre. José Antonio Ramírez Lozano, Epifanías. Valencia, Pre-Textos, 2018

Francisco Castañar (Villanueva de la Vera, 1945), doctor en Letras Hispánicas con la tesis El compromiso en la novela española de la II República (Siglo XXI, 1992) y catedrático de Lengua y Literatura, ha desarrollado casi toda su vida profesional en el IES de Arenas de San Pedro. Autor de numerosas publicaciones, destacan entre las mismas las que ha dedicado a los dos fenómenos culturales que distinguen la historia de su pueblo natal: la fiesta del Peropalo y la fundación de la “Iglesia cristiana liberal de Villanueva de la Vera”. Si propuso un análisis antropológico excelente en El Peropalo, un carnaval de la España Mágica (Mérida, ERE, 1986, 1ª), no menos valioso es el estudio recién publicado sobre el fundador de aquella curiosísima institución parroquial. Nos referimos al sacerdote José García Mora (Plasencia, 1829-1910).
Más conocido como “El cura Mora”, fue Paul Drochon quien nos puso en su pista con el trabajo “Un curé ´libéral` sous la révolution de 1868” (1970). Se han ocupado de tan atrayente personaje otros autores, como Diego Blázquez Yáñez, J.M. Cobos/J.M. Vaquero y José Antonio Sánchez de la Calle, recogidos en la bibliografía. Yo mismo incluí al polémico párroco en la Gran Enciclopedia de Extremadura y publiqué su “Discurso a los seminaristas”, en Silva homenaje a Mariano Encomienda (Almendralejo, Centro Universitario Santa, 2009). Todo ha quedado asumido y superado con la entrega de Castañar, un volumen de 420 páginas que él presenta como “opus minus”, prometiendo otra segunda aún más desarrollada.
El autor establece la biobibliografía de Mora, clérigo bien formado y de fácil pluma; analiza el contenido de sus obras más importantes (El poder temporal del Papa y la sociedad europea, 1862; La verdad religiosa o exposición histórica, filosófica, moral y social de las doctrinas del catecismo católico en paralelo con las del protestantismo y el filosofismo, 1864; El principio de autoridad vindicado…, 1865; Los huérfanos de Extremadura: novela religiosa, política y moral, 1865; Diario de un párroco de aldea, 1865; Consideraciones sociales y políticas sobre las antiguas Cortes y Hermandades de Castilla, 1865, y Oración fúnebre por los mártires de la libertad…, 1868, amén de su periódico Los Neos sin careta); trata de deducir las causas que conducen a Mora desde sus iniciales actitudes e ideales conservadores a los abiertamente revolucionarios (tanto en lo civil como en religioso) y expone la bases teológicas y principales realizaciones de aquella “iglesia cristiana -liberal”, que, en cisma con el Obispado placentino, el cura Mora, suspenso a divinis, estableció en el hermoso pueblo verato. Castañar siempre busca fundamentarse en fuentes primarias (el archivo de Mora se guarda en la Biblioteca de Extremadura). Presenta sus conclusiones enmarcándolas en el contexto nacional (a veces, incluso con exceso de datos generales), acorde con la proyección que siempre quiso dar el biografiado a sus escritos y actuaciones.
No es figura exclusiva en la historia de Extremadura durante el siglo XIX, donde otros clérigos se situarán también junto a los más avanzados de su época. Ahí están Muñoz Torrero, José Segundo Flórez o lo profesores s krausistas del Seminario pacense de San Atón.
Pero ninguno llegaría a los radicales planteamientos de Mora en su segunda fase, a partir de 1865 y en ebullición tras la “Gloriosa” (1868). Recordemos sus críticas contra los trabucaires curas carlistas y los obispos que los apoyaban; la defensa del compromiso temporal de los sacerdotes; la demanda para éstos del celibato libre y el sustento con el propio trabajo; eliminación de los aranceles eclesiásticos, bulas, petitorios y similares; la búsqueda de la pureza evangélica; la vuelta al cristianismo primitivo y la proximidad a los más pobres; el apoyo a la República y el sufragio universal; lucha contra el caciquismo; mejora de las escuelas; la constitución, en fin, de una Iglesia libre, dentro de un estado libre.
La inmensa mayoría del pueblo se alineó con él, aunque la cosas terminarían mal, como ocurrió con otras experiencias similares de la época y la propia I República. No obstante, valió la pena intentarlo. Sin duda, hubo de dejar semilla …y las mejoras materiales que Mora, “procurador síndico” (concejal), consiguió para su pueblo.

