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Cuando visitas Palermo, la hermosa ciudad siciliana, cruce de civilizaciones y con tantas huellas españolas, los guías te conducen a monumentos de extraordinaria belleza, como el Teatro Massimo, la Capilla Palatina, el Palacio Normando o sus catedrales. Difícilmente van a llevarte al Borgo Vecchio, el barrio que Calaciura (Palermo, 1960) nos presenta aquí de modo desgarrador y sin aludir nunca a los grandes ejemplos de la arquitectura palarmitana. Con mucho del realismo social de su país y no pocos toques de realismo mágico, el periodista ha compuesto una novela perturbadora, tierna e inolvidable. Con mucha razón Emmanuelle Giuliani escribía en La Croix: “Los niños del Borgo Vecchio es un texto duro, una historia impactante y una creación tan lograda que uno se siente impotente al intentar recuperarse de su intensidad”.
Dos adolescentes son los protagonistas del relato, íntimos amigos que procuran sobrevivir (sólo uno lo conseguirá) en aquel depauperado entorno repleto de contradicciones: Cristofaro , cuyos llantos inundan la barriada, donde nadie ignora las palizas que el padre, borracho estúpido, le proporciona cada noche, hasta el desenlace final, y Mimmo, el dueño de Nana,un caballo capaz de comprender e incluso hablar mejor que muchos vecinos. Pero a esta dupla hay que añadir otros personajes descarnada y a la vez encantadoramente presentados. Me refiero a Totó, el velocísimo ladronzuelo, cuya legendaria pistola (en realidad de juguete) no le salvará la vida, cayendo abatido por las de los carabinieri (como le ocurriera a su padre: el destino trágico de los pobres se repite); a Carmela, la ingenua prostituta que tan unida se siente a la Virgen, y a su hija Celeste (nombre del perdón), al fin salvada, gracias al amor, de la rueda fatal prevista por todos.
Calaciura nos introduce por los callejones, culos de saco, plazuelas y recovecos más humildes, por donde se difunden olores tan intensos como el de alguna barbacoa de carne que impregna las pituitarias de cuantos nunca la comen, o el desprendido de la tahona en que dos veces al día se hornea un pan más accesible para los depauperados. No extrañe si muchos recurren al hurto para sobrevivir. Hasta el mismo párroco se implicará en manipulaciones ilícitas de objetos robados.
En aquel dolorido corazón de Palermo, violento y solidario, las tragedias de la gente lumpen para sobrevivir, evocadas por el novelista en una prosa excelente, bien mantenida por la traductora (Natalia Zarco), sobrecogen el corazón, constituyen todo un símbolo de las contradicciones no superadas pese al desarrollo capitalista del país. Sólo que el escritor no las presenta en tono de denuncia social, sino dejándolas caer en pinceladas tiernas e irónicas, que según le ocurre al primo emigrante en Hamburgo, visitante veraniego, le lleva a “compartir la pestilencia, el calor y el hedor a cloaca del barrio con los familiares residentes” (pág. 11). Lo malo es que el corazón del viejo Palermo puede encontrar réplicas en casi todas las ciudades.
Giosué Calaciura es autor de otras novelas, premiadas algunas y vertidas a diferentes idiomas, como Malacarne (1998), Sgobbo (2002) o Il tram di Natale (2018), cuya próxima publicación en Periférica se anuncia. Será sin duda un nuevlogro de la bien consolidada editorial cacereña.

