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Con 'El monarca de las sombras' (Literatura Random House) Javier Cercas (Ibahernando, Cáceres, 1962) vuelve a la Guerra Civil, de la cual, en verdad, nunca se ha ido. En esta ocasión, el escritor regresa a 1936 para reconstruir la historia del “héroe” de su familia, Manuel Mena, un joven que, con diecisiete años, se alista “en el bando equivocado de la historia”, convencido de esos ideales que abanderaban el falangismo y el movimiento fascista europeo.

Mena morirá dos años más tarde, en 1938 en la batalla del Ebro. Cercas reconstruye la historia de este adolescente, reconvertido en un auténtico símbolo de heroísmo para la familia pero, ¿qué llevó a Mena a equivocarse de bando? Esta es la pregunta que se plantea el autor en su novela que, como él mismo dice, se trata de la novela pendiente: “la historia de Manuel Mena es una historia que debía contar, pero que no me atrevía a contar”.

 

PREGUNTA. ¿Podemos leer 'El monarca de las sombras' como un relato que complementa 'Soldados de Salamina'?

RESPUESTA. 'El monarca de las sombras' tiene que ver con 'Soldados de Salamina' y con todas mis novelas, pero tiene que ver más con otros libros donde sí está la guerra, como 'El impostor' e, incluso, 'Anatomía de un instante'. Dicho esto, la novela se asemeja a 'Soldados de Salamina' en cuanto que aquella era una reivindicación vehemente de la herencia republicana, encarnada por un viejo solado abandonado en un asilo francés, y 'El monarca de las sombras' es una asunción de la propia herencia.

P. Una herencia que, en este caso, es la franquista.

R. Creo que hay que reivindicar la herencia republicana, porque vivimos en una democracia y aquel fue el último experimento democrático español antes de la guerra, pero también tenemos que asumir nuestro pasado. Yo vengo de una familia franquista, cuyo “héroe” era un joven falangista. En este sentido, volviendo a la anterior pregunta, la novela dialoga con 'El impostor', que señalaba algo muy normal y muy humano: cuando hablamos del pasado más desagradable y duro, lo que hacemos, tanto individual como colectivamente, y no me refiero solo a los españoles, es edulcorarlo, maquillarlo o esconderlo, que es lo que hacía Enric Marco. Marco se creaba un pasado heroico y hermoso para ocultar un pasado mediocre.

P. En aquella novela, Enric Marco servía como un reflejo de una supuesta impostura nacional: la negación del pasado franquista colectivo. ¿No es generalizar demasiado afirmar algo así?

R. Yo en ningún momento he dicho que los españoles eran unos impostores, claro que no lo eran. Lo que sucedió es que después del franquismo, a través de lo que decían los medios de comunicación o los partidos políticos, daba la impresión de que aquí en España no había franquistas. Lo que digo en referencia a Enric Marco es que él lleva al extremo la tendencia de esconder el pasado afirmando que no tuvimos nada que ver con Franco. Claro que tuvimos que ver con Franco, por activa o por pasiva. Lo que ha habido es una construcción a posteriori, de lo que Marco es una hipérbole, según la cual en España no había franquistas. Y no digo que la gente debía salir a la calle y jugársela oponiéndose al régimen, digo solo que es necesario aceptar la realidad tal y como fue.

Vázquez Montalbán decía que, en el franquismo, los anti-franquistas cabían en un autobús y, casi añadiría yo, en un microbús

P. ¿Hemos edulcorado la Guerra Civil y el franquismo?

R. Vázquez Montalbán decía que, en el franquismo, los anti-franquistas cabían en un autobús y, casi añadiría yo, en un microbús. Lo que no podemos es vender la historia de que todos éramos antifranquistas. Y, por esto, 'El monarca de las sombras' conecta con 'El impostor', porque hay una voluntad de mirar al peor pasado de frente y de verdad, con toda la complejidad, con toda la honestidad y con todo el coraje del que soy capaz. Yo vengo de donde vengo y tengo que saberlo. El libro no habla solamente de la Guerra Civil, sino de la herencia de la Guerra Civil; hablo del pasado en la medida en que el pasado es presente.

P. ¿Piensa el tiempo como un contínuum?

R. Efectivamente, el pasado, sobre todo aquel del cual hay memoria y testigos, no ha pasado todavía. Vivimos en una dictadura del presente, una dictadura creada en gran parte por los medios de comunicación, que tienen cosas muy buenas, pero también efectos secundarios: crean la ilusión de que el presente se entiende solo desde el presente y el pasado es un país ajeno, como dijo el poeta. El pasado, sin embargo, es una dimensión del presente y yo hablo de este presente que abarca el pasado, porque sin el pasado, el presente es mutilado.

