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José Antonio Zambrano (Fuente del Maestre, 1946) es uno de los poetas extremeños más reconocidos a nivel nacional. Análisis y apreciaciones sumamente positivas de sus obras han sido expuestas por estudiosos tan cualificados como Ricardo Senabre, José Luis Bernal, Ángel Campos Pámpano, Manuel Simón Viola o Luciano Feria. Este último suscribe el amplio preliminar que abre Ahora, entrega última del escritor fontanés, publicada por Pre-Textos.
Cuantos conocen a Zambrano, saben de su compromiso sociopolítico con los ideales progresistas, desde la juventud hasta hoy. Algunos amigos de Almendralejo gustan recordar la participación del autor en un multitudinario mítin que tuvo lugar en Cáceres los primeros tiempos de la democracia, junto a Rafael Alberti y Román Franganillo, el impetuoso líder de Comisiones Obreras, amigo común que nunca olvidaremos. Ahora bien, lo que distinguió siempre a Zambrano es su compromiso con el lenguaje, la búsqueda de la pureza y desnudez expresivas por encima de todo, la fidelidad ineludible a las demandas del poema. Hombre de comprobada sencillez, ajeno a cualquier tentación de sobresalir, sus versos han ido centrándose cada vez más en el propio mundo íntimo y la búsqueda de la palabra precisa. Por eso, aunque no falten en sus poemas alusiones más o menos veladas a la actualidad histórica, que no termina de satisfacerle, ha ido replegándose de modo creciente a los recovecos de la memoria, las agresiones del reloj biológico, el dulce sabor de las caricias, la melancólica conmiseración por las dudas y debilidades de la especie humana comenzando con el propio sujeto.
La voz lírica de José Antonio Zambrano casi nunca es directa, denotativa, cotidiana o coloquial. De ahí el carácter hermético de muchas de sus composiciones. Él prefiere los tropos, sinestesias, alegorías y metáforas, figuras que construye con sorprendente ingeniosidad, elaborando imágenes tan inesperadas como bellas. Cada una de sus estrofas ofrece numerosos ejemplos, lo que exige del lector, fácilmente seducido, atención aguda. Yeats, Anna Ajmátova, Juan Ramón Jiménez, Fernando Pessoa y Gll de Biedma, a menudo citados aquí, son sus grandes modelos.
Dedicado a su mujer (Isabel) e hijos (Pablo y Carlos), Ahora nos habla de los asombros permanentes del poeta; su pasión por el nombre exacto de las cosas; la costumbre de estar solo; la conformidad con sencillamente seguir existiendo; el valor de las actitudes afectuosas y el refugio infalible en la silenciosa lucha con las palabras. Sin desfallecer, pese a las frustraciones o la constancia dolorosa de nuestra pequeñez, debatiéndose dialécticamente entre los acontecimientos y la utopía. Pues, según frase de Kierkegaard, con la que abre la parte segunda, “La vida sólo puede ser entendida mirando hacia atrás, pero sólo puede ser vivida mirando adelante”.
La parte tercera y última la constituye el “Poema del mar y de tus ojos”, el más extenso de la obra (los demás oscilan entre los quince y veinte versos), auténtica “carta de amor” (es el título del que le precede, abierto con esta rotunda proclama: Nadie debe saber/que todo lo que escribo/es por amor). Y es que, según se dice en la confesión final, dirigida a la amada invisible, el poeta pudo desfallecer o equivocarse a menudo, pero siempre guardó un sitio/a la decencia de tus ojos/sin saber que ese sitio fuera/el juego cauteloso/de un claro porvenir hacia la nada. José Antonio Zambrano, Ahora. Valencia, Pre-Textos, 2019-

