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También las hubo durante el Medievo en numerosos países. A impulsos de la Iglesia católica, bien apoyada por los poderes civiles y militares de la época (más los suyos propios), irían erigiéndose Inquisiciones (de “inquirir” = investigar) para combatir las enseñanzas heterodoxas y las conductas “depravadas”, opuestas a los dogmas vigentes y que iban alcanzando eco en capas sociales más o menos extensas. De ahí su peligrosidad respecto al orden establecido y los ataques que se desencadenarían, hasta fulminarlos, contra albigenses o cátaros provenzales, husitas centroeuropeos, lolardos ingleses o los propios templarios.
Aunque se puedan hacer referencias a las mismas, no son estas inquisiciones medievales las estudiadas en Fe y castigo, volumen con 414 densas páginas. Los autores de los 26 ensayos aquí reunidos se ocupan de las Inquisiciones católicas de España, Portugal y Roma (cada una con características singulares) que se fundaron y funcionarían durante la época Moderna. A la vez, como instituciones homólogas, estudian comparativamente las que fueron creándose en territorios donde triunfó la Reforma. Inquisición católica, pues, versus consistorio protestante (con el calvinista de Ginebra como máximo referente, pero sin olvidar la kirk o sesión escocesa, la kerkeraad holandesa, o el presbiterio alemán y otros similares).

Tantos las de una como las de otras confesiones tenían una función principal: conducir a sus fieles por el camino correcto, según lo entendían los responsables máximos: convencerlos, ayudarlos u obligarlos para que se alejasen de las tentaciones desviacionistas y, en último término, castigar las conductas incorrectas.

Es la tesis que sostienen esta amplia veintena de estudiosos, autores ellos mismos de importantes obras sobre el tema, coordinados para la edición española (me gusta más su título inglés: Judging Faith, Punishing Sin. Inquisitions and Consistories in the Early Modern Wolrd) por Doris Moreno Martínez, profesora de la Universidad Autónoma de Barcelona, que a su vez suscribe la introducción y uno de los artículos más breves, pero más “cálidos” del volumen.

Es la única firma española de un valioso elenco de grandes especialistas, entre los que sobresalen los vinculados a prestigiosas universidades suizas, inglesas y americanas. Quizás esto explique, dicho sea con todo respeto, ciertas lagunas o algún repetido error (las reiteraciones, inevitablemente, abundan en estas obras colectivas) , como atribuir a Antonio del Corro la autoría que hoy se le reconoce a Casiodoro de Reina de un libro clave y pionero, las Sanctae Inquisitionis Hispanicae Artes (Heidelberg, 1567). O ni siquiera mencionar, cuando se habla de las persecuciones contra las brujas, al extremeño Pedro de Valencia, cuyo Discurso acerca de los cuentos de las brujas y cosas tocantes a la magia (1610) fue decisivo para que la Inquisición española actuase con las mujeres de ello acusadas mucho más benévolamente que otros tribunales europeos.

Haciendo gala de su dominio sobre la bibliografía más actual (el apéndice de títulos consultados resulta abrumador), más el uso, en muchas ocasiones promovido por ellos mismos, de fuentes documentales inéditas, los ensayistas proponen nuevas interpretaciones del fenómeno inquisitorial, matizando e incluso debatiendo otras más tradicionales, sobre todo en los historiadores anglosajones. Llaman especialmente la atención los apuntes en torno a asuntos como:

  • La voluntad de negociación que los responsables de aquellas instituciones represivas mantuvieron siempre ante los reos, sin duda con el fin de obtener la “confesión” más o menos espontánea de los delitos y el oportuno arrepentimiento (lo que no excluía, en el caso de la Inquisición, el recurso a la tortura, si excepcional y médicamente controlada).
  • El papel positivo que los abogados defensores supieron desempeñar incluso en las causas más comprometidas (pese a que, en el caso de la Inquisición, los pagaba este tribunal y a los estrictos secretos de sumario).
  • La importancia del laicado en las labores del consistorio, así como su celo por mantener la paz de la comunidad y la ayuda a los más pobres.
  • La activa participación de los acusados, mujeres incluidas, a la hora de defenderse, haciendo uso ante los tribunales religiosos de hábiles estrategias,
  • La problematicidad que encierra la lectura de los documentos emanados de los mismos; la riqueza etnográfica que aportan y los frecuentes e interesados enfrentamientos con los tribunales civiles.
  • La relevancia que en aquella “estrategia del miedo” tuvo lo que se ha dado en llamar la “Inquisición difusa”, que alcanzaba incluso los rincones más recónditos.
  • Finalmente, lo que Doris Moreno subraya: “la herejía y el crimen que implicaba la ausencia de disciplina en el mundo católico, igual que sucedía en el mundo protestante, eran sinónimos; sin embargo, las consecuencias en uno y otro mundo eran muy diferentes” (pág. 195). Baste recordar los temibles “autos de fe”.

