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A finales de 1517, Martin Lutero fijaba en una puerta de la iglesia de Todos los Santos de Wittenberg un documento con 95 tesis, dando así origen a la Reforma (realmente, la revolución) protestante. Profesor de universidad, aquel fraile agustino no hacia entonces sino seguir una costumbre académica, mostrando al público el tema de un debate que proponía se estableciese sobre una cuestión entonces de rabiosa actualidad, las indulgencias. El título del manifiesto rezaba así: “Disputatio pro declaratione virtutis indulgentiarum”. Pero aquellas tesis iban mucho más allá del debate en torno a una compra-venta que ya había irritado al autor (como a tantos buenos católicos) por considerarla sencillamente un negocio, con derivaciones sociopolíticas (enormes caudales, recaudados en todos los lugares de la cristiandad, acababan en Roma, cuyos Pontífices, a menudo poco ejemplares, erigían soberbios edificios). Lo que el texto luterano recogía era todo un programa teológico radicalmente contestatario frente a la mayor parte de los dogmas establecidos.
Con el apoyo de los príncipes alemanes (cuyos intereses resultaban manifiestos) y la ayuda intelectual de numerosos colaboradores (ninguno tan inteligente, eficaz y fiel como el joven filólogo Phillip Melanchton), Martín irá conformando el “credo” de la Reforma, nunca unánimemente establecido (de ahí las distintas confesiones protestantes), tal vez porque faltaba una autoridad suprema reconocida por todos, pero que se expandirá como la pólvora por el continente europeo, escindiéndolo en dos mitades, hasta el día de hoy. Como era previsible, lo mismo habría de ocurrir en el Mundo recién descubierto, según fuesen las metrópolis allí dominantes. Por supuesto, en todas las latitudes se mantendrán o aparecerán “islotes” confesionales y ello pese a las persecuciones que sobre tales minorías se desencadenen (díganlo tribunales como los de la Inquisición, Calvino o Isabel I). La literatura, las artes y el pensamiento quedarán también afectadas por aquella extraordinaria subversión en los orígenes de la Modernidad. Desde luego, la imprenta tuvo un papel clave para llevar las nuevas ideas a todos los rincones.
Martín Lutero, fraile agustino, preocupado hasta la angustia por la reforma de la Iglesia, sí, pero aún más por la salvación de su propia alma ante la justicia de Dios, conocía bien el lema del maestro de Hipona: Noli foras ire; in te ipsum reddi. In interiore hominis habitat ueritas (No salgas fuera de tu; vuélvete hacia ti mismo; la verdad reside en el interior del hombre). Esta consigna me ha parecido siempre raíz originaria del meollo de la fe protestante: cada persona por sí misma, sin necesidad de instancias ajenas, está facultada para encontrar la verdad, relacionándose directamente con Dios (a cuya palabra revelada puede acceder con la lectura de la Biblia). Todo lo demás, fruto de alifafes históricos, sobra o, más bien, estorba. Sola fides, sola Scriptura, constituye el núcleo del Protestantismo. (El nombre procede del documento suscrito en Espira el año 1529 por seis príncipes alemanes y catorce ciudades libres protestando contra un edicto de Carlos V, que anulaba la tolerancia religiosa antes concedida).
El Emperador Carlos I de España y V de Alemania fue bien pronto consciente del peligro que tanto para sus estados como para el catolicismo suponía la rebelión luterana. Por más que se esforzó, incluso con armas, dietas y concilios ecuménicos, cada vez estuvo menos en sus manos la posibilidad de contenerla. “Yo erré en no matar a Lutero”, hizo escribir en el codicilo de su testamento. Seguramente, el recluido en Yuste no captaba que otros habrían liderado la rebelión y era imposible cortar tantas cabezas.
Fue muy atinado que la Fundación Academia Europea e Iberoamericana de Yuste, junto con la Universidad de Extremadura, celebrase el verano de 2017 un curso sobre Carlos V y la Reforma. Este volumen, recoge las ponencias allí defendidas por una docena de investigadores. Algunas son ligeros apuntes, espigados entre la bibliografía al uso, pero la mayoría ofrecen enorme interés, sobre todo las relacionadas directamente con Lutero. Sólo se echa en falta, entre tantos filólogos e historiadores, la aportación esclarecedora de algún teólogo. Rosa María Martínez de Codes y César Chaparro (coords.), El mundo de Carlos V: 500 años de Protestantismo. El impacto de la Reforma en la Europa imperial y actual. Yuste, Fundación Academia Europea e Iberoamericana, 2018.