Fulgencio Castañar, El cura Mora. Un sacerdote liberal y republicano en la España del siglo XIX. Cáceres, Ediciones Veragredos, 2018.

BOLETÍN DE LA R. ACADEMIA DE EXTREMADURA

EL BRAEX, publicación anual que alcanza la simbólica cifra de 25, creo que ha alcanzado espléndida madurez bajo la sabia mano de su directora, Carmen Fernández-Daza Álvarez. Conforma esta entrega última un volumen de casi quinientas páginas, impreso en los talleres de la Diputación de Badajoz.
Abre el tomo Miguel del Barco Gallego, que publica dos partituras para piezas populares, con música de su creación: Ave Maris Stella y dedicada a la R. Asociación de Caballeros de Guadalupe en el 75º aniversario de su fundación, y La Pirroquia, de la que adjunta la letra y dedica a su amigo llerenense Alonso Gómez Gallego.
La misma directora suscribe la muy documentada biografía (I) del coronel Francisco Fernández Golfín, familiar de los marqueses de la Encomienda, diputado extremeño en las Cortes de Cádiz, masón, fusilado (1831) junto a Torrijos por sublevarse contra el absolutismo de Fernando VII. La autora muestra como en su biblioteca (parte heredada; otra, constituida por él) figuraban las principales obras de los filósofos de la Ilustración. Los tres años que estuvo en el R. Seminario de Nobles de Madrid, contribuirían a su formación liberal.
Luis de Llera Esteban, ya jubilado de su cátedra en Milán, continúa interesándose por los españoles que hubieron de exiliarse a raíz de la sublevación militar y consecuente guerra civil de 1936. Nos presenta, en páginas que saben a poco, a uno de ellos, J. M. Gallegos Rocafull, “sacerdote republicano y filósofo”, nacido en Cádiz, (1895) y formado en Madrid a la larga s la figura de sombra de Ortega. Es significativo que, canónigo por entonces en Córdoba, su primera obra fuese Una causa justa. Los obreros de los campos andaluces (Córdoba, Imprenta española, 1929. Existe reedición facsímil, hecha el 2001). Todos sus escritos se significarían por un apoyo incondicional a la II República, aun sin desconocer las brutalidades que contra los católicos se ejecutaron. Llera termina con alusiones al poco conocido folleto de G. Rocafull, Por qué estoy al lado del pueblo (Córdoba, Diputación, 2001). Ya transterrado en México, donde fallecería en 1963, publicó también numerosos trabajos de Filosofía.
Tras los apuntes en que Eduardo Naranjo evoca su primer viaje a China (Beijing) para impartir clase de pintura en diferentes instituciones, Javier Abellán establece la bibliografía de Pedro Caba (Arroyo de la Luz, 1900-Madrid, 1992), filósofo, novelista, poeta y articulista de extraordinaria fecundidad.
El catedrático aragonés, Antonio Astorgano, correspondiente de la R. Academia de Extremadura y máximo especialista en Meléndez Valdés, cuyas Obras Completas reeditó en Cátedra, entrega la segunda parte de su trabajo sobre Salvador María de Mena y Perea (Belmonte, 1754-1788), íntimo del escritor extremeño, a quien poetizó con el seudónimo de Menalio.
Poeta de calidad reconocida, catedrática en Italia, la badajocense María José Flores Requejo, también vinculada a la RAEX, cuya tesis doctoral sobre Caballero Bonald constituye todo un hito, suscribe el trabajo “Una de las más seductoras de sus patrias: la evocación de Colombia en la literatura de J. M. Caballero Bonald”, recogiendo las experiencias del mismo en aquellas tierras tropicales.
Al mismo entorno nos conduce Víctor Guerrero Cabanillas, con su segunda entrega sobe Alonso Vázquez de Cisneros, oidor y juez de la R. Audiencia de Santafé de Bogotá y sus Ordenanzas de indios de 1620.
También Jacinto J. Marabel aparece de nuevo en el BRAEX para entregar la segunda parte sobre aquel Badajoz de 1812 que, aunque sumido en terribles confrontaciones entre tropas españolas, portuguesas, inglesas y francesas, conocerá curiosas manifestaciones artísticas (sobre todo por parte de los soldados británicos).
Serafín Martín Nieto, también correspondiente de la Academia R. de Extremadura suscribe un muy documentado y extenso estudio sobre los Blázquez de Cáceres, trabajo que proseguirá en números próximos.
Otros dos tozudos pesquisidores de viejos archivos, Dionisio Á. Martín Nieto, hermano del anterior, y el infatigable Bartolomé Miranda Díaz, se ocupan sobre los vestigios de las guerras hispano-lusas tal como se perciben en la arquitectura de La Raya, y muy especialmente en el Ayuntamiento Nuevo de Valencia de Alcántara.
Cierra el volumen Juan Carlos Moreno Piñero, director de la Academia de Yuste, con un ágil ensayo cuyo título resulta bien expresivo: “Todos los caminos conducen a Yuste”, lugar que él considera como una miniatura física de Europa.
El Boletín se puede leer online, colgado en la web de la Academia de Extremadura (www.raex.es).

