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Parece indudable que, al menos durante la primera mitad del siglo XVI, cuando se conformó la Europa moderna, nadie tuvo mayor prestigio que Erasmo (Rotterdam, 1466-Basilea, 1536). Es un acierto que la Red de la Comunidad Europea para Intercambios Académicos, se conozca como “Programa Erasmus” en homenaje al carácter multinacional y europeísta del escritor holandés. El gran hombre residió alternativamente en Holanda, Francia, Inglaterra, Alemania y Suiza, relacionándose con lo más granado de cada país y sin permitirse apenas momentos de reposo, pese a su naturaleza enfermiza. No quiso venirse a España, rehusando las insistentes invitaciones de Carlos V: aduce que no le agradaba la forma de ser de los hispanos (y, mucho menos, la Inquisición española), si bien aquí contaba con numerosos admiradores (véase Erasmo y España, el enorme estudio de M. Bataillon).
No obstante, los escritos y la figura misma del de Rotterdam siempre producen una especie de vértigo a cuantos se le aproximan. Les ocurrió ya a los coetáneos. Y no sólo por su extraordinaria y variadísima producción intelectual (hasta tres decenas de volúmenes exige la edición de sus obras completas, más un riquísimo epistolario), sino por el mismo carácter poliédrico del personaje. Sumamente celoso de su libertad; convencido de que nadie tiene toda la razón; de naturaleza pacífica (salvo cuando se supone maltratado); defensor de la concordia antes que de los enfrentamientos, así como de la paz pública en vez de las revoluciones, se opuso sistemáticamente a “tomar partido” por bando alguno, menos aún si se lo exigen los prebostes de cualquiera de ellos. Añádanse las propias vacilaciones o dudas no resueltas, más las innegables contradicciones (una cosa es lo que pienso; otra, lo que mi pluma escribe, vino a decir), para comprender el desconcierto entre sus lectores e incluso amigos íntimos. Figuras como Tomás Moro, Martín Lutero, Luis Vives, Alfonso de Valdés, varios papas e incluso Enrique VIII y Carlos V, por no citar toda una pléyade de ilustres personajes, se sentirían desconcertados ante los quiebros del gran humanista que, además, no siempre dice lo mismo en sus obras publicadas (no todas con su nombre) y en sus cartas (muchas dadas a luz desde bien pronto). Es el “Erasmus, vir duplex”, según conocida acusación luterana, o el hombre “semper pro se”. Ni es raro que se recurra incluso a Freud para entenderlo, vistos los avatares de su difícil infancia.
Las mismas sensaciones contradictorias se sufren con la lectura de este trabajo de Clavería (Caspe, 1963), que por cierto cuenta con unos fundamentos bibliográficos formidables. Alejándose voluntariamente, salvo las pinceladas ineludibles, de las tesis filosóficas, teológicas y aun filológicas de Erasmo, el autor busca retratarlo, según el título recoge, como “hombre de mundo”. Y repárense en los calificativos que ahí le atribuye: evasivo, suspicaz e impertinente (misántropo, borrachín, pendenciero). Fuerte apuesta, a cuyo favor el estudioso trae todo un aparato de citas sacadas fundamentalmente de textos epistolares, tomados de la edición hecha en Oxford por el matrimonio Percy (doce volúmenes). Sobre la misma base podría haber incluido también otros apóstrofes, según se desprende a lo largo del estudio: antisemita, timorato, egoísta, enamoradizo (¿gay?), obseso por su imagen, promotor de sí mismo e incluso máquina de repartir fango si la ocasión lo requiere etc. Todo comprensible según los parámetros dominantes en el Renacimiento, según Clavería desarrolla en sus agudas contextualizaciones.
