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Con encomiable regularidad, continúan celebrándose en Llerena sus Jornadas Históricas, que ya alcanzan el significativo número de veinte. La feliz conjunción de instituciones públicas y civiles (Ayuntamiento de la localidad, Consejería de Cultura, Sociedad Extremeña de Historia, Caja Rural, Imprenta Grandizo), más el patrocinio de otras, y la colaboración de personalidades comprometidas en el empeño, con los profesores Felipe Lorenzana y F.J. Mateos al frente, explican este fenómeno cultural.
Las Actas de la penúltima edición se editan como homenaje al hispanista francés Bartolomé Bennassar (1929-2018), uno de los grandes investigadores que han venido participando en las Jornadas de Llerena. Falta una mínima presentación del personaje.
Las ponencias y comunicaciones de 2018, aquí recogidas, estuvieron dedicadas a un hijo preclaro de la ciudad (c. 1518-1554), Pedro Cieza de León. No todos los estudios versan sobre su figura y obra. En realidad, apenas media docena de ellos, entre los dieciocho que constituyen este volumen con 326 páginas. Serán, no obstante, los referidos en nuestra reseña.
Si bien todos los historiadores de América lo juzgan el príncipe de los cronistas de Indias, son bien pocos los datos firmes que del mismo se saben, casi todos sacados o deducidos de su magna obra, la Crómica del Perú, cuya fortuna editorial tampoco es fácil establecer. Concepción Bravo Guerrero, catedrática emérita de la Complutense, traza la trayectoria vital del autor, tan corra en años, destacando la metodología que el extremeño sigue para componerla basándole en sus propias experiencias por el Nuevo Mundo; los testimonios recabados de informantes, indígenas o españoles, y la consulta de los escritos que tuvo a su alcance. Se destaca el respetuoso interés que Cieza siempre mostró ante las maravillas naturales y la cultura del Imperio incaico, así como los apuntes críticos contra los abusos de los conquistadores.
Que era de linaje judeoconverso, como muchos otros paisanos decididos a emprender la aventura transoceánica, lo demuestra Luis G. Garraín, cronista de Llerena y sin duda el máximo conocedor de sus archivos. Cieza de León (el baile de apellidos fue frecuente en la época) pertenecía a la familia de los Cazalla, poderosa familia de origen hebreo, asentada junto a los umbrales mismos del Tribunal de la Inquisición de Extremadura. Garraín, que había publicado el estudio pionero “Los judíos conversos en la provincia de León del Maestrazgo de Santiago y el Obispado de Badajoz a finales del siglo XV” (REEX, 1996-III), sirviéndose de la relación de personas habilitadas por los Inquisidores tras el bautismo, previo pago de penas económicas, ofrece el árbol genealógico del cronista. En el mismo predominan los mercaderes, pero no faltan funcionarios, alcaldes, clérigos, arrendadores de alcabalas y algún otro escritor.
Amalia Iniesta Cámara, profesora de la Universidad de Buenos Aires y de la Complutense madrileña, se doctoró con la tesis El valor literario en la obra del Inca Garcilaso de la Vega. Aquí se ocupa de las relaciones que se pueden estimar entre los Comentarios Reales de éste y la Crónica de Cieza, sin duda utilizada ampliamente por el famoso mestizo (hijo de un capitán extremeño).
Por último, José Ramón Vallejo Villalobos y José M. Cobos Bueno, profesores de la UEX interesados en la historia de la ciencia, suscriben “Drogas vegetales en la obra Parte primera de la Crónica del Perú de Pedro Cieza de León”. Señalan la atención que el llerenense prestase a la medicina indígena, tan generosa en el uso curativo de determinadas plantas, unas mejor descritas por él que otras. M.P.L. Francisco Javier Mateos Ascacíbar y Felipe Lorenzana de la Puente (coords), España y América. Cultura y Colonización: V Centenario del nacimiento de Pedro Cieza de León, cronista de Indias (1518-1554). Llerena, Sociedad Extremeña de Historia, 2019.

