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Mila Ortega

FUGAZ Y SOLA

Preludio


El azar me puso en esta partida de ajedrez

y acabé creyéndome una torre con ventanas,

otras veces, un peón en el tejado

hasta que el viento acabó por llevarse el tablero

dejándome prismática y sola.

 

La sensación de creerme lejos

y deudora de lo pendiente

amenaza el deseo diario de resistir.

Cuando el vestido de comunión

amarillea en el marco de alpaca

presiento que todo sobra,

demasiados adjetivos inundan de baba

los renglones.

 

Inocuos mis poemas

no alcanzan la precisión ni la belleza,

a menudo inmóviles

en el umbral de lo pretendido.

 

No estoy segura de poder soportar

el dolor de algunas ausencias.

 

Me gustaría que ninguna soledad

me matara.

I

Fugaz su imagen al alba

se diluye en un instante,

es un sueño vago su rostro y el mío

se estremece por este adiós

esperado y hambriento.

 

Atocha.

Se pierden los vagones,

desaparecen las maletas entre la gente

y las despedidas se guardan

en los pañuelos al viento.

 

¿Hacia dónde miras cuando me miras?

 

II

Qué fugaz la melodía de aquel canto.

 

Cuando me aman,

y deseo soportar que me amen,

a veces, cuando me aman

no puedo asumir una caricia más.

 

No puedo resistir una caricia más

y aguanto un poco todavía,

un poco más, hasta romperme bajo la piel

y caer en el abismo.

 

III

Es un viento intruso el que se cuela

y se oculta en los rincones habitados

por la ausencia de su voz.

 

Hiere la memoria,

se consume el recuerdo

como un fósforo encendido

entre las yemas de los dedos.

 

Otras miradas esperan

para anidar en mis ojos

como una bandada de pájaros

hacia un lugar salvaje e indemne.

 

IV

Con este nombre impuesto

divago por el borde de la duda,

navaja que en las sienes penetra

por las que asoma pálido un gusano.

 

Apenas me sostengo

en esta historia que desprende

despacio sus escamas,

un traje sin tela ni costuras,

nada más que escamas,

como un reptil que se pasea

por los túneles del metro.

 

V

Insisto en la esperanza

esa llave maestra que tintinea

y luego no acierto a palpar

entre los pliegues de estos años.

 

Se fueron, pero dejaron sus cosas

y el olor permanente de los pasos

por los senderos de la casa.

 

Transcurren los días en semanas

cómo viernes que ayer fueron lunes

y el patio sin barrer.

 

Me parece tarde,

siempre tarde.

 

VI

Sobre la calle mojada me pregunto

por dónde camino

si no saludo al barrendero,

no reconozco al vagabundo

ni la sombra inclinada de la farola.

 

Abrigo en esta esquina la ilusión de un gesto,

un gesto cálido, tal vez.

 

VII

En la estación de autobuses

ni una derrota

la mesa con corazones de tinta,

nombres y fechas,

insultos.

 

Perdidos el seso y la cordura,

esperando, como Penélope,

tejemos una rosa de lágrimas

y el aullido del lobo nos devora

con la pertinaz insistencia

de un recuerdo,

a dentelladas, el olvido nos desangra

y morimos vivos y olvidados.

 

No llegó, tampoco en éste

y son las tres y pico.

Alguien rellena el crucigrama

de un periódico antiguo,

sobre una mesa sucia,

la mirada, ausente, como el paso inseguro

de un cachorro que se aleja de la cueva.

 

VIII

Hoy vuelvo a casa sola, ceno sola,

me cepillo los dientes sola y amanezco sola.

 

Sola me soporto y me entrego

a la bondad merecida.

 

Sola

porque un día fui multitud

y no crecí sino para jugar

al tenis o al sexo,

para practicar natación y amantes.

 

Sola

porque la duda fue mayor que la libertad

y las brazadas silenciosas en el agua

más locuaces que algunas conversaciones.

 

Bajo la sutileza del agua aprendí

a nadar sola.

 

IX

No soy quien te espera.

 

Prendí una fogata donde apurar mi sentir ingrávido

y se alzó una columna de humo muy alta,

deseaba que la vieras desde lejos

pero solo acampo una noche,

al amanecer recojo mi escaso equipaje

e inicio el camino de mi libertad.

 

Esperarte sería una imprudencia.

 

X

Fugaz y sola

persisto en una llaga abierta todavía,

un enjambre de abejas que pululan

en las palmas de mis manos.

 

Hacia tiempo que no me sentía quebrar

tan ácida como un jugo de naranja.

Era sencillo arrancar uno a uno los pétalos

y acabar creyendo en mí.

 

Ahora creo en mí,

en mí y en mis heridas.

 

XI

No me consuela el ritmo de la lluvia

ni su líquida conversación.

 

El tiempo me desata en hilos de seda

y al abrirme paso entre los animales

que en estampida me recorren,

busco aliento.

 

Gritan los huecos más profundos

una idea incasable y vaga.

 

XII

Insoportable es el destierro de este día,

espero volver mañana.

 

Mas no sé si deseo el abrazo que se me niega,

otra vez se me niega la manzana mordida

en el recreo de un patio de cemento.

 

Mas no sé si deseo el hueco que se me niega,

otra vez se me niega un refugio en el parque,

el afecto desbocado y la insurrección del yo.