P. Afirma que es imposible deshacerse de esa herencia que, en su caso, es falangista, pero, ¿acaso no es posible desprenderse de ella distanciándose ideológicamente?

R. Nosotros cargamos con una herencia: somos lo que hemos sido, somos nuestros antepasados y su herencia la tenemos. A mí no me gusta la herencia, pero la tengo. Por esto, tenemos que saber de dónde venimos, hay que conocer nuestra herencia, porque, de todos modos, vas a cargar con ella; pero si la conoces, puedes manejarla, es decir, puedes ser crítica con ella y distanciarte. Lo que yo pretendo hacer con mi herencia es entender, no justificar. Entender no significa justificar.

Decir que entender es una manera de justificar es un inmenso error que solo puede cometer gente muy poco inteligente

P. Sin embargo, algo que se le ha subrayado, sobre todo a propósito de 'El impostor', es que el intento por entender, en ese caso a Enric Marco, podía leerse como una justificación del propio Marco.

R. Decir que entender es una manera de justificar es un inmenso error que solo puede cometer gente muy poco inteligente. El primer ministro Valls dijo que no hay que entender a los yihadistas y es un error: si tu no entiendes el mal, no puedes combatirlo. La única manera de no cometer los mismos errores es entender por qué esos errores se cometieron. La única manera de acabar con el yihadismo o de impedir que los fascismos se repitan es entenderlos, si no ocurre lo que ahora.

P. ¿Suscribe, por tanto, las tesis de Hannah Arendt?

R. Lo que digo es precisamente lo que sostenía Hannah Arendt, pero no hay manera de entenderlo. No basta decir que Hitler era un monstruo, claro que lo era, pero lo que hay que hacer es comprender por qué este tipo fascinó al país más civilizado de la tierra y a medio mundo. Entender no significa justificar, sino darse las armas para no cometer los mismos errores.

P. Es decir, ¿intentar que no haya otro Manuel Mena?

R. Lo que yo me he propuesto entender con 'El monarca de las sombras' es por qué un chaval de diecisiete años como Manuel Mena, proveniente de una humilde familia de pequeños propietarios, con inquietudes intelectuales -es el primero de la familia que estudia- se apunta a defender una causa injusta y termina muriendo en la batalla del Ebro.

Lo que me propongo entender es por qué un chaval humilde de 17 años defiende una causa injusta y termina muriendo

P. Se apunta a una causa injusta, porque creía en los ideales que dicha causa defendía.

R. Sí, claro, pero la pregunta es por qué. Yo quiero comprenderlo, pero no hay nada que justificar. Yo lo rechazo. Manuel Mena cometió un error pero, si no se entiende, ese error se volverá a repetir. El fascismo, del que fue víctima en su momento…

P. ¿Víctima?

R. Sí, porque era la moda en su momento, era la nueva política, porque el fascismo era el anti-capitalismo… Hoy vuelve el fascismo con otras máscaras, vuelven los líderes carismáticos, vuelve la política épica y sentimental. Y Manuel Mena, como miles de chavales de medio mundo, fueron víctimas de esas ideologías tóxicas y venenosas. En la novela digo que Manuel Mena no murió por la patria, murió porque una panda de hijos de puta envenenó el cerebro de los niños enviándolos después al matadero.

P. Es decir, Manuel Mena fue víctima de la propaganda y de su ceguera.

R. Quienes hacen las guerras son los niños y quienes los envían a la guerra son los adultos. Los adultos los enviamos a la guerra porque incendiamos su imaginación con ideologías tóxicas, los envenenamos con palabras, haciéndoles creer que en la guerra conquistarán el paraíso, pero lo único que conquistan es el infierno. Ahí está Steve Bannon, que es el verdadero presidente de Estados Unidos: él es el intelectual, porque detrás de todo genocidio hay un poeta, dice Slavoj Zizek.

P. Igual que detrás del nazismo de Hitler está Carl Schmidt.

R. Y está Heidegger. ¡Cuántos intelectuales de gran valía se han apuntado a causas que han incendiado la imaginación de los niños enviándolos al matadero! Y uno de esos intelectuales era Sánchez Mazas y muchos de ellos, de estos “dueños de las palabras” siguen aquí. En los años treinta se hablaba de que no había ni derechas ni izquierdas, se hablaba de la ideología antisistema y de la casta y la democracia era algo desprestigiado y propio de la vieja política. Todo eso era el 'charlatanismo' del que hablaba Unamuno. Creer que la historia no se repite es un error. No digo que vayamos a acabar en una guerra mundial, pero lo que se está repitiendo son las lógicas: frente a una política pragmática, volvemos a las políticas épicas-sentimentales. De ahí, repito, la importancia del pasado, de tener presente el pasado para no repetirlo.

