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Cuando los españoles llegaron a lo que hoy es México, estaban dispuestos a escuchar las viejas leyendas de los indios locales. Quizá para impresionar a los colonizadores, los nativos les regalaban los oídos con fabulosos relatos de ciudades decoradas en oro y plata, construidas sobre grandes praderas más allá de los confines de la Nueva España, mucho más al norte del Río Grande, en lo que hoy es Estados Unidos. A estas historias hay que sumar los testimonios de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, quien llegó a ciudad de México en 1536 con tres supervivientes tras su fracasada expedición a la Florida. Los indios carancaguas, con los que convivió seis años, le contaron una historia similar. A partir de ese momento, entre los conquistadores españoles cunde un mito semejante a El Dorado que era de ancestral tradición en los libros de caballerías medievales: las Siete Ciudades de Cíbola y Quivira, sustentadas y decoradas con incalculables riquezas, podían hallarse hacia el noroeste de los nuevos dominios españoles. Esta es la historia de una expedición aventuresca narrada sin intermediarios, en diarios de viaje por primera vez recopilados y, también, el relato de un gran desencanto.
La edición de estos diarios, realizada por el profesor Ángel Luis Encinas Moral en su “Crónica de la expedición de Francisco Vázquez de Coronado a las Grandes Praderas de Norteamérica” (Miraguano Ediciones), reúne todas las cartas, informes y testimonios de esta epopeya, obtenidos del Archivo General de Indias y de archivos norteamericanos y mexicanos y conforman la más completa base documental publicada en castellano sobre la expedición de Vázquez de Coronado. Pero antes de que nuestro protagonista Vázquez de Coronado ponga en marcha su gran expedición al norte, un franciscano, Marcos de Niza, partió en esa dirección en 1539 con 50 indios amigos liderados por el negro Estebanillo, conocido por Cabeza de Vaca, en calidad de guía. Descubrieron Arizona y Nuevo México y se detuvieron en Vacapa. Estebanillo continuó hacia el norte y, al cabo de unos días, un nativo llegó de vuelta portando una cruz por su indicación, con el testimonio de que había estado en la ciudad de Cíbola, un lugar decorado con turquesas. El fraile se animó a continuar hacia el norte, pero en el camino descubrirá que su enviado había sido asesinado por los indígenas. Fray Marcos decide dar media vuelta hasta ciudad de México y dejará dicho, sin ser cierto, haber visto “siete poblaciones razonables, de muy buena tierra y tener razón de que hay en ellas mucho oro y que lo tratan los naturales de ella en vasijas y joyas”. En Compostela, una de las estaciones de su recorrido de vuelta a casa, se encontrará con Vázquez de Coronado, a quien le narrará estas leyendas, pero nada en comparación a lo que contará el religioso, cada vez más henchido de orgullo y más fantasioso, ante el mismísimo Hernán Cortés.

Las habladurías crecieron tanto que el Virrey Antonio de Mendoza decide organizar una fuerza militar para ir a la conquista de las riquezas. Partiría desde México y sería la primera expedición gubernamental mediante financiación privada. La decisión del virrey se explica por la multitud de frentes abiertos en los nuevos dominios de ultramar y la escasez de hombres, que aconsejaban buscar voluntarios para el alistamiento y no desguarnecer las ciudades. El reclutamiento se hizo a redoble de tambor y pregones por las ciudades, anunciando que se buscaba un nuevo Perú, un rico El Dorado. Por esta razón muchos de los voluntarios fueron nobles ociosos, “que, como corcho sobre el agua reposados, andaban sin tener qué hacer”, como recoge el historiador Matías de la Mota. Más de 300 hombres, la mayoría incluso a caballo, se presentaron al cobro de los 30 pesos y la promesa de nuevas tierras y “un cerro de plata y otras minas”, según recoge este cronista. El 23 de febrero de 1540, la comitiva, compuesta por 300 soldados españoles, entre 1.300 y 2.000 indios y un puñado de frailes franciscanos, estaba dispuesta a partir.
Al cabo de dos meses de camino, los españoles llegaron al desierto y después a la Montaña Blanca Apache. Por si lo dudaban, al llegar finalmente a Cíbola, la primera de las supuestas siete ciudades de oro, no tuvieron precisamente una bienvenida. Varios españoles murieron y otros tantos fueron heridos durante tres días de combate. En los diarios queda reflejado que buena parte del derramamiento de sangre se podía haber evitado con traductores competentes o si, al menos, ambos grupos hubieran compartido al menos conceptos. Los españoles no fueron capaces de hacer comprender a los indígenas que exigían de ellos que aceptasen la supremacía de la Iglesia, Dios y el rey. Tampoco los zuñis hicieron comprender a los blancos el sginificado de las líneas de harina de máiz que delimitaban el territorio y sus ceremonias. Las escaramuzas continuaron y hasta el invierno no pudieron pacificar la zona y enviar un destacamento a explorar hacia el oeste. Al cabo de varios días, Pedro de Tovar volvía a Cíbola con el relato de un desolador paisaje lleno de indios hostiles (los navajos) y un Gran Cañón infranqueable.