Sin embargo, a aquel holandés, el primer europeo capaz de vivir de sus escritos (se reeditaban sin tregua, algunos, v.c., los Adagios, hasta 60 veces), “el más sabio de los hombres”, deseoso de reformar las instituciones eclesiásticas, académicas y civiles, pero con pánico ante una posible excomunión, se lo rifarán poderosos soberanos (de España, Inglaterra, Francia, Polonia, Austria), pontífices, heresiarcas, rectores de Universidad, obispos, impresores célebres (Aldo Municio, Froben)… deseosos todos ellos de poder presumir y fortalecer con la anuencia del Humanista. A nadie se entregaría aquel frailecillo casi diminuto de cuerpo y de espíritu inconmensurable. “Ubi bene es, ibi patria est” (Donde te encuentres bien, allí está tu patria) responde a quien se empeña en devolverlo a su Brabante natal. Y, para encontrarse bien, le bastaban sentirse apreciado por los mejores; una rica biblioteca (la vendió antes de morirse); imprentas próximas; dinero para mantener la casa y buen vino (preferentemente de Borgoña). Por cierto, nunca pudo aguantar las estufas alemanas.
Carlos Clavería Laguarda, Erasmo, hombre de mundo: evasivo, suspicaz e impertinente. (Misántropo, borrachín, pendenciero). Madrid, Cátedra, 2018, 370 págs.

Llegado a España desde la Italia renacentista, el soneto arraigó pronto y alcanzó cumbres excelsas con nuestros grandes escritores del Siglo de Oro (Quevedo quedará como su creador máximo), pese a las dificultades que dicha estrofa implica (según ironizase Lope en uno famoso). Llegará, con mayor o menor fortuna, hasta la época contemporánea, encontrando cultivadores excepcionales en las Generaciones españolas del 98, 14 y 27. (Imposible no evocar los Sonetos del amor oscuro, de García Lorca). Cierto que experimentará innovaciones formales, según ocurre en tantos de Jorge Luis Borges, Pablo Neruda y, entre los más modernos, Blas de Otero o Ángel González. Es verdad que va a sufrir desdenes por parte de muchos incluidos en las generaciones de los sesenta y setenta del último siglo, tal vez por el afán de alejarse de los viejos cauces líricos e introducir nuevas voces en nuestra poesía. El soneto pasaría a ser un paradigma de literatura antigua y, por ende, vetando, especialmente para los “novísimos”. Según ocurre a menudo, “los muertos que vos matáis, gozan de buena salud” y el soneto volvería a utilizarse, a veces no sin carga irónica. Cabe recordar aquí algunas colecciones antológicas, como Cincuenta sonetos esenciales (2008), que abre Garcilaso y cierra Claudio Rodríguez o la recienteSonetos para el siglo XXI (2017), ambas en la editorial Vitruvio. Por cierto, en esta última, que inicia Antonio Gamoneda, figura Santiago Castelo, para entonces ya fallecido.
A José Iglesias (Villalba de los Barros, 1955) le gustó siempre escribir sonetos. Los hay prácticamente en todas sus entregas. Quizá porque, como dijo Gerardo Diego, constituye “la mayor garantía contra la injuria del tiempo y la corrupción de la lengua”. Licenciado como está en Geografía e Historia (Sección de Arte), debió ocurrírsele ponerlos ahora en un marco donde tan a menudo se combinaran el arte y la sacralidad: el retablo. (También a J.A, Ramírez Lozano le seduce ese universo de discurso). El poeta se sirve de las múltiples modalidades que dicha estructura, con sus aledaños, proporciona: dípticos, trípticos, polípticos, tablas, calles o las sustentadoras predelas. Construye así un “monumento” cuasi litúrgico (exegi monumentum aere perennius, proclamaba orgullosamente Horacio, en su búsqueda de una obra más resistente que el bronce).
