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Frey Nicolás de Ovando (Brozas o Cáceres, c. 1460-Sevilla, 1511) fue una de las personalidades sobresalientes en su época. No obstante, escasean las noticias sobre tan ilustre extremeño, casi todas limitadas al periodo en que ejerciese como gobernador de las recién descubiertas Indias americanas (1502-1509). Se incrementan sustancialmente ahora, sobre todo en relación con sus actuaciones al servicio de la Orden de Alcántara, milicia a la que perteneció durante casi toda la vida y de la que fuese Comendador mayor, merced al hallazgo de su testamento. Lo publican sus descubridores, que ganaron así el I Premio de Investigación Histórica Pedro Cieza de León, promovido por el Ayuntamiento de Llerena.
Serafín Martín Prieto, miembro de la correspondiente de la R. Academia de Extremadura, y su hermano Dionisio, también profesor, cuentan con un extenso currículum, sustentado en sus infatigables pesquisas por los archivos de Extremadura y muchos otros de España donde se conservan documentos importantes para la historia de nuestra Comunidad (General de Simancas, Histórico Nacional de Madrid, Nobleza de Toledo, General de Indias, San Lorenzo de El Escorial). No extrañe que hayan corregido numerosos asertos que han ido deslizándose erróneamente por la bibliografía regional. Así ocurre con la figura misma de Nicolás de Ovando.
Comienzan la publicación estableciendo la rama genealógica de la muy ilustre familia cacereña a la que perteneció, asentada al fin en la solariega “Casa de las Cigüeña”, cuyo desarrollo, desde su fundación hasta hoy, establecen. Como lo hacen con los difíciles entresijos en que el padre de D. Nicolás traiciones, cismas y alianzas sin cuento. Obtuvo pronto la encomienda alcantarina de Lares, enclave estratégico (que nunca fue templario) en el partido de la Serena y nudo de cañadas trashumantes, con la turbulenta figura de Gutierre de Sotomayor y sus nepotes siempre al trasfondo. Los autores fijan los enormes bienes de la encomienda, que frey Ovando hubo de administrar.
Siendo gobernador de Alcántara, los Reyes Católicos le encargan (1501) el gobierno de Indias. Pasado al Nuevo Mundo, se le nombra también (1502) Comendador Mayor de la Orden alcantarina, título que mantendrá hasta su muerte. Sobre la estancia de Ovando en América los autores declaran que nada nuevo pueden aportar. El cacereño volvió a España en 1509, sin grandes riquezas alguna, pues gastó quanto tenía con los pobres e neceçitados, según el cronista Fernández de Oviedo, aunque no fue exactamente así, ya que legó importantes mandas. Acude a Sevilla, convocado por el Rey para asistir al capítulo general de la Orden de Alcántara (mayo de 1511), cuya presidencia se le encargó. Fallece días después, siendo sepultado en Alcántara. Los estudiosos dan cuenta de los avatares sufridos por la tumba del prócer.
Analizan después los dos investigadores el testamento que frey Nicolás había otorgado en Santo Domingo (16 septiembre de 1509), antes de embarcarse para volver a Castilla y del que han tenido la fortuna de localizar copia entre los papeles que, procedentes del convento de Alcántara, se incorporaron (1850) al Archivo Histórico Nacional. Lo reproducen en el apéndice, junto con otras valiosas piezas de la “Collectanea documental” referida al freire alcantarino (cartas y cédulas reales, relaciones de visitación, dotaciones de capellanías, cartas de poder, licencias, convocatorias, escrituras de seguridad, etc.). Resulta una delicia sumirse en la lectura de semejantes textos, guiado por manos tan sabias como las dos hermanos cacereños.

M.P.L. Dionisio Á. y Serafín Martín Nieto, Las disposiciones testamentarias de frey Nicolás de Ovando, comendador mayor de la Orden de Alcántara y gobernador de las Indias. Llerena, Ayuntamiento, 2019.