El Club Senior de Extremadura que, impulsado por el Presidente, José Julián Barriga Bravo, y sus colaboradores, alcanza ya los dos centenares de miembros, celebró en Garrovillas de Alconétar su V Foro durante los días 20-22 de abril último. Como en años anteriores, a todos los asistentes se nos entregó un volumen que recoge el Informe General sobre la situación económica y social de Extremadura. Realizado por reconocidos especialistas en cada una de las materias abordadas, no es precisamente muy reconfortante el diagnóstico que de la Región ofrece: hay mejoras en términos absolutos, pero no se está en línea de converger con el resto de las Comunidades españolas. Según ocurre a cualquier enfermo, más vale conocer los males que le achacan y no cerrar los ojos, pretender ignorarlos o, peor aún, cubrirlos con banalidades demagógicas, si se quieren encontrar los oportunos remedios. Que los hay. Espigaremos sólo los puntos sobresalientes en cada sección.
Abre la obra el capítulo sobre Macroeconomía, elaborado por el equipo que coordina Martín Ruiz Manuel, cuya conclusión es rotunda: nuestra estructura productiva evoluciona escasamente. Somos la única región que no alcanza el 75% del PIB per cápita de la Unión Europea, lo que nos sitúa en el conjunto de las menos desarrolladas. El excesivo peso del sector público y la proliferación de las subvenciones en lugar de los incentivos fiscales, más la no resuelta disyuntiva entre desarrollo y protección del medioambiente, frenan el emprendimiento empresarial. Extremadura es la región más pobre de España: Madrid casi nos dobla en Producto Interior Bruto. Sólo se ha mejorado, respecto al último ejercicio, en el campo de las exportaciones. Y en términos de población ocupada, salvo algunos sectores (servicios y administración), la caída es considerable. Se pide la declaración normativa de hasta seis Polos de Desarrollo concretos e iniciar la reestructura del territorio y la agrupación de servicios municipales de forma que se solucione nuestro grave desequilibrio demográfico y se constituyan núcleos comarcales viables.
Norberto Díez González, con un grupo de ingenieros y sociólogos, repasa las infraestructuras, con especial atención al estado de la red ferroviaria, aeropuertos, autopistas, carreteras, aguas y saneamiento. El impuso a la línea de alta velocidad Madrid-Portugal por Extremadura es la cuestión estrella, objeto de reivindicaciones populares de gran impacto. Por lo demás, anotan que ni los Presupuestos Generales, ni los de Extremadura recogen partida alguna para la inversión aquí de nuevas autovías.
Que 2017 fue para la Agricultura un año negativo lo intuye cualquiera y lo confirman los análisis de José Ignacio Sánchez-Mora con su equipo de ingenieros agrónomos y empresarios del sector. La sequía climática e hidrológica, el freno a los regadíos, las nuevas plagas (el camalote, la seca de las encinas) más las enfermedades crónicas del ganado aún sin resolver, el escaso empuje de nuestra industria agroalimentaria y los aranceles arbitrarios, constituyen los principales problemas, que exigen (y pueden tener) soluciones.
Siguen los capítulos dedicados a cultura y patrimonio (José María Álvarez Martínez y los suyos son más expositivos que críticos); políticas sociales (el equipo de Rosalía Guntin Ubiergo estudia la evolución durante este periodo de las tres grandes cuestiones: despoblación, desempleo y pobreza, así como la gestión de los fondos europeos); el muy documentado informe que sobre la coyuntura industrial de Extremadura coordina José Marcelo Muriel Fernández, con muy específicas sugerencias de un abanico de actuaciones para mejorarla; el esperanzador estudio hecho por Fernando J. Rodríguez y otros ingenieros sobre la energía como posible motor de la industrialización de Extremadura (sistema eléctrico, con fuentes de energías renovables y no renovables, combustibles, minas de litio y Aguablanca, etc.).
Cierra la publicación un Manifiesto aprobado en la Asamblea del Foro, que, como el de los años anteriores, recoge los puntos principales de los estudios referidos e insta a todos los ciudadanos extremeños a comprometerse, cada uno desde sus posibilidades, para conseguir mejoras efectivas en el desarrollo de nuestra Comunidad. Concluye con una demanda a los políticos para que, cara a las próximas elecciones, “elaboren con realismo y ambición sus programas para acelerar los procesos de convergencia de Extremadura con el resto de España”. Seguro que, si los responsables se toman la molestia de leer libros como éste, les resultará mucho más fácil.