¡Cuántos intelectuales se han apuntado a causas que han incendiado la imaginación de los niños enviándolos al matadero!

P. Sin embargo, en 'Anatomía de un instante' narraba la Transición, que precisamente se construyó a partir de un pacto de silencio.

R. Yo no creo que sea verdad. Creo que esto es uno de los clichés sobre la Transición, que fue justamente lo contrario.

P. ¿Un cliché?

R. Sí, porque podemos estar de acuerdo de si se hizo bien o mal, pero lo que el mundo se esperaba cuando Franco murió es que los españoles nos matásemos, pero decidimos no matarnos. Hay gente que no le gusta esto, hay más de un hispanista norteamericano que hubiera preferido que nos matásemos para luego venir aquí y escribir sus libros. Yo no creo que la Transición fuera una cosa maravillosa ni una cosa horrorosa, pero me parece mejor no matarnos que matarnos. Ahora está de moda oponerse a la reconciliación.

P. Porque la reconciliación...

R. ¿Pero dónde está el mal de la reconciliación?

P. Puede conllevar olvido, silencio o justificación.

R. Pero, ¿cuándo he justificado yo algo? Que digan que yo soy un equidistante es una mentira malintencionada, es la postverdad. Yo nunca he dicho que los franquistas y los republicanos fueran lo mismo. El problema es que no nos hemos puesto de acuerdo sobre nuestro pasado y por esto no estamos de acuerdo sobre nuestro presente y el pasado termina siendo algo arrojadizo que nos tiramos a la cabeza. Aquí lo que hubo en 1936 es un golpe de Estado contra una democracia frágil orquestado por la oligarquía, por la Iglesia y ejecutado por una parte del Ejército y por una parte de la población, entre la que estaba mi familia, a quien la oligarquía y la Iglesia convencieron, en parte, gracias a los errores de la República. Esto es lo que ocurrió y, por lo tanto, quien tenía la razón era la República y quienes no tenía la razón eran los franquistas. Lo que pasa es que el PP, la derecha española, todavía no ha condenado con la contundencia y la claridad inequívoca el golpe de Estado de 1936. Una vez tuve una polémica con el ministro Wert, antes de ser ministro.

Pero, ¿cuándo he justificado yo algo? Que digan que yo soy un equidistante es una mentira malintencionada, es la postverdad

P. ¿Aquella que mantuvieron a través de distintos artículos en El País?

R. Sí, cuando creíamos que representaba la derecha civilizada. Él me dijo que el golpe de Estado fue inevitable porque había muchos muertos, una gran crisis económica, un gran desgobierno y, por tanto, le contesté y esto está publicado ('La verdad de Agamenón'): señor Wert, si Franco tuvo razón, entonces Tejero también tenía razón, porque en 1981 había muertos en las calles, porque había una crisis económica tremenda y un desgobierno total. Y si hemos condenado a Tejero, también tenemos que condenar a Franco. ¿Ha quedado claro que no soy un equidistante?

P. Entonces, ¿por qué las dudas?

R. Lo que sucede es que también hay que decir que no todos los republicanos no eran unas excelentes personas. ¿Podemos acaso decir que eran excelentes personas quienes mataron a miles de curas y de monjas a sangre fría? No creo que nadie lo pueda afirmar. Eran los canallas de las buenas causas y a la inversa: hubo gente que se equivocó políticamente, pero se equivocó de buena fe.

P. Y aquí está Manuel Mena.

R. Yo no tengo ningún motivo para pensar que Manuel Mena era peor que yo, al contrario, tengo todos los motivos para pensar que era mejor que yo, pues hizo algo que yo nunca sería capaz de hacer: jugarse la vida por unos valores en los que creía.

P. Pero eran valores condenables.

R. Sí y por esto te digo que la razón política no la tenía Manuel Mena, sino que la razón política la tenía la República.

P. Pero usted habla también de razón moral y afirma que Manuel Mena la tenía.

R. Sí, porque la razón moral estaba repartida como sucede en todas las guerras, ¿o es que la Guerra Civil es una excepción?

¿Podemos acaso decir que eran excelentes personas quienes mataron a miles de curas y de monjas a sangre fría?