Tal vez sea uno de los factores claves para entender la idiosincrasia característica de países pertenecientes a uno u otro ámbito. M.P.L.

Charles H. Parker y Gretchen Starr-LeBeau (edis.), Fe y castigo. Inquisiciones y consistorios calvinistas en el mundo moderno. Madrid, Cátedra, 2020

Evaristo Pimienta (n. 1957) es natural de Oliva de la Frontera, en la Raya sur de Extremadura, pueblecito agroganadero próximo al mítico Barrancos, su homólogo portugués donde el teniente Antonio Augusto de Seixas salvara del paredón a centenares de republicanos españoles Entre ambas poblaciones hubo siempre el comercio fronterizo clásico, amén del contrabando para los más atrevidos. Pimienta ha venido dedicándose profesionalmente al mundo de la caza, como delegado comercial de empresas armamentísticas y gestor cinegético, amén de cultivar con pasión las artes venatorias.
Son datos personales que han sido muy útiles al autor de Infortunio. Tierra, sudor y sangre. El protagonista de la novela, un joven curtido, excelente conocedor de la naturaleza medioambiental, decide abandonar Madrid tras una corta estancia capitalina, y volverse al pueblo, que aún sigue anclado en condiciones socioculturales propias del primer franquismo: dominado por un cacique, cuyo hijo es aún más estúpido y cruel; con la clase obrera asustadiza, mayoritariamente analfabeta y mal pagada, bajo la constante amenaza del parto, sólo los más próximos al poder (el médico, el cura, los guardiaciviles, algún mamporrero), en aquella Oliva casi aislada del resto, con costumbres y habla tradicionales, no resulta fácil vivir.
Lo intentará según mejor sabe Bartolo, que se nos antoja un tipo intermedio entre el Juan Lobón de Luis Berenguer y el Pascual Duarte de Cela. Excelente conocedor de la flora-fauna medioambientales; habilidoso con la escopeta, los lazos o las trampas; duro y fuerte como los chaparros; sin grandes escrúpulos, que le frenen sus impulsos destructores, puede ser tan fiel y generoso ante los suyos (gran figura la abuela materna), como implacable frente los adversarios. En un guiño final, que no desvelaré, aunque el lector quizá lo adivina bien pronto, se descubren las claves seguramente genéticas de su conducta.
“Eran tiempos de caciques que no trataban a los hombres como personas. Hombres pobres y analfabetos, llenos de odio y resentimiento, que se sometían con servilismo al escarnio de sus dominadores. Campos llenos de gente de mal vivir. Caminos transitados por campesinos con ropas remendadas, cargados al hombro con hachas y azadones. Paisanos empapados en sudor que se aseaban y afeitaban por semanas…Esposos con familias cargadas de hijos hambrientos…”, adelanta el novelista en el proemio.
Hemos leído muchas veces retratos similares de aquella España rural, violentada, pobre y sufrida, con cadáveres en todos los armarios (por no decir cunetas o fosas), que parecía no poder superar los parámetros del Felipe Trigo de Jarrapellejos o El médico rural. No dejarán de conmovernos, pese a las reiteraciones, probablemente más a cuantos alcanzamos a conocer aquel país de atrasos, pobrezas y desdichas miles.
Tal vez le sobran a Infortunio una excesiva acumulación de situaciones abusivas, que a veces rozan lo inverosímil hasta en aquellas duras circunstancias de la posguerra, o la presentación de ritos tan contados como el de la matanza del cerdo. Por el contrario, sobresalen las descripciones paisajísticas, para las que el escritor se sirve de sus conocimientos exhaustivos sobre la dehesa, los arroyos y riveras, las montañas y bosques surextremeños, amorosamente presentados. Combina con habilidad los tecnicismos del experto y los recursos expresivos del habla popular de la época. Un glosario de términos (lusismos no pocos), adjunto como apéndice, facilita la comprensión. M.P. L. Evaristo Pimienta Serrano, Infortunio. Tierra, sudor y sangre. Tres Cantos (Madrid), Bohodón Ediciones, 2020.