Hace pocas semanas reseñábamos aquí un volumen en que se reproducen tres obras de Casiodoro: Comentario al Evangelio de San Juan. Capítulo IV de Mateo y Prefacio a la Biblia del Oso. Su edición fue auspiciada por la R. Academia de Extremadura de las Letras y las Artes (RAEX), el Centro de Investigación y Memoria del Protestantismo Español (CIMPE) y el Centro Universitario Santa Ana (CUSA), con motivo de las Jornadas Humanísticas que, promovidas por dichas entidades, se celebraron en Almendralejo los días 18-19 de octubre. Los organizadores habían decidido conmemorar el 450 aniversario de la Biblia del Oso. Otra publicación vería también la luz a impulso del acontecimiento, una obrita que recoge doce cartas de Casiodoro de Reina (Montemolín, c. 1520-Francfort, 1594), más algún otro texto del entorno de la Reforma, verdaderamente importantes para mejor conocer la personalidad de tan ilustre extremeño y las peripecias múltiples por él sufridas hasta llevar a buen fin la primera traducción completa al castellano de las Sagradas Escrituras. Lleva un estudio introductorio y abundantes notas a pie de página de Andrés Oyola Fabián, miembro correspondiente de la R. Academia de Extremadura, catedrático de Latín y gran estudioso del Humanismo (se doctoró con una tesis sobre Francisco de Arce, el famoso médico autor del tratado De recta curandorum uulnerum). Ha contado también con la colaboración de otros reconocidos expertos en Casiodoro: Francisco Ruiz de Pablos, Andrés Meesmer, Benjamín Marx y Gullermo Caravantes.
Es precisamente el carácter de “humanista” la rotunda reivindicación que Oyola demanda para el de Montemolín, fundamentándose en aspectos bien reconocibles si uno se acerca sin prejuicios a tan extraordinario personaje: biblismo, independencia de criterio, uso del latín al modo de Erasmo, proximidad a los clásicos grecolatinos, gusto por la género epistolar, apego a la imprenta y sus grandes artesanos europeos (los Ammerbach, Adampietro, Episcopio, Froben, Grinneo, Oporino, Perna, Plantino, Zwinger) y acendrada bibliofilia.
Tal vez este rasgo último (dominante en tantos extremeños ilustres, desde el Renacimiento hasta la actualidad) sea uno los más advertidos a través de estas cartas, por las que insiste a sus amistades para que le ayuden en la compraventa de libros importantes. Al parecer, el buen exfraile jerónimo se mostró aquí mucho menos hábil que su congénere Arias Montano (Fregenal de la Sierra, 1525-Sevilla, 1598). Lo que repercutirá negativamente en una siempre claudicante economía doméstica, como le ocurrió con el negocio de la biblioteca de Oporino. Gracias al apoyo de la esposa y la ayuda de generosísimas mecenas, de modo especial los hermanos Pérez de Segura, riquísimos judíos sefarditas, de más que probable origen extremeño, Casiodoro pudo mantener su prole, superar enconadas persecuciones (tanto de la parte católica, como, ¡ay!, de los “protestantes” mismos), sobrevivir a crueles enfermedades y, más que nada, llevar a término su máxima ilusión: poner al alcance del pueblo español la Palabra, vertiéndola directamente desde los textos originales (hebreo y griego).
De todo lo cual localizará el lector referencias múltiples en estas epístolas, con ese toque íntimo que el género supone. Es muy de agradecer el empeño y la generosidad del doctor Emilio Monjo Bellido, pastor de la iglesia presbiteriana reformada de Sevilla, natural de Monesterio, tan fiel a Casiodoro, y muy especialmente, al infatigable Andrés Oyola por sus labores para iluminar parcelas del humanismo extremeño, sin duda una de las más preclaras facetas de nuestro patrimonio sociocultural. La R. Academia de Extremadura, obligada por sus estatutos a “exaltar valores históricos, artísticos y literarios en todos sus campos y variedades de la región extremeña (art. 2), cumple propiciando publicaciones como ésta.

M-P.L Oyola Fabián, André y otros, Cartas de Casiodoro de Reina. Sevilla, CIMPE, 2019.