P. Entonces ¿la razón moral es la coherencia con unos ideales, aunque estos sean condenables?

R. La razón moral es la decencia. Un señor que asesina a sangre fría a unos curas y a unas monjas no tiene la razón moral y un tipo que milita por una causa equivocada, pero milita honestamente, tiene la razón moral, ¡no la política! Hubo millones de personas en el mundo que lucharon por Stalin ¿todos eran unos canallas moralmente? La razón política no la tenían, pues el estalinismo provocó una masacre, pero ¿eran todos unos canallas morales? La cuestión es que tú puedes estar equivocado políticamente, pero no por esto eres un canalla.

P. Describe parte de su narrativa como novelas de no ficción y sin embargo, ¿es posible hablar de la no ficción cuando la narrativa se amolda a los mecanismos de la ficción, cuando se lleva a cabo la autoficción, cuando se juega con la recreación de la figura de Bolaño en 'Soldados de Salamina' o cuando se reconstruye una historia a partir de un instante, convertido en metáfora de la Transición?

R. Claro que se puede. Yo no defino toda mi narrativa como no ficción, solo algunas novelas. Lo que hace una novela es formular una pregunta compleja de la forma más compleja posible y como cada pregunta es distinta la manera de formularla también es distinta. Por tanto, cada novela tiene sus reglas y entre esas reglas está la de introducir la ficción o no. Yo he escrito dos novelas sin ficción: 'Anatomía de un instante' y 'El impostor'. 'El monarca de las sombras' es una novela con ficción, porque hay dos narradores: uno es el historiador que constantemente le advierte al lector que no inventa e intenta reconstruir el pasado con la mayor exactitud y honestidad, y el otro es Javier Cercas, que el personaje-narrador que reconstruye el proceso de escritura de la novela y que se toma ciertas libertades. Cuando tú colocas un granito de ficción en un relato real entonces todo es ficción.

P. Sin embargo, ¿no es una contradicción definir un relato, sujeto a la función poética del lenguaje, como no ficción?

R. No, porque sí es cierto que hay una construcción novelesca en 'Anatomía de un instante' y en 'El impostor', pero, por razones distintas, en ninguno de los dos casos hay ficción en cuanto invención, hay imaginación… pero es que también los historiadores utilizan la investigación.

P. Sostiene Hayden White que incluso la historiografía, en tanto que construcción del relato, es ficción. Es decir, que la sola escritura genera una disociación entre el relato –ficticio- y el referente –real.

R. Sí, entiendo lo que dice White, pero las reglas de la novela y las reglas de la historiografía son distintas. En la historia, obviamente interviene la imaginación, que no es inventarse cosas, eso es la fantasía. La imaginación es la capacidad de relacionar hechos que aparentemente no tienen relación. Carr define la historia como la reconstrucción imaginativa del pasado y lo que quiere decir es que el historiador debe relacionar hechos para reconstruir lo sucedido. Dicho esto, yo no creo que sea lo mismo un libro de historia que una novela. Entiendo lo que dice Hyden White y tiene una parte de razón, pero las reglas de 'El impostor' son distintas de las reglas de 'El monarca de las sombras': en 'El impostor' no me invento nada.

Fuente: EL Confidencial

«Señor jefe de servicio: El oficial que suscribe tiene el honor de informar a Vd. que a las 5’30 horas del día de hoy falleció el recluso hospitalizado en esta enfermería Miguel Hernández Gilabert, encontrándose de imaginaria el enfermero Vicente Beneyto Luna, que según me manifiestan los demás de la Sala General, estaba a la cabecera del fallecido atendiéndole ayudado por alguno de los enfermos, y llamando asimismo para ayudarle, cuando notó que había expirado al otro enfermero Blas Parreño Morell, prodigándole entre ambos los cuidados correspondientes. Significo a Vd. que el haber salido el cadáver con los ojos abiertos ha sido debido a no poder cerrárselos por medios naturales, según me manifiesta el médico auxiliar recluso».

Este es el parte redactado en el Reformatorio de Adultos de Alicante el 27 de marzo de 1942 -mañana se cumple el 75 aniversario-, por el oficial de Enfermería Francisco Núñez en el que da cuenta del fallecimiento del genial poeta. Acababa así el periplo de Miguel Hernández por varias prisiones españolas, que ABC reconstruye a través de su expediente penitenciario, al que ha tenido acceso.

 

Dormir con los ojos abiertos

El asunto de los ojos abiertos daría que hablar con el tiempo, pero el jefe de servicio, en un nuevo parte firmado dos días después, esta vez dirigido al director del centro penitenciario, explica que el médico auxiliar Ángel Payá le relata que los enfermeros intentaron cerrárselos y que incluso «él mismo intentó más tarde hacerlo no habiéndolo conseguido por tratarse de un enfermo que tenía el hábito de dormir con los ojos abiertos»...