Antonio Pedrero Rubio y Bartolomé Miranda Díaz son dos bibliófilos extremeños (el segundo llegó incluso a presidir la UBEx), residentes en Sevilla y cuyo interés por el escritor Antonio Reyes Huertas (Campanario, 1887-Campos de Ortiga, 1952) viene de antiguo. Del mismo editaron (2008) La Jayalga, novela que nunca había visto la luz en formato libro (sólo por entregas en la revista Lectura) y ahora son los responsables de este gracioso volumen. Contiene 6 relatos cortos que aquel autor publicase en distintos números de Letras entre 1948-1951. Ambos amantes de los libros suscriben el estudio preliminar, donde ofrecen (con ayuda de Ricardo Hernández Megías) la más completa relación hasta hoy conocida de las obras de Reyes Huertas y un sucinto análisis de las aquí antologadas.
La situación de España a mitad del pasado siglo; el carácter del medio en que aparecen y la mentalidad misma de D. Antonio marcarían indefectiblemente los textos. El nacionalcatolicismo establecido por los vencedores de la guerra civil, aún encerrados en rabiosa autarquía, predominaba en Letras y, sin duda, constituye la ideología con la que siempre se identificó el novelista de Campanario, tan comprometido con la defensa de la “Cruzada nacional” contra la República. Fue un hombre de mentalidad ultraconservadora (aunque no sin sentido de la justicia, empatía con los más débiles y denuncia de los caciques), profundamente enraizado en unos valores religiosos, éticos, sociales, incluso estéticos de la tradición más rancia, predominantes en cierta parte del mundo rural y sustentados por una cultura agroganadera concebida según la visión más arcaica. Debió entender que los ideales defendidos por la República darían al traste con aquel (des)orden y a combatirlos ofreció su pluma, alineándose claramente con una de las partes en conflicto. Algún eco se percibe de su enemistad frente a los “forasteros de puño alto” en La linda imitadora (pág. 74).
Que no se lucró después, como muchos hicieron, sino que se mantuvo hasta el final de sus días con escasos recursos económicos (además tenía once hijos y otras bocas que alimentar), es bien digno de encomio. Le ayudaron a sobrevivir las colaboraciones en Letras, revista de Madrid destinada preferentemente al público femenino.
El protagonismo de los relatos aquí recogidos (demasiado breves para ser estimados como “novelas cortas”, más próximos a sus célebres “estampas campesinas”) los atribuye a las mujeres. Estos personajes difieren hondamente de los que trazase Felipe Trigo, con quien en tantas ocasiones se le compara. El ideal de mujer para uno y otro resulta antitético. Reyes Huertas simpatiza con los personajes femeninos que mantienen en sus entornos los valores y virtudes tradicionalmente atribuidas a las “reinas del hogar”. Románticas, púdicas, familiares, austeras, resignadas, trabajadoras …, también lúcidas dentro de sus parámetros, constituyen “la reserva espiritual de Occidente”, en contraste con los tipos del de Villanueva (baste leer las ha poco reeditadas al cuido de Luis Sáez, Sor demonio o La clave).
“Tengo mi corazón lleno de aldea”, declaraba el novelista. En una, próxima a su Campanario natal, tuvo casa y quiso morir. Pocos conocieron como él los usos, costumbres, oficios, fiestas, gastronomía, leyendas, supersticiones y lenguaje cotidiano del mundo rural extremeño. Las seis narraciones están impregnadas de esa cultura que hoy está casi desaparecida. Su lectura nos retrotrae a épocas que, si no muy lejanas en el tiempo, parecen ya sumidas en la noche de la historia, más aún cuando el actor se sirve del habla dialectal, con rasgos poco acentuados, especialmente rica por un vocabulario ya en completo desuso. La prosa de Reyes Huertas está bien cuidada, si se exceptúan los frecuentes laísmos, y exhibe no poca habilidad para concluir las narraciones, a menudo de forma inesperada y desgarradora, aunque no les falte nunca la dosis moralista perseguida siempre por un autor “militante”. Antonio Reyes Huertas, Novelas cortas. Madrid, Liber Factory y otros, 2019.

