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Hace mucho que comparto con otros amigos la opinión de que Pablo Jiménez (Navalmoral de la Mata, 1943) es uno de los más importantes poetas extremeños contemporáneos. Confirma nuestra opinión este volumen con más de 500 páginas, que reúne su producción desde el ya remoto 1970 hasta 2014. Recoge los poemarios, bien difíciles ya de localizar casi todos ellos, La luz bajo el celemín, Cáceres o la piedra y otras soledades, Descripción de un paisaje (Premio Ciudad de Badajoz 1982), El hombre me concierne (Premio Ciudad de Toledo 1985), Destiempos y moradas (Premio Ciudad de Irún 1986), La voz de la ceniza, Prosas para habitar la noche, Figuraciones (cuadros de una exposición) (Premio Tardor 2011), Deducida materia y Círculos (Premio Leonor, 2014). Los cinco primeros han ido experimentando, tras su publicación, las reelaboraciones que el poeta se exige, por lo que en sus versos se localizan multitud de cambios, sustanciales unos, ligeros otros.
Suscribe el estudio preliminar, firmado en New York donde ejerce docencia, José Muñoz Millanes, otro moralo distinguido por sus producciones literarias (en especial, ensayos y traducciones). Centrándose casi exclusivamente en los aspectos temáticos, destaca el interés de Pablo Jiménez por los asuntos cotidianos, el desgaste temporal, la música, la rutina del fracaso y, especialmente en los tiempos iniciales, el paisaje de origen (Extremadura) como refugio salvífico y el amor, donde refugiarse del naufragio. Acertadamente, se reproduce el prólogo que el también poeta moralo Ángel Sánchez Pascual, catedrático de literatura, puso en su día a Cáceres o la piedra.
“Lo breve es mi enemigo, proclama el autor en un extenso poema, “Mito y azar”, hermosa elegía dedicada a su hermano Antonio, el profesor de la Complutense, gran especialista en Krausismo, al que la muerte arrebatase de forma inesperada. En efecto, casi todas las composiciones de Jiménez son de amplio aliento, labradas en versos blancos y libres (si se exceptúa La voz de la ceniza, donde predominan los sonetos canónicos, algunos tan formidables como “Breve fulgor entre dos sombras”, desgarradora proclama existencial de quien se dice pertenecer al “linaje del llanto”).
Entre los muchos dedicados a Extremadura (pertenecientes sobre todo a la juventud del poeta, ya se dijo), destacaré “Garganta de la Olla”, incluido en Cáceres o la piedra y otras soledades (pág. 72), “donde la anciana protagonista, asimilada al paisaje como una planta o un animal más, viene a ser un ejemplo de figura intrahistórica (en el sentido unamuniano de la palabra), pues representa un modo de existencia anacrónico que se rige por curso recurrente de la naturaleza, al margen del progreso moderno”, escribe Millanes (pág. 15).
Melómano confeso y gran conocedor de la historia de la música, nos es raro que Pablo Jiménez haya dedicado, en sus diferentes libros, poemas a Bach, Brahms, Händel y tantos grandes creadores. Para que no falte la clásica conjunción, son también numerosos los artistas del pincel, de todas las épocas, que le han motivado.
Esta antología (se quedaron al margen centenares de poemas aparecidos en boletines, revistas, periódicos, publicaciones ocasionales) ofrece abundante material para los paladares más exigentes y confirma al autor como figura ineludible de nuestras letras. Pablo Jiménez, Secuencias. Poesía reunida (1970-2014). Mérida, ERE, 2018

Faustino Lobato, La sorpresa de lo humano. Badajoz, Fundación CB, 2018-05-07

Los poemas al hijo son un lugar común de la lírica. Padre ya en la madurez, Lobato (Almendralejo, 1952) evoca su primogénito en los cuatro partes de la obra, una por cada año que ha cumplido ya Rodrigo, que así se llama este brote de esperanza en un hogar hospitalario. El poeta nos dice sus emociones ante los gestos que, según cada situación, va componiendo esta promesa de hombre. Le lastima el temor de irse antes de verla plenamente cumplida.