El principio del fin se sitúa a finales de abril de 1939, cuando un Miguel Hernández sin refugio seguro ni trabajo intentó huir a Portugal para escapar de la represión franquista. Un camión le llevó de Huelva a Aroche, donde cruzó el río Rivera de Chanza, y llegó a Santo Aleixo. En esa pequeña población portuguesa vendió un traje y el reloj que le había regalado Vicente Aleixandre por su boda civil, pero al parecer el mismo comprador le denunció a la Policía de Salazar, que lo detuvo el 4 de mayo de 1939 y lo trasladó al calabozo del puesto fronterizo de Rosal de la Frontera (Huelva).

Antonio Márquez Bueno, agente de segunda clase del Cuerpo de Investigación y Vigilancia, y a la sazón jefe del puesto de Rosal de la Frontera, ordenó a Rafael Córdoba, agente auxiliar interino, que se sentara a la máquina de escribir: «En la villa de Rosal de la Frontera, siendo las doce horas del día 4 de mayo de 1939, Año de la Victoria, comparece el que dice ser y llamarse Miguel Hernández Gilabert, de 28 años de edad, casado en la que fue zona roja, de profesión escritor, e hijo de Miguel y de Concepción, natural de Orihuela (Alicante) y con domicilio en Cox (Alicante)»...

 

Nanas de la cebolla

De ese calabozo pasó a la prisión de Huelva, donde estuvo solo unos días, luego le trasladaron a la de Sevilla y el 18 de mayo, le ingresaron en la de Torrijos (Madrid). Allí recibió una carta de su mujer, Josefina Manresa, en la que le decía que ella y su bebé Manolillo solo tenían pan y cebolla para comer. Fue entonces cuando escribió las «Nanas de la Cebolla».

Pablo Neruda afirmó que intercedió por él ante un cardenal y que por eso el poeta salió de prisión el 15 de septiembre, sin cargos. Sin embargo, de ser cierto no se explica por qué solo una semana después volvió a ser detenido e ingresado en la prisión Conde Toreno de Madrid.

El 18 de enero de 1940 el Consejo de Guerra Permanente número 5 le condena a la pena de muerte por un delito de «adhesión a la rebelión». Los hechos considerados probados fueron: «Miguel Hernández de antecedentes izquierdistas se incorporó voluntariamente en los primeros días del Alzamiento Nacional al 5 Regimiento de Milicias, pasando más tarde al Comisariado político de la Brigada de choque e interviniendo entre otros hechos en la acción contra el Santuario de Santa María de la Cabeza».

 

Poeta de la revolución

La sentencia detalla que publicó numerosas poesías, crónicas y folletos «de propaganda revolucionaria y de excitación contra las personas de orden y contra el Movimiento Nacional haciéndose pasar por el poeta de la revolución». La condena fue aprobada por el Auditor de Guerra de la Primera Región Militar el 30 de ese mismo mes, si bien suspendía la ejecución «hasta tanto se reciba el ENTERADO de S.E. EL GENERALÍSIMO JEFE DEL ESTADO». El 25 de junio, Franco conmuta la pena de muerte por la de 30 años de cárcel.

El 28 de agosto, Francisco de Camporochina, secretario habilitado del Juzgado Militar de Ejecutorias Letra Z de Madrid da cuenta de la pena. Por tanto, extinguiría la condena el 3 de mayo de 1969, según la liquidación de pena que se hizo entonces. Las autoridades penitenciarias ordenan el traslado del condenado a la Prisión Provincial de Palencia, donde ingresa el 23 de septiembre de 1940. En el expediente se especifica que es escritor, mide 1,72, tiene los ojos pardos, el cabello castaño, la nariz roma, la cara redonda y la barba poblada. Al día siguiente, el poeta escribe a su mujer una carta en la que le informa del viaje y le da algunas instrucciones.

El 20 de octubre la Junta de Disciplina del penal le califica en «primer grado» y el 19 de noviembre se decide su traslado al Reformatorio de Ocaña.

 

Ocaña

Tres días después, el gobernador civil de Palencia comunica al director de la cárcel de Ocaña el oficio número 10444 por el que «con esta fecha doy las órdenes oportunas a la Guardia Civil para que, en tren ordinario y departamento de tercera clase, sea conducido con las seguridades convenientes a esa localidad y a disposición de su autoridad».

El 24 de noviembre Miguel Hernández llegó a la prisión toledana. En la hoja de conducción se especifica que «se halla vacunado reglamentariamente» y se hace constar su «buena conducta». Como consecuencia de ello, el 20 de febrero de 1941 la Junta de Disciplina pasa al «segundo periodo de su condena». El 10 de mayo la Dirección General de Prisiones vuelve a ordenar su traslado, esta vez a la prisión de Alicante. Sale de Ocaña a las ocho de la mañana del 25 de junio, acompañado de los también reclusos Antonio Mata Lloret y José Pertejo Seseña.