He compartido claustro durante luengos lustros con el Dr. D. Ángel Zamoro y conozco bien sus valores humanos, virtudes pedagógicas y capacidad investigadora. Su carrera docente ha estado ligada al IES Zurbarán de Badajoz, sobre cuya historia ha compuesto numerosos estudios (aparte los libros de carácter didáctico, en ocasiones escritos con otros profesores del Departamento de Física y Química, como los inolvidables Pedro Álvarez Vivas y Juan Francisco Zamora, prematuramente fallecidos). Suyas son las obras Patrimonio histórico remanente del Instituto de Badajoz 1845-1962 (Badajoz, Diputación, 2010), Aproximación a las pérdidas instrumentales del Instituto de Badajoz 1845-1962 (Badajoz, Diputación, 2012) y Profesores de Física y Química del Instituto de Badajoz 1845-1962, Badajoz, Fundación CB, 2017.
Zamoro, ya jubilado de su cátedra, ha vuelto a ocuparse del único Instituto existente en la ciudad hasta 1962. Esta vez ha elegido el estudio de la presencia femenina, tardía y escasa durante tanto tiempo, en las aulas de tan importante institución.
La parte primera del libro, justo la mitad de las páginas, se dedican a explicar las razones de tamaña ausencia. El autor va describiendo la condición social de la mujer a lo largo de la historia, siempre subordinada al hombre, desde la Grecia clásica hasta la contemporaneidad. Apoyándose en una bibliografía selecta, el recorrido concluye reproduciendo un artículo publicado en la Crónica de Badajoz (23 octubre 1878), con firma ignota de J. F. y revelador título: “Pobre mujeres”.
La segunda parte analiza la legislación educativa española por lo que a la mujer respecta desde finales del XVIII hasta principios del XX, cuando, por fin, los bancos de nuestras aulas van repartiéndose entre los dos géneros, no sin tener que superar prejuicios y dificultades de toda clase.
La parte última de la obra recoge los setenta y cinco primeros expedientes de alumnas matriculadas en el Instituto de Badajoz desde 1878 a 1919, contenidos en un total de 12.000 alumnos. Antes de presentar a cada una de ellas, se ofrece un apunte sobre la primera que lo hizo en España, exactamente en el Instituto de Huelva. Se trata de Antonia Jesús Arrobas Pérez, natural de Talavera la Real (1858), junto a Badajoz, e hija de un carpintero. Zamoro apunta el papel que seguramente desempeñó en este logro un catedrático del centro, D. Joaquín Sama y Vinagre (San Vicente de Alcántara, 1840), filósofo krausista y futuro director pedagógico de la Institución Libre de Enseñanza.
Llama la atención en la nómina pacense, que inaugura Julia Carballo Rodríguez, la condición social de los padres. Aunque la mayoría son propietarios o profesionales de alta cualificación (médicos, abogados, veterinarios, militares, catedráticos), figuran también jornaleros (5), zapateros, (2), carpinteros (2) un albañil y hasta un sacristán.
Entre estas jóvenes pacenses pioneras se hallan algunas que desarrollarán carreras de repercusión nacional: Jacinta Landa Vaz, de ilustre progenie, pedagoga célebre, fundadora la Escuela Internacional y del Colegio Plurilingüe, muerta casi centenaria en el exilio de México; Luis y Julia Trigo Seco, hijas del novelista Felipe Trigo, pedíatra una, odontóloga otra más tarde, ambas con extraordinaria personalidad, o María Cerrato Cerrato Rodríguez quien, siendo ya maestra, logró matricularse en la Escuela de Veterinaria de Córdoba (eso sí, tras un permiso especial del Ministerio de Instrucción) alcanzando a ser la primera mujer veterinaria de España (1925). M.P.L. Ángel Zamoro Madera, Primeras presencias femeninas en el Instituto de Badajoz. Badajoz, Fundación CB, 2019.

Carlos Díaz (Canaleja, Cuenca, 1944) es seguramente el filósofo contemporáneo español más fecundo, en cuyo haber figuran hasta tres centenares de libros propios y multitud de obras traducidas (de Hegel, Scheler, Marx, Bakunin, E. Stein, M. Buber, I. Levinas …y, naturalmente, su muy admirado E. Mounier). Catedrático de Instituto y Profesor titular, hoy emérito, de la Universidad Complutenses, ha recorrido infatigablemente el mundo hispano, difundiendo sus ideas en centros de enseñanza, asociaciones de todo tipo, congresos, reuniones militantes, escuelas de verano, retiros espirituales, jornadas de estudio y cualquier lugar de encuentros donde se le demande. Pasan de tres mil las conferencias que ha impartido, siempre de forma gratuita, y muchos centenares los artículos que ha dado a luz en toda clase de medios, desde sencillos boletines obreros hasta revistas de alta especialización (fue director, entre otras, de Communio). Testigo lúcido, cuando no partícipe directo, de la vida cultural española durante este medio siglo último, pocas voces como las suyas más dignas de ser escuchadas.