AA. VV., Informe general sobre la situación de Extremadura. Garrovillas de Alconétar, Club Senior, 2018.

Parece indudable que, al menos durante la primera mitad del siglo XVI, cuando se conformó la Europa moderna, nadie tuvo mayor prestigio que Erasmo (Rotterdam, 1466-Basilea, 1536). Es un acierto que la Red de la Comunidad Europea para Intercambios Académicos, se conozca como “Programa Erasmus” en homenaje al carácter multinacional y europeísta del escritor holandés. El gran hombre residió alternativamente en Holanda, Francia, Inglaterra, Alemania y Suiza, relacionándose con lo más granado de cada país y sin permitirse apenas momentos de reposo, pese a su naturaleza enfermiza. No quiso venirse a España, rehusando las insistentes invitaciones de Carlos V: aduce que no le agradaba la forma de ser de los hispanos (y, mucho menos, la Inquisición española), si bien aquí contaba con numerosos admiradores (véase Erasmo y España, el enorme estudio de M. Bataillon).
No obstante, los escritos y la figura misma del de Rotterdam siempre producen una especie de vértigo a cuantos se le aproximan. Les ocurrió ya a los coetáneos. Y no sólo por su extraordinaria y variadísima producción intelectual (hasta tres decenas de volúmenes exige la edición de sus obras completas, más un riquísimo epistolario), sino por el mismo carácter poliédrico del personaje. Sumamente celoso de su libertad; convencido de que nadie tiene toda la razón; de naturaleza pacífica (salvo cuando se supone maltratado); defensor de la concordia antes que de los enfrentamientos, así como de la paz pública en vez de las revoluciones, se opuso sistemáticamente a “tomar partido” por bando alguno, menos aún si se lo exigen los prebostes de cualquiera de ellos. Añádanse las propias vacilaciones o dudas no resueltas, más las innegables contradicciones (una cosa es lo que pienso; otra, lo que mi pluma escribe, vino a decir), para comprender el desconcierto entre sus lectores e incluso amigos íntimos. Figuras como Tomás Moro, Martín Lutero, Luis Vives, Alfonso de Valdés, varios papas e incluso Enrique VIII y Carlos V, por no citar toda una pléyade de ilustres personajes, se sentirían desconcertados ante los quiebros del gran humanista que, además, no siempre dice lo mismo en sus obras publicadas (no todas con su nombre) y en sus cartas (muchas dadas a luz desde bien pronto). Es el “Erasmus, vir duplex”, según conocida acusación luterana, o el hombre “semper pro se”. Ni es raro que se recurra incluso a Freud para entenderlo, vistos los avatares de su difícil infancia.
Las mismas sensaciones contradictorias se sufren con la lectura de este trabajo de Clavería (Caspe, 1963), que por cierto cuenta con unos fundamentos bibliográficos formidables. Alejándose voluntariamente, salvo las pinceladas ineludibles, de las tesis filosóficas, teológicas y aun filológicas de Erasmo, el autor busca retratarlo, según el título recoge, como “hombre de mundo”. Y repárense en los calificativos que ahí le atribuye: evasivo, suspicaz e impertinente (misántropo, borrachín, pendenciero). Fuerte apuesta, a cuyo favor el estudioso trae todo un aparato de citas sacadas fundamentalmente de textos epistolares, tomados de la edición hecha en Oxford por el matrimonio Percy (doce volúmenes). Sobre la misma base podría haber incluido también otros apóstrofes, según se desprende a lo largo del estudio: antisemita, timorato, egoísta, enamoradizo (¿gay?), obseso por su imagen, promotor de sí mismo e incluso máquina de repartir fango si la ocasión lo requiere etc. Todo comprensible según los parámetros dominantes en el Renacimiento, según Clavería desarrolla en sus agudas contextualizaciones.
Sin embargo, a aquel holandés, el primer europeo capaz de vivir de sus escritos (se reeditaban sin tregua, algunos, v.c., los Adagios, hasta 60 veces), “el más sabio de los hombres”, deseoso de reformar las instituciones eclesiásticas, académicas y civiles, pero con pánico ante una posible excomunión, se lo rifarán poderosos soberanos (de España, Inglaterra, Francia, Polonia, Austria), pontífices, heresiarcas, rectores de Universidad, obispos, impresores célebres (Aldo Municio, Froben)… deseosos todos ellos de poder presumir y fortalecer con la anuencia del Humanista. A nadie se entregaría aquel frailecillo casi diminuto de cuerpo y de espíritu inconmensurable. “Ubi bene es, ibi patria est” (Donde te encuentres bien, allí está tu patria) responde a quien se empeña en devolverlo a su Brabante natal. Y, para encontrarse bien, le bastaban sentirse apreciado por los mejores; una rica biblioteca (la vendió antes de morirse); imprentas próximas; dinero para mantener la casa y buen vino (preferentemente de Borgoña). Por cierto, nunca pudo aguantar las estufas alemanas.
Carlos Clavería Laguarda, Erasmo, hombre de mundo: evasivo, suspicaz e impertinente. (Misántropo, borrachín, pendenciero). Madrid, Cátedra, 2018, 370 págs.