Este es el cuarto volumen de las entregas que de la revista-libro Parábasis viene publicando la Escuela Superior de Arte Dramático de Extremadura (ESAD). Se combinan en sus dos centenares de páginas artículos de investigación, crítica, creación y divulgación de las artes escénicas. Según la tradición helenística, la parábasis alude al momento de la representación en que todos los miembros del coro lo abandonan para dirigirse directamente al público. Ese carácter de “divulgación” (vulgus =pueblo) distingue los trabajos aquí recogidos, sin merma de su calidad e interés.
Los abre Miguel Á. Tejeiro, profesor de la UEX, especialista en la dramaturgia extremeña del renacimiento. Sobre el teatro escrito por autores naturales de la región durante el siglo XVI se ocupa, recordando autores tan interesantes como Torres Naharro (ha poco rescatado para los contemporáneos merced a los afanes de Ana Zamora, que acaba de reponer en Madrid la comedia Aquitania del genial extremeño), el erasmista Diego Sánchez de Badajoz, el judeoconverso Díaz Tanco de Fregenal, Miguel de Carvajal, Luis de Miranda, Romero de Cepeda y otros creadores coetáneos, una valiosa pléyade de dramaturgos que anticipan el esplendor de nuestro teatro durante el Siglo de Oro. Sin duda, el apoyo de mecenas extremeños como los Zúñiga, Alba, Roca, Vera, Feria, Rocha Golfín … fue clave para aquella floración literaria.
Tras la extensa entrevista que Juan Manuel Sánchez Rodríguez sostiene con Alberto Conejero y el estudio en que Ana Murillo del Puerto analiza cómo fue la recepción de Plauto (especialmente de su obra Anfitrión) durante el siglo XVI, Isidro Timón Rodríguez se ocupa del Peropalo, fiesta con largas raíces históricas celebrada anualmente en Villanueva de la Vera, a la que califica como “expresión teatral-popular pagana del tardomedioevo”. Su representación está cargada de simbolismos múltiples, que Fulgencio Castañar, generosamente aquí citado, conoce como nadie. La figura del poderoso malhechor que violentaba a sus conciudadanos, especialmente a las mujeres, más la bien perceptible carga antisemita, con la Inquisición de Llerena como trasfondo, constituyen la nerviatura de las celebraciones. Las coplas populares, aquí reproducidas, bien lo expresan.
Se reproduce a continuación Líneas de emergencia, obra con que Carlos Fernando Posada Tique obtuvo el III Certamen de Textos Teatrales Parábasis-Jardín de Ulloa, convocado por la Fundación Mercedes Calles-Carlos Ballesteros, el Museo Palacio de los Golfines de Abajo, la Escuela Superior de Arte Dramático de Extremadura y la propia Parábasis. Estructurada en cuatro escenas, podría incluirse dentro del género policíaco, modalidad cada día más en auge.
Los editores han tenido el acierto de reproducir también el accésit de dicho certamen, La madrugada herida, compuesta por Fernando de las Heras (que recoge conocidos poemas, tal el de Quevedo “Parióme adrede mi madre”). Se inspira en el Madrid de finales de 1936, herido por la guerra, y en cuyas calles pueden transitar personajes como Antígona, Hamlet, Segismundo, Pedro Crespo y otros clásicos de la dramaturgia europea.
Ambas comedias constituyen el núcleo de la publicación.
Cierra el volumen una breve sección bibliográfica, con reseñas dedicadas a Peter Shaffer y Ricard Salvat. AA.VV., Parábasis. Mérida, Junta de Extremadura, 2018

