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Una de las piezas literarias que más me han conmovido es el discurso de José Saramago ante la Academia Sueca al recibir el premio Nobel (1988). El gran novelista portugués, que un día nos hablase en el IES Zurbarán de Badajoz sobre sus orígenes campesinos (mayo 1994), tuvo a bien comenzar refiriendo la historia del abuelo Jerónimo. Aunque analfabeto, aquel hortelano, amante de dormir las siestas bajo la higuera, fue el hombre más sabio que había conocido. Entre las anécdotas admirables que del mismo refirió de aquel, una me sigue emocionándome: cuando supo que la muerte lo buscaba, se despidió de los árboles de su huerto uno por uno, abrazándolos y llorando porque sabía que no los volvería a ver.
Imagino a Joaquín Araújo haciendo algo similar. Aunque este madrileño (n. 1947), voluntariamente emboscado en Las Villuercas, lo tendrá difícil para decirle adiós a todos los suyos; él, convencido de que el árbol resulta nuestro benefactor máximo, se vanagloria de haber plantado tantos árboles como días lleva vividos, unos 25.000. Y de autoabastecerse con sus propios cultivos.
El amor que este relevante miembro de la R. Academia de Extremadura les profesa rebosa en todas las páginas de su obra, donosamente titulada con un escorzo del antiguo refrán: Los árboles enseñarán a ver el bosque, cuyo prólogo suscribe Manuel Rivas. El gallego evoca el pasaje de la Odisea, donde se nos narra como el anciano rey Laertes reconoce a su hijo Ulises, ausente durante veinte años, cuando éste le recuerda con exactitud que el padre le había asignado en el huerto familiar justo trece perales, diez manzanos, cuarenta higueras y cincuenta linios de cepas.
“Trémulo de emoción, en la llanura, un árbol solo”, concluye uno de sus más bellos poemarios Jesús D. Valhondo. Hombre tan comunicativo, así se sentía el escritor en los tiempos finales. El árbol casi nunca es individuo, sostiene Araújo: su impulso radical es ser con los suyos, transformarse en bosque, generar comunicación con los congéneres. Sólo algunas circunstancias excepcionalmente negativas se lo pueden impedir. Wenceslao Fernández Flórez lo presentaba de modo admirable en El bosque animado, novela que los de mi curso leímos en cuarto de bachillerato. Lo hacen también El otros creadores, sin duda más conocidos, que van citándose en esta obra repleta de poesía: César Vallejo, Rilke, Pessoa, Novalis, Neruda, Miguel Hernández, Aleixandre, Seferis, Clara Janés, E. Dickinson, A. Gamoneda y muchos más.
Porque si algo distinguen los textos del autor es que sabe combinar instancias múltiples: el rigor científico, las reflexiones ensayísticas, los apuntes históricos y una extraordinaria imaginación para construir metáforas y prosopopeyas “arbóreas”-
Su gusto por el lenguaje lo induce a jugar con las palabras, excavar en las raíces etimológicas de los términos forestales (a veces, partiendo desde el ¡sánscrito!) y configurar neologismos con pleno significado, como “solitariar” (tendencia a perderse en sus soledades rústicas. “Extremadura o la soledad”, escribía Pedro de Lorenzo); “lentear” (ir a contracorriente de las prisas), “maderamienta” (útiles de madera) y tantos otros. No lo es exactamente, sino una vieja reliquia léxica, el término que más le gusta de todos: “atalantar”, con que saluda y despide a los interlocutores, aprendido de Bernabé, solitario cabrero de Castañar de Ibor. “Que la vida te atalante”, vale decir, te serene, calme, tranquilice, obsequie, cuide y satisfaga.
Fray Luis de León, otro enamorado de la vida retirada, tal vez por los zarpazos que hubo de sufrir, soñaba con dormirse A la sombra tendido/de hiedra y lauro eterno coronado/puesto el atento oído/ al son dulce acordado/del plectro sabiamente meneado.