Cuatro días más tarde, el 29 de junio, el escritor llega al cuarto dormitorio del Reformatorio de Adultos de Alicante, donde morirá nueve meses después a consecuencia de la tuberculosis pulmonar aguda que padecía. El 2 de octubre, el vicario general de Orihuela, Luis Almarcha, comunica a Gaspar Blanquer, capellán de la cárcel, que «D. Vicente Dimas, cura de El Altet y profesor del Instituto tiene el encargo de visitar al recluso Miguel Hernández, de parte mía pues tengo interés en no abandonar a este joven». No figura que entonces ya hubiera pasado por la enfermería, una constante a partir del 1 de diciembre cuando tiene que ser internado ahí por una «infección intestinal». El declive del hombre, minado por la guerra, el hambre y la enfermedad, es a partir de ese momento imparable.

 

Tuberculosis

El 27 de enero de 1942 aparece por primera vez en su expediente una salida al Hospital Provincial para un examen médico. Fue llevado por la Policía Armada y reingresó el mismo día. Se autoriza a su sobrino a visitar al «recluso gravemente enfermo» el 3 de febrero, solo dos días antes de que se le trasladara al Dispensario Antituberculoso para ser sometido a un «examen radioscópico». La visita al médico ni siquiera se prolongó una hora.

El 4 de marzo, el director de la cárcel ordena lo siguiente: «Permítase la entrada al departamento de enfermerías de las personas libres JOSEFA MANRESA MARUENDA y ELVIRA HERNÁNDEZ GILABERT con el fin de que la primera pueda contraer matrimonio canónico con el recluso MANUEL HERNÁNDEZ GILABERT (sic)»... (La pareja se había casado el 9 de marzo de 1937 por lo civil, pero esos matrimonios se anularon).

Quince días después el mismo director escribe un telegrama urgente a la Inspección de Sanidad de Prisiones en el que se comunica que «según parte formulado por médico esta prisión precísase urgente traslado a hospital provincial del penado Miguel Hernández condenado a treinta años de reclusión para hacerle aplicación pneumotórax». La muerte ya acechaba al escritor. La familia pagó al doctor Antonio Barbero, director del dispensario antituberculosos, que lo examinó en la enfermería el 27. Sus pulmones ya no resistieron más. A las 5.30 de la madrugada del 28 de marzo el genial poeta murió con los ojos abiertos.

Fuente: ABC

Agustín Lozano de la Cruz (Madrid, 1976), propietario de la librería Tusitala en Badajoz, acaba de publicar el libro de relatos 'Aniversario', su tercera obra de ficción, tras las novelas 'Guerra ha de haber' (finalista del premio Felipe Trigo) y 'La última sombra' (finalista de los premios Minotauro y Ciudad de Badajoz).


-A la hora de promocionar tu libro, y teniendo en cuenta que es el dueño de una librería, ¿qué importancia le otorga a las redes sociales?

-Sirven de altavoz, eso está claro, pero la saturación informativa es tan grande que a veces el uso de las redes sociales resulta ser contraproducente. No hay nada como el boca a boca, especialmente a la hora de recomendar libros.


-Con varios libros publicados desde el 2008, ¿de cuál se siente más apegado?

-El primero fue la novela Guerra ha de haber, donde abordo como tema principal la recuperación de la memoria histórica, a través de la figura de una estudiante de Historia que entrevista a un exiliado republicano al mismo tiempo que describe su propio activismo social, vinculada a lo que la prensa denominaba “movimiento antiglobalización”. Es una obra política, como por otra parte lo son todas, incluidas las que parece que no toman partido. En 2010 publiqué La última sombra, una novela de intriga psicológica pero también de acción, un divertimento. Comienza en Sintra, donde se conoce la pareja protagonista, una fotógrafa y un localizador de cine, y luego la narración nos conduce a Roma y finalmente a Madrid. Resultó finalista del premio Minotauro y también del Ciudad de Badajoz, y tuvo una aceptable repercusión. Pero supongo que siento mayor apego por Aniversario, por tratarse de mi trabajo más reciente y también, quizá, el más pulido.


-¿Diría que ha habido una evolución en su estilo a lo largo de sus libros o que en cada uno ha sido diferente, sea buscado o no?