Julio Cienfuegos (Azuaga, 1920-Badajoz, 1996), “hombre multicompetente” según expresión de Manuel Vaz-Romero (Ars et Sapientia, nº 26, agosto 2008), “un hombre poliédrico” como reza el subtítulo de la obra aquí presentada, dejaría con su impetuosa personalidad imborrables huellas en la ciudad de Badajoz durante la segunda mitad el siglo XX. Los numerosos colaboradores de este libro-homenaje destacan las múltiples facetas que el homenajeado cultivó como jurista, político, historiador, bibliófilo, periodista, pintor, novelista y, por encima de todo, alguien preocupado por el desarrollo de Badajoz y de Extremadura entera.
El volumen incluye también un extenso capítulo biobiliográfico; el apéndice antológico, con textos escritos por Julio, publicados, unos, e inéditos otros, y un generoso conjunto iconográfico (fotografías, dibujos, caricaturas e ilustraciones compuestas por Cienfuegos).
Emilio Vázquez, Presidente de la Fundación CB, que edita la obra en su colección “Personajes singulares”, lo resume así en el prólogo: “Julio Cienfuego Linares era un personaje auténtico, defensor del pensamiento y de la palabra en el más amplio sentido, lo que le permitió echar raíces muy profundas en el campo del saber. Era un hombre poliédrico y un trabajador infatigable en sus innumerables quehaceres y profesiones”.
Cabe recordar que fue presidente de la Diputación de Badajoz, fundador de la Institución Cultural Pedro de Valencia, miembro destacado de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Badajoz, cofundador de la Universidad de Extremadura, de AREX (Acción Regional Extremeña) y de la UBEx (Unión de Bibliófilos Extremeños), académico electo de la Real de Extremadura, pintor notable, orador profuso, periodista amateur, ilustrador gráfico, novelista ya maduro, lusófilo, cronista de la historia pacense y crítico de arte, aparte de magistrado profesional. Sin duda, le cuadraba como a pocos el célebre dicho de Terencio: “Homo sum, humani nilhil a me alienum puto” (Soy un hombre, nada humano tengo por extraño para mí).
Criado en su Azuaga natal, la guerra civil sorprende a Julio en Badajoz con apenas quince años. Tomó parte en la misma como alférez provisional. Estudia después Derecho y se hace juez, estableciéndose en Badajoz (1947) tras haber ejercido en Alburquerque: siempre próximo a su muy querido Portugal, convirtiéndose en figura ciudadana ineludible. Como los más inteligentes y generosos de su generación, supo ir adaptándose, desde el radicalismo juvenil, a los aires renovadores de la democracia española.
La constancia de sus hijas Carmen y Soledad Cienfuegos Bueno, junto a la generosidad siempre indefectible de la doctora Carmen Araya y el buen hacer de las “chicas de las Económica” (Lura, Rocío y Remedios) se confabularon para comprometer a una larga veintena de articulistas en la obra. Creo que ninguno hemos dejado de sentirnos orgullosos por la colaboración prestada. Julio Cienfuegos Linares se lo merece.
Carmen y Soledad Cienfuegos Bueno (coord.), Julio Cienfuegos. Un hombre poliédrico. Badajoz, Fundación CB, 2019

La UBEx (Unión de Bibliófilos Extremeños) quiso apostar fuerte para celebrar su 25º aniversario. Impulsada por quien ha sido siempre su más eficaz animador, Joaquín González Manzanares, ha dado otra prueba de eficacia en la línea que le imponen sus estatutos: contribuir al rescate y defensa de nuestro patrimonio cultural en el campo de los libros. Lo ha hecho, como en tantas otras ocasiones, acercando a los lectores contemporáneos una antigua joya, ciertamente más citada que conocida (a excepción, tal vez, de sus admirables grabados). Me refiero al Viaje pintoresco e histórico de España, de Alexandre de Laborde (París, 1773-1842).
Su autor fue un hombre singular, rico, culto e influyente. Hijo de un banquero aragonés, supo labrarse en Francia importante carrera como diplomático, sin dejar de interesarse nunca por el país de sus ancestros. Prototipo de “hispanista” galo, llegó a Madrid el año 1800 como agregado militar de la Embajada francesa. Poco después tenía diseñado un ambicioso proyecto: componer una obra donde se recogiesen y estudiasen los monumentos arquitectónicos más relevantes de la Península, vías y calzadas de comunicación incluidas. Entre 1806-1820 aparecerían los cuatro tomos que componen su formidable y a la postre inconclusa obra, cuyo valor histórico, estético y estratégico (las fuerzas de Napoleón lo saben bien) resulta innegable.
Para llevar a buen fin tamaña tarea, que incluía el alzado de los monumentos y su correspondiente estudio, debidamente contextualizados, Laborde supo acompañarse de un buen equipo, una veintena de dibujantes, grabadores, historiadores, geógrafos, etc. Recabó también la ayuda de Manuel Godoy, a quien está dedicado el Viaje y que en sus Memorias (1839) explica las razones que lo motivaron: “ Interesaba mucho a nuestra historia, e interesaba nada menos a nuestra arqueología y a nuestra arquitectura y escultura: se necesitaba eternizar por el dibujo y el grabado lo que la voracidad del tiempo podría llevarse en adelante”, escribe el prócer.
La edición de la UBEx comprende lo referido a Extremadura. Se trata de un extraordinario volumen, del que se han hecho 250 ejemplares numerados, con tipografía Garamond y Bodoni para los títulos, impresos a color sobre papel hilo verjurado, cosido con hilo vegetal y portada en tapa dura. Incluye el saludo protocolario de Guillermo Fernández Vara, con elocuentes elogios hacia la UBEx; un conciso preliminar de Joaquín González Manzanares y el extenso estudio introductorio de Jesús Mª García Calderón.
Son 46 las láminas que reproducen las ciudades y monumentos más significativos de la Región, tal como se encontraban entonces (en ruina muchos de ellos). La reedición se ha hecho según el ejemplar iluminado que conserva el librero Guillermo Blázquez. Mérida y Guadalupe son las poblaciones más representativas, si bien no faltan imágenes de Cáceres, Badajoz (a la que se sigue identificando con la Pax Augusta romana), Coria, Alcántara, Alange y otras muchas. Conmueve tanta belleza en peligro de desaparición. Y no menos las dolorosas apreciaciones que Laborde hace sobre Extremadura, muy semejantes a las recogidas por Gregorio de Salas en su famosa décima. Iconografía y análisis sociopolítico hoy felizmente superados, aunque tampoco es que la región se halle como para echar las campanas al aire.
El diseño, impresión y encuadernación estuvo a cargo de Efezeta, el último que este taller realizase antes de su cierre definitivo. Con él puso un broche a sus inolvidables labores gráficas.
En cuanto a la UBEx, ahora dirigida por Matilde Muro, sólo cabe desear que prosiga su trayectoria, aunque el camino resulte en ocasiones fatigoso. Alexandre Laborde, Viaje pintoresco e histórico de España. Descripción de Extremadura. Badajoz, UBEx, 2018.