Afrontar la reseña periodística de un volumen con casi quinientas páginas en formato mayor (25X25) no resulta tarea fácil, más aún si la obra se compuso de modo holísitico, proponiéndose referir cuanto presente algún nexo con el tema principal del libro. Si, como es el caso, el autor fue recogiendo para confeccionarlo materiales múltiples durante un lustro, aparte su intención de ofrecer todo tipo de explicaciones y contextualizarlas oportunamente (las suculentas notas a pie de página son numerosísimas), los capítulos engrosan de modo ineludible. Eso gana el paciente lector, con quien el historiador ensaya una y otra vez entablar guiños mediante fórmulas conativas.
Jerez de los Caballeros, la hermosa ciudad templaria y santiaguista, constituye el núcleo del relato. F. Correa, que conoce como nadie la `población donde viese la primera luz y cuyo cronista oficial es, describe el discurrir de la famosa villa entre el tercio último del siglo XIX y mediados del XX, época del “primerfranquismo”. No obstante, realiza con frecuencia sabrosas incursiones hacia los tiempos de la Ilustración o la Guerra de la Independencia y los de muy reciente actualidad, “procés” catalán incluido. La tesis básica, sostenida con sólidas argumentaciones y válida no sólo para Jerez, sino para Extremadura toda, constituye un rotundo alegato: “la sociedad en su mayor parte estuvo subyugada por la fuerza de la costumbre y la presión de los poderes políticos, civiles y religiosos, bien asentados en sus privilegios desde lejanos tiempos (…) La incultura y la agonía que acarreaba el hambre, desanimando cualquier acción que necesitara fuerza física ánimo mental, imposibilitó tomar otras decisiones como colectivo” (pág. 427). Estaríamos, pues, en similares circunstancias a las ya descritas por Gregorio de Salas en su famosa décima o los autores del Club Senior en el aún casi neófito ensayo ¿Qué nos pasa a los extremeños?
Aunque el escritor no se muerde en absoluto la lengua a la hora de denunciar las vejaciones sufridas por los más débiles y la falta de libertades impuesta por los poderosos, relacionados a menudo con nombre y apellidos, lo hace no tanto como sociólogo, sino como novelista, sin renunciar en ningún caso a la voluntad de estilo.
Resulta evidente desde el título mismo de la obra. Para aludir a los tres grupos sociales predominantes en Jerez - adinerados, jornaleros y trabajadores del corcho-, recurre a una expresión alegórica, de claro alcance: espuelas (de los caballeros ricos), hoces (propias de los campesinos) y cuchillas (las navajas, herramienta imprescindible de los taponeros). Pudo añadir púlpitos, por la relevancia que en el pueblo tenía la casta clerical, a la que el autor señala muy críticamente como cómplices (salvo honrosas excepciones) de los explotadores de los humildes. Jerez parece una Vetusta surextremeña, sólo que más aislada y con mucho menos dinamismo empresarial.
Las fuentes utilizadas son la bibliografía al uso (ver el sustancioso apéndice); las investigaciones propias en archivos y hemerotecas (el municipal jerezano y los de la R. Sociedad Económica de Amigos del País de Badajoz); algún feliz hallazgo (como el de los hasta ahora inéditos manuscritos del Círculo de Artesanos de Jerez de los Caballeros); historias orales, referidas por personajes de la localidad (algunas anécdotas son terribles), y los recuerdos propios, que siembran las páginas de sabrosísimas anécdotas. De ahí el carácter autobiográfico dominante en muchos pasajes. Las evocaciones de su abuelo Feliciano, junto al que se formó, corchotaponero y guarda de campo, hombre de singular lucidez, están llenas de ternura. De él heredó el aprecio por la cultura agroganadera,
El libro, lujosamente diseñado, impreso y encuadernado en cartoné por Tecnigraf, se adorna con muy abundantes ilustraciones, a todas las cuales se ha añadido el pie oportuno. Se publica como el número 15, una entrega especial, de la colección “Libretillas Jerezanas”, que el dr. Correa viene manteniendo.
M.P.L. Feliciano Correa, Espuelas, hoces y cuchillas. Badajoz, Tecnigraf Editores, 2019.