M.P.L. Giosué Calaciura, Los niños del Borgo Vecchio. Cáceres, Periférica, 2019

Natural de Badajoz (1960), Mario Alonso Ayala es licenciado en Ciencias Económicas y Derecho. Auditor de Cuentas, socio fundador y presidente de Auren, ha dirigido el Instituto de Censores Jurados de España, trabajando también en la Corte de Arbitraje de la Cámara de Comercio e Industria de Madrid, donde reside. Miembro de la Junta Directiva de la CEOE, es autor de ensayos y monografías técnicas, como Claves para la gestión de firmas y Despachos profesionales. Junto a tanta seriedad, anotamos su activa participación en la “movida madrileña” de los ochenta, con el grupo Mario Tenia y los Solitarios, por las numerosas alusiones musicales del texto. Como las hay a la caza, que Alonso gusta practicar.
Entre sus obras de creación literaria cabe recordar Relatos liberados (2013), Bandera blanca (2017) y No esperes que el tigre se vuelva vegetariano (2018), todas en la editorial Almuzara. La última es una narración compuesta por pequeños relatos todos los cuales tienen como personaje principal un periodista que, tras pasar algún tiempo en prisión, termina viviendo en la calle por pura necesidad, como otros muchos.
También Cuando el silencio miente puede calificarse como novela corta (unas cien páginas). Según sugiere la cubierta – recreación de óleos de Ortega Muñoz -, está enmarcada en Extremadura. Como entradillas, se ha elegido una cita de Descartes ensalzando el papel epistemológico de la duda y un aforismo de Nietzsche, tan disolvente como todos los suyos: “De nadie estamos más lejos que de nosotros mismos” (El Anticristo).
La obra retrata una famiia burguesa, mal avenida durante los tiempos últimos, concitada a reunirse un fin de semana en un cortijo extremeño de su propiedad, el otoño de 2010 (plena crisis), para encontrar solución a su problema económica más inminente: remediar los excesivos gastos de la madre, viuda caprichosa. Son seis hermanos altamente cualificados (ingeniería, arquitectura, moda, marketing), con una infancia feliz y numerosas vacaciones comunes en la dehesa que ahora van a visitar por vez última. Si la figura del padre, tan sensato y trabajador, continúa impregnando el encuentro. Pero más aún pesa cada vez la de Julio, el hermano fallecido en un extraño accidente de caza, hasta convertirse en el protagonista clave de la obra. ¿Simple fatalidad, suicidio, ajuste de cuentas entre narcos? Quedará en la penumbra.
El autor recrea hábilmente el clima de alto voltaje psicológico surgido del choque entre caracteres ásperos, que supuran por heridas no cicatrizadas, pese a la dulzura de Rosa, la añosa sirvienta, y el equilibro emocional del primogénito, afincado desde su juventud en la India. También ayudan los cortos paseos en el boscaje otoñal de alcornoques, encinas, madroñeras y enebros, descritos con la precisión y brillantez que un amante de su florifauna sabe manejar. El lenguaje sube de tono en los diálogos, o más bien, diatribas que van surgiendo según discurre la reunión, alcanzando el cénit, que roza la auténtica chabacanería, si le toca intervenir a la hermana más “feminista”. Por lo demás, aunque el asunto urgente es el financiero, los hermanos van a discutir más o menos acaloradamente sobre filosofía, sexo, religión, homosexualidad, alcohol, drogas, relaciones paternofiliales, ansiolíticos y cualquier otra cosa (excepto política).
Narración de intensidad creciente, que va deslizándose pronto desde el costumbrismo y el relato psicológico hasta los límites del trhiller o la novela negra constituye también una ácida descripción de la sociedad contemporánea.
M.P.L.

Mario Alonso, Cuando el silencio miente. Córdoba, Almuzara, 2019.