 

En garras los versos, huidas las palabras,

ignoro lo que mantiene tenaz y oblicua

una lanza clavada en el estómago.

 

XIII

Qué nombre tengo si contesto siempre.

 

Se rasgó el mimético uniforme,

un secuestro largo y sutil

de caricias robadas y mentiras.

 

Aquella novela

es un cadáver putrefacto,

una pesadilla de besos enfermizos

que seguirán durmiendo en mi alcoba

por un tiempo.

 

Ahora te recuerdo.

Antes te amaba.

 

XIV

Una caja de cartón atesora

un juguete, una foto, un mechero,

unos novios de plástico con un nombre

y una fecha,  un único nombre

premonitorio quizá

de la torpeza y la monotonía.

 

XV

Nuestro perro se  asoma a la ventana,

imagina una libertad que no desea

pero le late en un sueño inconsciente.

 

Me asomo al infinito de un horizonte cercano,

los tejados húmedos.

 

Entre los detalles diarios y las fotografías,

antiguas evidencias confirman

que saber mirar es lo importante.

 

XVI

Desconfío de este breve protagonismo

al descubrir un barco al amanecer

que arroja las redes,

sin tiempo para pescar

el gran pez de Hemingway.

 

Dudo de querer seguir,

acomodarme o ejercer de hombre.

 

Sigo el empeño de una intuición perenne.

 

XVII

Tal vez sea solamente ser

y ningún otro desconsuelo me inquiete,

no es un reproche ni una justificación

ni siquiera la necesidad de que me escuchen.

 

Es una puerta abierta

que deja correr el aire fresco

este propósito,

liar el tabaco en otro cigarrillo

a sabiendas de que me sentiré culpable

por volver a fumar

y hasta que quiera dejarlo.

 

Tal vez sea solamente ser

lo que sienta.

 

XVIII

En este leve retrato reconozco el amor

que me sostuvo un día firme.

Es seguro que deseo estar sola.

 

Nadie  consuela a los árboles.

Qué no habrán visto sus hojas

y sentido sus raíces.

 

La mueca de un felino bostezando

tan dúctil y maleable

acaba por conquistar el desánimo

y clava sus fauces en la atonía

de un fiero animal

que hace versos.

 

XIX

Nevará en abril

porque nadie me espera,

mis manos solas se anudan

y mis pasos solos me acompañan.

 

Nevará en abril sobre mi frente

la flor de los cerezos.

Acaso si no nieva, la lluvia cubrirá

cada una de las horas consumidas.

 

Nevará en abril

y en todos los segundos

de este invierno

que es siempre abril.

 

XX

Con el viento del otoño hallé la paz,

sedienta de su afecto y en la niebla

anaranjada.

 

Me deshojé en cobre

y creció  un esqueleto

con el olor del tiempo.

 

Entre las nubes amarillas

escribí todos los poemas

de memoria,

cayeron en mi regazo

y se hicieron hojarasca

en un libro de soledades,

generoso libro,

con el viento del otoño

aquel septiembre.

 

XXI

Los príncipes siempre son y hasta el final

ranas, nada más que verdes ranas.

Por eso algunos viernes

un abrazo me es indispensable,

soy así de frágil.

 

XXII

En un intento fatal de atravesar la calle,

una lombriz muerta es pasto de las hormigas.

Para ellas mi bota será una atroz calamidad

y quizá recen para que alargue el paso,

pero soy un dios muy  insolvente.

 

¿Acaso no fue su estela más fugaz que la mía?

 

Presiento que no sirven las palabras.

 

Aquel grillo se coló en el patio,

resultaba insoportable el cri- cri de sus alas

pidiendo compañía,

solo en la cárcel de su torpeza.

Al fin, logré destriparlo

y suspiré aliviada.

 

Soy tan ignorante como aquel grillo,

pero yo lo maté.

 

Él estuvo mucho más solo

en su pobre y fugaz historia de grillo

perseguido por cantar.

 

XXIII

Detrás de las estrofas duerme un perro,

sienta la cabeza en mis tobillos,

intuye lo que ocurre.

 

Me sigue con el rabo diligente

más allá de empeños y frustraciones,

detrás y en todas mis cuartillas.

 

XXIV

“Shine on you crazy diamond”

PINK FLOY, “WISH YOU WERE HERE”

 

La música me sostiene

y hay algo de rítmica ternura

en el papel emborronado y roto.

Sin ella serían insoportables

el destino y la televisión.

 

Una canción desgastada

en el viejo tocadiscos

suena mía, nuestra.

 

Baila conmigo esta tarde,

Pink Floy no nos conoce,

nadie supo nunca de nosotros.

 

XXV

Esta piel de aliento huérfana

cuánto esperará  a que desate

sus crines un beso.

Estas manos, desnudas de caricias,

qué harán hasta encontrar

un gesto que las abra.

Estos pies delgados

perdidos en una cama inmensa

qué sendero andarán por sí solos

fugaces y solos

estos pies impares.

Y esta cintura que fuera generosa

y tierna se quebrara tantas veces

con el lazo musculoso de su abrazo,

de qué se vestirá serena al convertirse

en las puertas misteriosas de un templo,

con qué se vestirá esta cintura

para quién, esta cintura

fugaz y sola.

 

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