Hay acontecimientos históricos que prosiguen indelebles en la memoria de todos a cuantos nos tocó vivirlos de una u otra manera. Entre la lista de tales hitos, figura el golpe protagonizado por el teniente coronel Tejero aquel 23 de febrero de 1981. Otra cosa es que hayamos podido conocer los intríngulis de aquella peligrosísima trama, según adelantase uno de sus principales fautores, el teniente general Milans del Bosch: “la verdad nunca se sabrá”, declaraba en la vista del juicio al que se le sometería.
Pero la verdad, recuerda el autor de esta obra, citando a Ortega y Gasset, no es un punto de llegada definitivo, que puede conquistarse de modo absoluto. Es más bien un logro paciente de nuevas perspectivas, el fruto de felices aproximaciones alcanzadas tras laboriosas búsquedas, lo que al científico le induce a proseguir en sus tareas.
Es lo que viene haciendo de modo ejemplar el doctor Alfonso Pinilla García (Montijo, 1976), profesor de Historia Contemporánea en la UEX para llevar la luz al 23-F: los personajes que lo organizaron y ejecutaron; los posibles factores y circunstancias desencadenantes; las actitudes que aquella tarde/noche mantuvieron militares en activo o jubilados, políticos, periodistas, servicios secretos, potencias extranjeras… y el mismo Rey Juan Carlos. Cabe recordar aquí algunas de sus obras anteriores del investigador extremeño: Del atentado de Carrero Blanco al golpe de Tejero (2003), La transición de papel (2008), La legalización del PCE. La Historia no contada (2017) y, lógicamente, El laberinto del 23-F. Lo posible, lo probable y lo imprevisto en la trama del golpe (2010).
¿Por qué esta nueva publicación? Por dos razones fundamentales: porque la historiografía sobre tan inquietante asunto ha ido incrementándose de forma sustancial, desvelando áreas ocultas (véase el rico apéndice bibliográfico) y porque Alfonso Pinilla ha tenido acceso a fuentes documentales, manuscritas o mecanografiadas, inéditas hasta ahora. Se las reproduce fasímiles en las páginas finales. Se trata del archivo de José Juste, el general que entonces mandaba la División Acorazada Brunete, la más poderosa del Ejército español y de cuyo comportamiento (al fin no salió de los cuarteles) dependía el fracaso o el éxito de aquel “golpe de timón” urdido por el general Armada y sus cómplices.
Reconoce el historiador que aún siguen existiendo zonas oscuras, sobre las cuales, sin embargo, se atreve a sugerir determinadas hipótesis explicativas, con el correspondiente argumentario. A la vez, las tesis que en torno al golpe, sus orígenes, desarrollo, vicisitudes y parón definitivo se aceptan como bien establecidas. Especial atención reciben los personajes más comprometidos: Armada, el hábil urdidor del tinglado, siempre desde una supuesta fidelidad a la Corona; Tejero, que desencadena, de forma grosera, y a la postre frustrada el “Supuesto Anticonstitucional Máximo” (a partir de la toma del Congreso); su mentor, Milán del Bosh, el único capitán general que sacó los tanques a la vía pública; el propio Juste, que a punto estaría de hacerlo en Madrid y, cómo no, Juan Carlos I, “El rey de cristal” , quien más o menos informado e incluso consentidor de los detalles del operativo, finalmente reacciona hasta el punto de que “logró parar el golpe y enquistarlo en el Palacio de las Cortes y en Valencia” (pág. 102).
Sabrosas son también las anotaciones sobre otros personajes tal vez secundarios, pero claramente comprometidos, como el coronel San Martín, el extremeño Pardo Zancada (quizás el asaltante más coherente) o el comandante José Luis Cortina, un hábil espía.
Alfonso Pinilla, tan riguroso en el manejo de los datos, es también dueño de una excelente prosa. Su voluntad de estilo, patente en los estudios de historia, es la misma que lo induce a ensayar también obras de creación como testimonian sus novelas Historia del silencio (2013) y El misterio de Montijo (2018). Por eso Golpe de timón se lee con el mismo placer que un texto literario. M.P. L

Alfonso Pinilla García, Golpe de timón. España: desde la dimisión de Suárez al 23-F. Granada, Editorial Comares, 2020