Araújo decidió desde muy joven abandonar las convulsiones de su Madrid para afincarse en un rincón cacereño. Mucho ha trabajado, comprendido y enseñado desde entonces. La madurez de este naturalista excepcional, pedagogo y poeta, que tan bien sabe unir teoría y praxis ecológicas, luce en cada página de su nuevo libro. Con la misma sencillez que aduce datos y cifras botánicas, edafológicas o ambientales, compone versos (preferentemente haikus) en homenaje a la arboleda. A todos nos animará para mejor entender la simbiosis de los elementos básicos y alentarnos en su defensa. En ello nos va la Vida.
Desde la internet de sus raíces hasta el abanico-laboratorio de las hojas, el árbol, y por extensión el bosque, del que en definitiva descendemos, es un tesoro; quemarlos, la mayor tragedia; ponerlos a crecer y cuidarles la salud (¡la “seca”!), una obligación ineludible. Cerezos del Jerte, laurisilvas del Garajoay, robles de Muniellos, hayas de Irati, sabinas de Calatañazor, arboleda de Cantolobos, pinos de Valsain, loreras cacereñas, alcornocales de la Almoraima, olivos de Jaén, encinares adehesados…tienen en Araújo su máximo valedor. M.P.L. Joaquín Araújo Ponciano, Los árboles te enseñarán a ver el bosque. Barcelona, Planeta, 2020.

La adelfa es quizás el arbusto dominante en las orillas de todas las corrientes de agua que surcan el territorio extremeño, desde los humildes arroyos a los grandes ríos. Planta ornamental por excelencia, ha ido extendiéndose como ornato en calles, plazas, jardines y autopistas, con la particularidad de que sus componentes tóxicos la hacen inmune al diente de los animales. Ahora dicen que uno de aquellos podría ser útil en farmacopea, la “oleandrina” (el término nos remite al portugués “loendro”, más próximo al nombre científico de la planta, nerium oleander, que el español, procedente del andalusí addifla y éste del griego Daphne). Fácil resulta contemplarla florida durante los más rigurosos estíos en las riberas del Guadiana, Caya o Gévora, por nombrar sólo algunos de los cursos “rayanos”, que nos unen y separan de Portugal, fronterizos por razones históricas y no geográficas. Las poblaciones limítrofes de uno y otro país establecieron multitud de puentes a lo largo de sus riberas, a veces, todo hay que decirlo, con intenciones más bien belicosas que pacíficas. De cualquier forma, “tender puentes” quedará en el lenguaje común como símbolo de entendimiento y buen trato entre vecinos.
José Márquez Franco (Jerez de los Caballeros, 1949) acierta plenamente con el título que decidió poner a su obra, dada la intencionalidad de la misma: poner de manifiesto los muchos caracteres comunes que, dentro de sus idiosincrasias respectivas, distinguen a lusos y españoles. Pese a tantos enfrenamientos históricos, no es del todo verdad que hayan sido dos pueblos “a costas voltadas” (de espaldas), según la dolorosa expresión. Comenzando por un nexo fundamental, los idiomas respectivos (castellano y portugués son dos lenguas hermanas, repetía Pessoa), numerosos lazos han tejiendo una red fortísima entre las dos naciones, especialmente sensible en las poblaciones colindantes, como puede percibir quien compare Galicia y los distritos lusos aledaños, o Extremadura y el Alentejo : matrimonios mixtos, intercambios comerciales (dentro o al margen de la ley), prestaciones de apoyos mutuos, trabajadores del corcho o la siega que van y vienen, rebaños que no reconocen mojones (tampoco, ¡ay!, los fuegos), participación en festejos populares, usos y costumbres parecidas, tradiciones e imaginario compartidos, hambres y miserias cercanas, amén, sin duda, la fe católica dominante.
De todo ello hay manifestaciones múltiples en la obra que comentamos. Bien lo resalta en su cálido prólogo la doctora Carmen Araya Iglesias.
José Márquez ha ejercido como profesor de Historia y cuenta con publicaciones de diferente género: estudios, ensayos, poesía y dramas. Entre sus libros últimos cabe recordar Interior de un jardín (2013) y Aixa, luz del Templo (2015), siendo coautor de El último templario de Jerez (2019).
