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Mi madre me lo contaba desde pequeñito. Tanto ella como mi padre se criaron en unas minas de plomo, en San Rafael. Como no había colegio en el campo, aprendieron a leer y a escribir en Los Rubios (Badajoz), donde sí había maestro. Siempre me decía que era un pueblo muy bonito y que le tenía un cariño especial porque le traía recuerdos de infancia. Ellos se conocieron de pequeños y venían caminando desde la mina hasta Los Rubios. Después, de novios, cuando este pueblo era el centro de baile en la zona, con unos 80 o 90 habitantes, venían de fiesta.

A mis 16 años vi cómo la aldea se iba vaciando y cómo se derrumbaban las casas. Me daba tanta tristeza que durante mucho tiempo tuve en la cabeza: a esta aldea le daré vida alguna vez. Hasta hace 11 años yo vivía en Zafra y tenía una asesoría fiscal, pero seguía paseando entre las casas y seguía pensando lo mismo. Para entonces ya llevaba muchos años queriendo salirme de esa gran mentira en la que todo consiste en levantarse, trabajar y morirse rico. ¿Para qué queremos el dinero si no podemos comprar lo más importante: el tiempo? Ahora prefiero pasear y recuperar la aldea.

Como a los 28 años me hice un plan de pensiones para jubilarme a los 55, ahora puedo permitirme vivir en un pueblo vacío. Solo necesitaba encontrarme a mí y estar con la naturaleza y con lo de verdad. Pero eso no significa que no esté en sociedad. Los miércoles por la tarde me voy por carreteras secundarias, llego a Córdoba, a una tetería, y siempre conozco a alguien. Por las noches voy a un bar de jazz en directo en el que disfruto escuchando música y hablando. Eso sí, vivir sin vecinos es alucinante porque cuando vuelvo aparco donde quiero.

Vine para hacerme con una casa, pero no había ninguna a la venta. Los dueños de una finca habían comprado casas para vacas y cerdos. Cuando murieron, sus hijos me vendieron dos. Les di lo que llevaba de señal y a la semana siguiente fui a pagarlas y me acabé llevando alguna más. Seguí pasando por Los Rubios y fui comprando más casas. Ahora hay 25 y he reconstruido nueve.

Me estoy preocupando más de las casas de los demás, para darle vida al pueblo, que de mi propia casa, que aún no he terminado de reconstruir. Disfruto más con lo que hago que con las posesiones. La propiedad no cuenta; es la creatividad lo que vale: ver cómo recuperas cosas, cómo les das vida. Es una satisfacción. Mis manitas. Mis manitas que no sabían más que firmar...

Mi amigo Fernando y yo hemos creado la Asociación Cultural Aldea de Los Rubios. Nos encargamos de arreglar caminos, vamos a los plenos del ayuntamiento y echamos para atrás ordenanzas. Aquí cobran contribución urbana. Tú ahora solicitas permiso de obra y no te lo conceden, porque no saben lo que es esto. Los Rubios es una entidad local menor desde el 13 de junio de 1934. La gente se habrá ido o no se habrá ido, pero esto sigue siendo una entidad local menor. Si mi carné dice que yo vivo en Los Rubios, con la constitución en la mano yo debería tener los mismos derechos que un ciudadano de la calle Serrano de Madrid, ¿no? Aquí las cartas llegaron hasta hace 30 años, pero ya no viene ni el correo. Ahora me las mandan a Azuaga, a casa de mi amigo.

Como aquí no tengo donde hacer la compra, normalmente voy a Azuaga y recojo las cartas. Allí, además, voy cada mañana a desayunar a una taberna, que está en la calle en la que me crié, porque se junta una gente muy variopinta. Te pegas una hora o dos de palique y estás a gusto. Sacas lo divino y lo humano. Es que no te puedes encerrar, necesitas estar en contacto con la gente porque nunca sabes lo que vas a necesitar. Después, ¿cómo te haces una casa? ¿Cómo consigues las cosas? Yo creo que todos tendríamos que llevarnos bien y llegar a un entendimiento. Hablar, dialogar, sacar las cosas buenas y las malas. Prefiero estar hombro a hombro y sentir la piel del personal. De la gente solo quiero lo bueno, que malo ya tengo yo.