Inicia la de Iglesias, en forma de prólogo, la entrevista que el también escritor extremeño Theo Acedo Díaz mantuvo con el autor. Importa su lectura para seguir la “carrera literaria” de alguien que no es solo poeta excelente, sino uno de los hombres más generosos, amables y comprometidos que yo haya podido conocer. Repito lo que alguna vez dije: El nombre de Iglesias Benítez aparece de modo casi ineludible cuando se habla sobre cualquier actividad relacionada con Extremadura. Nacido en Villalba de los Barros (1955), emigró a Madrid, donde ha ejercido la enseñanza, combinándola con una incesante actividad en múltiples áreas culturales. Sus generosos compromisos con los Hogares Extremeños (acaba de ser elegido Presidente del de Madrid), UBEx, Guadalupex, AEEX o Beturia Ediciones - por nombrar sólo algunas de las entidades en las que participa - lo conducen a multitud de territorios, siempre admirado merced a su bonhomía a toda prueba.
Aquí ha encastrado varias docenas de sonetos, todos bien construidos y muchos, inconmensurables, en 13 conjuntos, a imitación de los retablos renacentistas. Estamos ante una suerte de “écfrasis” (ut pictura, poiesis), donde las ilustraciones dibujadas por Antonio Manuel Contreras inducen la similitud entre la iconografía verbal y la visual. Por la compleja factura del libro, se me antoja proponer para su mejor lectura, como modelo paradigmático, la Adoración del Cordero místico, la obra más importante de los Van Eyck (s. XV), conservada en la Catedral de Gante, cuyos secretos cierta mañana de Julio me explicó detenidamente Eduardo Naranjo cierta mañana de un Julio ya tan remoto.
Cabe advertir, en los hermanos pintores holandeses y el poeta extremeño, la importancia de elementos si secundarios, de ningún modo irrelevantes. Estoy refiriéndome, por lo que al poemario atañe, a pequeñas composiciones que realzan el núcleo: las seguidillas con estrambote (guiño a Miguel Hernández) y los haikus que orlan las piezas principales, los sonetos. Muchos de éstos han sido rescatados de entregas anteriores, fundamentalmente Retablos de amor profano(Badajoz, 2003) y Ritual de inocencia(Madrid, 2005). Otros habían visto la luz merced al oportuno premio otorgado (Certamen García-Plata o CC.RR. Alcobendas). Otros, en fin, estaban aún inéditos. Todos responden a la voluntad de quien, en los preliminares, escribe: “En este libro sólo he pretendido que haya poesía. Nada más que poesía nacida en las honduras de quien soñó estos versos. Y en el desvalimiento, la desolación o la esperanza de mis hermanos, los hombres. He buscado la belleza en las profundidades del sentimiento. Ojalá la haya encontrado”.
A fe que lo ha conseguido.
José Iglesias Benítez, El libro de los retablos. Madrid, Liber Factory, 2018.

Áspera seda de la muerte resultó ganadora del XXI Premio de Novela Ciudad de Badajoz 2017. El oxímoron del título anuncia ya el juego de contradicciones, enfrentamientos y dualidades que ofrece, antítesis centradas en dos ejes fundamentales: la oposición entre hombre-mujer y liberales-ilustrados, en aquella Sevilla de 1813.
El apellido del autor coincide con el del gran bibliófilo, nacido en Campanario, patrono de la UBEx. Como D. Bartolomé, Gallardo (Sevilla, 1958) estudió Medicina y al ejercicio del noble arte de curar viene dedicándos. (Uno de los personajes de la novela es el doctor Arribas, amigo de Lord Byron y Blanco White, galeno cuya mentalidad francamente progresista lo induce a muy atrevidos experimentos). El año 2012 obtuvo el premio Ateneo de Novela Histórica con La última noche, centrada en la figura de Sarah Avenzoar, mujer avanzada para su tiempo (s. XII), que ejerció la Medicina pese a los convencionalismos de la época. Áspera seda nos conduce también a los ámbitos de la novela histórica con protagonistas femeninos. No obstante, aunque perfectamente documentada – constituye un magnífico cuadro sociológico de aquella España ya escindida- sobresale por dos valores básicos: el análisis psicológico de los personajes y la excelente prosa en que está escrita.