La desesperación cundía en la embajada española y Coronado escuchó a un indio esclavo de una triubu rival contar historias de Quivira cuando los soldados españoles estaban a punto de matarlo. Probablemente para salvarse, “El Turco” (que es como los españoles apodaron al indio) empezó a contar fantasías acerca del oro y las riquezas y Coronado le tomó de guía hacia el norte de nuevo. En el fondo, la expedición sabe que “El Turco” miente, pero no quieren dejar de creer en la promesa de tierra fértil y riquezas. Siguen recorriendo kilómetros y kilómetros en balde, con la única brújula de su avaricia, pero el viaje es fascinante. Pequeños pueblos con tipis, vastas praderas con bisontes y el río Arkansas hasta llegar a finalmente a Quivira. Ni rastro de los brillos del oro o las piedras preciosas hasta el límite de lo que hoy es Nebraska. Lo más interesante es asistir a la manera diversa en que los miembros de la expedición asumen o no el fracaso a pesar de que el resultado de la misión ha sido un descalabro estrepitoso. Esta era de una de las primeras expediciones del imperio español por un terreno ciego de mapas y aún les quedaban muchas cosas que aprender en materia de colonización. Estaban más movidos por la fantasía que por la evangelización o por la expansión del Imperio. Lo que aquellos hombres vieron no lo había presenciado ningún europeo y a su regreso a México era todo lo que les quedaba: casi todos los que perseguían el oro se arruinaron en la expedición, y algunos otros perdieron hasta la vida.
FICHA:
Título: Crónica de la Expedición de Vázquez de Coronado
Autor: Ángel Luis Encinas
Editorial: Miraguano Ediciones.
Páginas: 334
Precio:29 euros

Imaginar una ciudad también es vivirla. Adentrarse en ella incluso antes de pisarla impulsado por el entusiasmo y la expectación, con los ojos clavados en un mapa recreando lo que algunas calles alojan, lo que revela una arquitectura, una brisa íntima como una pequeña plaza (García Lorca), un secreto otoñal de fríos con sol y un ondear de largos silencios a la hora punta de cualquier tarde cualquiera. Este sex appeal lo dispensan sólo un puñado de espacios, lugares de convivencia que no disimulan su prolífico enigma. Son rincones que espolean el afán, y no sabemos porqué ni cómo sólo esa ciudad lo es de tal modo. Sucede así con Cáceres

Me es muy grato comunicaros que nuestro compañero D. José María Álvarez Martínez ha sido distinguido por S.M. Felipe VI, Rey de España, Gran Maestre de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio y en su nombre el Ministro de Educación, Cultura y Deporte, Gran Canciller de la misma, con la Encomienda con Placa de Alfonso X el Sabio en consideración a los méritos que en nuestro compañero concurren.