Cuando vine aquí, no sabía hacer ni mezcla. Un amigo me enseñó y lo primero que hice de cemento fue una chimenea, que está muy torcida. Yo no sabía que existe una cosa que se llama nivel. Las calles están más o menos puestas. Le digo a las niñas de Fernando: "¿Os gusta este nombre?" Dicen: "Sí, nos gusta". Y se queda. En la calle del Viento, porque siempre corre el aire, me pego unas horas de lectura que no veas. Leo todo lo que me cae en las manos porque todo tiene algo que decir. Empecé a leer a Herman Hesse, a Kafka y a Nietzche a los 13 años. Siddharta es el libro del que más he aprendido. Que te diga tu padre: vas a pasar hambre. Sí, voy a pasar hambre, pero voy a saber lo que es el hambre. Ahora estoy con La agonía de un déspota y El péndulo de Foucault.

Lo que quiero es reconstruir la aldea. Darle vida. En Internet, una página web del Ayuntamiento daba a entender que Los Rubios es un pueblo sin historia. ¿Cómo que no tiene historia? Aquí han estado meses y meses máquinas de esas partiendo piedras, llevándoselas en camiones. Eran dólmenes, pero ellos ven piedras. Cuando estaban aquí los templarios, llegó un grupo santiaguista que se conocía como Los Rubios. Llegaron hasta aquí cuando esto era del Reino de León. Aquí yo soy rubeño. A veces he oído rubejo. Pero pregunté y me dijeron que eso era por José, que era rubio de pequeño. José es el único que está aquí todos los días, porque viene a trabajar al campo, pero no vive aquí.

Yo no he sido capaz de vivir en ningún sitio. He vivido en Madrid, en Huelva, en Barcelona, en Valencia, en Salamanca, en Granada, en Badajoz y en Sevilla, pero aquí es donde llevo más tiempo. Llevo ya once años haciendo lo que me apetece, pero noto que últimamente el cuerpo me pide que haga algo más. No me pide que vuelva a meterme en los negocios, ni en la asesoría fiscal, pero es que hay grandes cosas que se pueden hacer. La gente suele pasar de hippie a yuppie, pero parece que yo tengo el cerebro al revés y he pasado de yuppie a hippie.

Lo primero que quiero es devolverle la vida a este sitio, porque le tengo cariño, por mi madre. Luego quiero reconstruir con vistas a turismo rural, para que algún día aquí puedan vivir de eso. Es un sitio increíble y una encrucijada de caminos: justo al lado empieza Córdoba.

Cientos de golondrinas se crían en la que será mi casa, aunque todavía no la he hecho. Desde que vine he estado haciendo la de Fernando, la de Diego...Aquí pierdo el poco tiempo que tenemos, pero lo disfruto. Porque, ¿tú crees que le queda mucho tiempo a la Tierra, con lo que le estamos haciendo? He puesto la ducha en el patio, junto a las plantas. Estar aquí en medio y que te caiga el agua es una sensación increíble.

Cuando termine de arreglar esto, me iré por ahí a hacer la ruta de la morcilla: quiero probar todos los tipos de morcilla que se hacen en España. Estas casas algún día serán de otras personas, no sé quiénes. Acabaré lo que pueda y, si no, que lo acabe el que venga después. Si quiere.

Fuente ELPAIS

Trujillo. «Aquí estamos, luchado». Es la respuesta habitual cada vez que contesta a HOY. Precisamente, gracias a esa lucha ha conseguido traspasar fronteras y conquistar nuevos mundos. Sus principales herramientas han sido su tesón y horas de trabajo, además de los tradicionales utensilios del oficio. Se trata de José Cancho, la quinta generación de una familia de carpinteros de Trujillo. La crisis le hizo abrir nuevos mercados dentro y fuera de España, llegando con su madera a zonas totalmente desconocidas para él como Guinea Ecuatorial.

Este aventurero del siglo XXI en su materia ha convivido desde muy pequeño con la sierra, con las virutas de madera y con los cinceles. Comenzó, como otros muchos, ayudando a su padre en ratos libres, vacaciones y fines de semana. Reconoce que los libros y los estudios no eran lo suyo. Por ello, con 16 años se unió ya de lleno al negocio familiar. De aquello ya ha pasado 36 años.