Se centra el relato en Flora de Letona, joven madre de dos hijos, nacida y educada en una familia de la alta burguesía, cuyos padres también nadan en contradicciones: Dª Concha es sumamente conservadora; D. Ramón, un hombre de ideas progresistas, masón y afrancesado. Entre sus amigos figura el viejo ilustrado Francisco Saavedra, otro ilustre personaje histórico Lo matan, ritualmente, no sin complicidad del propio hijo, los caballeros absolutistas sevillanos.. Pero antes derrochará su patrimonio para que Flora pueda lograr su objetivo máximo: liberarse del morlaco que le ha tocado en suerte, el teniente Ballester, supuesto héroe de la Independencia en la Batalla de las Barcas (falso: lo fue John Downie, fundador de la Leal Legión Extremeña). Casi desde que se casaron, el rudo militar no cesó de machacar a la Flora psicológica y físicamente.
Abre el libro con cita de Chaves Nogales (otro escritor dividido entre las dos España): “en nuestra ciudad (Sevilla) la muerte es siempre un asesinato”. Justo proemio para un texto homenaje a la capital del Betis, por entonces ciudad desvencijada en su orgullo tras el expolio físico y espiritual de los franceses; a la que Cádiz quitó el monopolio del comercio con Indias porque el colmatado Guadalquivir dificulta la navegación, herida por un rebrote de la fiebre amarilla, además de hambrunas ante las malas cosechas.
La historia comienza en el beaterio de San Antonio, presagio del protagonismo que las mujeres van a tener. Allí encierran a Flor por orden judicial (que el marido manipula), cuando decide huir de casa y solicitar la separación de mesa, habitación y lecho. El novelista ha encontrado en los archivos andaluces procesos de casos similares, a los que acudió para alcanzar la máxima verosimilitud posible. La valiente mujer convive con otras no tan “arrepentidas, que pese a sus vida poco ejemplares no no dudarán en jugársela (y perderla) para contribuir a la liberación definitiva de Flora. Ella es sólo una “divorciante”, mujer seglar, “depositada en un retiro seguro y honorable”, según dice el papel que manda a Capitanía el abogado del teniente. No está obligada Flora a asistir a la capilla al amanecer. Aun así, acompaña a las monjas en sus rezos. Le gusta escuchar la música del silencio, porque entiende que ahí está Dios. Tampoco es una santa: tuvo una aventura extramatrimonial, seguramente una hija, con otro desgraciado, Salvador de Castañeda, a quien los compinches del teniente masacrann.
Desde el beaterio, Flora sigue relacionándose epistolarmente con Blanco White; contempla los carnavales y la Semana Santa… y procura no ser devuelta a la casa familiar. Tísica, recibe los cuidos del doctor Arribas. Le quitan a los dos hijos, pero no va a ceder, manteniéndose más firme, cada vez más lúcida y decidida: “No me arrodillo ante ningún hombre por muy cura que sea. Sólo Dios me cogerá postrada”. Finalmente, tras complicada odisea, logra huir del Beaterio, gracias a al apoyo de algún hombre y la complicidad de las compañeras, como Teresa Cienfuegos, “la que no sabe darle placer a un hombre. No le da placer, le da escalofríos, áspera seda de la muerte”. Mientras Flora arriba a Inglaterra, donde la reciben nada menos que Lord Byron y Blanco White, Fernando VII alcanza Madrid, produciéndose una auténtica exultación en Sevilla de la plebe antiliberal.
La obra está escrita en una prosa pulcra, con rotundo predominio de las oraciones simples y un léxico muy apropiado, perfectamente elegido según los personajes y ambientes (militares, masones, monjas, prostitutas, plebeyos, aristócratas, constitucionalistas, ultramonantos, etc.). Añádanse la complejidad del discurso narrativo y el generoso uso de las metáforas.