La escuchamos con la intensidad, desparpajo, lucidez, gallardía, humos y fundamentos lógicos habituales en este profesor a través de estas Memorias, cuyas páginas constituye un excelente epítome de lo mejor de Carlos Díaz, que conoce como pocos la Academia y la calle, las editoriales (desde aquella inolvidable ZYX) y las librerías de antiguo, los sindicatos y los partidos políticos, los periódicos y las tertulias. Advirtamos que no se trata estrictamente de un diario o autobiografía, sino más bien de unas “confesiones”, en las que se incluyen, ciertamente, referencias a los principales acontecimientos por el autor vividos, pero siempre acompañadas de reflexiones y apuntes filosóficos más o menos relacionados con las anécdotas referidas.
Durante la segunda mitad del siglo último, las corrientes de pensamiento occidental con más discípulos (también en nuestro país, aunque tardíamente) fueron la “filosofía del lenguaje” y el “positivismo lógico”, estrechamente relacionadas entre sí. B. Russell y el primer Wittgenstein fungen como los grandes maestros. Pocos libros más famosos que el único publicado por éste, el Tractatus. Según se sabe, allí se establecen límites – es decir, silencios absolutos – para todo lo que no pueda ser empíricamente verificable (asuntos de ética, estética o metafísica), imponiendo que ““Wovon man nicht sprechen kann, darüber muß man schweigen”: De lo que no se puede hablar, mejor es callarse.
Ninguna máxima resulta más incómoda e inasumible para Carlos Díaz, palabra y pluma siempre enhiestas contra los follones y malandrines (él cita continuamente a Cervantes y Unamuno), muchos nombrados y apellidos, que se refugian en la analítica torre de marfil, rehuyendo comprometerse con la realidad circundante…sobre todo si se desarrolla de acuerdo con sus propios intereses. Claro que quien lanzazos distribuye, ha de estar dispuesto a que le descarguen puyas y ballestas. Nunca veréis al autor amilanarse.
Para él, la ética, la moral, los valores, los códigos y criterios de conducta, constituyen el universo de discurso de donde no gusta salirse. Los aborda desde las enseñanzas que deduce de su propia fe en el Evangelio de Jesucristo, interpretado a la luz del Personalismo cristiano que aprendiera en E. Mounier. Prototipo del creyente de izquierdas, cultivador de las dos dimensiones humanas, la vertical (religiosa) y la horizontal (sociológica), a difundir los ideales del francés viene dedicándose Carlos Díaz, con el indefectible apoyo de su esposa Julia (hija de Teófilo Pérez Rey, hombre a quien admiré tanto, expresidente nacional de la HOAC). Para ello han creado el Instituto Mounier en cuantos lugares de España y Latinoamérica han podido.
De todos estos avatares dan pormenorizadas cuentas estas Memorias de un escritor transfronterizo, compuestas con asombroso dominio del lenguaje (¡cuántos neologismos, juegos de palabras, anfibologías, guiños culturales, oxímoros, alegorías, y otros recursos literarios!), junto con la oportuna constatación documental de las aserciones en suculentas citas a pie de página.
Aquí luce en toda su magnitud el pensador que tanto admiro: volcánico, inhábil para el rencor, sentimental y melancólico, cristiano y radicalmente anticapitalista, cultísimo, polémico, profético, pedagogo, debelador de molinos, incapaz de tragarse sapos, heterodoxo y valiente, desinteresado hasta el máximo. ¿“Voz que clama en el desierto, según se percibe, cada vez más, declara, este enfermizo de la “parresía”? (Consúltese el término en internet). Ignoro si su nueva obra (tiene otras veinte inéditas) alcanzará las multiediciones de tantas suyas. Lo seguro es que a nadie defraudará leerla. M.P.L. Carlos Díaz Hernández, Memorias de un escritor transfronterizo. Madrid, Fundación Emmanuel Mounier, 2019.

Aunque vino al mundo en Sevilla (1981), a Susana Martín Gijón se la tiene por escritora de Extremadura, donde ha sido Directora General del Instituto de la Juventud (2007-2011). Licenciada en Derecho, especialista en relaciones internacionales, ha presidido el Comité contra el Racismo, la Xenofobia y la Intolerancia. Ha coordinado el Área de Defensa de Derechos en Autismo España y ejerce como experta jurídica vinculada a las políticas sociales. Hace bien poco se ha puesto al frente de la Asociación de Escritores de Extremadura (AEX). Colabora en plataformas nacionales e internacionales como la Asociación por la Igualdad de Género en la Cultura Clásicas y Modernas y la Red de Mujeres Jóvenes Africanas y Españolas.