Con una trayectoria consolidada, Pepe, como le llaman sus conocidos, casado y con dos hijos, sigue en la brega para mantener este negocio con 12 personas en plantilla. Entre ellos está su hijo menor que se puede convertir en la sexta generación de carpinteros. Este hecho le hace luchar con más ahínco.

Aunque lleva mucho tiempo en el oficio, Cancho, con cierta modestia, asevera que sigue aprendiendo en este mundo. «Siempre salen técnicas nuevas y hay que estar en continua evolución para no quedarse en el difícil camino», asegura. A pesar de esa continua formación y aprendizaje, opina que la carpintería y la ebanistería no siempre están lo suficiente valoradas.

Este profesional trujillano detalla que su carpintería ha estado dedicada a los trabajos tanto de Trujillo y su comarca, como en otras zonas cercanas. Atiende a pequeños clientes y a grandes constructores. Durante años, ha hecho trabajos de todo tipo para viviendas, como mobiliario y armarios empotrados con su revestimiento. Sin embargo, las obras para particulares descendieron en gran medida. También aparecieron grandes empresas internacionales con mobiliario de bajo coste. «Veo lógico que mucha gente tire de esos muebles, porque las economías son reducidas y hay que apañarse», señala.

Con el paso del tiempo y la llegada de la crisis, decidió abrir mercado a otros lugares para ser competitivo y mantener la plantilla de trabajadores. Reconoce que las nuevas tecnologías ayudan a conseguir clientes con cierta solvencia que trabajan en diferentes obras. «Entras en una empresa, si les gusta lo que haces, te siguen llamando y te dan trabajo», explica.

Antes de lanzarse fuera de la región, hacía de forma esporádica trabajos para clientes que viven en Madrid. Sin embargo, las puertas de la capital de una forma contundente se las abrió un arquitecto que se «empeñó» en que le hiciera una obra a un sobrino suyo. A raíz de ahí y mediante el boca a boca, llegó a una empresa que le dio la oportunidad de hacer distintas obras.

De un sitio a otro
Gracias a esos inicios, esta carpintería está vinculada a varias entidades posicionadas en el ámbito nacional. José Cancho matiza que todas las tareas están revisada con lupa y deben estar en perfectas condiciones. Reconoce que antes no se hacían revisiones tan exhaustivas. «Quizá, nos dan trabajo porque vamos cumpliendo», sostiene.

Gracias a esas entidades, ahora no para. Carpintería Cancho puede estar una semana en Salamanca y otra en Sevilla o bien desplazarse a distintos lugares de la Comunidad de Madrid, entre otros sitios. Prueba de ese movimiento es que, después de Reyes, esta carpintería trujillana se ha ido a Gijón y a San Sebastián para ultimar diversos trabajos. Ha llegado a reformar oficinas del Banco de Santander, así como de Vodafone y clínicas dentales de marcas comerciales, entre otros.

El sistema es sencillo. Los trabajadores de la carpintería se desplazan al lugar para hacer las mediciones oportunas de lo que ha solicitado el cliente. Después, elaboran en Trujillo el pedido y se vuelven al lugar para terminar la obra. «Ese es nuestro día a día ahora», detalla.

En el trasiego de estos trabajos, surgió en 2014 la aventura de montar una tienda Mango de unos 3.000 metros cuadrados en Guinea Ecuatorial, a través de una empresa española. José Cancho lo recuerda como si fuera ayer. Recibió una llamada de una jefa de obras de la entidad encargada para hacerle ese ofrecimiento. «Si no estás sentado, siéntate, porque nos vamos a ir para Guinea Ecuatorial ¿Te atreves?», le dijo esa responsable. José Cancho no lo dudó en ningún momento y emprendió la aventura.

Esa instalación iba forrada toda de madera con el mobiliario. Se hizo bajo plano. Una vez que se fabricó todo en Trujillo, se llevó al país africano en barco. Una vez en origen, los trabajadores trujillanos se desplazaron en avión hasta el lugar para el montaje. «Resultó perfecto», apunta. La idea era continuar trabajando en distintas zonas de la capital de este territorio. Sin embargo, hubo problemas con su Gobierno y se paró el proyecto.