Francisco Gallardo, Áspera seda de la muerte. Sevilla, Algaida, 2018

Hace casi cincuenta años (1969), se publicaba On violence, corto pero sustancioso ensayo de una de las pensadoras occidentales con mayor prestigio, Hanna Arendt (Linden, Hannover, 1906-Nueva York, 1975). Mucho debía saber sobre el asunto la pequeña israelí, educada en la patria chica de Kant (Königsberg), discípula predilecta (en muchos sentidos) de Heidegger y a la que el régimen nazi encarceló y retiró la nacionalidad, aunque se salvaría del Holocausto, huyendo de Alemania hasta afincarse en USA, no sin haberse fugado sorprendentemente del campo de concentración de Gurs, donde fue internada. En Estados Unidos se convertiría en una de las pensadoras más influyentes de la centuria última.
Famosa por sus estudios sobre los regímenes totalitarios, la filosofía existencial o la “cuestión judía”, gran conocedora de la filosofía contemporánea, su nombre pasó al gran público cuando acepta ir a Israel para informar sobre el proceso de Eichman como reportera del The New Yorker. De aquellos apuntes, que no agradaron mucho al Gobierno judío ni a los sionistas, surgió su obra quizá más célebre, Eichmann en Jerusalén. Un informe sobre la banalidad del mal (1963). No gustaba que Arendt resaltase la docilidad y la complicidad misma de no pocos hebreos ante la shoah.
Un lustro después, Occidente volvería a sumergirse en olas de suma agitación: el conflicto insufrible de Vietnam, las agitaciones del Black Power, la conmoción de la “Primavera de Praga”, el desarrollo de los programas nucleares, el descubrimiento del universo “gulag” y, más que nada, la revolución estudiantil de “Mayo del 68” expandida desde Francia a medio mundo, ponen de moda las tesis de Nietzsche, Bakunin, Sorel, Pareto o Fanon a favor de la violencia como energía creadora.
Arendt no quiso permanecer al margen de las discusiones suscitadas en torno a los orígenes y naturaleza de la misma, así como sus relaciones con el poder, lo que abordó en esta obra con poco más de cien páginas. Leída medio siglo después, en circunstancias bien distintas a cuando se compuso, no puede asumirse sin algún distanciamiento, aunque su tesis fundamental continúe mostrándose válida: “La violencia no promueve ninguna causa, ni la historia, ni la revolución, ni tampoco el progreso o la reacción, pero puede servir para poner de manifiesto agravios y atraer sobre ellos la atención pública” (pp. 102-103).
Especialmente crítica se mostrará Arendt contra cuantos buscan apoyarse en Marx para defender opiniones contrarias. (Nunca alude al anarquismo ni, salvo alguna alusión ocasional, al nazismo). Según se sabe, si bien no cabe leerlo en este ensayo, le desagradaban por igual el “fanatismo histérico de Hitler”, que la “crueldad vengativa” de Stalin. Según la autora, argumentando con razonamientos convincentes, para la violencia no hay justificación biológica, histórica o política asumible. Por lo demás, adelanta (pp. 110-113) los riesgos que los nacionalismos nacientes (no cita el catalán, ni el vasco) suponen para Europa.
Pese a su sólida formación académica, Arendt fue siempre enemiga de la “jerga filosófica”, por lo general críptica para el gran público, prefiriendo expresarse en el lenguaje común. Así lo hace también en este texto, lo que no le resta un ápice de rigor intelectual. Carmen Criado lo ha traducido a un castellano impecable. Hannah Arendt, Sobre la violencia. Madrid, Alianza Editorial, 2018.

No sé si Antonio Ramiro es la persona más afecta a Guadalupe, pero lo juzgo el investigador que mejor conoce la historia, significación y contenidos culturales de su Monasterio y Puebla. Tuvo la suerte de contar en estas lides con un maestro insuperable, fray Sebastián García, con quien publicó multitud de libros y artículos sobre el Cenobio de las Villuercas. Allí sigue trabajando el ya maduro autor de esta nueva obra, otra aproximación a uno de los grandes tesoros que los frailes jerónimos y franciscanos alcanzarían a conformar en aquel Santuario, su extraordinaria biblioteca (víctima de crueles expolios ya en época contemporánea).