La fascinación por la luz está presente en multitud de autores, desde las más tempranas escrituras. “Hágase la luz” fue el primer dictamen creador de Elohim, según el Génesis. No extrañe que los hermeneutas bíblicos hayan dedicado extensas páginas a este fenómeno cromático. Baste recordar lo que escribe Arias Montano en su Liber generationis et regenerationis Adam, parte de su incompleta suma del saber universal, publicada por Plantino en Amberes (1593), que puede ser leída en Internet (si uno se atreve con el duro latín del de Fregenal) o en la reedición a cargo de Fernando Navarro, con versión castellana de varios traductores, entre ellos Andrés Oyola, académico correspondiente de la RAEX (Huelva, Biblioteca Montaniana, 2003). Montano se ocupa allí (pág. 470) del conocido texto de San Mateo 5, 15 : no se enciende la luz para ponerla bajo un celemín, sino sobre el candelabro, para que ilumine toda la casa, analizándolo bajo el prisma del Salmo 118 (Una lámpara es tu palabra bajo mis pies, la luz de mi sendero) y de la 2ª carta de Pedro 1, 19 (Tenemos algo más firme, la palabra profética, a la cual muy bien hacéis en atender, como lámpara que luce en lugar tenebroso hasta que luzca el día ).
Buen conocedor de las Sagradas Escrituras, Faustino Lobato (Almendralejo, 1952), filósofo y teólogo, se inspira también en la luz para componer este “road movie a lo largo de una jornada”, según define el libro Santiago Méndez (por error de la editorial, lo suscribe José Iniesta Maestro) en su extenso prólogo. Este recorrido diurno, donde la palabra poética se sobrepone a la profética, sin eliminarla, desde la aurora el ocaso, modula líricamente las vivencias cotidianas, las eróticas incluidas.
El libro se estructura en tres partes, “Mañana”, “Mediodía” y “Atardecer”, abierta cada una con un poema en prosa, escrito en castellano y portugués, como “un guiño al hecho de ver, cada tarde, como la luz abraza las tierras del Alentejo”, interpretando que así se acerca al sabor vivo del lenguaje.
Los versos, blancos y libres, se ofrecen casi todos en composiciones breves, algunas adornadas con juegos gráficos, impresas en las páginas impares como respondiendo al lema o proclama unimembre que figura en las pares. Casi todos están dirigidos a la persona amada, el “tú” referencial cuya presencia contribuye a vencer el tedio de los días. “Musa”, el poema nº 26, uno de los mejores de la entrega, ilumina la relación: TE siento en el verso/, en el leve resplandor del instante/que escapa de las sombras, fugaz//. En la oscuridad/encuentro señales de ti/. Un mínimo de luz, tenue brillo/capaz de descubrir el misterioso espacio/que habla de ti/ y del drama del tiempo/que muestra fracaso y deseos/desaliento y pasión. (Pág. 79).
“Luz, más luz”, son las palabras últimas que se atribuyen al agonizante Goethe, autor precisamente de un curioso tratado, Teoría de los colores (1810), con el que quiso oponerse a las tesis de Newton. Con sus Notas para no esconder la luz, Faustino Lobato nos propone compartir las claves de su cosmovisión, expuestas sin pretensiones impositivas ni declaraciones dogmáticas, pero fácilmente perceptibles a través de un verbo que, contrariamente a la naturaleza de Heráclito, no le gusta ocultarse.

 

Faustino Lobato, Notas para no esconder la luz. Valencia, Olé Libros, 2019.