Gracias al empuje del joven José María Ontivero Chamizo, cuya osadía editorial no parece tener límites (son ya casi doscientas las obras de su fondo), otro escritor sale por primera vez a la luz pública. En esa catarata de novedades que la XXXVII Feria del Libro de Badajoz supuso, figuraba por derecho propio Antonio Román Barrado (Badajoz, 1963) con La luz en mis cuadernos. El novel autor hizo en su día Relaciones Laborales y lleva siete lustros trabajando en el ámbito del empleo. Conoce, pues, como pocos las circunstancias que condicionan al protagonista de su novela.
Juan Manuel Carbón, posible prototipo de tantas personas como sufren sus mismos avatares, el clásico antihéroe, es un cuarentón a quien ponen en la calle porque los dueños de su empresa deciden reducir gastos, caiga quien caiga, sin más consideraciones hacia empleados de toda la vida. A Juanma, según lo conocen sus amistades, un trabajador concienzudo, el paro le cae como una terrible enfermedad. La mujer y los hijos lo apoyan, pero no encuentra manera de salir adelante si no es gracias a descubrir la terapia de la escritura.
Descubre cuánto puede aliviarlo psicológicamente tomar nota de lo que ocurre a su alrededor y, sirviéndose de cuadernos fáciles de disimular, apunta cuanto ve y oye mientras hace cola en la oficina de empleo, las esperas humillantes para presentar currículum, los descansos de las caminatas, el reposo entre tareas domésticas o las largas horas en el hospital donde Manolo, su mejor amigo desde la infancia, lucha contra un cáncer inmisericorde. Cualquier sitio le resulta útil para componer un retrato, casi siempre desalentador, de esta sociedad tan cruel ante los más débiles.
Juanma se maneja con el habla de la calle, por lo que sus textos, redactados en primera persona, rezuman expresiones propias del lenguaje cotidiano, frases tópicas, a menudo malsonantes, y exabruptos numerosos. Hasta le encontramos modismos habituales, como ese uso repetido del verbo “quedar” en forma transitiva. A la vez, ofrece la frescura de los coloquios espontáneos, el aire desinhibido de la lengua popular. Es la gracia mayor de esta novela corta (cien páginas), próxima al subgénero de los diarios, reales o fingidos (como es el caso).
A Juanma, que en su niñez fue víctima de acoso escolar (“ o bulin, que queda más científico; entonces lo denominábamos putear al flojo o abusar de él”, pág. 58), lo siguen ayudando su mujer, trabajadora a tiempo parcial en una residencia de ancianos; su hija, empeña en sacar adelante estudios universitarios y el empleo donde la explotan, más la compresión de un hijo aún adolescente. Podría bastar, si algunos de los trabajos esporádicos que le salen se consolidara. No resulta así. No obstante, es capaz de asumir una conducta asombrosamente generosa para con los retoños de su amigo al fin segado por la Parca. Un canto a la solidaridad casi increíble que de la manera más sencilla desarrollan a menudo personas ellas mismas necesitadas de amparo.

Antonio Román Barrado, La luz en mis cuadernos. Badajoz, Editamás, 2019


Con el patrocinio de la
JUNTA DE EXTREMADURA
Consejería de Cultura e Igualdad


 

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