Necesitaban textos de todas las materias la Comunidad y las instituciones mantenidas bajo sus recios muros y que tan valiosos servicios prestarían a lo largo de siglos: Colegio de Gramática y Humanidades; Escuelas de Medicina, Farmacia y Cirugía; talleres de bordaduría, escribanía, tejeduría, rejería, pergaminería, arquitectura y orfebrería; el prolífico scriptorium (inolvidables sus miniados) o las más recientes escuelas de Primera Enseñanza y los Estudios de Formación franciscanos.
Vale la pena reproducir cómo describe el lugar Francisco de San José OSH en su Historia Universal de la Primitiva y Milagrosa Imagen de Nuestra Señora de Guadalupe Madrid (1743, p.114):
“Es pieza muy anchurosa, alta, alegre y de mucha luz, por las grandes ventanas que tiene a sus dos costados: la cercan enteramente estantes de madera fuerte y muy bien lucidos, en que ay de los mejores libros en todas las facultades: guárdanse algunos originales manuscritos, y entre ellos hallo las Obras de Euthimio, escritas en lengua Griega el Doctor Juan Hentenio, como el mismo lo assegura, siendo monge de este Monasterio, llamado Fr. Juan de Nalines. Por cima de los estantes sube hasta encontrar las bóbedas el adorno de pinturas. Tiene primera, y segunda puerta para su mayor custodia, que caen a las espaldas del Coro, sitio el más acomodado a la dilatación grande de este Monasterio”.
Entre sus fondos, figuraría una formidable colección de incunables, cuyo inventario completo aún se desconoce. Según constaba en una relación del siglo XVIII, que fr. Hermenegildo Zamora tuvo el acierto de publicar, Catálogo de Libros de la antigua biblioteca del Monasterio de Guadalupe (Madrid, 1976), pasaban de dos centenares los “libros de molde” editados cuando la imprenta aún estaba en la cuna (1450-1499). Como se sabe, a raíz de la desamortización se hizo llevar (1835), en horrorosas condiciones, la biblioteca guadalupana a la de Cáceres, donde no se guardaría en el mejor estado. De hecho, Fulgencio Riesgo ya sólo pudo localizar 78 incunables para su estudio “Interesante a los amantes de las ciencias. Catálogo de los incunables de la antigua Biblioteca de Guadalupe, hoy existente en la Provincial de Cáceres” (Guadalupe, (1914). Ya se sabe cuanto ocurre con libros valiosos expuestos a depredadores (humedad, ratas, polillas) y/o humanos. Cuando una R- Orden (20 agosto 1924) dispuso se trasladasen a la Nacional los ejemplares impresos del siglo XV, de Cáceres únicamente (ya en ferrocarril y oportunamente relacionados por García Camino) 42 volúmenes (algunos, con varias obras).
Con otros títulos después identificados, más los que aparecerían en la “biblioteca Barrantes”, llevada a la de Guadalupe merced a la generosidad de los herederos del gran bibliófilo (1923), junto a las múltiples labores de los Franciscanos para reinstaurar en el Monasterio una biblioteca digna de su fama (la antigua fue durante la exclaustración sala de bailes), Antonio Ramiro pudo confeccionar este catálogo. El cronista oficial de la Puebla Villa de Guadalupe hace bien en pedir se restituya a su lugar de origen este magnífico tesoro. Los lectores pueden calibrar la importancia de sus piezas repasando las 86 fichas bibliográficas que proporciona de otros tantos “incunables de Guadalupe”. Antonio Ramiro Chico, Los incunables de Guadalupe, el saqueo de un patrimonio. Cáceres, Diputación provincial, 2017.

La correspondencia cruzada entre Gerardo Diego y Juan Larrea durante casi 65 años constituye, sin duda, “un conjunto documental de excepción”, según la definen en los preliminares sus dos editores, Juan Manuel Díaz de Guereñu (Universidad de Deusto) y José Luis Bernal Salgado (Universidad de Extremadura y miembro de la RAEX). Ha quedado perfectamente recogida en este volumen que supera el millar de páginas, con estudio introductorio, reproducción de los textos, notas a pie de página (casi mil), más tres índices de gran ayuda para bien conducirse en este bosque, tan íntimo como pleno de referencias históricas y literarias: el cronológico de las cartas; el de los poemas –propios o traducidos- que en ellas se remiten los autores y el onomástico, una casi interminable relación de nombres donde aparecen todas las personalidades españolas relevantes del pasado siglo (escritores, sobre todo, pero también políticos, actrices, periodistas, cineastas, catedráticos, críticos, etc.).