Guy de Maupassant (1850-1893) fue uno de los más destacados escritores franceses ya en su época, marcada por la prevalencia del “naturalismo”. Formado estilísticamente por Gustave Flaubert (algunos incluso lo tuvieron por su padre biológico), el gran maestro de la escuela realista, irá tensionando al máximo los principios de dicha corriente estética, tanto los ideológicos como los formales: ruptura con el romanticismo, descripción detallada de la realidad circundante, gusto por lo cotidiano, lenguaje próximo al habla común, atención a los aspectos socioeconómicos de los personajes, crítica de las costumbres tradicionales. Lo que no fue óbice para que también cultivase el género fantástico (léase su narración El Horla). A Maupassant se le considera uno de los grandes creadores de “cuentos”. A mí no me parecen tales la mayor parte de sus obras, sino relatos cortos en los que pesan más los apuntes empíricos que los imaginarios.
La propia vida despendolada de Maupassant, breve en años pero muy intensa, le suministrará los arquetipos de los personajes que gustaba describir en sus obras: prostitutas (inolvidable Boule de suif), alcohólicos, drogadictos, burgueses de doble moral, bohemios, “donjuanes”, desequilibrados mentales y también recios campesinos normandos, esposas lúcidas y resignadas o curas de las poblaciones rurales habitan los textos del francés. Él mismo encarnará en su persona esos aires de malditismo que irán imponiéndose en las letras galas a finales del XIX: opuesto radicalmente al matrimonio, enfermo de sífilis, reñido con el padre, cocainómano, cada vez más al borde de la locura, sin apenas recursos, presunto suicida… siempre tratará con destacada ternura a los seres más desvalidos. Pesimista, misógino y misántropo, según se dice, Maupassant supo componer una obra de extraordinario valor.
Las tres narraciones que conforman este libro dieron pie al director Max Ophüls para componer la película El placer (1952), film que los cineastas elogian clamorosamente. Es el título del volumen que edita Periférica. El primero de los relatos aquí insertos sirve como de aperitivo. “La máscara” describe cómo se desarrolla un baile de disfraces en aquel París finisecular donde se imponía la “joie de vivre”, a la que no renuncia un envejecido peluquero, amante de cuantas artistas lucen por la ciudad del Sena. Conmovedor resulta el cariño de su pacientísima mujer, siempre dispuesta a perdonarlo y prestarle socorro en la ya irremediable decrepitud.
Pero el núcleo del volumen lo constituye la segunda entrega, “La Casa Tellier”, prostíbulo normando cuya Madame y humildes daifas son a la postre lo mejor del entorno. Maupassant se deleita describiendo la vida cotidiana del burdel y alcanza el cenit refiriendo el gracioso festín de la primera Comunión celebrado por una sobrina de la gentil matrona, con el éxtasis general producido en la iglesia merced al llanto impetuosos e imprevisible de las ingenuas prostitutas . El autor, que no renuncia a la ironía frente a las tradiciones religiosas, las trata sin embargo con sorprendente condescendencia.
Por último, como epílogo, se incluye “La modelo”, relato de sólo diez páginas, en las que el autor disecciona con bien perceptible sarcasmo la conducta de los artistas famosos, dispuestos a sacrificar a sus amantes cuando pierden el atractivo de los primeros años.
Si el escritor francés sobresale al describir ambientes y personajes de aquella Francia rica, escéptica y desvergonzada, donde la búsqueda del placer parece imponerse por encima de cualquier otra consideración, aunque siempre (por lo general, los mismos) hay quien paga los “platos rotos”, no menos acertado lo juzgo en sus excelentes descripciones de los paisajes, rurales o urbanos, en que se producen las escenas narradas.
Manuel Arraz ha traducido los textos con encomiable pulcritud.

Guy de Maupassant, El placer. Cáceres, Periférica, 2019.

M.P.L.