Heinrich Wilhelm von Kleist (1777-1811) constituye otro paradigma del escritor apenas reconocido en vida; silenciado mucho tiempo y, posteriormente, propuesto como uno de los más grandes de su lengua. Pese a tantas dificultades como hubo de sufrir durante su azarosa existencia, compuso una obra plural y extraordinaria (dramas, poemarios, novelas, ensayos, artículos), que él mismo mutiló lanzando al fuego parte de sus manuscritos poco antes de suicidarse.
“Nun, o Unsterblichkeit, bist du ganz mein” (Ahora, oh eternidad, eres completamente mía), el verso que adorna su epitafio, comenzó a adquirir sentido tras el pistoletazo fatal, para plenificarse a medida que su fama se acrecienta. Según muchos críticos y estudiosos, Kleist es uno de los máximos creadores del Romanticismo alemán, lo que es decir mucho teniendo en cuenta quienes figuran en tan preclara nómina: Goethe, Schiller, Novalis, los hermanos Grimm, Hölderlin, Heine, Hoffmann y otros genios conformadores de aquel movimiento “Sturm und Drang” (Tormenta e Ímpetu), al que también se adscribe Kleist, si bien él era consciente de sus personales características. Toda aquella pléyade, con las que tuvo relaciones más o menos amistosas (fue siempre muy retraído e incluso acomplejado), contextualizan las páginas de De tormenta, historia de mi alma.

Su autor, Agustín Muñoz Sanz (Valle de la Serena, 1953) es sobradamente conocido por los lectores de HOY, periódico donde colabora de forma habitual, y de cuantos muestran interés por la cultura e incluso la sanidad en Extremadura. Hombre también polifacético, como Kleist, médico prestigioso, profesor de la UEX, es autor de numerosos ensayos, libros de teatro, dramas y novelas, cuyos títulos son fáciles de localizar en Internet y lo erigen en uno de nuestros autores más fecundos.

Fascinado, según sus propias declaraciones, por la figura y escritos del alemán, ha querido meterse en la piel de tan extraordinario personaje a la búsqueda de las raíces hereditarias, factores familiares y ambientales, ideología, complejos, frustraciones, vicisitudes existenciales que conformaron aquel carácter irrepetible. Más aún, Agustín Muñoz proporciona la diagénesis, contenido y fortuna (escasa) de las principales creaciones de Kleist, con especial atención a las tragedias La familia Schroffenstein y Pentesilea; las comedias El cántaro roto y Anfitrión, y∫ la novela Michael Kohlhaas.

Como fórmula narrativa, el autor recurre al género (auto)biográfico, presentando el texto como una extensa epístola de doscientas páginas que Kleist se habría propuesto redactar horas antes de su suicidio. Estaríamos así ante las memorias compuestas por quien, luego de decidir quemar el diario mantenidos durante lustros, quiere recopilar los acontecimientos principales de su discurrir vital, desde la infancia hasta las horas últimas. Con todo, el discurso narrativo no es siempre un relato en primera persona, sino que el supuesto autor (Kleist) da con frecuencia entrada a diálogos cuya exactitud resulta sorprendente o inverosímil.

La prosa que Agustín Muñoz le presta es de extraordinaria calidad. Adicto a las frases cortas y precisas, en ocasiones, sobre todo al describir paisajes, el extremeño construye con abundancia singular alegorías y metáforas que lo aproximan al lenguaje poético. Lo que sabe combinar con frecuentes toques de humor y reflexiones filosóficas y metaliterarias. Fácil resulta percibir los esfuerzos que ha debido hacer para documentarse tan sólidamente sobre su “autobiografiado”.

Así nos regala un Kleist formidable, siempre dubitativo y pesimista, inquieto por la búsqueda de verdades sólidas (sus críticas a Kant resultan poco sólidas), contradictorio, ingenuo, asfixiado por la angustia, sexualmente indefinido, víctima de cefaleas y otras enfermedades, que lo alejan del destino familiar (decenas de altos militares prusianos entre los Kleist) por el de paseante rousseauniano y escritor sin éxito. Lo tuvo, sí, para convencer a una amiga, enferma de cáncer, para morir, él virgen, ella casada, juntos a orillas del Wansee, un hermoso lago berlinés. M.P.L. Agustín Muñoz Sanz, De tormenta, historia de mi alma. Mérida, De la Luna Libros, 2020.