El año 1817 fallecía en Montpellier, exiliado para rehuir las persecuciones de Fernando VII contra constitucionalistas y liberales, el poeta y ensayista Meléndez Valdés (Ribera del Fresno, 1754). Para conmemorar el segundo centenario de tan triste muerte, los organizadores de las IX Jornadas de Historia de Almendralejo y Tierra de Barros, decidieron dedicar el simposio a tan ilustre personaje bajo el lema “Juan Meléndez Valdés y su tiempo en Tierra de Barros…”. Se recogen las ponencias y comunicaciones allí defendidas en este volumen con 430 páginas de formato mayor, que coordinan Juan Diego Carmona Barrero y Matilde Tribiño García.
Felipe Lorenzana, que recientemente dio a luz el estudio Extremadura, voto en Cortes. El nacimiento de una provincia en la España del siglo XVII (Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2018), boceta aquí el contexto histórico de la región, resaltando las inquietudes políticas dominantes en la época durante la centuria del enfrentamiento entre el Antiguo y Nuevo régimen, con la Constitución de Cádiz en lontananza.
El segundo ponente, Jesús Cañas Murillo, estudia las relaciones entre el Meléndez Valdés y el “casi extremeño”, aunque nacido en Madrid, Manuel José Quintana, buen amigo del escritor pacense, más bien maestro, cuyos versos antologó en el tomo cuarto de la obra Poesías selectas castellanas desde el tiempo de Juan de Mena hasta nuestros días (1830). Quintana le antepuso (sin firma) el valioso preliminar “Noticia histórica y literaria de Meléndez”. Ya antes, él mismo se había encargado de preparar los cuatro volúmenes de las Poesías de D. Juan Meléndez Valdés (Madrid, Imprenta Nacional, 1820).
Muy breve, aunque enjundioso, es el apunte de Miguel Ángel Lama, que lo titula “El desamparo de Juan Meléndez Valdés. Poesías e ideas de un ilustrado”. Se inspira el profesor en la oda XXIV del de Ribera, cuya entradilla preanuncia ya el doloroso sentir del sujeto lírico, que los románticos harán famoso: “A la mañana, en mi desamparo y soledad”.
El resto de las comunicaciones contribuyen a contextualizar la vida de Meléndez: estado social y económico de Ribera (Juan Antonio Balleteros Díez); la encomienda en dicho pueblo asentada (Ángel Bernal Estévez) o las propiedades allí radicadas de la casa de Medinaceli (José María Moreno González). Otros congresistas exponen cuestiones artísticas, demográficas, jurisdiccionales, históricas e incluso pedagógicas de poblaciones del entorno (Burguillos del Cerro, Villalba, Almendralejo).

Juan Diego Carmona Barrero y Matilde Tribiño García (coords.), Juan Meléndez Valdés y su tiempo en Tierra de Barros en el bicentenario de su muerte (1817-2017). Almendralejo, Asociación Histórica de Almendralejo, 2018

Alonso Carretero vino al mundo (1952) en La Morera, villa próxima a Santa Marta, la población de Los Barros donde ha querido enmarcar la última novela. Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Complutense, desarrolló su carrera profesional en diferentes áreas: investigación de mercados, publicidad y periodismo. Hoy está dedicado casi exclusivamente a la creación literaria y es autor de numerosos títulos. “Hay una fuerza que me obliga a situar a mis personajes en Extremadura”, declara el capítulo de agradecimientos de esta obra. Para la misma los ha elegido entre los protagonistas de una tragedia que conmocionó Santa Marta a finales del XIX, justo cuando el país se vio tan hondamente perturbado por guerra de Cuba y la pérdida de los últimos pecios coloniales. Carretero combina buenas dosis de historia y muchas más de imaginación en una novela cuya lectura evoca ineludiblemente el Jarrapellejos de Felipe Trigo, si bien los rasgos de su cacique no alcanzan la rotundidad psicológica del de Villanueva.
Como este último, Manuel Osorio es un poderoso latifundista, con escasos escrúpulos morales, amigo de clérigos corruptos a los que sabe manipular, si bien no parece interesado en el devenir político de la provincia, ni siquiera de su pueblo. Arrolladora personalidad, sabe imponerse a los conciudadanos, pero no consigue eludir un trágico destino: será la víctima de un crimen cuyos móviles no fueron los más previsibles de carácter social o pasional, sino simplemente la decisión de robarle que indujo a los fautores del asesinato.
Junto a elementos bien documentados (crónicas periodísticas, actas judiciales) y otros típicos del agro extremeño (plagas de langosta, paro estacional, hambre, humillaciones de los más débiles), discurren otros de carácter etnográfico (rito de la matanza, recetas gastronómicas, refranero, lirica popular). A cargo de la fantasía creadora corren muchos, no pocos de carácter inverosímil, que le proporcionan picante al relato. Los hay también mal avenidos con la verdad histórica, pero que no rechinan en exceso. A mí me hubiese gustado mayor pulcritud en el tratamiento de krausistas, masones y gente afín a la Institución Libre de Enseñanza, que ciertamente tuvieron presencia en la Santa Marta finisecular y aparecen por algunas páginas de la novela. Me resulta inverosímil, y creo sobra en el libro, ese hallazgo, tras afanosa búsqueda, de un tesoro (50 kgs. de oro), que la Logia (¿de dónde?) habría hecho ocultar por alrededores bajo una gigantesca encina al producirse la revolución de 1868.