Como cada año desde 1963, en mayo de 2018 fue la celebración del “Día de las Letras Galegas”, que viene dedicándose a personas destacadas por escribir en idioma gallego o defenderlo. Lo curioso fue que la elegida esa penúltima edición: María Victoria Moreno, natural de Valencia de Alcántara (1939) y muerta casi tres lustros antes (Pontevedra, 2005). El caso de esta escritora me hace recordar otras dos personalidades: la del gran José María Valverde, que también vino al mundo en la Raya luso-extremeña (Valencia de Alcántara, 1926) y falleció en Barcelona (1996) como uno de los hombres más preclaros de la cultura catalana, o la más reciente de Xosé Antonio Perozo (Llerena, 1951), novelista con más de ochenta obras, muchas de ellas en la lengua de Rosalía, y director de la Enciclopedia Galega Universal. Otro casi paisano suyo, Ángel Campos Pámpano (S. Vicente de Alcántara, 1957-Badajoz, 2008) será un lusista inolvidable. (Claro que también F. García Lorca ha sido uno de los mejores poetas “gallegos” contemporáneos).
M. V. Moreno, licenciada en Filología Románica, se afincó el año 1963 en Pontevedra, donde su marido, invidente, había obtenido plaza en un Colegio de la ONCE. También ella va a dedicarse a la enseñanza, como catedrática de Instituto y profesora voluntaria de gallego en numerosas instituciones como la Asociación de Amigos da Cultura o el Ateneo de Ourense. Obvio decir que estuvo fichada por las autoridades franquistas. Entre sus numerosas publicaciones, se recuerda Mar Adiante (Edicions dos Castro, 1976), que muchos tienen como la novela fundacional de la literatura infantil en gallego. A mí me emociona cómo explicaba su opción lingüística: “Se estou coa xente que amasa o meu pan e mais colle no mar os peixes da miña mesa, tamén quero falar con eles. Falar a súa fala”.
La biografía de Montse Pena, A voz insurrecta. María Victoria Moreno, entre a literatura e a vida (Editorial Galaxia, 2018) puede satisfacer la curiosidad de cuantos se aproximan a la autora galaicocacereña. Juzgo gran acierto por parte de la ERE la edición de uno de sus grandes títulos, Anagnórisis, aparecida el año 1988 (Vigo, Galaxia, incluida también en la Biblioteca Galega) y que ahora se nos ofrece vertida al castellano por Begoña Llácer. Se la incluyó el año 1990 en la Lista de Honor de IBBY (Organización Internacional para el Libro Juvenil, según las siglas inglesas), donde figura la selección bienal de las obras recientemente publicadas en los países que pertenecen a dicha entidad. Se la dedicó a sus alumnos de Vilalonga.
Cualquiera de ellos puede ser el personaje de la narración, que él asume en primera persona. Como ella, la profesora que lo monta en su coche cuando hace autostop para escaparse de casa. Constituyen el binomio de cuyo enfrentamiento surge esa “anagnórisis” anunciada por el título, de raíz griega (no precisamente atractivo). Así se denomina el fenómeno, bien descrito ya por Aristóteles, que se produce cuando alguien consigue conocer mejor, descubrir parcelas de su propia intimidad que hasta entonces yacían ocultas y salen a luz, se le revelan merced a algún acontecimiento inesperado.
Tal podría ser la conversación que el joven y la mujer madura mantienen a lo largo del viaje desde Galicia a Madrid, en verdad iniciático. Cabe concebirlo como el proceso que todos los profesores desearíamos desencadenar entre nuestros alumnos, desde Sócrates acá, merced a un diálogo inteligente.
El sostenido por ambos protagonistas resulta vivaz, tal vez poco verosímil, próximo al habla coloquial, según el modelo que Platón reproduce tomándolo de labios de su maestro. Y, como en los del autor del conócete a ti mismo, aquí se irán abordando, bajo la batuta de ella, los grandes temas del amor, la vida, el sentido de la existencia, con clara intencionalidad didáctica. Los apuntes del joven sobre las circunstancias que van sucediéndose en aquel día para él inolvidable, con trágico y a la vez esperanzador final, constituyen la parte más literaria de la obra. Es triste que alguien tenga que morir, la profesora en este caso, para que se refuerce la anagnórisis.
Algunas erratas con alcance semántico, como escribir “tornando (tomando) café” (pág. 17) o “su hoz (voz) me lo decía” (pág. 29), pueden fácilmente corregirse.

M.P.L. Mª Victoria Moreno, Anagnórisis. Mérida, ERE, 2019.


Con el patrocinio de la
JUNTA DE EXTREMADURA
Consejería de Cultura e Igualdad


 

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