El puente entre las adelfas, con ocho relatos y 300 páginas justas, constituye un conjunto que responde al subtítulo, ”cuentos e historias de historias de la Raya”, aunque contiene también piezas que escaparían a estas clasificaciones.
Todas tienen en común el marco espaciotemporal: los territorios rayanos de la Baja y Extremadura y sus correspondientes en el vecino país durante los decenios siguientes a la guerra civil española, aún con claros ecos de la misma. Abundan los topónimos ficticios, sobre todo cuando se alude a poblaciones extremeñas, apareciendo señaladas explícitamente las del Alentejo o el Algarve.
Voy a referirme solo a tres de las composiciones aquí agavilladas, sin desmerecer en absoluto de las otras. “El fantástico viaje de María de Sousa”, una de las más extensa, podría competir perfectamente con las mejores del realismo mágico. Esta sapientísima mujer afincada en la finca extremeña La Jarana, pero nacida en Sâo Pedro do Corval, realizará por las nubes, a la vista de todos, un fantástico viaje, haciendo florecer la comarca. Le acompañan multitudes enfervorecidas, que recuerdan las de Fátima. No falta imaginación en “Los libros perdidos”, también de carácter internacional e inspirada en un hecho desgraciadamente histórico: la venta de su maravillosa biblioteca que el Marqués de Jerez, acuciado por deudas de juego, realizase a Mr. Huntington y hoy forman parte sustancial de la de la Hispanic Society de Nueva York. Por último, “El Médico del Aire”, un relato extenso, con humor próximo al astracán, que se desarrolla fundamentalmente en Lisboa, aunque con protagonista español (ridículo, pero simpático a fuerza de esperpéntico). M.P. L.
José Márquez Franco, El puente entre las adelfas (A ponte entre os loendros). Badajoz, Tecnigraf, 2019.

Ana María Castillo (Berlanga, 1961), que va por el mundo pidiendo perdón porque tal vez ha pisado una mariposa azul o no supo entender el último mensaje de la cigarra desde el almendro, es sobre todo poeta. Como tal la conocimos a mediado de los noventa en una reunión de “Gallos quiebran albores”, la tertulia emeritense que se convoca con este magnífico verso del Mío Cid. Convertida hoy en Asociación cultural, guardo en mi memoria nombres de partícipes tan entusiastas s como los de Pilar Fernández, Jesús Mendo, Eladio Méndez, Antonio Salguero y el gran Rafael Rufino Félix, a quienes se han ido uniendo otros amigos desde diferentes lugares de Extremadura estos lustros últimos.
Ana María Castillo, docente de profesión, cultiva también la prosa, según demostrase con La maestra cuentacuentos (Cáceres, Tau Ediciones, 2017), conjunto de relatos de los que ha venido sirviéndose en el aula. Pero es en esta entrega última, Tiempos convulsos, significativamente subtitulada “España 1959-1980. Apostaron por el amor, la paz la dignidad”, volumen con medio millar de páginas, donde da curso a sus indudables dotes narrativas. Eso sí, sin renunciar al gusto por las palabras, a la voluntad de estilo que distingue a todos los poetas cuando se deciden por el relato. En efecto, lo primero que sobresale aquí es la calidad de su prosa, ágil (casi todas las oraciones son simples y breves, sin coordinaciones o subordinaciones) y precisa, con abundancia de imágenes, en especial cuando se describen los entornos paisajísticos, rurales o urbanitas, donde discurren los hechos.