Llegado a España desde la Italia renacentista, el soneto arraigó pronto y alcanzó cumbres excelsas con nuestros grandes escritores del Siglo de Oro (Quevedo quedará como su creador máximo), pese a las dificultades que dicha estrofa implica (según ironizase Lope en uno famoso). Llegará, con mayor o menor fortuna, hasta la época contemporánea, encontrando cultivadores excepcionales en las Generaciones españolas del 98, 14 y 27. (Imposible no evocar los Sonetos del amor oscuro, de García Lorca). Cierto que experimentará innovaciones formales, según ocurre en tantos de Jorge Luis Borges, Pablo Neruda y, entre los más modernos, Blas de Otero o Ángel González. Es verdad que va a sufrir desdenes por parte de muchos incluidos en las generaciones de los sesenta y setenta del último siglo, tal vez por el afán de alejarse de los viejos cauces líricos e introducir nuevas voces en nuestra poesía. El soneto pasaría a ser un paradigma de literatura antigua y, por ende, vetando, especialmente para los “novísimos”. Según ocurre a menudo, “los muertos que vos matáis, gozan de buena salud” y el soneto volvería a utilizarse, a veces no sin carga irónica. Cabe recordar aquí algunas colecciones antológicas, como Cincuenta sonetos esenciales (2008), que abre Garcilaso y cierra Claudio Rodríguez o la recienteSonetos para el siglo XXI (2017), ambas en la editorial Vitruvio. Por cierto, en esta última, que inicia Antonio Gamoneda, figura Santiago Castelo, para entonces ya fallecido.
A José Iglesias (Villalba de los Barros, 1955) le gustó siempre escribir sonetos. Los hay prácticamente en todas sus entregas. Quizá porque, como dijo Gerardo Diego, constituye “la mayor garantía contra la injuria del tiempo y la corrupción de la lengua”. Licenciado como está en Geografía e Historia (Sección de Arte), debió ocurrírsele ponerlos ahora en un marco donde tan a menudo se combinaran el arte y la sacralidad: el retablo. (También a J.A, Ramírez Lozano le seduce ese universo de discurso). El poeta se sirve de las múltiples modalidades que dicha estructura, con sus aledaños, proporciona: dípticos, trípticos, polípticos, tablas, calles o las sustentadoras predelas. Construye así un “monumento” cuasi litúrgico (exegi monumentum aere perennius, proclamaba orgullosamente Horacio, en su búsqueda de una obra más resistente que el bronce).