Un hospital de Mauritania
No es el único trabajo que ha realizado para el continente africano. Hace poco, envío a través de otra entidad un pedido de mobiliario para un hospital de Mauritania, así como material relacionado con la madera maciza. No hizo falta que se desplazase ningún empleado.

José Cancho no descarta en continuar trabajando para el extranjero. «Nosotros vamos donde sea, hay que intentar mantener lo que tenemos», señala. De hecho, participó hace poco a un proyecto para la República Checa para trabajar en el interior de viviendas, con la fabricación de puertas y armarios empotrados, entre otros elementos. Sin embargo, no salió. Mientras que continúa trabajando en media España, también está pendiente de viajar a Canarias por cuestiones laborales. El objetivo es no parar. A pesar de estas obras, tiene claro que no se olvida ni de sus clientes de toda la vida ni de los trabajos de su zona.

Fuente HOY

La Fundación Academia Europea e Iberoamericana de Yuste convoca la XII edición del PREMIO EUROPEO CARLOS V destinado a premiar a aquellas personas, organizaciones, proyectos o iniciativas que, con su esfuerzo y dedicación, hayan contribuido al conocimiento general y engrandecimiento de los valores culturales, sociales, científicos e históricos de Europa, así como al proceso de construcción e integración europeas.

Las candidaturas al PREMIO EUROPEO CARLOS V podrán presentarse a propuesta de instituciones, entidades públicas, entidades culturales, científicas, universitarias o socioeconómicas, los premiados en ediciones anteriores, los miembros de la Academia Europea e Iberoamericana de Yuste, las embajadas de España en cualquier lugar del mundo y las representaciones diplomáticas en España de los países elegibles mencionados en la convocatoria.

El plazo de presentación de candidaturas finaliza el día 15 de febrero de 2018.

El texto completo de la convocatoria, así como el formulario de solicitud puede consultarse en la página web de la fundación: http://www.fundacionyuste.org/premio-europeo-carlos-v/convocatoria-2018/

 

La Fundación Mercedes Calles alberga hasta el 4 de marzo la exposición 'Del Costumbrismo a la Modernidad', con 45 obras pictóricas pertenecientes a la Fundación Caja Extremadura. Cuadros de Eugenio Hermoso, Felipe Checa, Adelardo Covarsí, José Bermudo y Conrado Sánchez Varona, entre otros.

Fuente HOY

El pintor Felipe Fernández Abadín (Badajoz, 1934) expone desde ayer lunes hasta el próximo 20 de enero en la sala de Ámbito Cultural de El Corte Inglés de Badajoz, una selección de retratos, bodegones y paisajes que ha pintado en distintas épocas de su vida, entre los que se incluyen algunas de sus más recientes obras, como son un retrato que ha realizado del rey Felipe II y también de otros miembros de la Familia Real. Felipe Fernández Abadín es un pintor figurativo autodidacta que muestra en su obra un gran dominio de la luz y el color. Aficionado a la pintura desde la infancia, ha pintado al óleo, al pastel y al carboncillo.

Fuente LACRONICABADAJOZ

Esta es la fabulosa historia de un milagro escrito, es decir, la peripecia del manuscrito de una novela que iba a imprimirse en 1620 y cuyo rastro se perdió hasta ser hallado en 1965 en el archivo de la Hispanic Society of América, en Nueva York. Pero esta joya del Siglo de Oro seguía inédita. El manuscrito tiene 328 folios, lleva la signatura B2519 y es el único ejemplar de una las pocas novelas escritas en el Virreinato del Perú de aquellos años. Se titula «Historia del Huérfano» y acaba de ser editada, por primera vez, gracias a la Fundación José Antonio de Castro, en su pulcra «Biblioteca Castro» de literatura española.

El libro abre una ventana que nos permite viajar en el tiempo –supera con creces a las gafas de realidad virtual– y mirar con los ojos y los juicios de un español de la época cómo era la sociedad virreinal, la Corte, la vida en diferentes ciudades europeas y americanas, sin que medien filtros culturales o históricos.