Una voz de mujer contesta el interfono. '¿Quién es?' Hola, vengo a ver al señor Federico Acosta. 'Ah, sí, usted es... Sí, sí, pase'. La puerta se abre y aparece entonces la fachada de una casa antigua pero señorial, una línea de pasto, plantas de hojas mojadas. Llueve.
'Pase, el señor Federico le espera', dice la mujer del interfono, ahora en persona. Hay un recibidor y una moqueta y pasillos oscuros y luego, detrás de una puerta, una salita para tomar té o café. 'Ahora llega el señor', dice la mujer.
Pasan dos minutos y aparece, vestido de traje, el señor Federico Acosta. Se presenta y empieza a hablar. Dice que el terremoto se sintió bastante pero que allí, en el Paseo del Pedregal, en el oeste de la Ciudad de México, no se nota tanto. El suelo es de lava, dice, macizo, no hueco. Por eso. Se refiere al terremoto del 19 de septiembre, el más intenso en México desde 1985. Un buen puñado de edificios y casas colapsaron. Hubo muertos. "Yo dije, 'no, no: se cayó el resto de México, fácil".
Federico Acosta recibió a EL PAÍS en su domicilio a principios de octubre. Justo hacía un año que él y otros 230 primos, hermanos, tíos, y un largo etcétera de familiares se habían reunido en un rancho en el Ajusco, en las afueras de la capital. La primera reunión masiva en años de los Moctezuma. O de una parte de los Moctezuma, descendientes del último gran tlatoani de los aztecas, el último emperador. El que recibió a Hernán Cortés, el que murió misteriosamente después de que le hicieran preso. El principio del fin.
Y toda la gente que se reunió, ¿de qué rama del árbol genealógico son?
De los Sierras. Todos los Sierras. Éramos 230, y aun faltaban. Yo francamente no conocía a todos. Estábamos ubicados, pero no nos conocíamos todos. ¿Café?
Federico Acosta es un hombre mediano, magro, de mirada intensa y algo desconfiada. Aquel día, en su casa, recordó la reunión familiar y dijo que fue el principio de algo importante. Nada concreto, pero algo.
Mucha gente en México sabe que Moctezuma Xocoyotzin procreó intensamente. La mayoría de los cálculos le adjudican 19 vástagos, lo cual, entonces y ahora, resulta extraordinario. Los aztecas pensaban que la línea sucesoria era cosa de las mujeres, una especie de seguro sanguíneo. El historiador cubano Alejandro González Acosta, experto en parte de la heráldica de la realeza azteca lo resume de esta manera: "hijo de hija mi nieto es, hijo de mi hijo quién sabe. Los judios también lo hacían así".
González Acosta, investigador del Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM, ha estudiado al detalle el árbol genealógico de la hija mayor de Moctezuma, bautizada Isabel tras la conquista. Es un erudito de las ramas reales, la línea sucesoria. Si hoy, a 500 años de la caída de Moctezuma y sus breves sucesores, Cuitláhuac y Cuauhtémoc, si hoy, vaya, alguien reclamara el trono de la gran Tenochtitlan, debería ser algún primo de Federico Acosta. Quizá era alguno de los que fueron a aquella reunión en el Ajusco.

La historia de la conquista de Tenochtitlan y los meses posteriores configuran un enorme enredo de crónicas, historias, dimes y diretes. A grandes rasgos, Hernán Cortés tomó bajo su protección a Isabel de Moctezuma. La casó con uno de sus soldados, Alonso de Grado, pero este murió poco después. Luego, dice González Acosta, Cortés "la violó o cometió estupro: por la fuerza, o por engaño". Pocos meses más tarde la volvió a casar, de nuevo con uno de sus hombres. Pero primero tuvo a la hija de Cortés, Leonor, a quién esta desconoció. Con su nuevo marido, Pedro de Andrada, tuvo a su primer hijo legítimo. Poco después murió Pedro y se casó con otro soldado, Juan Cano, con quien tuvo cinco hijos más.
González Acosta explica que Cortés, arrepentido de su acto, cabildeó para que el rey de España, Carlos V, obsequiara tierras y títulos a su ahijada. Y así fue. El monarca le concedió el señorío de Tacuba, terreno que comprende el centro histórico de la actual Ciudad de México, el Zócalo, la Catedral, el Palacio Nacional, y se extiende por decenas de kilómetros.
Por casi cuatro siglos, esa concesión implicaba el pago de una renta, primero por parte de la Corona, y luego por los sucesivos gobiernos de México. El terreno era de Isabel, sus hijos, sus nietos... Resulta difícil imaginar a los descendientes de Moctezuma echando a la curia de la catedral, o construyendo un club de campo en el Zócalo. Mejor que eso, los Gobiernos pagaban. Y así fue hasta finales de 1933. De hecho, fue un 27 de diciembre de hace 84 años, cuando la Secretaría de Hacienda mexicana, en manos del presidente Abelardo Rodríguez, decidió que no pagaría un peso más a ningún descendiente de Moctezuma.
Y así hasta ahora.