Inicia la de Iglesias, en forma de prólogo, la entrevista que el también escritor extremeño Theo Acedo Díaz mantuvo con el autor. Importa su lectura para seguir la “carrera literaria” de alguien que no es solo poeta excelente, sino uno de los hombres más generosos, amables y comprometidos que yo haya podido conocer. Repito lo que alguna vez dije: El nombre de Iglesias Benítez aparece de modo casi ineludible cuando se habla sobre cualquier actividad relacionada con Extremadura. Nacido en Villalba de los Barros (1955), emigró a Madrid, donde ha ejercido la enseñanza, combinándola con una incesante actividad en múltiples áreas culturales. Sus generosos compromisos con los Hogares Extremeños (acaba de ser elegido Presidente del de Madrid), UBEx, Guadalupex, AEEX o Beturia Ediciones - por nombrar sólo algunas de las entidades en las que participa - lo conducen a multitud de territorios, siempre admirado merced a su bonhomía a toda prueba.
Aquí ha encastrado varias docenas de sonetos, todos bien construidos y muchos, inconmensurables, en 13 conjuntos, a imitación de los retablos renacentistas. Estamos ante una suerte de “écfrasis” (ut pictura, poiesis), donde las ilustraciones dibujadas por Antonio Manuel Contreras inducen la similitud entre la iconografía verbal y la visual. Por la compleja factura del libro, se me antoja proponer para su mejor lectura, como modelo paradigmático, la Adoración del Cordero místico, la obra más importante de los Van Eyck (s. XV), conservada en la Catedral de Gante, cuyos secretos cierta mañana de Julio me explicó detenidamente Eduardo Naranjo cierta mañana de un Julio ya tan remoto.
Cabe advertir, en los hermanos pintores holandeses y el poeta extremeño, la importancia de elementos si secundarios, de ningún modo irrelevantes. Estoy refiriéndome, por lo que al poemario atañe, a pequeñas composiciones que realzan el núcleo: las seguidillas con estrambote (guiño a Miguel Hernández) y los haikus que orlan las piezas principales, los sonetos. Muchos de éstos han sido rescatados de entregas anteriores, fundamentalmente Retablos de amor profano(Badajoz, 2003) y Ritual de inocencia(Madrid, 2005). Otros habían visto la luz merced al oportuno premio otorgado (Certamen García-Plata o CC.RR. Alcobendas). Otros, en fin, estaban aún inéditos. Todos responden a la voluntad de quien, en los preliminares, escribe: “En este libro sólo he pretendido que haya poesía. Nada más que poesía nacida en las honduras de quien soñó estos versos. Y en el desvalimiento, la desolación o la esperanza de mis hermanos, los hombres. He buscado la belleza en las profundidades del sentimiento. Ojalá la haya encontrado”.
A fe que lo ha conseguido.
José Iglesias Benítez, El libro de los retablos. Madrid, Liber Factory, 2018.


Con el patrocinio de la
JUNTA DE EXTREMADURA
Consejería de Cultura e Igualdad


 

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