Es la historia de un huérfano granadino de 14 años que viaja a América, se enrola en la guerra de conquista del Virreinato de Nueva Granada y pasa a Lima, donde emprende carrera eclesial que le llevará por medio mundo. Está narrada en tercera persona, trufada de hechos reales y reconocibles, además de consideraciones biográficas de su verdadero autor, que los especialistas tienen perfectamente identificado y que no fue el Andrés de León que figura en la portada –nombre inventado–, sino Martín de León y Cárdenas, un hombre cuya vida tiene paralelismos con la del huérfano y que llegó a Arzobispo de Palermo, ciudad en la que murió en 1655.

Si miramos con sus ojos aquel presente que nos llega hoy entre páginas amarillentas perfectamente conservadas –salvo dos folios relativos a sus primeras tropelías que le llevaron a ser expulsado de Perú–, veremos mucha más cultura de la que recordamos en las calles de Lima, la mítica Ciudad de los Reyes, donde un poema bien forjado es tan útil como la espada.

Visión real de Lima
En la capital virreinal hay conventos, de los que surge la primera universidad americana a mediados del XVI, pero en la novela abundan también aventuras sin fin, amores y líos de faldas, navegaciones, clérigos que se disfrazan de soldados, naufragios y batallas a boca de fuego en aquellas latitudes que aquellos españoles, antepasados nuestros, sentían como parte de una tierra casi infinita que aún exploraban; y hay asaltos a baluartes y muertes y enemigos...

Asistimos desde las líneas españolas al ataque de Francis Drake a Puerto Rico en 1595 –donde el Huérfano tiene su protagonismo–, aquella última batalla del inglés tan solo un año antes de morir. Y también al saqueo de Cádiz por una escuadra inglesa en 1596, de la que el protagonista escapa por los pelos y gracias a un golpe de fortuna o de ingenio supernovelesco. Después el protagonista viaja a Madrid, donde se vicia con el juego y participa en una reyerta en la que muere una persona, y a Roma a pedir perdón al Papa para recomenzar. ¿Cuánto de verdad hay sobre el autor en todo ello? ¿Cuántas vidas cabían en una de aquellas biografías? Porque luego asiste en Ferrara justo cuando Clemente VIII se la anexiona y recorre otras ciudades de Italia celebrando la boda de Felipe III con la Reina Margarita. Finalmente regresa a las Indias y termina sus días retirado en la paz conventual y rechazando el cargo de obispo que su peripecia, sin duda, ameritaba.

Pistas y misterios
La responsable de la edición es una filóloga peruana, Belinda Palacios, que relata que fue Antonio Rodríguez Moñino quien lo encuentra en la Hispanic en 1965, lo describe, y recomienda su publicación al calibrar la importancia del hallazgo. Se intentó en los años noventa con Paola Leoni pero no llegó a buen fin. Belinda Palacios destaca que es un testimonio único de la época y de una sociedad capaz de crear cultura. El estilo de la novela es menos simple que la «Historia de la Monja Alférez» y más rico que las autobiografías de soldados del Siglo de Oro por los escenarios que abarca.

No se sabe por qué no se llegó a publicar como estaba previsto en 1621, pero Palacios no ha encontrado la cédula que habría en el Archivo del Consejo de Castilla en caso de haberse pedido permiso. «Tal vez Martín de León se avergonzaba de que se supiera que era el autor, por todo lo que dice, porque es un poco obra de juventud y él hizo una importante carrera eclesiástica». No en vano faltan dos folios de uno de los episodios más oscuros de la vida del Huérfano.

«El texto apoya sin duda a los criollos, desmiente que fueran incultos, pero no dice nada malo de los españoles», subraya la investigadora sobre un detalle relevante de la visión de la sociedad virreinal. Para ella, «el autor vive de cerca la ebullición de las letras en Lima en esos años» (de hecho se conocen poemas suyos en recopilaciones que han servido para identificarle). Palacios reflexiona: «La historia no es blanco o negro, y en la leyenda negra siempre se machaca lo que hacían los españoles, pero esta obra nos da una infinita gama de grises que enriquece la historia».

Tampoco esconde lo negativo, «hay una descripción de las minas de azogue en la que se refleja que se da cuenta de la dureza de la vida de los indios», afirma Palacios. Pero lo importante es que «transporta al lector pasado, de una manera absoluta», remacha.

 Fuente ABC

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