-La primera fue una novela de iniciación, mientras que en La última sombra busqué una cierta innovación formal: en los capítulos impares la narradora es la fotógrafa, y en los pares el punto de vista narrativo pasa al cineasta. Esto me permitía desarrollar uno de los aspectos esenciales de la trama, la certeza de que cada persona puede llegar a interpretar un mismo hecho de manera distinta, a veces incluso opuesta. Aniversario es un proyecto esencialmente diferente, ya que se trata de un libro de relatos, en el cual me apetecía además jugar con variedad de lugares, épocas y géneros literarios.

 

-Leyendo la reseña de su último libro, entiendo que la premisa de los relatos es que los personajes saben el día que van a morir. ¿Es el hilo conductor de este volumen? ¿Es Aniversario un libro un poco chungo?

-Es menos chungo que crepuscular. La premisa parte de la posibilidad de un mundo muy parecido al nuestro en el que la gente fallece en el día de su cumpleaños, aunque no saben en cuál. Es decir, saben que pueden morir en el día de su cumpleaños, pero no el año en que ocurrirá. Esto afecta a una parte de la población solamente, pero se va extendiendo como si fuera una epidemia, y cada vez hay más afectados. Efectivamente es el hilo conductor del libro, con diferentes protagonistas en cada uno de los nueve relatos: un adolescente que ha perdido la ilusión por celebrar sus cumpleaños, un boxeador que pelea por el título mundial el mismo día de su onomástica, un psiquiatra que atiende a pacientes obsesionados con este hecho, una aspirante a suicida que espera con ansiedad su próximo cumpleaños, etc.

 

-Ha escrito en el blog de la editorial que Aniversario lo han conformado un conjunto de relatos porque le daba "más libertad que una novela para abordar el asunto desde distintos géneros y perspectivas", aunque también afirma que en el libro hay "una cohesión mayor que la simple suma de relatos: es más bien una novela coral". ¿Por qué se ha decidido por el relato en esta ocasión?

-Si cada relato es una voz, en la medida en que interpretan una misma partitura el conjunto se puede considerar una novela coral. No había mejor manera que esa para empezar a contar la historia en los años ochenta y acabar en el no tan lejano año 2031, o para jugar con los géneros literarios y las voces narrativas; me permito incluso que uno de los relatos esté escrito como un guión teatral.

 

-¿Considera que estos relatos son "cinematográficos"?

-No, esta vez no. Lo digo porque La última sombra lo era en buena medida, pero Aniversario se asemejaría tal vez a una serie de televisión, ahora que están de moda. Hago aquí una llamada a los directivos de Netflix y HBO, corran por favor a leer Aniversario. Bromas aparte, este libro es sobre todo literatura, buena o mala, ya lo decidirá el lector, pero la idea que quería desarrollar y la forma de hacerlo correspondían al ejercicio literario. Aunque esté en declive frente al predominio de lo audiovisual, sigue habiendo cosas que sólo se pueden contar mediante la palabra escrita.

 

-El prólogo de Aniversario lo ha escrito el escritor Jesús Carrasco, ¿cómo llega a su libro? ¿Qué le parecen sus dos novelas publicadas hasta la fecha?

-Jesús Carrasco llega a escribir el prólogo de Aniversario por generosidad y me imagino que también por esa regla no escrita según la cual los autores consagrados deben echar una mano a quienes no lo son. Y lo más destacable de él, aparte de su bonhomía, es precisamente que sea un escritor consagrado con tan sólo dos novelas publicadas. Intemperie es una novela excelente, y sin embargo me toca más de cerca la historia que cuenta en La tierra que pisamos. Vivimos en un país que no ha hecho examen de conciencia sobre su pasado, como bien refleja Jesús Carrasco en ese libro. Y mientras no lo hagamos, la debilidad de nuestra democracia seguirá siendo manifiesta.

 

-Como traductor, ¿cree que una buena traducción puede hacer justicia al original? Puede indicarme algún caso, si es que lo hay.

-Claro que puede, si el traductor sabe hacer bien su trabajo. Lo que no tiene sentido es pretender una traducción exacta, equivalente al original: eso no existe. Las traducciones deberían ser como los buenos árbitros en el deporte, que no se note que están ahí. Un buen ejemplo es la traductora de Tolkien, Matilde Horne, a pesar de lo mal que la trató el mundo editorial.

 

-¿Cree que los manuales de escritura sirven para escribir más y mejor o crear, por lo menos, un estilo reconocible?

-En mi experiencia como profesor de escritura creativa suelo decir que los manuales están para conocerlos y olvidarlos luego, una vez que se han interiorizado sus enseñanzas. La técnica literaria es como la técnica del tiro a canasta: mi mente sabe la fuerza que debe imprimir a un lanzamiento triple o a un tiro libre, pero de forma inconsciente. No se toma la decisión a propósito, simplemente se sabe. De igual manera, yo no sé si ahora conviene utilizar una metáfora o una prosopopeya: el texto me lo debe pedir por sí mismo.