Diez metros de árbol genealógico
Y usted, ¿conoce a los Cano?
No
El otro día conocí a uno de ellos, Federico Acosta. Y le preguntaba, 'usted, ¿qué pretende?' Y él decía, 'no, pues que nos reconozcan'.
Pues es lo lógico, ¿no? Que nos reconozca el Gobierno
Pero, ¿que reconozcan qué?
En una república con casi dos siglos de historia, los reclamos nobiliarios suenan un poco a extravagancia. Pese al optimismo de los quejosos.
La señora María de los Ángeles Fernanda Olivera, de 75 años, recibió a este diario pocos días después de que lo hiciera su pariente lejano, el señor Acosta. Olivera viene del lado de los Andrada, del primer hijo legítimo de Isabel. Acosta de los hijos de Juan Cano.
Hace años que la pensión de Moctezuma, la famosa renta, dejó de ser un tema polémico en México. El abuelo de la señora Olivera fue de los últimos que la cobró. Su padre promovió incluso un amparo ante la Suprema Corte de Justicia para que el Gobierno la reestableciera. Pero sin éxito. Otros lo han intentado desde entonces con el mismo resultado.
No es una cuestión de dinero, explica la señora Olivera. "Lo bonito es que te reconozcan de donde vienes, que tengas un lugar en la historia. Y ahora hace falta una persona así como Moctezuma, que ponga orden en el país porque está esto hecho un desastre".

María de los Ángeles Fernanda Olivera vive en un adosado en Tlalnepantla, una zona habitacional a las afueras de la capital. El día de la visita, echó mano de un taburete para alzarse, y tomar un enorme rollo de papel que yacía sobre el trinchador. Luego liberó la mesa de la sala y desplegó el rollo de papel, que alcanzó una longitud cercana a los diez metros.
"Esto lo hice yo", dice, "el árbol genealógico de la familia". Y allí aparecían casi 500 años de nombres y ramas, su orgullo heráldico. Al rato, su marido, Arturo, apareció por la puerta. Saludó y subió por las escaleras.
Y para usted, ¿qué sería lo ideal? Dice: 'que nos tengan en cuenta', pero, ¿cómo?
Pues mira, pensándolo bien, me gustaría un cargo en el Gobierno, pero no les conviene mi presencia, yo soy muy rígida. O sea, no pienso que el Gobierno tenga la obligación de darnos un cargo. A mi lo que me gustaría es que nos tuvieran en cuenta, nuestro origen, una de las familias más antiguas que hay en México.
Mexicanos de primera
Federico Acosta va un poco más allá que la señora Olivera. Aunque lleva años barruntando el asunto, aquella reunión de octubre de 2016 le abrió los ojos: "A ver, aquí hay algo que hay que matizar. Se dice que nosotros buscamos cobrar la pensión. Es falso. Nosotros no demandamos nada. Pero si nos interesaría como familia ser escuchados, porque somos mexicanos de primera clase. Yo creo que deberíamos de tener voz y voto".
¿Sobre qué?
Sobre cuestiones sociales, cuestiones inherentes a lo que le hubiera gustado a nuestra familia antiguamente. Ser oídos para tomar ciertas decisiones.
La solución, admite al final el señor Acosta, quizá sea armar una fundación y empezar a trabajar desde ahí.
¿Ustedes se han acercado al Gobierno para llegar a algún acuerdo?
Bueno, mi abuelo era amigo de los presidentes. Yo conocí a Luis Echeverría. Un día me dijo, '¿qué pasó con su abuelo?'. Me dijo, 'mi primer trabajo en el PRI fue convencer a tu abuelo de que nos rentara la casa aquella de San Cosme, para lanzar la campaña de Manuel Avila Camacho. Y accedió'.
Antes de despedirse, como si hubiera olvidado lo que acababa de decir, el señor Acosta lamentó que "el pueblo le es invisible a la autoridad. Para el Gobierno no ha existido. Por eso podríamos tener voz y voto, para que sean escuchados". Afuera seguía lloviendo.