Se trata del País Vasco, que la autora demuestra conocer y admirar. Se suceden durante los dos decenios del periodo que el título enmarca. Años del tardofranquismo, la nueva política nacional de los tecnócratas elegidos por el régimen para “europeizar” el país, la apertura de fronteras, las riadas de la diáspora desde el campo a la ciudad, el nacimiento o consolidación de las fuerzas clandestinas opositoras (PCE, Comisiones Obreras, ETA, huelgas obreras y estudiantiles). “Tiempos convulsos”, en los que la Iglesia católica, alentada por los aires del Concilio Vaticano II y la figura de Juan XXIII, se esfuerza por el “aggiornamiento”, para lo que contarán muy especialmente las aportaciones de sus militantes comprometidos en movimientos apostólicos como la HOAC, JOC, JEC, JARC, Vanguardia Obrera, y la decidida actuación de una parte del clero, aunque, salvo muy contadas excepciones, la Jerarquía se opusiese.
El sintagma tendrá fortuna y pueden recordarse la publicación Poética machadiana en tiempos convulsos (2017); los documentales incluidos en Charles Chaplin, humor en tiempos convulsos (2019) o la muestra Tiempos convulsos. Historias y microhistorias del IVAM (2020).
Como protagonistas de esta revisión histórica, bien documentada, aunque se adjunten elementos imaginativos siempre verosímiles, la autora distingue dos parejas, entre una multitud de personajes secundarios. Por una parte, Vicente Urrutikoetxea, mecánico de los Astilleros Izaguirre, jocista, luchador, pero enemigo de la violencia, y Antonia, la emigrante extremeña de los ojos de miel, con la que formará familia (sus avatares recuerdan la que Raúl Guerra Garrido presentase en Cacereño). Por otra, los dos sacerdotes de la parroquia, hombres de absoluta entrega a los más desfavorecidos, con los que la autora se propuso rendir homenaje a dos consiliarios reales: Francisco Etxebeste (JOC) y Jesús Martín Mendieta (HOAC), un enamorado del gran Guillermo Rovirosa, que decidió venir a ejercer los últimos años de su ministerio en una barriada de Badajoz, para compensar mínimamente (le escuché decir un día) cuanto desde Extremadura había salido hacia Euskadi. La relación del primero con el Papa es quizás lo menos convincente de la obra.
Muy bien ambientada, recoge numerosos apuntes sobre la historia, geografía, mitos y leyendas, gastronomía, folclores, usos y costumbres euskaldunes, así como los acontecimientos más sonados allí vividos, terribles en tantos casos. La autora no oculta sus opiniones críticas, sino que las va transmitiendo de forma indirecta a través de los hombres y mujeres partícipes en el relato. El fanatismo etarra, el espíritu dictatorial de muchos dirigentes de izquierda, las torturas contra los detenidos, la explotación de los trabajadores, el clasismo contra los “maketos” o la cerrazón de las estructuras eclesiásticas tradicionales aparecen en numerosas páginas. También los actos de generosidad, compromiso, espíritu de superación, solidaridad y entrega, a veces casi hasta el heroísmo.
Un apéndice con topónimos, orónimos, gentilicios, expresiones populares, términos etnográficos, etc., contribuye a entender mejor esta obra coral, cuya lectura atrapa desde los pasajes primeros a los últimos.
Ana María Castillo Moreno, Tiempos convulsos. Madrid, Ediciones HOAC, 2020.

Laura Olalla nació (1953) en Garlitos, corazón de la “Siberia extremeña”, donde pasó la niñez. Ya se sabe, la patria de cada persona es la infancia. Lo que se cumple también en esta escritora, pese a su indudable espíritu cosmopolita. Con sólo nueve años, tras el fallecimiento de su padre, se traslada a Madrid. Allí estudia y va abriéndose camino en el mundo de las letras y las artes plásticas. Estamos, pues, ante otro personaje de la cultura extremeña en el exilio, aunque su nombre, como el de bastantes más con la misma condición, no figure en el reciente volumen de tan evocador título, Diáspora, preparado por Víctor Peña Dacosta (Cáceres, Ediciones Liliputienses, 2019).