Este currículo facilita comprender que sus obras estén impregnadas de unos valores éticos inconfundibles, aunque, como todo buen escritor, su máximo compromiso sea con el lenguaje. Pero sus empatías están claras hacia los más débiles: mendigos, homeless, emigrantes, mujeres violentadas, obreros en paro, viejos sin familia, etc.
Martín Gijón ha ido consolidándose como una voz importante en el género de la novela negra o policíaca, al que pertenecen las obras que ha venido dando a luz con notable regularidad: Más que cuerpos (2013), Desde la eternidad (2014), Náufragos(2015), Vino y pólvora (2016), Pensión Salamanca (2016), Destino Gijón (2016) y Expediente Medellín 2017. Al mismo pertenece la que aquí se reseña.
La autora, capaz de introducirse como protagonista en algunos de sus textos, manejándose entre los límites de la realidad y la ficción, había creado dos personajes extraordinariamente atractivos: el periodista Bruno Scorza y, sobre todo, la oficial de policía Annika Kaunda. De origen africano, trabajaba ésta en la comisaría de Mérida, población por cuyos entornos discurren buena parte de las narraciones de Susana Martín.
No sucede así con Progenie, un thriller complejo y bien llevado en sus más de 400m páginas.
Aquí es otra figura femenina la que asume el protagonismo, Camino Vargas. Blanca, de fuerte carácter, próxima ya a la cincuentena, tras el tiroteo del inspector Arenas dirige el Grupo de Homicidios de Sevilla, ciudad donde se desarrollan los terribles asesinatos de mujeres solteras y embarazadas, aquel tórrido verano. Espíritu libre, “no quiere un hijo ni dos ni tres, como no quiere un marido ni un gato ni un perro. Quiere su tiempo para ella, quiere ser buena en su trabajo, que es su vocación; quiere dejar el mundo un poco mejor en la parte que le toca, la que ella eligió, la de retirar de la circulación a los indeseables que siegan la vida de otras personas” (pág. 189). Lo consigue. Con ayuda de inspectores sagaces, de ambos sexos, irá desmenuzando la horrible madeja, tras vencer múltiples rutas erróneas. Dos treinteañeras, decididas a ser mares sin un referente masculino, por donación de semen, aparecen muertas con extraños símbolos en sus cadáveres. Seguirán otros feminicidios.
El epicentro de la vorágine se localiza una clínica de reproducción asistida, junto al Guadalquivir. La dirige la megalómana doctora Matute Trigo (su padre fue un acérrimo antiabortista), una psicópata obstinada en manipular genes para conseguir eliminar las enfermedades hereditarias. Si no consigue los objetivos, por culpa de los embriones adulterados, puede ser tan peligrosa como quien la engendró. Cuenta con las complicidades de un dandy sin escrúpulos, aunque no consigue la de la muy atractiva recepcionista Nerea, Como fondo del relato, las voces en cursiva de dos amantes lesbianas, también deseosas de ser madres.
Compuesta en forma de mosaico, con hasta ciento trece teselas, la obra exhibe un gran dominio lingüístico. Los submundos de la policía, la medicina, los barrios marginales, las luchas pro igualdad de géneros, las comunicaciones informáticas… se describen con la jerga o el argot oportuno, en el que abundan los neologismos. La autora opta casi siempre por las frases cortas, las oraciones simples, blanqueadas con frecuentes toques de humor y el uso generoso del refranero popular.
Alegato feminista, sin duda, Progenie es además una novela de indudable proyección literaria.

Susana Martín Gijón, Progenie. Barcelona, Penguin Random House, 2020

Juan de Ávila (1500-1569), sacerdote secular, “clérigo vago” (no adscrito a ninguna diócesis) durante lustros, fue una de las personalidades eclesiásticas más influyentes durante la primera mitad de aquel formidable siglo XVI, al menos en el Sur de España (Andalucía y Extremadura). Su persona, labores y escritos contó desde muy temprano con excelentes biógrafos. Ninguno más acreditado que el historiador catalán Sala Balust (1922-1965), a quien llegué a conocer como rector de la Universidad Pontificia de Salamanca. Su magisterio es reconocido por cuantos se acercan a la figura de aquel humilde clérigo. Así lo hace también el autor de este trabajo, aunque maneja también un aparato bibliográfico exhaustivo en este volumen de medio millar de páginas con casi ochocientas notas explicativas.