Durante décadas, el confesionario de una iglesia lituana guardó un secreto: documentos de gran valor que revelan cómo vivían los judíos de Europa del Este antes y durante el Holocausto.

Textos religiosos, literatura y poesía yidis, testimonios sobre los pogromos, autobiografías, fotos…Algunos son de mediados del siglo XVIII y “la diversidad de esta colección corta la respiración”, detalla David Fishman, profesor de historia judía en el seminario teológico judío de Nueva York.

El hallazgo es una “sorpresa total”, recalca. “Casi se podría reconstituir la vida de los judíos de antes del Holocausto basándose en estos documentos porque no falta ningún aspecto, ninguna región, ningún periodo”.

Bajo el nazismo y la época soviética estuvieron ocultos. Salieron a la luz este año, cuando los archivos se trasladaron desde la iglesia a la biblioteca nacional lituana de Vilna, renovada recientemente.

Constituyen, junto con un hallazgo hace casi 30 años en Vilna, “el descubrimiento más importante para la historia judía desde el de los manuscritos del mar Muerto en los años 1950”, afirma Fishman.

Entre las piezas más valiosas destacan los manuscritos originales de poemas escritos en el gueto de Vilna por el gran poeta yidis Avrom Sutzkever, incluido el desgarrador “A mi hermano”.

“Teníamos las versiones que había rehecho de memoria y publicado justo después de la guerra”, explica Fishman. “Ahora tenemos los manuscritos que escribió en el gueto y hay diferencias”.

– ‘Jerusalén del Norte’ –

Un contrato concluido en 1857 entre los aguadores judíos de Vilna y la célebre academia rabínica (yeshiva) Ramailes, permite entrever la vida cotidiana de hace 160 años: a cambio de una biblia y de un talmud (texto fundamental del judaísmo), la yeshiva permitió a los aguadores usar gratuitamente una sala para las oraciones del sabbat y las fiestas judías.

El libro de los pacientes de Zemach Shabad, un conocido médico y militante social y político, figura entre los documentos consultados por la AFP.

Vilna, apodada a veces la “Jerusalén del Norte”, fue un centro cultural y religioso judío, con cientos de organizaciones sociales, religiosas y culturales.

El Instituto científico yidis YIVO, creado en 1925 y cofundado por Zemach Shabad, era una institución muy importante. Un año más tarde se abrió una sucursal en Nueva York que se convirtió en el cuartel general tras la invasión alemana de Europa oriental.

– Traficantes de libros –

Los nazis aniquilaron a la comunidad judía lituana y saquearon su patrimonio cultural después de haber ocupado Vilna en 1941.

En “The Book Smugglers” (los traficantes de libros), David Fishman cuenta cómo los nazis usaron a los poetas y los intelectuales judíos lituanos para reunir los bienes culturales más valiosos con el fin de enviarlos a Alemania y estudiar a este pueblo que querían exterminar. Una parte de ellos llegaron a Fráncfort pero los habitantes del gueto judío se movilizaron y escondieron muchos, jugándose la vida.

Después de la guerra, un bibliotecario lituano, Antanas Ulpis, salvó de nuevo estos manuscritos de los ocupantes soviéticos que querían destruirlos como parte de las purgas antisemitas lanzadas por Stalin. Ocultó algunos debajo de una pila de periódicos en un confesionario de la iglesia San Jorge convertida en almacén de libros por los soviéticos.