Hace poco, se publicaba en castellano (Alianza) el libro La revolución feminista geek, un conjunto de ensayos con el que Kameron Hurley, había obtenido los premios Locus y Bristish Fantasy Award 2017. Según resaltan los editores, el propósito de la autora es combatir la invisibilización de la mujer. Podría decirse que es también la intención última de María López Villarquide (La Coruña, 1982) con su novela La catedrática, tratando de rescatar para los lectores contemporáneas la figura de una brillante intelectual renacentista.
Sobre Luisa de Medrano (según su nombre más común) publicó un excelente estudio, consultable en la red, Therese Oettel, “Una catedrática en el siglo de Isabel la Católica: Luisa (Lucía de Medrano)” (Madrid, Boletín de la Real Academia de la Historia, tomo 107, 1935, pp. 289-368). Poco más sabemos, casi cien años después, de la ilustre fémina castellana, sobre la que sí abundan las inexactitudes, apuntes legendarios o simples panfletos. Es verdad que la nombran multitud de autores, entre los cuales no podía faltar Margarita Nelken (Las escritoras españolas, 1930), no precisamente la más exacta. (Puede aprovechar la lectura del trabajo de Luisa Montaño Montero, “Humanistas en la corte de Isabel la Católica: Luisa de Medrano, ¿primera catedrática en una universidad europea?”).
Es bien conocido que la reina Isabel la Católica mostró gran empeño en conseguir se incrementase el nivel cultural de sus súbditos, tanto hombres como mujeres. Ella misma, ya madura, se propuso aprender bien latín, el idioma diplomático de la época, (lo dominaron también sus cuatro hijas) , apelando a las clases de Beatriz Galindo. Otras damas alcanzarían notoriedad por entonces en los campos del saber, como Juana de Contreras, Francisca de Nebrija, Álvara de Alba, Isabel de Vergara o Feliciana Enríquez de Guzmán. Tal vez a ninguna admiró y protegió tanto la Reina como a aquella inteligentísima soriana, cuyo padre había muerto en la guerra contra los moros.
¿Fue bastante como para que la noble Luisa de Medrano de Bravo de Lagunas de Cienfuegos llegase a desempeñar cátedra, con apenas 24 años, en la Universidad salmantina? ¿Sustituyó tal vez al mismísimo Antonio de Nebrija, a quien el año escolar 1508-1509 se le retiró la de Gramática Latina? Aunque no existe prueba fehaciente en los archivos (también es verdad que se perdieron o extraviaron multitud de documentos), los defensores de que así fue se apoyan en dos testimonios al parecer irrefutables (aunque se puedan interpretar de distinta manera). Se trata de lo que escribieran los coetáneos Marineo Sículo y Pedro de Torres, catedráticos los dos en Salamanca. Si el segundo, rector de la misma Universidad, dejó una nota manuscrita de indudable efecto (A.D. 1508 die novembris hora tertira legit filia Medrano in Cathedra Canonum”), el “segundo menciona el nombre y los méritos de Lucía de Medrano en sus Cosas memorables de España (Alcalá de Henares, 1530), y en la edición latina De Rebus Hispaniae Memorabilibus, del mismo año y lugar. Además la cita en una de las cartas que componen su Opus Epistolarum de Valladolid, 1514” (Th. Oettel, o.c.). El nombre de la “catedrática” reaparece en numerosos autores y, según algún estudioso, fue en la que se inspiró Juan Valera para construir el personaje de Olimpia de Quiñones, la heroína de su novela Morsamor.
López Villarquide ha querido hacerla protagonista de la suya, un texto con 335 páginas en el que va entregando paulatinamente la voz narradora a quienes pudieron tratar a Lucía, cuya personalidad se reconstruye sobre las evocaciones de maestros (Pedro de la Rhúa), familiares (la madre y el hermano, Luis, también catedrático de Salamanca), amigas (Isabel, hija de un famoso impresor), posibles amantes (nada menos que Rojas, el autor de la Celestina), la princesa Juana, el aya Dorotea, Nebrija o el mismo Luis Vives (tan opuesto a la educación igualitaria de las mujeres). Quedémosnos con el retrato que Sículo hace, en latín, de la Medrano al despedirse, cuya versión se entrega así: “La fama de tu elocuencia me hizo conocer tu gran saber de estudios antes de haberte visto. Ahora, después de verte, me resulta aún más sabia y más bella de lo que pude imaginar, joven cultísima. Y después de oírte me ha causado gran admiración tu saber y tu ornada oratoria, sobre todo tratándose de una mujer llena de gracia y belleza, y en plena juventud… Te debe España entera mucho, pues con las glorias de tu nombre y de tu erudición la ilustras. Yo también, niña dignísima, te soy deudor de algo que nunca te sabré pagar… Eres en España la única niña y tierna joven que trabajas con diligencia y aplicación no la lana sino el libro, no el huso sino la pluma, no la aguja sino el estilo…”. María López Villarquide, La catedrática. Madrid, Espasa, 2018.