 

-¿Considera que su trabajo como librero le ha beneficiado en su oficio de escritor o, al estar rodeado de tantos y tan buenos libros, es muy consciente de lo complicado que es ser bueno, tener una voz propia, y se ha planteado en alguna ocasión tirar la toalla?

-Cómo se nota que es un entrevistador incisivo. La cantidad de libros que se editan en España es demencial, y eso desanima a cualquiera, más allá de que sean buenos títulos o no. ¿Por qué España es uno de los países europeos donde más libros se publican y, al mismo tiempo, donde menos lectores hay? No tiene sentido. Mi trabajo como librero es discriminar los buenos libros de los mediocres o de los directamente abominables, y no es tarea fácil dado el volumen de novedades que hay. Además es una lucha contra corriente, porque las peores obras suelen ser las que más apoyo publicitario llevan detrás, con honrosas excepciones. Ante este panorama, seré escritor mientras considere que tengo algo que contar: lo de tener impacto en el mercado editorial es una entelequia.

 

-¿Cuáles son los escritores que admira?

-En cuanto a novelistas, ya he mencionado a Tolkien, y otro de ellos es Javier Marías. Ambos tienen en común la ciudad de Oxford, donde se desarrolla el último de los relatos de Aniversario, dicho sea de paso. Y de los cuentistas me quedo con Borges y Cortázar, que son las dos caras del mismo dios de la literatura, y también con Italo Calvino. Hay muchos más que admiro, desde luego, las listas son siempre injustas.

 

-El libro ilustrado Todo es falso salvo alguna cosa, en colaboración con el diseñador gráfico Francisco Blanco, ¿es una rara avis en su trayectoria y que tiene que ver más con su faceta política, Podemos mediante?

-Mayormente. Todo es falso salvo alguna cosa es un libelo, una obra satírica, un experimento que casi podríamos denominar como humor gráfico. Tenemos la imperiosa necesidad de reírnos de nosotros mismos y de nuestras vergüenzas, especialmente ahora que el Rey está desnudo.


El próximo lunes, día 27 de marzo, dentro de las celebraciones del Día Mundial del Teatro, estaremos en el Gran Teatro de Cáceres a las 20.30 horas con nuestra obra de teatro Un estanque de carpas amarillas: el espectáculo mudo de los peces. Marino González Montero, Jesús Manchón y Claudio Gutiérrez nos ofrecen una magnífica  (re)presentación dramática basada en un libro de poemas del escritor extremeño Marino González Montero. Es un montaje teatral en el que se aúnan la recitación poética, la actuación musical y el teatro. Si estáis por allí y os apetece acercaros, estaremos encantados de contar con vuestra compañía.

Entrada gratuita hasta completar aforo.

El 30 de este mes de marzo se inaugurará en la Casa Museo de Fuendetodos de Goya, una importante muestra de grabados de nuestro compañero Eduardo Naranjo. Con motivo de ésta se publicará con su obra gráfica hasta la fecha.

Las misiones españolas que fundaron San Diego, San Francisco o Los Ángeles civilizaron pueblos que pudieron subsistir a la llegada de los anglosajones

Tuvieron suerte de que fuera España el primer ocupante. Dos frailes y un reducido séquito de soldados se adentraban en cualquier amplio valle al oeste del Misisipi, y convocaban a los indios de la comarca. Mientras los soldados construían un Presidio o fuerte, los frailes, a cambio de regalos convencían a los indios para que les ayudaran a levantar una Misión, al tiempo que sembraban cultivos nuevos e introducían las primeras cabezas de ganado.

Una vez fundada, la Misión no se reducía a una iglesia y un patio, sino que contenía los elementos necesarios para hacer de ella un núcleo de desarrollo regional. Poseía talleres, huertas, campos de cultivo, potreros y corrales para el ganado, zonas de pastos, bosques maderables… así como habitaciones para alojar a los indios y sus familias, que durante los siguientes años iban a residir en la Misión.

La jornada comenzaba a las seis de la mañana, y tras una misa y la enseñanza del Evangelio, se desayunaba, tras lo cual los niños acudían a clases de castellano, de cuentas y de cultura general, y los adultos marchaban a sus trabajos. Unos, en los campos, desarrollando las nuevas labores agrícolas y ganaderas españolas; otros, en los talleres, aprendiendo oficios como la carpintería, los textiles, la albañilería o la herrería.

Fuente: ABC

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