Lo mejor, sin duda, son los pasajes en los que el novelista despliega una voluntad de estilo suficiente para impregnar la prosa con brillantes recursos literarios: sinestesias, símiles y metáforas sorprendentes. Así ocurre cuando describe desde campos objetivos, por ejemplo el esplendor de las dehesas, al mundo interior de hombres y mujeres agitado por impetuosas convulsiones. Quizás las más agudas sean las de la aún joven prostituta, Mica, víctima en su adolescencia (no del todo inocente) de un cacique que, pese a todo, se enamora de tan atractiva daifa. Por el contrario, el tratamiento del esposo o amigo que se trae de Portugal, un cornudo complaciente, cómplice también en el crimen, reconvertido en juglar, resulta cuando menos desconcertante.
Resulta elogioso el esfuerzo por reconstruir literariamente aquella Extremadura decimonónica, a punto de pasar al nuevo siglo sin haber superado las más antiguas carencias.
Alonso Carretero Guerrero, El crimen de Santa Marta. Madrid, Visión Libros, 2018

Los accidentes trágicos en las minas seguramente son connaturales a la propia existencia de esas explotaciones. Quizás nadie como Zola con Germinal (1885) ha descrito tan crudamente las circunstancias en que se desarrolla la vida de los trabajadores (niños muchas veces) arañando las entrañas de la tierra. Es asunto bien conocido por escritores contemporáneos
Yuri Herrera (Actopán, México, 1970) obtuvo el grado de Doctor en Lengua y Literatura Hispana por la Universidad de Berkeley (California) con un trabajo sobre el incendio de la mina “El Bordo”, de Pachula, ocurrido el 10 de marzo de 1920, época en que aún estaban vivos los ecos de la revolución mexicana. De aquella investigación (se la puede consultar en Internet) nace esta obra, más próxima al género novelístico que a las tesis académicas, aunque conserve la reciedumbre documental de las mismas.
Herrera, que imparte docencia en la Universidad de Tulane (Nueva Orleans), es autor de numerosos ensayos y cuentos, así como de otras tres novelas, también publicadas en Periférica: Trabajos del reino (2008), Premio Binacional de Novela Border of Words y Premio Otras Voces, Otros Ámbitos a la mejor novela del año en lengua castellana; Señales que precederán al fin del mundo (2009) y La transmigración de los cuerpos (2013).
Con El incendio de la mina El Bordo se propone rescatar de un interesado y casi absoluto silencio, un siglo después, la historia de los más de 80 hombres que expiraron en aquellas profundas galerías. Lo más indignantes es que podrían haberse salvado (así ocurrió con varios centenares subidos durante las primeras horas y 7 rescatados tras una semana horrible, así para ellos como para sus mujeres e hijos). Los gestos de solidaridad típicos de la gente minera reducirían, pero no pudieron impedir la tragedia.
Por qué los responsables del rico yacimiento tomaron las torpes y precipitadas decisiones aquí referidas, no queda del todo claro. Pero cabe suponer que mandaron cerrar herméticamente, a las pocas horas de iniciarse el incendio, los tiros de salida para así, ya agotado el oxígeno, sofocar las llamas antes de que éstas destruyesen las costosas instalaciones precisas para seguir extrayendo el mineral. Berry, el superintendente yanqui, y los “catrines” del equipo director dan a entender que habían salido al exterior todos los mineros (falso) o que, de cualquier forma, nadie vivo podía quedar ya en el interior (igualmente falso). Con tales excusas amañaron el expediente judicial después abierto, para eludir responsabilidades (y pagas oportunas a las familias de los fallecidos).
La novela, que tiene mucho de reportaje histórico y no poco de ensayo, nos conduce con su excelente prosa, de una gran riqueza lingüística, a dos submundos infrahumanos: el inferior de la minería, donde aún se laboraba en condiciones insoportables, casi idénticas a las de la época colonial, y el superior de los entresijos capitalistas, más atentos al lucro de sus negocios que al dolor obrero.
“El silencio no es la ausencia de historia, es una historia oculta bajo una forma que es necesario descifrar”, declara el autor en los preliminares. Nuestra gratitud por saber introducirnos en los códigos para lectura de tan dolorosos acontecimientos. Yuri Herrera, El incendio de la mina El Bordo. Cáceres, Periférica, 2018.