Natural de Badajoz (1970), Alberto J. González pertenece a la Diócesis de Toledo, en cuyo seminario se formó. Tras ejercer como párroco de Peñalsordo y Capilla, pueblos pacenses, pasó (2003) a Roma, donde se doctoró en Teología, con la tesis “Naturalidad en lo sobrenatural. Influjos configurantes de la fisonomía espiritual de Santa Maravillas de Jesús”. Ha trabajado en la Congregación para los Obispos, de la Curia Vaticana, desde 2006 a 2014 y actualmente lo hace en Córdoba como vicario para las Claustrales de la diócesis, a la vez que imparte conferencias por todo el mundo de habla hispana. Nombrado (2011) capellán por el papa Benedicto XVI, es autor de numerosos libros, fácilmente localizables en internet. Entre sus publicaciones destacan las hagiografías (como las de R. Merry del Val, el P. Rubio, María Micaela del Santísimo Sacramento, Genoveva Torres Morales, Teresa de Jesús) y los tratados de liturgia y espiritualidad.
Juan de Ávila vino al mundo en Almodóvar del Campo (Ciudad Real). No faltan quienes le atribuyen otros lugares de nacencia. Así lo hizo Anselmo Arenas López, catedrático de historia en Badajoz y alto miembro de la Logia masónica “Pax Augusta”, con Reivindicaciones históricas: el beato Juan de Ávila era de Molina de Aragón y no de Almodóvar (Valencia, Instituto General y Técnico, 1913). Buen conocedor del hebreo y el griego, el futuro santo, próximo a muchas de las tesis erasmistas, llegaría a adquirir sólidos saberes e incluso inventó ingeniosos mecanismos de ingeniería. El padre fue un rico comerciante de origen judeocoverso. San Juan renunció pronto a los bienes patrimoniales y los repartió entre los necesitados. Hasta el final de sus días se mantuvo en radical pobreza, convencido de que sólo así podía ser libre para asumir la dura labor cuya necesidad le parecía imperiosa: reformar la Iglesia. Lo demandaban los espíritus más lúcidos de la época, desde la Alemania de Lutero a la Sevilla de Casiodoro, pasando por otros muchos que nunca quisieron separarse de Roma. Como bien expone el biógrafo, a ello iba a dedicarse Ávila, con extraordinaria generosidad. Todo pasaba por la conversión a la limpieza del Evangelio. Formar discípulos que compartiesen idénticos ideales; crear escuelas, seminarios y colegios de enseñanza superior; predicar sin descanso; dirigir a cuantos se le acercaban; convencer a los poderosos de que fuesen más sensibles a las necesidades del pueblo llano; componer escritos alentadores … fueron sus tareas. No extrañe que este infatigable debelador de vicios, “segador” de una mies siempre falta de brazos (“Messor eram”, leemos en el subtítulo de esta obra) se topara con la Inquisición: estuvo casi un año preso en las cárceles del Santo Oficio, aunque saliese mejor parado que otros reformadores.
Aunque afincado en Montilla, desde salió innumerables veces a misionar por toda Andalucía, Juan de Ávila, cuyo epistolario nos impresiona, vino también al menos en dos ocasiones a misionar por Extremadura, especialmente a los territorios del Ducado de Feria, con cuyos titulares mantuvo buena amistad.
Fue amigo de muchos personajes, de cuyas biografías también se ocupa el autor en este libro. Dos nos llaman especialmente la atención: fray Luis de Granada, excelente prosista que escribe su hermoso Tratado de la oración en Badajoz (“buen cielo y buena tierra“) y Dª Sancha Carrillo, su discípula más querida, muerta en plena juventud, para la que escribió el celebérrimo Audi filia, también incurso en el Índice de libros prohibidos ,
La calidad de la prosa de Ávila, tan amante de dichos, refranes y tópicos populares, resulta indiscutible, según cabe percibir a través de los muchos textos aquí reproducidos. Como lo es la de su biógrafo, perfectamente adecuada al sujeto de estudio. M.P.L. Alberto José González Chaves, Juan de Ávila. Messor eram. Vida y obra, ministerio y actualidad del santo patrono del clero secular español. Aranjuez, Xerión, 2019.