Olalla publicó su primer libro ya en plena madurez, Estirpe de Gacela (Madrid, Beturia, 1997), al que seguiría En un rincón cualquiera de la casa, distinguido con el Premio Guadalajara (Diputación, 1998). Antes obtuvo otros galardones notables, cono el Alcaraván (Cádiz, 1996) o el Dulcinea (Castilla-La Mancha, 1996). Repetiría fortuna con el Ciudad de Mérida 2000 por Laberinto del agua y el Fray de León (Ávila, 2001. Suyos son también los poemarios Fugitivas del mar (Madrid, Pigmalión, 2013) y Diseño de interiores (Ediciones Amargord, 2014). Poemas suyos han sido seleccionados para numerosas antologías este último decenio.
Laura Olalla, que ha sido gestora administrativa en el Ministerio de Educación, actriz de fotonovela, pintora y colaboradora de entidades solidarias como Proyecto Hombre (Madrid), Hermanas Trinitarias (Madrid) o Centro de Mayores Rivas-Vaciamadrid, es una mujer comprometida con los problemas sociales, singularmente sensible ante el sufrimiento de los más pobres y explícitamente abierta a las instancias transcendentales. Ha llevado también sus dibujos a numerosas exposiciones. De todo eso hay bien perceptibles rastros en Mi pluma en vigilia. Antonio Machado proclamaba en aquel tremendo 1937 español: "Para nosotros, defender y difundir la cultura es una misma cosa: aumentar en el mundo el humano tesoro de conciencia vigilante". Podría ser la idea inspiradora de este libro, que no se distingue precisamente por su unidad, pero incluye poemas de extraordinaria altura.
Tras un preámbulo, bien prescindible, de Hilario Martínez Nebreda, psicopedagogo de Educación Especial y escritor, sigue un extenso prólogo que suscribe Antonio Moreno Ayora, catedrático de Lengua y Literatura españolas. Sin entrar en muchas explicaciones técnicas, concluye diciendo que está convencido de hallarse “ante una poeta excelente, sensible como una hoja bajo el viento, emotiva como una mariposa transida de luz bajo el sol, solidaria como la yedra que se adhiere a la pared para protegerla”.
El poemario, que fue accésit del Premio Arte ahora (Málaga, 2019), se estructura en tres partes bien diferenciadas. La más notable desde el punto de vista formal, aunque para mí no la mejor, es la segunda, “Refugiados entre colinas de hombres”. Sorprendentemente, sus versos se publican trilingües, en castellano, inglés y árabe, ilustrados con dibujos del pintor palestino Imad Abu Shtayyah. Se inspiran en los campos de refugiados de Gaza y constituyen una encendida denuncia contra los responsables de la situación. Cabe destacar la elegía de Einas Khalil, la pequeña atropellada (octubre 2014) por un conductor israelí.
En la parte primera, la autora da curso a los ideales que le inspira la congregación religiosa Juventud Idente, “que se alimenta de esta filosofía que comulga con el amor a Cristo y, por ende, a cada uno de los seres humanos más desfavorecidos”, según aclara el apéndice de “agradecimientos”.
En la tercera, “La mujer que está aquí”, parece recoger materiales dispersos, algunos ya publicados (v.c., “A la ilusión que provoca el amor”, antología El amor es como el mar. Ed. Nueva Estrella, 2018), todos centrados en el propio sujeto lírico, y de diferente factura, incluso con algún juego gráfico, tipo caligrama. Dos de sus poemas sobresalen: “He visto”, de carácter anafórico, y “Yo soy como una casa” (pág. 95), magnífico autorretrato, que obtuvo en su día el premio “Ciudad de Alalpardo” (Madrid, 2004). Laura Olalla Olwid, Mi pluma en vigilia. Madrid, Nueva Estrella, 2019.

Isidro Timón es un nombre bien conocido entre los amantes del teatro. Natural de Cáceres, pero criado en Villanueva de la Vera, que él tiene por su pueblo, comenzó los estudios universitarios de Geografía e Historia, para terminar graduándose en Dirección Escénica y Dramaturgia (ESAD Extremadura).