A Bartolomé J. Gallardo, padre de la bibliografía contemporánea española y polemista contumaz, se le evoca impetrando obstinadamente “¡doCumentos, documentos!”. Los buscaba con decisión, convencido de que eran fórmula imprescindible para establecer la verdad histórica. Claro que, como bien supo el sabio de Campanario, todas las fuentes documentales no justifican la misma consideración y demandan diferentes lecturas. No cabe tratar del mismo modo un acta notarial, el reportaje periodístico de según qué medio, el artículo de un órgano de prensa editado por cualquier partido, la hoja volandera de este sindicato, un informe gubernamental o las epístolas cruzadas entre amigos o familiares.
Bien lo sabe José Ignacio Rodríguez Hermosell (Badajoz, 1969), jurista de formación y bibliotecario de oficio, documentalista en la Junta de Extremadura, según ha demostrado en sus publicaciones. Entre las mismas podemos recordar Movimiento obrero en Barcarrota: José Sosa Hormigo, diputado campesino (2005) o El Tesoro de Barcarrota (2008)
La misma solicitud en la búsqueda de documentos y el pulcro tratamiento de los mismos lo distinguen en esta densa obra, Vuestros y de la causa socialista: movimiento obrero y Casa del Pueblo de Don Benito hasta 1938, que obtuvo el XVII Premio de Investigación “Santiago González”.
Tras un minucioso rastreo por archivos, hemerotecas, bibliotecas y entradas de Internet, el autor compuso la historia de las luchas que los trabajadores dombenitenses desarrollaron desde principios del siglo XX hasta la ocupación de su pueblo por el ejército franquista (julio 1938) paran buscar soluciones al tremendo problema social del que sin duda las clases humildes eran las víctimas principales.
Especial atención merece el impresionante cúmulo de asociaciones creadas por los gremios de Don Benito (La Benéfica, La Humanitaria, La Previsora, La Auxiliadora, La Esperanza Agraria, La Fraternidad y tantas otras), cuyos miembros irán radicalizándose de forma rápida, pasando de la ayuda mutua a planteamientos abiertamente revolucionarios. Factores claves de estas posturas societarias serán las percusiones publicitarias de la Revolución rusa (1917) y, sobre todo, la llegada de la II República (1931), aparte de que nunca terminaron de encontrarse soluciones a las crisis permanentes que atormentaban a buena parte de la población.
La cuestión agraria constituía el factor máximo de disturbios, aunque colectivos como el de los zapateros, tan numerosos en la población, mostraban una constante actitud reivindicativa.
Ahora bien, el protagonismo de las luchas sociales lo encarnarán los campesinos pobres, especialmente los aparceros y yunteros, cuyas vicisitudes quedan bien recogidas. Organizaciones socialistas como la UGT, la Casa del Pueblo, la Federación de Trabajadores de la Tierra apoyarán las demandas de una reforma que proporcione tierras quienes las saben cultivar. También, aunque con menor presencia, surgen asociaciones inspiradas en el comunismo libertario, no siempre bien avenidos socialistas y comunistas. Pablo Iglesias, Largo Caballero, Margarita Nelken, José Antonio Primo de Rivera y otros dirigentes nacionales harán actos de presencia en la población para animar a sus correligionarios. Inevitablemente, en el Ayuntamiento de la ciudad han de repercutir las polémicas de sus ciudadanos, según se expone, sin perder de vista el contexto nacional y, sobre todo, las situaciones de la provincia pacense.
Hermosell boceta también la biografía de los principales líderes obreros, hombres y mujeres, muchos de los cuales terminarán trágicamente a raíz de la sublevación militar o serán forzados al exilio. Según apuntes recogidos por otros estudiosos, pasan de trecientas las personas de izquierdas allí asesinadas, aproximándose a los doscientos los que habían perdido la vida por su adscripción a las derechas.
Singular atención merecen episodios poco conocidos, como la fidelidad a la República de la comunidad evangélica de Santa Amalia; la ayuda económica (mínima) que los obreros del gas y la electricidad de Don Benito remiten a sus colegas alemanes (1934) o el repudio que originan las máquinas segadoras en un agro de recolección manual, por no decir la propuesta que presenta Manuel Casado al pleno municipal (mayo 1937) para sustituir el nombre de “Don Benito” por el de “Benito Rojo”, al parecer de Radio Comunista mucho más democrático.
En resumen, una obra excelente para acompañar las luchas, al fin frustradas, de un pueblo tan trabajador para poner fin a calamidades seculares. José Ignacio Rodríguez Hermosell, Vuestros y de la causa socialista: movimiento obrero y Casa del Pueblo de Don Benito hasta 1938.Don Benito, Ayuntamiento, 2018.

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