Allí permanecieron décadas, hasta su hallazgo el año pasado y su envío a la biblioteca nacional, que ya alberga los archivos judíos encontrados después de la caída de la URSS. El conjunto de la colección cuenta con unas 170.000 páginas

– Historia en la red –

Desde 2015, el Instituto YIVO de Nueva York digitaliza esta colección y los documentos hallados en 1946.

Para Simonas Gurevicius, uno de los pocos judíos de Vilna que habla yidis, el hallazgo de los manuscritos demuestra que Hitler y Stalin no lograron borrar de la faz de la tierra el idioma y la civilización yidis.

“La estrella de Jerusalén del Norte casi se ha apagado pero su luz todavía brilla”, declaró Gurevicius a la AFP.

Alrededor de 195.000 judíos lituanos murieron durante la ocupación nazi entre 1941 y 1944.

Fuente DIARIOJUDIO

Carlos V ha realizado un viaje fugaz a Madrid. El busto del Rey realizado por los escultores Leone y Pompeo Leoni que se iba a subastar este jueves en la casa de subastas Fernando Durán, volverá a Plasencia, su ubicación habitual, sin someterse a puja. La Consejería de Cultura e Igualdad de la Junta de Extremadura ha logrado este miércoles un acuerdo con la sala madrileña y la familia Falcó, propietarios de la escultura y del palacio de Mirabel -en una de cuyas estancias se sitúa-, para la retirada del busto de Carlos V de la subasta prevista, que tenía un precio de salida de 400.000 euros. Además, esta pieza ya había sido declarado inexportable en 2013 por el Ministerio de Cultura.

 

La Junta ha informado de que en los últimos días han mantenido numerosas conversaciones en las que se "ha reconocido el vínculo histórico y cultural que tiene la pieza con nuestra región y la necesidad de que los extremeños y extremeñas pudieran continuar disfrutando de esta obra de un gran valor artístico".

Los propietarios y la casa de subastas han atendido a estas peticiones y han mostrado su comprensión y "generosidad" para que finalmente la pieza pueda continuar formando parte del patrimonio de Extremadura. "Un acuerdo que ha sido posible gracias a la predisposición y la buena voluntad de todas las partes", según la nota distribuida por la Junta.

Poco más ha explicado este jueves a EL PAÍS el director general de Bibliotecas, Museos y Patrimonio Cultural de la Junta, Francisco Pérez Urban, que ha declarado que una vez que tenían armado el expediente para el requerimiento de la pieza, se pusieron en contacto con la familia y con la casa de subastas para notificarles que, según la interpretación de la Administración, el busto estaría incluido en la declaración de Bien de Interés Cultural (BIC) que el palacio de Mirabel tiene desde 1977. “Había dos posibilidades: que entendieran la interpretación por parte de la Junta y se paralizara la subasta; o que tuvieran una interpretación distina y que continuara la subasta. Como ya se sabe, aceptaron nuestra interpretación y así se evitó un conflicto con Extremadura, tanto con la sociedad como con la Administración. No había interés en entrar en litigio, comprometiendo la estupenda relación que hay de la familia con la región”.

Pérez Urban ha manifestado también que desconoce si ya había alguna puja anticipada por la pieza en cuestión y ha asegurado que tampoco se habían planteado la posibilidad de adquirirla y que así pasara a ser patrimonio extremeño. Su actuación pasaba por defender la condición de BIC (el máximo nivel de protección de patrimonio) del busto realizado por los Leoni, que es de los pocos que quedan en manos privadas.

A su vez, el alcalde de Plasencia, Fernando Pizarro (PP), también había remitido una carta a la familia Falcó para que el busto de mármol de Carrara que Carlos V regaló a su antepasado Luis de Ávila y Zúñiga por los servicios a la corona permaneciera en el municipio cacereño. En la misiva apelaba a la unión de los Falcó y Carlos V con la región y al valor sentimental, además de patrimonial, que la escultura tiene para la localidad. Este miércoles Pizarro ha mostrado su satisfacción al enterarse de la noticia.

A pesar de los requerimientos de este diario a la casa de subastas y a la familia Falcó para obtener su punto de vista sobre el acuerdo y la marcha atrás de la venta de la obra, no han hecho declaraciones con respecto a este asunto.

Fuente ELPAIS

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