Nueva York ha ido desarrollándose durante la pasada centuria hasta convertirse en el epicentro de la civilización occidental. La megápolis simboliza nuestas luces y sombras de. Su sincretismo étnico, racial, religioso y lingüístico encarna, con todas las desgarraduras que se quiera, el “melting pot” del país norteamericano.
El cine, el teatro, la ópera, las artes plásticas (el MOMA es hoy un referente ineludible) y, por supuesto, la literatura del último siglo han hecho de New York seguramente el lugar más reconocido del orbe. Alusiones a ella el cine, la televisión, las canciones… y por supuesto en los libros.
Poco conocido el del extremeño Diego Hidalgo, Impresiones de un español del siglo XIX que no sabe inglés (1947), para los españoles hay tres de interés máximo: Diario de un poeta recién casado, de Juan R. Jiménez; Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca, genialmente vertido a imágenes grabadas por Eduardo Naranjo, y Cuaderno de Nueva York, de José Hierro. Los dos últimos se erigen como máximas apoyaturas en la obra que presentamos.
Su autor, Juan Carlos Rodríguez Búrdalo (Cáceres, 1946), poeta con prolongada trayectoria, viene visitando asiduamente en este último decenio los entornos que la Estatua de la Libertad preside. Razones familiares conducen cada año hasta allí al hombre, General de División de la Guardia Civil, licenciado en Derecho y Académico. Lo que más admiro del autor es como ha logrado mantener la pureza prístina de su infancia cacereña; las admiraciones adolescentes ante un paisaje y paisanaje reconocibles entre nosotros, aunque no únicos en ambos hemisferios, y la solidaridad, no exenta de ternura, frente a los más débiles (llámense meninos da rua, espaldas mojadas, mendigos callejeros, hombres sin brújula, ancianos sin apoyos… ). De ello abundan los testimonios en la docena de poemarios que ha dado a luz y, desde luego, en estas Latitudes, justamente galardonadas con el XXXV Premio Juan Berenguer de Poesías, que convocada el Ateneo de Córdoba.
La obra se estructura en dos partes, con parecido tratamiento formal. En la primera se visitan los lugares más célebres. Ahora bien, los versos allí inspirados brotan de las evocaciones históricas y autobiográficas, más sencillas anécdotas que pronto trascienden a hondas reflexiones. Para entradilla, se elige a Kavafis, imprescindible ante cualquier camino; Luis Cernuda, cuya llegada en barco a Nueva York (1947) se evoca en Ocnos, e Ives Bonnefoy.
Conmociona ya el primer poema, “Memorial del Bronx”, explícito homenaje a García Lorca, si bien los versos más lorquianos tal vez sean los de “Usman”, ese “rey de Manhattan” venido desde Nigeria. El creador granadino es interpelado a través del Bronx, donde el cacereño lo busca y llora con él lamentando que allí no domine precisamente la solidaridad. Ni en Central Park, si bien aquí al menos subyuga la presencia de unos humildes gorriones, los pardales que en nuestra infancia pueblerina los dos hemos cazado con ingenuas trampas. Y no es la única rememoración de los años primeros, cuando, pese a tantas carencias, era posible percibir hogares con lumbre y pan tierno compartidos. Ante José Hierro, R. Búrdalo se remanga el corazón. Seguro que tampoco el de Madrid pudo ver en East River jiglueros, símbolo de la enorme pobreza compatible con los derroches de lujo. Bien sabe el escritor que a cualquier joven se le puede hacer prisionero de las sombras, rendirle la inocencia haciéndole fungir como héroe (de la patria, la religión, el credo político) y empujándolo a la barbarie. Así nos lo dice en sus “Reflexión sobre el 11-S en World Trade Center”.
La dimensión humana del poeta se expande al cantar anécdotas por él vividas. Digamos la “Canción ausente” del muchacho que en la estación de Ronkonkoma abraza con ternura a la anciana, acaso invidente, como lo fue J.L. Borges (otro enamorado de Nueva York) y cuyas palabras proporcionan entradilla al poema. O el “Reencuentro en un bus” con otra vieja señora, oscura de piel y escorado el cuerpo, que le besa la mano tras ayudarla a apearse, suscitando un brillo de agua en los ojos de los dos.
Nada extraño para alguien que en la estación de Ellis Island entona su “Solidaridad con los emigrantes” recordando la historia de los tres campesinos andaluces allí retenidos cuando aspiraban (comienzos del s. XX) a encontrar el pan que su patria no sabía asegurarles.
La parte segunda del poemario, notablemente más corta, se inspira en el regreso. Los preparativos del retorno; la necesidad de decir adiós a un cúmulo contradictorio, pero sugerente, de realidades insospechadas, lo conducen a los peligrosos límites de la melancolía (Verlaine). Y no puede reprimir la intuición del viaje definitivo, la odisea final cantada por el Antonio Machado de la máxima desnudez.
Sin embargo, el pastor de las palabras (Heidegger), seguro de que su auténtica patria es la lengua propia (Pessoa), no cejará en los afanes por depurar hasta el extremo las suyas. Eso no obsta para suscribir, como Latitudes bien demuestra, el dictum de Rilke: La patria feliz, sin territorio, es la conformada por los niños”.
Entre las prometedoras luces de la infancia y las cenitales de la senectud, el poemario de Rodríguez Búrdalo, repleto de imágenes espléndidas, funciona como el mejor cicerone para humanizar la visita a Nueva York … y regresar no excesivamente herido a nuestros lares.

M.P.L. Juan Carlos Rodríguez Búrdalo, Latitudes. Córdoba, Ateneo, 2019.