Entre los extremeños apenas figuran Enrique Díez-Canedo y Juan Antonio Ortega, con ocasionales alusiones a B. Torres Naharro, Hernán Cortés, Zurbarán y Eugenio Hermoso.

Ordenadas cronológicamente, las 414 epístolas (de las que se han corregido las erratas evidentes y actualizado la acentuación, con el oportuno desarrollo de las abreviaturas, más algunas otras leves modificaciones, oportunamente notadas), abre la manuscrita que el joven estudiante (flojito) Gerardo Diego dirige desde Madrid a Juan Larrea (25 octubre 1916) y concluye con la que, mecanografiada, mandase éste a su gran amigo, desde Córdoba (23 enero 1980) para felicitarle porque acababa de obtener el Cervantes, compartido junto a Jorge Luis Borges. Personalidades tan lúcidas, inquietas, cultas, bien relacionadas y mejor informadas como ambos corresponsales, con la libertad de espíritu que proporciona el género epistolar, se constituyen en testigos imprescindibles de una España transida de tradición plural, abierta a los aires foráneos (¡ Vicente Huidobro y César Vallejo!), por donde discurren escritores geniales (Generaciones del 98, 14, 27, guerra e inmediata posguerra, así como las de cada una de las épocas posteriores), políticos de todos espectros (desde los revolucionarios a los fascistas), un pueblo convulsamente zarandeado, utópicos y pragmáticos, vencedores y vencidos (sin olvidar a los del exilio)… los más plurales paradigmas, en fin, de la humana especie, considerados por lo general sin acritud, más bien con la benevolencia generada por la indiscutible bonhomía de los dos amigos. Larrea (Bilbao, 13 de marzo de 1895 - Córdoba, Argentina, 1980), poeta y ensayista, desarrolló en América gran parte de su obra, casi toda enmarcada en el ámbito de la poesía vanguardista. Max Aub lo juzga «el más puro exponente de los ismos en España». Fue sin duda lo que indujo a Gerardo Diego (Santander, 1896-Madrid 1987) a incluirlo en su famosa Antología. Llegó éste a nonagenario sin salir de una patria con miles de costurones, donde “el exilio interior” fue un recurso para tantos. Después de haber compartir escenarios comunes, los dos van a relacionarse desde otros bien distintos, haciendo no obstante posibles complicidades reservadas, sobre todo en relación con el proceso creativo de cada uno. Muchas se revelan a los lectores de este volumen, por lo demás exquisitamente diseñado e impreso. Cabe advertir que casi todas las cartas (213) de Juan Larrea fueron ya recogidas en el libro, hoy descatalogado, Cartas a Gerardo Diego. 1916-1980 (1986). Las de éste permanecía hasta ahora inéditas.
Amigos desde sus estudios universitarios en Deusto, con enfrentadas opciones durante la contienda civil (se reflejan en no pocos textos), seguramente la poesía los salvó de roces incurables, permitiéndoles no romper la empatía mutua que en estas páginas se percibe, si bien lo sustancial de las entregas (hay otras aún no localizadas) es anterior a 1939. A sus pulcros editores no cabe sino agradecer faciliten el acceso a tan enjundiosos manantiales. M.P.L.
Gerardo Diego/Juan Larrea, Epistolario 1916-1980. Madrid, Fundación Gerardo Diego/Residencia de Estudiantes/UEX/Gobierno de Aragón, 2017


Con el patrocinio de la
JUNTA DE EXTREMADURA
Consejería de Cultura e Igualdad


 

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