En el magnífico plantel de enseñantes que fueron incorporándose a la recién creada Universidad de Extremadura, no pocos también generosos colaboradores de otras instituciones culturales de la Región (pienso, v.c., en el Centro de Estudios Extremeños y su Revista), muchos admirábamos y aprendíamos con el trato de Miguel A. Pérez Priego, maestro tan sabio como humilde. Pronto conocimos su predilección por un dramaturgo pacense, Bartolomé Torres Naharro (Torre de Miguel Sesmero, 1485-Badajoz ?-c, 1520), sobre el que tantas páginas ha escrito. Hoy se lo considera el máximo especialista.
Con ocasión del presunto quinto centenario de la muerte de dicho escritor (se ignoran el lugar y la fecha exacta), la ERE publica este volumen colectivo en homenaje al mismo y a su gran estudioso. Surge la obra de dos proyectos patrocinados por el Instituto de Teatro de Madrid en torno al Teatro Clásico Español. La coordina Julio Vélez Sáinz (Sevilla, 1974), titular de Literatura española en la Complutense madrileña y autor de numerosos trabajos sobre escritores de los siglos XV-XVI. Él suscribe la introducción y el epílogo, donde pondera el lugar que ocupa Torres Naharro en la dramaturgia española, desde los orígenes clásicos hasta la contemporaneidad.
Nacido en un territorio perteneciente a la Casa de Feria, el escritor pudo relacionarse otros escritores también ligados a tan poderoso señorío.
De los más importantes se ocupa aquí Miguel Á. Tejeiro, recopilando noticias que ya adelantase con dos obras claves, El teatro en Extremadura durante el siglo XVI (1997) y Mecenazgo y literatura en la Extremadura del Siglo de Oro (2009). El profesor de la UEX establece también interesantes hipótesis sobre la situación socioeconómica y cultural de la región durante la época renacentista, destacando la influencia que la Propalladia de Naharro tuvo en la dramática española anterior a Lope. Excelentes son así mismo sus apuntes sobre otro coetáneo, Diego Sánchez de Badajoz y su Recopilación en metro, un conjunto de veintiocho farsas que tantos estudios han merecido por parte de Pérez Priego. Alguien explicará alguna vez el papel determinante que las aljamas hebreas del Ducado tuvieron en el extraordinario desarrollo del mismo. Es seguro que muchos de los intelectuales aquí estudiados pertenecían a familias judeoconversas, nómina seguramente in crescendo según avancen las investigaciones.
Otro aspecto quizá menos reconocido, pero sin duda relevante, de Torres Naharro es su producción poética. La analiza Álvaro Bustos, profesor de la Complutense, ocupándose de las fuentes y valores que la distinguen. Lo compara con Juan del Encina y otros coetáneos, entre ellos Garci Sánchez de Badajoz, antes de establecer las características más notables del “cancionero” de Torres. Especial atención presta a su poema “Concilio de galanes y cortesanas de Roma”, versos sumamente críticos, coetáneos a las tesis de Lutero en Wittenberg, y que yo mismo acabo de elegir para mi antología Poesía social en Extremadura (Beturia, 2019).
Cabe destacar también el estudio, muy técnico, sobre las variantes que respecto a la prínceps de 1517 presenta la edición de la Propalladia de 1573 (Madrid, Pierres Cosin editor), que pudo eludir la prohibición lanzada contra la obra por el catálogo inquisitorial de 1559. Lo suscribe el propio M. Á. Pérez Priego.
No menos interés encierran otros apuntes que procuran describir el “entorno naharresco”, como los de Dong-Hee Chung (Universidad Nacional de Seoul), Teresa Rodríguez (Universidad Jean-Jaurès, de Toulouse) y Javier Espejo Saurós (Centro de Estudios Superiores del Renacimiento, de Tours).
Por último, Julio Vélez establece el lugar que, a su entender, ocupa Torres Naharro dentro del Teatro Clásico Español, sin omitir referencias a la escena contemporánea, y en apéndice final, compuesto junto con Miguel M. García-Bermejo Giner (Universidad de Salamanca), expone el cursus vitae et honorum de M. Á. Pérez Priego, a quien justamente señalan como “maestro de naharristas”. La relación de sus publicaciones selectas que se incluyen un largo centenar, lo justifica sobradamente. M.P.L. Julio Vélez Sáinz (ed.), Bartolomé de Torres Naharro: un extremeño en el renacimiento europeo. Mérida, ERE, 2019.


Con el patrocinio de la
JUNTA DE EXTREMADURA
Consejería de Cultura e Igualdad


 

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