A Sor Celina Sosa Monsalve (Badajoz, 1922) la admiramos cuantas personas hemos tenido la fortuna de conocerla. Con setenta años de clausura sobre sus frágiles hombros, continúa trasmitiendo energía, salero, pasión por Extremadura y, obvio es decirlo, entusiasmo por la vida religiosa. Su biografía, compuesta en gran parte merced a las memorias que ella tiene redactadas (muchos pasajes aparecen en primera persona), hace el nº 8 de la colección “Personajes singulares” que CB comenzó a editar el 2016. Me honra haber colaborado con el texto que sigue, adjunto por los autores al de ellos (como también hacen con los apuntes de Carmen Araya, Fernando Rubio y Álvaro Meléndez, amigos de la culta monja).
La llamada de Paola Cortés, joven historiadora del arte, me sorprendió por los arenales de Conil ocupado en el estudio sobre otra extremeña admirable, Jacinta Landa Vaz (Badajoz,1894- México, 1993), mientras escuchaba las canciones infantiles que esta recia mujer grabó durante el exilio y se recogen ahora en un CD dentro del volumen O legado sonoro de Jacinta Landa Vaz. Galiza, Portugal e Extremadura (Diputación Coruña, 2017).
Paola me pedía unas breves palabras para la biografía de sor Celina, recordándome el prólogo que puse a su tercer tomo de la Historia del R. Monasterio de Santa Ana (Badajoz, Fundación CB, 2016), donde ofrece tantas muestras de sabiduría, entusiasmo, amor a su Casa y a la ciudad de Badajoz.
Se me ocurre que se pueden establecer no pocos paralelismos entre estas dos damas, tan diferentes por otra parte. Sor Celina ha declarado alguna vez que tiene por amigos a cuantos sientan profundamente Extremadura. Ese mismo afecto por la tierra patria lo mantenía también, ya casi nonagenaria, Dª Jacinta, quien desde México escribía a Bernardo V. Carande: “A mis 88 años sigo recordando cada noche mi querida plaza de San Andrés, mis amigos, nuestros juegos, saltar a la comba, cantar al corro, etc. Y en el cortijo de Cabezarrubias, donde pasábamos grandes temporadas, aprendí a bailar el fandango con los pastores, a buscar criadillas con Doroteo (hijo mayor de los caseros que era de mi edad) y el que me daba por las mañanas tempranas unos golpecitos en la ventana de mi cuarto para que me levantase y nos íbamos en burro a la majada a buscar la leche y al regreso al cortijo ya estaban hechas las migas y desayunábamos. Por las noches, alrededor de la lumbre, la guardesa (María Medrano), madre de Doroteo, nos contaba preciosos cuentos. En fin, por todos mis queridos recuerdos me siento muy extremeña” (pág. 20 de O legado sonoro. El original está en Nuevo Alor, nº 3, 1983, pág. 5).
Estoy seguro de que sor Celina, aunque desde parámetros espirituales bien distintos a los de la pedagoga formada en la Institución Libre de Enseñanza, se reconoce también en estos párrafos. Espíritu radicalmente laico, Jacinta Landa; consagrada a Dios por sus votos, sor Celina, una y otra de fidelidad absoluta a sus propios principios, adornadas las dos con un admirable sentido del humor, lúcidas y longevas ambas, se erigen para mí en modelos de conducta. Como pudo serlo aquella Dª Leonor Lasso de la Vega y Figueroa, fundadora del convento (1518) de Santa Ana y su abadesa durante casi medio siglo.
Ojalá ese claustro mudéjar, que por varias razones me recuerda su homólogo de Guadalupe, cuyos pasillos recorrí muchas tardes escuchando a fray Sebastián García, también buen amigo y admirador de Sor Celina, continúe acogiendo muchos más años, junto a las pinturas de Mures, la recia personalidad, cálida, amable, tierna, cariñosa, entusiasta e intrépida de sor Celina de la Presentación Sosa Monsalve. Que el Cristo de la Salud, tallado por fr. Miguel Galea (s. XVIII), y la “Morenita antigua”, la virgen negra allí conservada, continúen sonriéndole. Todavía quedan en el Monasterio, con su formidable patrimonio documental y artístico, muchas tareas pendientes.
Vallecillo Teodoro, Miguel Ángel y Cortés Caballero, Paola, Sor Celina, una mujer al servicio de la sociedad. Badajoz, Fundación CB, 2019.


Con el patrocinio de la
JUNTA DE EXTREMADURA
Consejería de Cultura e Igualdad


 

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