Natural de Llerena (1953), donde reside y trabaja, correspondiente de la R. Academia de Extremadura de las Letras y las Artes, Luis Garraín goza de muy justo reconocimiento por sus pulcras investigaciones archivísticas. Somos muchos los que hemos acudido a él en solicitud de informes originales, especialmente los relacionados con cuestiones como el tribunal de la Inquisición, las familias judeoconversas o los grandes escritores llerenenses (Pedro Cieza, Catalina Clara, los Zapata). Nunca nos ha defraudado tan concienzudo investigador.
Asunto de especial interés para Garraín ha sido siempre Zurbarán, cuya estancia y actuaciones en Llerena conoce como nadie. Pasan de la docena los estudios que sobre el pintor de Fuente de Cantos ha dado a luz y son muchos los especialistas que le reconocen deudas por las ayudas prestadas para sus trabajos sobre el genial artista extremeño. Así lo hace la máxima autoridad entre los mismos, Odile Delenda, que tan sustanciosamente prologa este último libro de Garraín.
Se trata de un impresionante volumen, con 566 páginas de formato mayor (30 X 24 cms.), impreso con gusto en los talleres de Tecnigraf. El autor recopila aquí cuantas noticias se han podido localizar hasta hoy (sobre numerosos puntos, merced a sus propias investigaciones) relacionadas con Zurbarán (1598-1664), aludiendo frecuentemente a las infelices vicisitudes que han sufrido tanto sus obras como los legajos a él referidos. La rapiña violenta, la dejadez y el hurto han ido sumándose al expolio, que para algunas actuaciones se indica explícitamente y en otras sólo se apunta.
Aunque Garraín busca sobre todo recabar datos en torno a las circunstancias existenciales del pintor, a menudo recoge también muy oportunas consideraciones sobre las características estéticas que distinguen a un creador cada vez más apreciado. Vale la pena atenderlo.
Lógicamente, el libro se dirige de modo especial a los orígenes, infancia y juventud de Zurbarán, por ser las etapas que vivió en Extremadura. El estudioso refuta numerosos errores que han ido deslizándose por diversas causas, auténticas cadenas de errores sostenidos incluso por algunos historiadores tan cualificado como María Luisa Caturla, que durante muchos años (hasta la aparición de Odile Delenda) fue la autoridad indiscutible de los estudios zurbaranescos.
Quizás la máxima aportación de la rotunda obra resulten los apuntes que iluminan las relaciones del pintor con personas de bien probado origen judío. Su mismo padre, zapatero de situación acomodada (oficio típico de la etnia hebrea), estaba bien relacionado con los hijos de Israel, tan numerosos en el suroeste de Extremadura incluso después del decreto de expulsión (1492). También la madre, nacida en Monesterio, como demostrase Antonio M. Barragán-Lancharro, villa también con su aljama judía y hasta donde se desplazó Benito Arias Montano para asistir a un bautizo.
Zurbarán contrajo nupcias, según fue quedándose viudo, con tres ricas mujeres: María Páez, Beatriz de Morales y María de Tordera. Garraín ofrece toda una batería incontestable de documentos para demostrar que al menos las dos primeras pertenecían a la influyente comunidad de judeoconversos, entre los que sobresalían los poderosos Cazalla. El mismo pintor, a cuyo superdotado hijo Juan la muerte prematura le impediría sobresalir, no rehusaba la dedicación a los negocios: de pinturas, claro está, con notable proyección hacia el Nuevo Mundo, pero también la compraventa y arriendo de bienes inmuebles, así como al comercio del corambre (peletería). Su estrecha amistad con hábiles negociantes judíos se lo facilitaba. Quizás asi se entiendan mejor no pocas creaciones de Zurbarán, por ejemplo sus geniales retratos de personalidades veterotestamentarias. ¿Qué quería dar a entender, o disimular, adquiriendo ante notario para la matanza un enorme cerdo, de 25 arrobas, a tenor del curiosísimo contrato aquí reproducido?
La obra ofrece también, sobre todo en sus abundantes notas a pie de página y apéndices documentales, mucha información sobre esa rica Llerena del Renacimiento que Rodríguez-Moñino calificase como la Atenas de Extremadura.

M.P.L. Luis J. Garraín Villa, Zurbarán en los archivos extremeños. Badajoz, MUBA, 2019.


Con el patrocinio de la
JUNTA DE EXTREMADURA
Consejería de Cultura e Igualdad


 

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