Durante los días 30 marzo-11 junio 2017, tuvo lugar en la sala Ignacio Zuloaga, que la Diputación de Zaragoza allí sostiene, una magna exposición de la obra gráfica producida por Eduardo Naranjo entre 1965-2016, la primera retrospectiva de su producción completa. Dicha entidad, junto con el Consorcio Cultural Goya-Fuendetodos, tuvo el acierto de componer un magnífico catálogo donde se estudian y reproducen las creaciones del artista extremeño. Coordinado por Javier Martínez Molina, a cuyo cargo estuvo también la muestra, incluye textos de Fernando Rayón, “Verde sobre paño blanco”; Juan Carrete Parrondo, “Eduardo Naranjo/Francisco de Goya. Dos artistas gráficos puestos en paralelo” y Javier Martínez Molina/ Miguel Ángel Naranjo, quienes relación la producción de Naranjo y su cronología.
“Fuendetodos recibe y da la bienvenida ahora a Eduardo Naranjo, pintor extremeño como otro don Francisco, de apellido Zurbarán. La muestra de su obra gráfica da cuenta de un empeño ineludible por trascender la representación figurada y transformarla en una realidad mágica y onírica, espíritu al que no le son ajenas las influencias de Goya”, escribe acertadamente en el preliminar Juan Antonio Sánchez Quero, que preside la Diputación y el Consorcio zaragozanos.
Merced al dominio, paulatinamente alcanzado, de técnicas de estampación como el aguafuerte (en distintas versiones), aguatinta, litografía, serigrafía o fotopolímero; trabajando con los mejores talleres (¡cuántas veces le escuché elogiar la sapiencia de Dietrich Mann, Teo y otros maestros, a la postre cómplices y amigos!), el de Monesterio ha ido dando a luz creaciones deslumbrantes. Series de grabados como La Creación (una estampa por cada uno de los siete días genésicos); las dos Tauromaquias (tan goyescas) o Poeta en Nueva York ( 13 composiciones en homenaje al gran libro de Lorca, compuestas mediante aguatinta, barniz blando, ácido puro, manera negra y punta seca), justifican que Naranjo sobresalga entre los máximos grabadores contemporáneos.
Resulta fácil imaginar a Goya sonriendo complacidamente al repasar las páginas de este hermoso volumen. Eduardo Naranjo, Obra Gráfica. Zaragoza, Diputación/Consorcio Cultural Goya Fuendetodos, 2017