Entre sus dedicaciones más destacadas cabe recordar que ha dirigido el Aula de Teatro de la UEX (1993-2000), el Consorcio Gran Teatro de Cáceres (2001-2012) y el Festival de Teatro Clásico de Cáceres. Ha sido también responsable de once ediciones del Festival Womad cacereño. En octubre de 2015 fundó, codirigiéndola desde entonces, la Maltravieso border scene, que acoge la Escuela de Artes Escénicas Maltravieso, la compañía Maltravieso Teatro y el Centro de Producción y Experiencias Escénicas Maltravieso. Creó y regentó en Cáceres "Por Ejemplo", mítico bar de los 80 en La Madrila. Tampoco le resultan ajenas áreas como el cortometraje de ficción y documental, la televisión y las artes plásticas.
Es autor dramático fecundo, con un amplio elenco de obras, originales o adaptaciones de grandes creadores, desde Eurípides (una versión de su Hipólito en la 64 edición del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida) o Sófocles (actualmente se representa en Perú Antígona. Siglo XXI) a Vaclav Havel, pasando por Cervantes y Shakespeare. Como narrador, lo que aquí nos interesa más, ha publicado Aquel día… Detroit (Letras Cascabeleras, 2014) y El sembrador de adoquines (Editora Regional de Extremadura, 2015).
ser-veleidades, con un título en minúsculas que inevitablemente evoca al Kundera de La insoportable levedad del ser, es un conjunto de diecisiete relatos cortos. Aunque se presenten subdivididos en dos partes, ni formal ni temáticamente se perciben entre ellos notables diferencias. Tal vez el más distinto (no el mejor) sea “Neandertart”, una combinación de prosa y poesía en homenaje a la cueva de Maltravieso, que tanto motiva al autor. Uno de sus dibujos protohistóricos, la mano con un dedo cercenado, fue elegido como símbolo por la Asociación de Escritores Extremeños.
“Las pinturas con manos sobre las paredes no manifiestan otra cosa que la necesidad del hombre, ya desde la prehistoria, por expresarse artísticamente. También el teatro comienza ahí, con las danzas rituales”, ha dicho nuestro dramaturgo en alguna ocasión. Más interesantes, desde el punto de vista literario, son otras entregas del libro, próximas al realismo social (“Viaje al agua”), melancólicas (“Volver”), fantásticas (“Blablacar”), rurales, (“Noche atrás”), urbanitas, (“Esencias”, “La cajera”), evocadoras (“Guchinni”), reflexivas (“Ese hombre”), ofimáticas (“Papelera de reciclaje”) o pedagógicas (“El orador”). El libro es un caleidoscopio de plurales elementos, cada uno con su propio carácter. Sus numerosas alusiones a paisajes, anécdotas, flora y fauna, vivencias regionales se refuerzan ocasionalmente con usos lingüísticos como el del verbo “quedar” en forma transitiva (adoptando el rol del joven amante cariñoso, para quedar boquiabierto al exmarido…, pág. 44), o la riqueza del campo semántico agroganadero (Junto a la puerta, en el suelo, colgadas, hay herramientas de labranza. Las miro, cojo la azada y un hacha, limpiaré los olivos de chupones y arreglaré las pozas alrededor de las higueras…, pág. 50). Lo que no impide la acertada aparición de expresiones pertenecientes a la informática o las comunicaciones audiovisuales, como frame a frame (pág. 22), Facebook (pág. 56), transfer ok (pág. 59), photocalls (pág. 60), etc. Tal vez el mejor símbolo de esta atinada simbiosis expresiva lo proporciona el propio autor cuando, al escribir sobre la seca, tanto dolor en la dehesa, imagina a los árboles fenecidos transformados en manos abiertas que gritan contra el cielo, aunque “solamente aquel alcornoque disponía de las oquedades necesarias para incrustar dos televisores de quince pulgadas en esos nudos vacíos, como viejas heridas abiertas “pág. 21). Seguramente, Vostell habría firmado con gusto esa perfomance entre sus barruecos graníticos.
M.P.L. Isidro Timón, ser-veleidades. Mérida, De la luna libros 2020

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Con el patrocinio de la
JUNTA DE EXTREMADURA
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