Pobladas desde épocas muy antiguas, las tierras que conforman Extremadura han conocido numerosas civilizaciones. Pueblos ignorados o mal conocidos fueron dejando aquí huellas, que los investigadores se esfuerzan por datar con los métodos más actuales. Lamentablemente, muchos de los tesoros protohistóricos "extremeños" se hallan en museos foráneos, donde lucen como piezas valiosísimas. (Baste recordar los tesoros de Bodonal, Berzocana, Sagrajas y Aliseda, o el fantástico Disco de Teodosio localizado en Almendralejo a mitad del XIX).
Guarda el Arqueológico de Madrid una reliquia fascinante. Se la conoce como la "teja (tégula) de Villafranca", que ha encontrado en David Gordillo Salguero, prologuista de la obra aquí reseñada, a su más joven estudioso. Se trata de un documento singular, una carta escrita sobre el húmedo barro de la tégula en el latín del Bajo Imperio, con rasgos lingüísticos vulgares, lo que permite datarla a finales del siglo III o principios del IV. La encontraron (c.1899) los trabajadores de unas obras en un solar próximo al hoy centro de la población (calle Santa Eulalia). Aunque la fractura del margen inferior añade dificultad para leer el texto que conforman sus quince líneas, en una superficie de 52 x 40 cms., reza así:
"Maximus nigriano et hoc fuit providentia actoris ut puellam qui iam feto tollerat mitteres illam ac tale labore ut mancipius dom(i)nicus periret qui tan magno labori factus fuerat et hoc maxima fecit trofimiani fota et castiga illum....".
Así que Máximo, dueño del latifundio , reprocha a Nigriano, administrador del predio, que había hecho trabajar rudamente a una joven esclava, recién parida, lo que debió provocar la muerte del neonato, dañando así el patrimonio. Algo tuvo que ver una tal Máxima, coima de Trofimiano, al que pide se le castigue porque, además, éste (según cabe deducir de las palabras abreviadas, que no hemos reproducido), alteró los mojones de otra finca, (próxima a Montánchez).
Valeriano Cabezas de Herrera (Campanario, 1942) se inspira en este excepcional documento para componer una novela histórica, donde los personajes aquí aludidos, más otros adláteres, recrean lo que fue aquel mundo de poderosos señores, libertos manumisos y humildes esclavos en una gran finca de Lusitania. La obra alterna los pasajes de contextualización con el desarrollo de la trama urdida en torno a la esclava que, sometida a excesos laborales, pierde a su hijito, lo que irrita al dueño del latifundio (por razones no humanitarias, sino crematísticas). El escritor construye de forma imaginativa, pero perfectamente verosímil, un mundo donde la clase dominante, apoyándose en los privilegios que el derecho romano le otorgaba, se esfuerza por mantener el (de)orden establecido, dispuestos los más fuertes a reprimir posibles rebeliones. Sólo el heredero, sin atenerse a las normas clásicas, conseguirá resolver las incógnitas reunidas en torno a los crímenes, robos, amaños ilegales y demás exacciones que venían desarrollándose ante las barbas paternas, sin que el viejo patricio supiese cómo. Aunque no resulta fácil combinar los tres elementos manejados: las referencias espaciotemporales; el imaginativo relato de acontecimientos anecdóticos, más las opiniones propias, que el autor gusta intercalar, el texto discurre placenteramente, sin grandes pretensiones literarias, pero con prosa correcta y exquisita fidelidad a los imperativos históricos.
Perceiana (su etimología es dudosa), la villa donde los amos se refugian para eludir las incomodidades de la metrópolis emeritense, se erige como un símbolo del Imperio romano, ya en vías de derrumbe. El autor proporciona sobrada información para conocer las principales instituciones, los problemas más acuciantes, la decadencia sociopolítica de aquel monstruo ya con pies de barro. Ocasionalmente, junto con los hilos de la trama, va informando también sobre la historia de Roma, la fundación de Mérida, los cargos públicos y otros mil detalles precisos para entender la enorme maquinaria que llegó a extenderse por casi todo el mundo conocido. Si a veces se permite la licencia de introducir términos anacrónicos en el relato (tipo lumpen, macho alfa, cimarrón, huracán), abundan los latinos (se adjunta siempre la oportuna traducción), incluso técnicos, para designar, armas, vestidos, comidas, usos y costumbres, lo que incrementa la verosimilitud de su historia y el interés de los lectores. Cabezas de Herrera Fernández, Valeriano, Perceiana. La tegula de Villafranca. Badajoz, Diputación, 2017.


Con el patrocinio de la
JUNTA DE EXTREMADURA
Consejería de Cultura e Igualdad


 

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